Eloísa Díaz y su aporte a la ciencia nacional

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Zenobio Saldivia M. 

Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile. 

Resumen 

El presente trabajo tiene por objetivo dar cuenta de la producción científica de la destacada científica chilena: Eloísa Díaz Insunza, quien gracias a ciertos cambios realizados en la normativa de la educación superior en Chile, pudo obtener el título de médico y constituirse así en la primera mujer que se incorpora a la comunidad científica del Chile decimonónico. Por ello, en esta comunicación, se enfatizará en los aspectos biográficos de Eloísa Díaz y además en la explicitación de la contribución teórica y científica de la misma, también en sus cometidos prácticos como profesional de la medicina, principalmente en sus esfuerzos orientados a consolidar la higiene pública en el ámbito educacional por una parte. También se destacará su labor para asentar la higiene pública como disciplina relevante de la medicina. 

Palabras Claves: Mujeres, ciencia, Chile Decimonónico. 

Algunos antecedentes

La ciencia es un sistema organizado de conocimientos que identifica, describe y explica los hechos del mundo, caracterizado por el uso de métodos que descansan en la observación y en la experimentación y por el empleo de rigurosos procedimientos de verificación. Su evolución refleja el dominio que el ser humano ha ido alcanzando sobre la naturaleza, la sociedad y sobre su propio pensamiento. Y en este largo proceso histórico y social, la mujer se ha incorporado a este tipo de trabajo, solamente a partir de las últimas décadas del Siglo XIX. En efecto, la historia de la ciencia europea, salvo contadas excepciones como la precoz Hipatia de Alejandría (380-415), o Elizabeth Hevelius (1647-1693), o María Agnesi (1718-1799), o Carolina Herschel (1750-1848), entre otras,[1] dejan de manifiesto que sólo desde las últimas décadas del Siglo XIX, el género femenino principia a insertarse en la praxis de la comunidad científica. Y algo similar ocurre en América y en Chile en particular. 

Contexto socio-cultural y científico en el Chile decimonónico

Durante el proceso de consolidación de la joven República de Chile, tras los avatares de la emancipación definitiva de la Corona Española luego de la batalla de Maipú (5 de abril 1818), se hace necesario mirar el cuerpo físico del país para detectar nuestros recursos naturales, nuestro universo biótico y mineralógico en general, así como un conocimiento lo más sólido posible de los deslindes o límites del territorio recién independizado. Por ello, comienza una sistemática labor de identificación de todos los especímenes vernáculos y exógenos con que cuenta el país. Es decir, se necesita algo así como una visión científica y objetiva de la naturaleza chilena. Y afortunadamente las autoridades del período republicano, entre éstos, Diego Portales y Manuel Bulnes comprendieron muy bien la situación y dentro de los escasos recursos del erario nacional, principiaron a contratar sabios extranjeros. Por ejemplo al botánico y naturalista Claudio Gay en 1830, quien funda el Museo de Historia Natural, tres años después se funda la Escuela de Medicina en el Instituto Nacional, con la participación de los profesores Guillermo Blest y Lorenzo Sazie;[2] luego al ingeniero en minas Ignacio Domeyko en 1838, quien se hace cargo de la Escuela de Minas de La Serena y principia a dictar clases de química y mineralogía.[3]

Más tarde, al geólogo Amado Pissis en 1848, para realizar estudios geológicos y cartográficos sobre las distintas provincias del país, o al médico y naturalista Rodulfo Amando Philippi en 1851, para hacerse cargo del Liceo de Valdivia, entre tantos otros. Todos estos sabios realizaron sus cometidos recorriendo el territorio nacional y articulando un verdadero mapeo o catastro de casi todo lo viviente y de todo lo inorgánico y mineralógico, geográfico y geológico constitutivo del país. Las actividades realizadas por estos sabios corresponden justamente al período cronológico que hemos denominado institucionalización de la ciencia nacional y que paralelamente a una notoria preocupación por el desarrollo educacional caracterizado por la fundación de escuelas y liceos, sumado a la creación de  la Universidad de Chile (1843), o de la Escuela de Artes y Oficios (génesis de la Universidad de Santiago) entre otras entidades, forman parte de este proceso institucional de asentamiento de la ciencia en Chile y que a nuestro juicio dura unos treinta años: de 1830 a 1860 aproximadamente. Son las décadas en que la joven república del Chile decimonónico principia a consolidar sus estructuras científicas y educacionales de nivel medio y superior.   

La ciencia a fines del Siglo XIX 

Por su parte, ya a fines del Siglo del Progreso, tras la consolidación de las entidades mencionadas, Chile se mostraba pujante en lo económico y en pleno proceso de apropiación de las tecnologías europeas, las que empiezan a visualizarse en el proceso de industrialización que se viene observando en el país desde la década del sesenta en adelante. El país era escenario de un verdadero boom de revistas científicas y de periódicos emergentes en las distintas regiones del país. El interés por la ciencia estaba debidamente decantado, principalmente desde los años setenta del siglo decimonono, puesto que ya a partir de estos años, Chile poseía una serie de entidades educacionales y culturales tales como las que ya se han mencionado y, en las cuales se reunían los científicos para realizar sus tareas rutinarias de “ciencia normal”, al decir de Thomas Kuhn.[4] Por eso desde la década del setenta se observan las innovaciones que llegan también a la política y a la discusión por la participación del género femenino en la vida intelectual del país. 

Es en este período y en este marco social y político, donde acontece por tanto, una fuerte discusión acerca de la inteligencia de la mujer y de sus posibilidades de ejercicio público en general.  Así, la década del setenta en Chile, por ejemplo, corresponde a los años en que se percibe la inserción de las asignaturas de Historia Natural que se dictan en los diversos liceos del país; y también acontece la creación de la Oficina Hidrográfica de la Armada, en 1874. Y en el plano político, en esta misma década, en 1875 acontece la audaz inscripción de Doña Domitila Silva y Lepe, en la Junta Electoral de San Felipe, con la intención de sufragar para elegir a la autoridad regional. Y la misma década a su vez, deja de manifiesto el inicio de una serie de congresos donde se analizan temas de distintas disciplinas científicas; por ejemplo el Congreso Libre de Agricultura realizado en Santiago en 1875. Luego vendrán muchos más.[5] 

Son los años en que a partir de los esfuerzos de José Victorino Lastarria y de los hermanos Lagarrigue entre otros, el positivismo como corriente filosófica y cultural, se instaura en el país y sus tesis principian a influir en los preclaros hombres de la política, la educación y la cultura nacional. Justamente, en este marco sociocultural, el Ministro de Instrucción Pública de la época: Luis Miguel Amunátegui,  promulga en 1877, la ley que posibilita el ingreso de la mujer a la educación superior; con ello, se privilegiaba la educación para ambos géneros (al menos en teoría) y así se daba pábulo para la participación de la mujer en la instauración definitiva del progreso y  en la transformación moral de la sociedad.[6] Por tanto, es en este contexto histórico donde se empieza a perfilar la presencia femenina en la ciencia nacional. Y desde luego, queda claro que tales acontecimientos contribuyen definitivamente para que la mujer pueda llegar a la educación superior. Así, esta puerta legal que se abre con el decreto de Amunátegui en febrero de 1877, la cruza rápidamente Eloísa Díaz Insunza. Por tanto, en lo que sigue destacaremos la producción científico-teórica de esta primera científica y luego los aspectos prácticos de su quehacer relacionados con los contactos con las autoridades, para incorporar el concepto de higiene en la educación primaria y secundaria de nuestro país, justo en el período finisecular del Siglo diecinueve chileno. 

Eloísa Díaz Insunza 

La primera mujer científica en Chile es Eloísa Díaz Insunza (1866-1950). Cursa su instrucción elemental en el Colegio de Primeras Letras de Dolores Cabrera de Martínez, y continúa su enseñanza secundaria en el Liceo de Isabel Le Brun de Pinochet, y termina sus estudios de humanidades en el Instituto Nacional. Y en 1881, sólo cuatro años después de haberse dictado el decreto que permitía el ingreso de las mujeres a la universidad, postula a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, obteniendo su diploma de Bachiller en Medicina y Farmacia en 1885. Por cierto, sus estudios no fueron del todo cómodos, ni tampoco estuvieron exentos de algunas dificultades en la interacción con sus pares masculinos, producto de la mentalidad machista y conservadora de la época que se manifestaba en burlas constantes y en una descalificación de la capacidad intelectual de aquella compañera de estudios; empero, finalmente obtiene su título de médico cirujano el 3 de enero de 1887. Con ello, pasa a ser así, la primera mujer en Chile y en América Meridional en obtener el título en Medicina y Cirugía. Su tesis de grado se intitula: Breves observaciones sobre la aparición de la pubertad en la mujer chilena y las predisposiciones patológicas del sexo, la cual es publicada a continuación en los Anales de la Universidad de Chile y en la Revista Médica de Chile.[7]

En 1888 se realiza el Primer Congreso Médico Chileno, y entre los participantes se aprecian todas las grandes figuras chilenas de la medicina y la biología de la época; entre otros, los doctores: José Joaquín Aguirre, Manuel Barros Borgaño, Vicente Izquierdo y los naturalistas Rodulfo Amando Philippi y su hijo Felipe; la doctora Díaz Insunza es la única mujer asistente al evento.[8]

Luego, desde 1891, se incorpora a la clínica ginecológica del doctor Roberto Moericke en el Hospital San Borja-Arriarán, en Santiago y después se dedica con ahínco a velar por la higiene en el sistema educacional de nuestro país, así como también por mejorar los aspectos de infraestructura de las escuelas del país. En 1901 publica su primer Informe del médico Inspector de las Escuelas Públicas y también su texto: Reorganización del Servicio Médico Escolar. Primer Congreso Médico Latino Americano. Santiago de Chile. Luego en 1905, publica su ensayo Disquisiciones sobre Higiene escolar en Chile. Actas y Trabajos. Segundo Congreso Médico Latino Americano. Buenos Aires. Y al año siguiente su  texto: La alimentación de los niños pobres en las escuelas públicas. Anuario del Ministerio de Instrucción Pública. 

Su contribución para el fomento de la Higiene como disciplina práctica 

Eloísa Díaz, además de sus aportaciones teóricas partiendo de la publicación de su tesis en la que analiza las características de la  pubertad, ya mencionada, colabora constantemente con la Revista Médica de Chile desde 1886 y en los Anales de la Universidad de Chile.

En cuanto a su aporte como científica para el país, éste es muy significativo puesto que logra insertar la preocupación por incluir la rama de higiene, como disciplina médica, para ser tratada en las escuelas del país. Por eso no es extraño que en uno de sus trabajos sugiera al Ministro de Instrucción Pública de su época, la conveniencia de instalar en las escuelas, duchas y lavatorios para el aseo de los niños.  Y lo justifica en estos términos: “Estos baños higiénicos son muy necesarios para mantener la piel en perfecto estado de sanidad…”[9] Y más adelante expresa que se deben “…mejorar las condiciones higiénicas de la población escolar y es indispensable complementar el servicio de baños con el establecimiento de lavatorios, lo que contribuirá en gran parte a mejorar la salubridad en general”.[10] E incluso ella misma se desempeña luego como profesora de Higiene en la Escuela Normal de Preceptoras del Sur. Y más tarde, como Médico Inspector de las escuelas del país; en virtud de  este cargo, en el que estuvo por más de treinta años, logra realizar una vasta labor profesional; v. gr.: analiza las condiciones higiénicas de los establecimientos educacionales de Chile y exige la infraestructura de baños y lavamanos en los mismos, crea cursos de higiene para profesores, instaura el servicio médico-dental escolar, desarrolla cursos de puericultura y de antialcoholismo, crea policlínicos para menesterosos, fomenta el sistema de las colonias escolares, y sugiere la creación de jardines infantiles y otros. Ya en los inicios del Siglo XX, más exactamente en 1910 es distinguida como Mujer Ilustre de América, por sus aportes a la medicina social presentados en el Congreso Internacional de Medicina en Argentina, este mismo año. En 1911, se crea el Servicio Médico Escolar de Chile y Eloisa Díaz asume como la conductora de la entidad. Entre sus tareas e innovaciones desde esta nueva corporación, impulsa el desayuno escolar obligatorio, propicia la vacunación masiva de escolares, instaura el servicio médico y dental en los liceos y combate el raquitismo y la tuberculosis. Por tan abnegada labor, no es extraño que haya sido reconocida y homenajeada en Chile y en distintos países de América. Cabe destacar que todas estas aportaciones de Eloísa Díaz, acontecen en los primeros veinte años del siglo XX; es decir, en un período en que están  apareciendo en Chile los primeros movimientos femeninos organizados, tales como los Clubes de Señoras o Asociaciones Feministas que tenían entre sus objetivos, posicionar mejor o aliviar la situación social y familiar de la mujer, democratizando también a la sociedad, tal como ya lo ha destacado el escritor Adolfo Pardo.[11]

Hacia una conclusión

Por lo anterior, queda de manifiesto que Eloísa Díaz contribuyó a la ciencia nacional gracias al ejercicio público de su profesión, a sus participaciones en congresos y por sus aportes teóricos. Pero además contribuyó desde su quehacer para estimular la consolidación de políticas públicas relativas a la higiene escolar, tanto por su exigencias para el necesario aseo personal de los y las alumnas como también por la solicitud constante que realizó, al Ministro de Educación de su época, para reestructurar y ampliar la infraestructura de los establecimientos educacionales con el fin de que estos contaran con los baños, lavamanos y otros implementos para la práctica del aseo individual, con un mínimo de privacidad.

En rigor, su obra es una mixtura de algunos textos sobre medicina, informes sobre la situación de salubridad de los establecimientos educacionales, contactos con las autoridades políticas y creación de distintos servicios de salud orientados al bienestar físico de los estudiantes y a la creación de hábitos de higiene en los mismos.

Y aunque jubila en 1925, continúa escribiendo y realizando aportaciones y sugerencias a sus colegas. La muerte la sorprende el 1° de noviembre de 1950, en el Pensionado del Hospital San Vicente de Paul, en Santiago. 

Bibliografía 

Amunátegui, Miguel Luis: Los primeros años del Instituto Nacional (1813- 1835), Stgo., Impr. Cervantes, 1889.

Amunátegui, Miguel Luis: Ignacio Domeyko, Stgo., Ediciones de la Universidad de Chile, 1952.

“Congreso Médico Chileno”, Revista Chilena de Infectología, Vol. 20, Stgo., 2003.

Diario El Mercurio, Stgo., 2 de noviembre de 1950.

Díaz I., Eloísa: Informe del médico Inspector de las escuelas públicas, Imprenta Nacional, Stgo., 1901.

Kuhn, Thomas: La Estructura de las Revoluciones Científicas, Ed. Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1982.

Ledermann D. Walter: “Las enfermedades infecciosas en el Primer Congreso Médico Chileno”, Revista Chilena de Infectología, 2003, vol. 20.

Solsona i Pairó, Nuria: Mujeres científicas de todos los tiempos, Ed. Talasa, Madrid, 1997.

Pardo A., Adolfo: “Historia de la Mujer en Chile. La Conquista de sus derechos políticos en el Siglo XX (1900-1952), Rev. Crítica: http://critica.cl/  , Stgo., 01-05-2001.

Saldivia M., Zenobio: La ciencia en el Chile decimonónico, Edit. Utem, Stgo., 2005.

Saldivia M., Zenobio: “José Victorino Lastarria. Del Romanticismo al positivismo”: www.crítica.cl  Santiago, nov., 2003.

[1] Cf. Solsona i Pairó, Nuria: Mujeres científicas de todos los tiempos, Ed. Talasa, Madrid, 1997.

[2] Cf. Amunátegui, Miguel Luis: Los primeros años del Instituto Nacional (1813-1835), Stgo., Impr. Cervantes, 1889; p. 585.

[3] Cf. Amunátegui, Miguel Luis: Ignacio Domeyko, Stgo., Ediciones de la U. de Chile, 1952; p. 17. 

[4] Cf. Kuhn, Thomas: La Estructura de las Revoluciones Científicas, Ed. Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1982, pp. 33 y ss.

[5] Saldivia M., Zenobio: La ciencia en el Chile decimonónico, Ed. Utem, Stgo., 2005, p.123.

[6] Vd. Saldivia M., Zenobio: “José Victorino Lastarria. Del Romanticismo al positivismo”: www.crítica.cl  Santiago, Nov., 2003.

[7] Cf. Diario El Mercurio, Stgo., 2 de Noviembre de 1950.

[8] Cf. Ledermann D. Walter: “Las enfermedades infecciosas en el Primer Congreso Médico Chileno”, Revista Chilena de Infectología, 2003, vol. 20 supl.; pp.122-123. 

[9] Díaz I., Eloísa: Informe del médico Inspector de las escuelas públicas, Imprenta Nacional, Stgo., 1901, p. 4.

[10] Ibídem., p.9.

[11] Cf. Pardo A., Adolfo: “Historia de la Mujer en Chile. La Conquista de sus derechos políticos en el Siglo XX (1900-1952), Rev. Crítica:  http://critica.cl/  , Stgo., 01-05-2001.