Dr. Zenobio Saldivia Maldonado

U. Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile 

Resumen

En el largo proceso social y cognoscitivo que permitió llegar a la consolidación definitiva del método científico, hubo autores e instituciones que jugaron un rol significativo para que dicho conjunto de procedimientos fuera comprendido y finalmente aceptado. Entre éstos: Copérnico, Kepler, Galileo, Newton Descartes, F. Bacon y otros. El esfuerzo de tales autores ya ha sido analizado frecuentemente en el ámbito de la Historia de las Ciencias, o en el campo de la Metodología Científica, pero no siempre se encuentran trabajos sobre las Academias Científicas que destaquen el aporte de éstas en la marcha de la ciencia universal; ni tampoco es frecuente encontrar sistematizaciones de tales Academias por siglos.  En lo que sigue se pretende alcanzar dichos objetivos. 

Antecedentes previos 

Actualmente empleamos la noción “academia” para designar círculos científicos, literarios, artísticos y humanísticos en general. No siempre tuvo una extensión tan amplia. Es en Atenas el lugar donde podemos encontrar el sentido original de este concepto. La palabra viene del griego “akademia” y nominaba el jardín del héroe ateniense Akademos. Más tarde, en dicho lugar, desde 387 a. n. e., Platón comienza a enseñar su filosofía, y por ello el sentido original de la noción, alude a la institución de libre discusión filosófica creada por Platón, con notorio énfasis además, por la matemática y la astronomía. 

En los primeros siglos de la era cristiana -salvo contadas excepciones- no hay instituciones con vastas pretensiones culturales y que incluyan al mismo tiempo, una notoria preocupación científica. Entre estas excepciones recuérdese el Museo de Alejandría, fundado por Ptolomeo I y continuado por su hijo Ptolomeo II. Esta entidad creada en homenaje a las musas interesadas en el estudio y el conocimiento, desde sus inicios denota una notoria impronta griega; permitió aglutinar a pintores, escultores, arquitectos y científicos de la época. Las primeras academias con un mercado interés científico, en el sentido más proclive a lo que hoy llamamos ciencias naturales, comienzan a aparecer tímidamente en el Renacimiento. 

Empero, el proceso de aparición de corporaciones científicas, debe coexistir en muchos casos, con algunas instituciones que no ven con buenos ojos a estas entidades, o por lo menos a muchos de sus integrantes; tal como sucede por ejemplo con la Inquisición, que inhibe a los investigadores; recuérdese por ejemplo el conflicto entre Galileo y la Inquisición, que terminó con la abjuración de muchas de las tesis de este autor, en el convento de la Minerva, en Roma, en 1633. Afortunadamente eso no fue un óbice para el desarrollo de las ciencias, y estas nuevas instituciones, creadas con enorme sacrificio por los propios científicos, difunden los trabajos de los mismos y apoyan y estimulan indirectamente a sus colegas; ya sea al compartir material bibliográfico, al difundir la nueva metodología, o bien al plantear las nuevas ideas sobre el mundo físico, que motivan a los especialistas para nuevas incursiones metodológicas y teóricas. 

Durante el Renacimiento, Italia ve florecer muchas de estas sociedades interesadas por las letras, las ciencias y el arte; v. gr. la Academia de Florencia, instaurada por Lorenzo de Médicis aproximadamente en el año 1474. En Nápoles a su vez, aparece la Academia Secretorum Naturae, fundada en el año 1560 con notorio interés científico por las ciencias de la vida y las ciencias de la naturaleza.  En Roma, por su parte, se funda la Academia dei Lincei en 1603, con el estímulo del príncipe Federico Cesi y entre sus principales integrantes se destaca Galileo Galilei. 

En Francia, Colbert, inspirado por Perrault, logra la creación de la Académie des Sciences en diciembre de 1666. Dicha institución se interesa por el desarrollo y la difusión de la historia natural, de la física, la química, y las matemáticas. En su primera etapa las sesiones se realizaban en la biblioteca del Rey Louis XIV y a ella asistían entre otros; Blondel, Descartes, Picart, Pascal y Gassendi. Un poco antes de la presentación en sociedad de esta corporación -en enero de 1665- algunos sabios que después participan de la Académie des Sciences, logran financiar la publicación del primer periódico de carácter científico: Le Journal des Savants. Gómez y Benzi han destacado así este esfuerzo epopéyico: “el principal objetivo de esta publicación, es sus inicios, era entregar un resumen de los libros más importantes publicados en Europa, incluyendo además bibliografías de los autores más destacados en materias científicas, filosóficas y literarias.”[1] 

La Académie des Sciences representa una de las entidades científicas más famosas. Y desde la fecha de su fundación en 1666, pone en contacto a los sabios e investigadores más destacados de Francia y Europa. Tal vez por esto el filósofo alemán Leibniz anhelaba de sobremanera ser miembro de la Académie des Sciences en París. Por ellos le solicita a Jean Gallois, secretario de la entidad, que realice algunas gestiones para su incorporación como miembro extranjero. Sus cartas a Gallois en 1677 y 1678 expresan ese deseo que no logró materializar. Probablemente por la poca acogida de los miembros titulares o tal vez porque la gestión de Gallois no fue satisfactoria. Finalmente Leibniz decide instaurar él mismo una en su país y para ello persuade al Rey Federico I de Prusia, para fundar la Sociedad de las Ciencias, hoy denominada Academia de Ciencias de Berlín. 

Como miembros destacados de la Académie des Sciences en el siglo XVIII, recordemos los nombres de Antonie Laurent Lavoisier, Antonie Fourcroy y Alexandro Volta. El primero padre de la química moderna, autor del Tratado elemental de la química y descubridor del oxígeno. En 1772 envía al secretario de la institución, un sobre sellado con una síntesis de sus observaciones para dejar constancia de que había sido el primero en descubrir el principio químico de la combustión. El segundo es un médico que enseña brillantemente como aplicar la química a la medicina; entre sus obras figuran Lecciones Elementales de Historia Natural y de Química y Sistema de Química. En esta última obra, difunde las teorías de Lavoisier. Volta, por su parte ingresa a la Academia en 1800, tras presentar su invento de la pila que lleva su nombre, con lo cual demuestra la generación de electricidad a partir de placas de plata y cinc, las cuales a su vez, estaban intercaladas con un papel absorbente impregnado de una solución salina. Es un hito importante que deja asentada la primera batería para la producción de electricidad. 

Por su parte, el matemático y filósofo francés Jean le Rond D’Alambert, se incorpora a la Académie des Sciences en 1741, con la presentación de su trabajo: “Memoria sobre las refracciones de los cuerpos sólidos”; llegando a ser posteriormente secretario de la institución. El Marqués de Condorcet y Carlos Linneo, son también otros miembros connotados de esta academia, durante el Siglo de la Ilustración. Linneo, el reformador de las ciencias naturales descriptivas, ingresa a la Academia en su condición de miembro honorífico extranjero, a la edad de 31 años.[2] 

En el siglo XIX Claudio Gay (1800-1873), sabio francés y autor de la Historia Física y Política de Chile (26 volúmenes), también solicita su incorporación a la Academia de Ciencias de París. La gestión la realiza en dos ocasiones, la primera en 1854, resultó un fracaso, pero lo logra en 1856.[3] En este mismo siglo, recuérdese la incorporación de Gay Lussac (1806), de Pasteur (1862) y de Charcot en 1883. 

En Londres, a su vez, ya en 1660 se había fundado la Royal Society, inspirada por las enseñanzas de Francis Bacon y por sus sugerencias de privilegiar el método experimental. Sus miembros de dedican al estudio tanto de las ciencias naturales y a la realización de experimentos, como también a la investigación de aplicaciones prácticas. Al respecto, ciertos informes de la entidad, dan cuenta de un notorio interés por asuntos técnicos, como por ejemplo “los tintes, la fabricación de mejores telas, la ventilación de las prisiones, etc.”[4] La Royal Society es  -desde sus inicios- un centro de discusión de la comunidad científica inglesa y un medio de difusión de los avances y los logros científicos, para los sabios e investigadores del resto de Europa; esta última tarea se cumple cabalmente con la entrega de los Philosophical Transactions, que anualmente publica esta entidad. Es el medio de comunicación que concentra los discursos y las presentaciones de sus miembros ordinarios. Entre los miembros de esta sociedad se cuentan; el inventor Denis Papin, los científicos Rober Hooke, Edmond Halley, Christopher Wren e Isaac Newton. [5] Este último, es aceptado en 1672, luego de enviar a la institución un resumen de sus trabajos sobre óptica, llegando a ser más tarde uno de sus presidentes. La Royal Society se muestra muy interesada en los estudios de Newton sobre la teoría de la gravitación; por ello comisiona al astrónomo Edmond Halley, amigo de Newton, para obtener mayor información. Al parecer Halley asume muy bien la responsabilidad y contribuye pecuniariamente para la impresión de la obra de Newton; Principios Naturales de Filosofía Natural, que aparece públicamente en 1687.

La historia de las ciencias, como hemos venido constatando, nos permite apreciar que un hito significativo en la aparición de las academias científicas, corresponde a los siglos XVII y XVIII. Un intento de sistematización y enumeración cronológica de las diversas academias científicas que aparecen en tales siglos, nos obliga a considerar al menos las siguientes:[6] 

Academias científicas de los Siglo XVII y XVIII 

Año

País

Nombre academia

Fundador

Principales miembros

1603

Italia

Academia dei Lincei

Federico Cesi

Galileo, De la Porta

1652

Alemania

Academia Naturae Curiosorum

Bausch

Bausch, Sachs Von Lewenheim

1657

Italia

Academia del Cimento

Leopoldo de Medicis

Torricelli, Viviani, Borelli

1660

Inglaterra

Royal Society of London

Carlos II

Boyle, Newton, Hooke, Pristley, Halley, C. Huygens

1663

Francia

Académie des Incriptions et Belles Lettres

Louis XIV y Colbert

Bouchard, Chapelin, Charpeintier

1666

Francia

Académie des Sciences

Colbert

Pascal, Blondel, Cassini, Desfontaines, Gasendi, De la Hire.

1671

Francia

Académie Royale d’Architecture

Colbert

Le Vau, Bauand, Gitard

1692

Austria

Academia de Ciencias y Artes de Viena.

Peter Strud

Jacob Van Schuppen

1700

Alemania

Academia de Ciencias de Berlín

Federico I y Leibniz

Leibniz, Euler, Viereck.

1710

Suecia

Academia Real de Ciencias de Upsala

Federico IV

Berzelius, Burman, Bellman

1725

Rusia

Academia Imperial de Ciencias de San Petersburgo

Pedro I

Hermanos Bernoulli, Leonhard Euler, C. Friedrich Wolf, José Nicolás Delisle.

1731

Francia

Académie Royal de Chirurgie

Louis XV

Mareschal, Lapeyronie, lamartiniere.

1739

Suecia.

Academia Real de Ciencias de Estocolmo

Federico IV

Linneo, Berelius, Wargentin.

1743

EE.UU.

American Philosophical Society

B. Franklin

T. Hopkinson, T.Godfrey, J. Bartram.

1759

Alemania

Academia Real de Ciencias de Baviera.

Maximiliano III

J.F. Fichte, Johann Georg Lori, F. H. Jacobi.

1772

Bélgica

Académie Royale de Belgique

Emperatriz M. Teresa

Needham, Quetelet.

1779

Portugal

Academia Real des Sciences da Lisboa

Duque de Lafois

Domingos Vandelli, Correia da Serra

1782

Italia

La Societá Italiane di Scienze

Antonio María Lorna

A. M. Lorgna,

1784

Austria

Academia de Medicina y Cirugía

Emperador José II

Giovanni, Alessandro, Bambilla

 

Las publicaciones que entregan estas instituciones, pasan a constituir un flujo importante de conocimientos que orientan a los científicos en sus investigaciones y los estimulan a plantearse nuevas tesis. Entre las publicaciones más relevantes de estas academias y que llegaron a ser un medio sostenido de información científica para la sociedad de su tiempo, están: Le Journal des Savants (Académie des Sciences), Philosophical Transactions (Royal Society), Mémories et Prix de l’Académie de Chirurgie de París (Académie Royale de Chirurgie) y las  Memorias de la Academia Real Sueca de Ciencias (Academia Real de Ciencias de Suecia). 

Durante el siglo decimoséptimo, las sociedades científicas instan notoriamente a sus miembros para que realicen sus propios experimentos y buscan algunos mecanismos para premiar a los que obtienen resultados exitosos. En otros casos, al interior de las propias academias se realizan y discuten determinados experimentos; por ello la Royal Society nombra inmediatamente, en el mismo año de su fundación, un director de experimentos, cargo que recae en Rober Hooke.[7] 

En el siglo XVIII continúan fundándose en Europa diversas sociedades doctas; tales como la Academia de Bellas Artes de Copenhague (1783), la Sociedad Lunar de Birmingham (1766) y la Sociedad Literaria y Filosófica de Manchester (1781) entre otras. Con razón Forbes señala a este respecto que: “era una constante ir y venir entre laboratorios y talleres. El interés por las Academias en este período, parece ser una moda, que se expande para abrir nuevos espacios de sociabilidad; por ello no es extraño que muchos industriales e incluso algunos comerciantes destacados, ingresen a la Real Sociedad. Individuos de todas las clases sociales se reunían para discutir sobre temas científicos en la Sociedad Lunar, la Sociedad Real de Artes y otros grupos.”[8] Pero dicho fenómeno no se agota en Europa, pues algo similar sucede en Estados Unidos, v. gr.: pensemos en la American Philosophical Society, fundada por Benjamín Franklin, en 1743, en Filadelfia.  Pero el interés incluso va más allá de los científicos y  del mundo de la civilidad, puesto también en esta etapa histórica aparecen Academias Militares, con intereses científicos y que persiguen formar oficiales navales o del ejército, para que dominen otras lenguas además de la vernácula, y para que reciban formación especializada en matemática, geometría, historia, geografía y otras disciplinas. Entre las más famosas de este período recordemos al menos en España: la Academia de Ingenieros de Barcelona, la Academia de Guardiamarinas de Cádiz, la Academia Militar de Matemáticas de Barcelona, o la Academia de Artillería de Segovia, entre otras. 

Más tarde, también en España, pero en el mundo civil, se funda  en el año 1713 la Real Academia, que se interesa principalmente por la propiedad y pureza del idioma español desde una perspectiva hegemónica. Únicamente a partir de 1926 se incorporan académicos de número como exponentes de los distintos lenguajes regionales de España. Esta entidad ha logrado mantener varias publicaciones; entre éstas una Gramática Española y el Diccionario de la lengua española. En la actualidad incorpora también las voces de América o americanismos. 

Desde el punto de vista de una sociología de la ciencia, es posible considerar las academias científicas como una forma de organización social de los miembros de una porción de la cultura, que adquieren una presencia relevante en el marco social. En este sentido, las academias científicas son entidades que permiten la presentación gremial de los científicos, de sus colaboradores y amigos, ante la sociedad. Allí se reúnen y se actualizan sobre el devenir científico nacional e internacional. Los miembros de estas sociedades logran de este modo, introducirse en la vida pública y cultural de la época con una cierta faz propia de una determinada forma de organización. Los integrantes de las academias científicas son en sus comienzos, obviamente los científicos e inventores, pero además participan algunos industriales, comerciantes y abogados. Tal composición social de las mismas, es ya un fenómeno muy notorio en las primeras décadas del Siglo de las Luces, como ya se ha mencionado. 

Lo anterior, trae aparejado al aparecimiento de nuevas costumbres; tales como asistir a conferencias, mantener bibliotecas personales y coleccionar objetos naturales. Todo lo cual, motiva a los espíritus cultos de la época a cooperar para la ejecución de los experimentos científicos, a actualizar sus bibliotecas y a difundir más rápidamente los descubrimientos de la ciencia. Tales progresos observables en el marco social, permiten una mejor percepción de la actividad científica como un todo, y van configurando una mentalidad de confianza y aceptación del discurso científico como forma de elucidación de los hechos del mundo. Ello también se hace extensivo a la comprensión de las aplicaciones prácticas de la ciencia. 

En cierta manera, las academias científicas de los siglos XVII y XVIII, cumplen el rol de institucionalizar la actividad y el método científico. Sirven de instancias de discusión interna entre los miembros de las mismas y de difusión de los conocimientos alcanzados en las distintas disciplinas. Podría decirse que son centros intelectuales que irradian un discurso nuevo hacia el resto de la cultura; una forma distinta de apropiación intelectual que ha alcanzado un status superior: la explicación científica. 

En los siglos posteriores, la actividad de las academias y sociedades científicas en general, no desaparece, al contrario; pasa a ser mucho más productiva, sólo que por tratarse de instituciones que ya gozan de la aceptación social, no llaman mayormente la atención. Tal vez por esto en el siglo XIX, ya existe una mejor comprensión de las funciones y propósitos de las mismas; el hombre culto y estudioso ha adquirido una habituación para entender que muchos científicos participen de tales comunidades. Y en este sentido, el rol de las academias hacia el marco social se alcanza notoriamente, puesto que los conocimientos ya no se ven arrinconados en los laboratorios y en las aulas, sino que llegan a la sociedad civil, a la vida ordinaria de hombre relativamente bien informado. Entre las numerosas academias que se crean en el Siglo XIX, y que no figuran en la compilación que se presenta a continuación, están por ejemplo: la Sociedad Helvética de Ciencias Naturales (1815, Suiza), la Asociación de Investigadores de la naturaleza y Médicos Alemanes (1822, Alemania), la Mathematical Society (1888, EE.UU), o la American Geological Society (1819, Yale, EE.UU), entre tantas otras. 

Academias Científicas del Siglo XIX (Selección) 

Fecha

País

Nombre Academia

Fundador

Principales Integrantes

1812

Alemania

Real Academia de Ciencia

y Bellas Letras de Prusia

Federico II

M. Toussaint, M. Diderot.

1816

Argentina

Academia de Matemáticas de Bs. Aires

Director Supremo Álvarez Thomas

José Lanz, Felipe Senillosa.

1832

Colombia

Academia Nacional de Nueva Granada

Gral. Francisco de Paula Santander

J. Manuel Restrepo.

1846

Austria

Academia Imperial Viena

Fernando I

Heinrich Willkomm

1847

España

Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales

Antonio Zarco del Valle

José Solano de la Matalinares,

Gumersindo Vicuña y Lazcano

1857

España

Academia de Ciencias

Morales y Políticas

Isabel II de Borbón

Antonio Alcalá, Luis M. Pastor, Antonio Cavanilles.

1861

España

Real Academia Nacional de

Medicina

Isabel II

Tomás Corral y Oña, Francisco Menéndez Juan, Castelló,

1867

Rumania

Sociedad Académica Rumana

 

Ion Heliade Radalesu, Ion Ghica, Nicolae Kretzulesco.

1872

Polonia

Academia de Artes y Ciencias de Polonia

Rey Stanislaw August

 

Józef Majer

1875

Portugal

Sociedade de Geografía de Lisboa

Rey D. Luis

Antonio Enes, Luciano Cordeiro, Sousa Martins.

 

 En el continente americano, a su vez, el fenómeno parece replicarse, y las jóvenes repúblicas recién independizadas, principian a copiar estos modelos organizativos de la ciencia internacional. Entre estas recordemos nada más las siguientes: Academia Nacional de la Nueva Granada (1832), Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales de Bogotá (1873), Sociedad Científica Argentina (1872), Societé Scientifique du Chili (1891), o la Sociedad de Medicina de Lima, fundada en 1854. 

Pero… ¿porqué los sabios tienden a juntarse? ¿de dónde viene ese afán de reunirse para compartir conocimientos que manifiestan los científicos? ¿Por qué esa pasión secular sostenida? Tal vez  Aristóteles (Siglo IV a.n.e.) estaba muy en lo cierto cuando señalaba que “el hombre tiende por naturaleza al saber”. Y por eso más de 2000 años después, todavía los estudiosos se buscan, como las almas gemelas. Probablemente la misma pasión por el saber y la misma fe en la ciencia que manifiestan los miembros de las sociedades doctas, deben haber sentido los miembros de la secta pitagórica (siglo VI a. n. e.). En este caso sin embargo, la confianza era hacia una ciencia especulativa, identificada con la filosofía, la religión y el esoterismo. Tal vez estas primeras comunidades secretas, interesadas en buscar la armonía matemática del universo, fueron el germen necesario para la aparición de las posteriores academias científicas. 

A partir de estas entidades, en todo caso, primero en base a los modelos renacentistas preñados de esoterismo, y luego, en los años setecientos, matizados de racionalismo y de un enciclopedismo a ultranza,  la comunidad científica pudo ordenarse mejor en términos administrativos y normativos y logró actuar como un mecanismo de retroalimentación de los paradigmas vigentes en las distintas disciplinas, cuyos exponentes se esfuerzan por tanto, para hacer extensivo dicho modelo explicativo, a un mayor número de observables, en los distintos campos del saber. Y además, en el plano social, las Academias Científicas actúan como embajadoras del homo scientificus ante las instancias de poder político y económico, y por otra parte, contribuyen a trazar un puente entre la ciencia y la sociedad de su tiempo. 

Citas y Notas

1. Gómez F. Héctor y Benzi B, Bruna: “La publicación periódica: un importante vínculo para la transmisión del conocimiento” en Rev. Trilogía 7 (13), U. Tecnológica Metropolitana, Stgo., 1987, p.25.

2. Cf. Guyenot, Emile: Las ciencias de la vida en los siglos XVII y XVIII, Uthea, México, 1956, p.24.

3. Cf. Berríos, M. y Saldivia, Z.: “Descubriendo el propio cuerpo físico. Claudio Gay y la ciencia en Chile”, Rev. Creces, Stgo., Mayo 1991, p. 34.

4. Sorber, R. J.: La Conquista de la naturaleza, Monte Ávila Editores,  Caracas, 1996; p. 45.

5. Cf. Butterfielf, H: Los orígenes de la ciencia moderna, Consejo Nacional de la Ciencia y la Tecnología México D. F., 1988;  p. 217.

6. El cuadro que se adjunta, corresponde a una selección y ordenación personal, extraída de: La Grande Encyclopédie, H. Lamirault Editeurs, París. Vol. I, Chicago-London- Toronto, 1958.

7. Cf. Rupert Hall, A.: La revolución científica, Ed. Crítica, Barcelona, 1985; p. 337.

8. Forbes, R. J.: Historia de la técnica. F. C. E., México D. F., 1958, p. 186.

9. Cf. De Ron Pedreira, Antonio: “Las sociedades científicas de finales del Siglo XX”, Rev. Política Científica, Nº45, Madrid, Marzo 1996.