Publicaciones de Zenobio Saldivia Maldonado (187)

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ACTUALIZACIÓN SANTIAGO CHILE.- La tarde del lunes 14 de mayo de 2018 en las oficinas de Prensamérica Chile, fue anunciado de manera oficial la designación del Premio Latinoamericano Dr. Zenobio Saldivia 2018, en la categoría ‘Grandes del Periodismo latinoamericano’. Así lo explicó el máximo directivo del Holding Prensamérica a medios digitales, Roberto González Short.

«Nuestro directorio internacional se sintió muy agradado de poder anunciar esta designación a un profesional de las comunicaciones con el calibre y solidez como la del colega Jorge Luis Saá Triviño, periodista graduado en la Escuela de Ciencias de la Información, hoy Facultad de Comunicación Social, en la que obtuvo su título de Licenciado en Ciencias de la Información. Además, este gigante ecuatoriano de las comunicaciones ostenta un Diplomado en Publicidad y Marketing, así como un Doctorado en Raíces Hebreas, o sea, estamos hablando de un Peso Pesado entre quienes buscamos la excelencia para entregar este galardón», dijo González.

¿QUIÉN ES JORGE SAÁ TRIVIÑO?

Su experiencia laboral la inició en Radio Mambo, de la ciudad de Guayaquil, continuó su caminar por los caminos de la comunicación en Agencia EFE Madrid, España; Diario El Universo, Secretaría de Información Pública, Agencia de Noticias del Ecuador, Diario Meridiano, La Segunda; Diario El Telégrafo, fue director de Revista Las Américas, consultor de Publicidad, Prensa, Propaganda y Protocolo.

«Nos es imposible poder abordar todo el trabajo de este comunicador latinoamericano, quien pareciera saber más de lo que aprendió en la Universidad, recordemos que Saá Triviño también se ha desempeñado como diseñador de campañas políticas publicitarias, asesor del Congreso Nacional para asuntos de prensa, relacionista público de varias empresas, personas jurídicas e instituciones públicas, es más, recuerdo que su último cargo desempeñado fue en la Dirección General de Aduanas», acotó el jerarca de Prensamérica.

Este coloso del periodismo ecuatoriano lleva más de 42 años de ejercicio profesional y colabora con las organizaciones periodísticas a las que pertenece, Unión Nacional de Periodistas, Colegio de Periodistas del Guayas y la Federación Nacional de Periodistas del Ecuador, entre otros gremios internacionales. Actualmente es director ejecutivo de la Corporación Ecuatoriana de Derechos Humanos.

Hoy compartimos con nuestros lectores y visitantes al Sitio Oficial del Dr. Zenobio Saldivia, un resumen periodístico en el que el propio Saá Triviño aparece agradeciendo el homenaje recibido.

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¿QUIÉN ES EL DIGNATARIO DEL PREMIO LATINOAMERICANO?

http://zenobiomedios.com/

El Dr. Zenobio Saldivia Maldonado, es profesor de filosofía (U. de Chile); Mg. en Filosofía de las Cs. (Usach) y Doctor en Pensamiento americano, con mención en Historia de las ciencias, (Usach), Santiago de Chile. Profesor Honorario de la U. Continental, Huancayo, Perú, Dr. Honoris Causa U. Ada Byron, Chincha, Ica, Perú. Profesor titular de la U. Tecnológica Metropolitana, (Utem), Santiago, Chile. Diversos artículos suyos, sobre historia de las ciencias y epistemología, han aparecido en publicaciones de su país y de Argentina, Colombia, Venezuela, Perú, Uruguay, Nicaragua, Panamá, El Salvador, México, Brasil, España, Costa Rica y EUA. Ha participado en eventos nacionales e internacionales. A la fecha tiene 19 libros publicados; entre los últimos y a manera de ilustración destacamos: El Mercurio de Valparaíso. Su rol de difusión de la Ciencia y la Tecnología en el Chile Decimonónico, (Bravo y Allende Editores, Stgo., 2010). Ensayos de Epistemología, (Compilador) (Bravo y Allende Editores, Stgo., 2012). Ensayos de Filosofía, (Bravo y Allende Editores, e Ilustre Municipalidad de Sta. María, Stgo., 2012), Adiós a la Época Contemporánea, Bravo y Allende editores, Stgo., Chile y U. Continental de Cs,. e Ingeniería, Perú, 2014). Actualmente se desempeña como profesor de Epistemología e Historia de las Cs., en la U. Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile y como Director del Depto. de Hdes. de la misma institución.

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Zenobio Saldivia M.
U. Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile.

Introducción

La noción “edad contemporánea”, pretende por un lado, abrir y cerrar cronológicamente el último plexo histórico; por otro, persigue estandarizar cognoscitiva y culturalmente un contexto dinámico del género homo, en su propia marcha histórica. Pero ¿logra efectivamente ambos cometidos? Las otras categorías conceptuales que delimitan los restantes grandes períodos históricos, expresan una significación demarcatoria bien definida cronológicamente, para cubrir universos de tiempos y eventos ya totalmente decanta- dos; en este sentido, son elementos teóricos que fijan y cierran trozos de la marcha histórica en sus aspectos cuantitativos y cualitativos. Y por tanto, no se agotan en una mera cuantificación cronológica, sino que también llevan implícita, en el plano cualitativo, por el factum de la denominación que cada período sugiere ya a priori, un marco cultural y axiológico definido para estos otros hitos.
Pero la noción “edad contemporánea”, ya sea en su rol cuantitativo o cualitativo, ¿cómo puede cerrar lo que aún está inacabado? Es cierto que la categoría que analizamos denota una apertura de tiempo y de acción, como producto de la asignación cronológica que le corresponde por definición: 1789; empero, esta abertura conlleva una dificultad y una pretensión.

Época Contemporánea: su enorme extensión cronológica

Lo primero, alude al hecho de que si bien desde la perspectiva de la marcha histórica, una asignación cronológica de poco más de dos siglos es una extensión breve y reducida para construir una explicación de lo que en dicho período hubieren ejecutado los hombres, y por tanto, no debería pre-sentar mayores dificultades; el inconveniente está en lo que cualitativamente sucede en dicho lapso de tiempo. Así, sabemos que en este período los cambios ocurridos en la sociedad, y los que están acaeciendo en estos momentos; han sido y son tantos y tan profundos, que han dejado o están dejando una impronta que todavía no logramos definir ni explicar a cabalidad. Y por otra parte, los sucesos están tan encima de nosotros que no alcanzamos a decantarlos debidamente; además, nosotros, en tanto participamos de un presente histórico que queda incluido en un corte artificial, que tiene principio cronológico pero que carece aún de cierre temporal -según la última categoría de periodización- somos doblemente actores y espectadores del devenir histórico que hay que explicitar. Entonces, no resulta difícil comprender que puntos como los señalados, constituyen el corpus de la dificultad que se hace ostensible al emplear la noción “edad contemporánea”.
Así, eventos políticos tan cercanos, como la destrucción de las torres gemelas en Nueva York (Septiembre del 2001), o acontecimientos económicos como la crisis asiática y la depresión rusa, que acontecieron ambos en 1998; o sucesos de carácter científico más distantes, como la expedición cien- tífica del naturalista Alexander von Humboldt a América (1799-1804); o los juicios político-ideológicos formulados por José de Maistre, quien en 1793 expresa públicamente que en las logias de Francia hay una mayoría de masones revolucionarios pero que ellos no son los responsables de la violencia desatada por ejemplo; son todos eventos que situados dentro de la lógica de la división histórica vigente, requieren también de un análisis no sólo como eventos históricos en sí mismos, sino como formando parte de un universo de acciones y de ideas sustantivas dentro de un mismo período.
Así, en este caso, el modelo explicativo historiográfico vigente, nos obliga a considerarlos como formando parte de una misma era histórica: la Edad Contemporánea. Lo precedente, nos recuerda que el conjunto de acontecimientos que encierra la categoría de periodificación en comento, incluye avatares de naturaleza muy distinta; y si bien, ello no es un óbice para la reconstrucción histórica, indica claramente un desafío, una constante a que se ve enfrentado el estudioso interesado en el discurso historiográfico; y en especial, al utilizar la categoría que se refiere a la última lonja de división histórica, para otorgar unidad de sentido a eventos tales como los mencionados.
Ahora, como el contenido semántico de la noción “edad contemporánea”, alude a un estadio inacabado dentro de la marcha histórica; las valoraciones continúan expresándose sin darnos un marco referencial fijo como para aprehender la fisonomía propia del período; para encontrar ese entramado básico que nos permita comprender las formas de vida, las visiones de mundo o las realidades sociales y políticas de esta era que se encuentra en pleno desenvolvimiento. Dicha situación, tiene que ver con una falta de distanciamiento del historiador frente a las acciones y a los discursos de la época, lo que claramente dificulta el encuentro de una primacía de la semasiología del período; esto es, de la posibilidad de encontrar un cúmulo cognitivo y axiológico esencial, altamente relevante, que interprete coherentemente tanto el plano de la praxis como el ámbito espiritual, valorativo o cultural de esta etapa, para que luego, una vez supuestamente identificado dicho genio oculto de esta era; baste la simple denominación de la categoría de división histórica, para que salte en la reconstrucción histórica, o en la interacción dialógica de los especialistas, el espíritu de la época. Luego, si se pretende comparar la fisonomía peculiar de cada era, a partir tópicos cualitativos considerados esenciales para cada uno; se estarían confrontando tres hitos o universos históricos ya cerrados en el tiempo, con una cuarta clase que es sólo una porción de una era; porción significativa, pero porción al fin y al cabo porque continúa abierta.
En rigor, todavía no es posible hacer tales confrontaciones globalizantes entre los contenidos ideológicos y culturales significativos de las restantes categorías de periodización y la noción “edad contemporánea”. Esto se comprende porque la noción categorial que nos interesa, en tanto enuncia un hito que no posee una demarcación cronológica de cierre, en la práctica de los cometidos historiográficos, es como si no tuviera fondo. Y al ser justamente la última y no estar totalmente decantada, se produce una curiosa paradoja: por un lado, sucede que justamente en esta era se ha logrado la máxima capacidad de dominio sobre la naturaleza y acerca de la comprensión de los fenómenos del universo, que el hombre ha alcanzado. Y corresponde también, a un hito en que se cuenta con infinitos recursos científicos y tecnológicos para recabar información, que van desde las fuentes bibliográficas tradicionales hasta los documentos, las imágenes, los discursos y los medios propios del mundo virtual y cibernético abierto a partir de los o Así, aunque se formulen desde el presente, nuevas teorías sobre las causas o consecuencias de uno o más acontecimientos relevantes que quedan insertos en tal o cual hito histórico -salvo el que denota la categoría “edad contemporánea”- nuestro intelecto percibe dicha etapa histórica como irreversiblemente detenida en el pasado.
Lo propio acontece si se llegan a descubrir pruebas de la participación de nuevos actores sociales vinculados a una gesta en particular; o si se adquiere algún conocimiento de eventos acaecidos en las anteriores etapas de la marcha histórica o incluso, si se realizan audaces interpretaciones sobre una consecuencia específica de un hito evolutivo previo a la categoría histórica que nos interesa. Siempre, en todos estos casos, nuestra percepción intelectual incorpora estas adquisiciones cognoscitivas como algo perteneciente a universos ya fenecidos; como algo propio de un pasado irreversible. Y es entonces, a partir de esta operación, que internalizamos las nuevas estructuras explicativas.

Época contemporánea e inconmensurabilidad

Por otra parte, al historiador le pesan también, tanto el factum de la inconmensurabilidad como el de la finitud; el primero, toda vez que no puede cubrir la universalidad del accionar humano, y por ende, debe limitarse a una selección. La visión de una forma historiográfica omniabarcadora, que dé cuenta de todos los fenómenos en que ha participado el hombre es una ilusión y un imposible lógico; esto, porque no tenemos ni la capacidad necesaria para cubrir tal derrotero, ni contamos con las fuentes documentarias relevantes para dar cuenta de los sucesos de muchos estadios de la marcha histórica. E incluso, en el supuesto extra-histórico de que existiera tal acopio de material y se contara con una meganarración que explicitara todo lo acaecido; tampoco estaríamos en condiciones de leerla, conocerla, o internalizar- la conscientemente; ni siquiera en varias generaciones; éste es el otro factum, el de la finitud, porque los avatares del ser humano continúan, y éste, en tanto es un ser histórico y temporal, no puede pasarse siempre únicamente en la mera contemplación del pretérito, sino también en vivir, en hacer historia en el presente, o acerca de lo presente, pues no es eterno ni puede trascender el tiempo en términos físicos. En este sentido, Karl Jaspers es muy sabio cuando señala que: “La totalidad de la historia, en suma, no se presenta verazmente en una visión ni como realidad ni como sentido.” La salida está pues, en la delimitación, en la selección; con ello se mantiene el eterno diálogo del hombre con otros tiempos, y por tanto, consigo mismo. Así, en esta continua tarea de traer una y otra vez nuevas reconstrucciones históricas, se va uniendo el pasado y presente y se hace posible la comprensión de la gesta histórica; empero ello no puede hacerse alejado totalmente de lo real, de lo concreto, y debe contar con conceptos generalizadores. Y entre estos, las categorías de periodificación.
En este contexto, los individuos interesados en algún tipo de estudio histórico y que estemos insertos en el último plexo histórico; intentamos romper ese determinismo a que se aludía con los facta de la temporalidad y la finitud, y queremos penetrar un poco a la fuerza en el marco bullente y dinámico de otras épocas, con la ayuda de todos los procedimientos histórico-metodológicos que hemos desarrollado o de los que seamos capaces de inventar. Entre estos recurrimos por ejemplo: al análisis crítico, a la interpretación audaz, al empleo de conceptos categoriales, a la confrontación documentaria, a la formulación de hipótesis, o al uso de modelos explicativos; para obtener así, las claves mínimas que nos permitan la anhelada reconstrucción histórica.
Empero, el concepto categorial “edad contemporánea”, lleva implícito una aporía, pues su denominación sugiere un límite impredecible que corta y no corta el presente. En efecto, si bien indica un corte histórico y cronológico para el inicio del período; este concepto sólo logra perfilar un contorno connotativo y denotativo para el universo abierto social, político y cultural, que continúa en plena expansión, totalmente vivo e inacabado. Justamente, por su pretensión de acotar un tiempo que se hace extensivo hasta el presente, continúa absorbiendo tácitamente en el marco de su significación, todas las adquisiciones cognoscitivas que logra el ser humano y va potenciando de este modo su denotación. Esto se repite así, cada vez que traemos a presencia la categoría en cuestión.
Por otra parte, como la noción que nos interesa, ha estado empleándose para tipificar cronológicamente a estas dos últimas centurias y pico, entonces pretende cumplir una función demarcatoria dentro del espacio-tiempo en que interactuamos como seres humanos. Esto parece legítimo, toda vez que es menester atender debidamente a la satisfacción de las necesidades de análisis diacrónicos y sincrónicos, acerca de otros grandes períodos históricos o de instantes vinculados al desenvolvimiento de nuestra propia era. Y esta última, en su condición de objeto de estudio; ora como un todo, ora como porciones significativas de la misma, también es permeable al análisis -o cuando menos- debería tener un marco temporal delimitado para eventuales interpretaciones que permitan acercarnos a nuestra autognosis.
En este sentido, la noción “edad contemporánea”, obedecería al mismo propósito operativo que las otras categorías de periodificación: delimitar un universo, esbozar un inicio y un final de la praxis humana, en un tiempo y espacio acotado; esto es, instalar ciertos hitos cronológicos convencionales que sirvan de base al discurso historiográfico. Tales cortes artificiales, facilitan la atención del historiador para seleccionar determinadas actuaciones individuales o colectivas relevantes, dentro del sinnúmero de expresiones de la praxis humana que connota per definens el período, y frente a las cuales tiene que elegir para lograr la síntesis explicativa. Por otra parte, dentro del discurso historiográfico; el empleo de estos hitos, contribuye a precisar mejor el tiempo cronológico en que tales eventos seleccionados efectivamente sucedieron, y del cual o de los cuales, se está realizando el proceso de formulación de interrogantes y la obtención de relaciones. Todo lo cual, conducirá finalmente a la anhelada inteligibilidad, a la coherencia significativa que logre vertebrar los sucesos escogidos por el autor; arribando así, a una explicación original sobre los acontecimientos, dentro de la lógica de lo posible que permiten estos parámetros metodológicos convencionales.
Así, aunque el concepto categorial “edad contemporánea”, no satisface totalmente las exigencias demarcatorias y a pesar de que posee un doble estándar como hemos visto, y a pesar de que muchos autores se rebelan contra ellas porque la consideran una de las últimas expresiones del racionalismo tradicional en la disciplina, continúa vigente en la comunidad de historiadores. Está ahí como parte del aparato historiográfico, para colaborar en el análisis y explicación de las tendencias más generales observables en la fracción de tiempo que encierra por definición. En todo caso, tal como ya hemos señalado y como se verá más adelante con detención; un acuerdo explícito, o al menos tácito para su uso, no existe en la actualidad como algo plenamente generalizado o institucionalizado, y muchos intentan obtener la explicación histórica a partir de la denominación de sus propias categorías; pero no son más que eso, intentos que no logran el consenso entre los espíritus de la comunidad de historiadores y de los cientistas sociales en general.

¿Un nuevo hito es posible?

Ahora, en el supuesto de que la comunidad de historiadores y los miembros de comunidades afines, decidan implantar un nuevo hito de periodificación, necesitarían sólidos argumentos teórico-filosóficos y criterios específicos tendientes a facilitar la presentación de la reconstrucción histórica. ¿Qué parámetros van a emplear para tipificar a esta nueva época emergente?, ¿primará la tendencia a nuclear el devenir en torno a la actividad política?, como ha sido la tónica en la historiografía, ¿o tal vez el énfasis gire alrededor de una línea histórico-economicista que esté más de acuerdo con el mundo globalizado?, ¿o tal vez el epígrafe esperado denote un fuerte interés en seguir el desenvolvimiento científico, pro historia de las ciencias por ejemplo?, ¿o quizás se aprecie la primacía de un discurso moralizante?... en fin; cualesquiera sean los criterios seleccionados, los problemas serán numerosos y muy complejos.
Lo anterior, ilustra algunas de las dificultades existentes para encontrar un nombre apropiado a la nueva época histórica -cuya identificación cualitativa y temporal- permitiría desprenderse del uso desmesurado, vago e inconstante que se hace en la actualidad de la noción categorial “edad con- temporánea”, tanto en los círculos historiográficos como en el discurso comunicacional en general.
Para arribar a un nuevo epígrafe que goce del consenso de los especialistas, parece ser necesario cubrir adecuadamente las necesidades de la tríada: - locus - tempus - explanandum - que de ordinario se emplea sin decirlo en el discurso historiográfico. El primer término, alude a un aspecto puramente cuantitativo y demarcatorio; el segundo, es cuantitativo y cualitativo; y el último, es esencialmente cualitativo. Así, el locus es una invariante historiográfica que sugiere la determinación del lugar geográfico en que acontece tal o cual evento significativo de la praxis del ser humano. Ello, porque cualquier agente histórico, está inmerso en un contexto espacial y geográfico, como parte de nuestra peculiar condición biológico-antropológica como simple ser humano; y es en este sentido, que contribuye a dar un corte a los períodos históricos.
Lo anterior, alude a la imposibilidad que momentáneamente manifiesta la historiografía actual, para encontrar un exergo que exprese un corre- lato más feliz entre la denominación del último hito histórico vigente y el universo efectivo de acciones, creaciones, pensamientos y eventos humanos aún en curso, que éste debiera cubrir por definición. La dificultad se comprende, si tenemos presente que tal denominación debe cumplir un rol operativo integrador; es decir, satisfacer desde luego el nivel de exigencia del discurso historiográfico; pero también -en cuanto a su fundamentación- no puede alejarse de la lógica, de la semántica, de la filosofía, o y de las ciencias humanas en general, entre otros requerimientos. Empero, lo más cualitativo del período, parece descansar en su propia dinámica; esto es, en la velocidad, en la diversidad y en la extrema complejidad con que se suceden los acontecimientos. En este contexto ¿por qué no intentar la colaboración interdisciplinaria para encontrar ese soplo perdido y oculto del período? Después de todo, esta época presenta una gigantesca cantidad de eventos, de producciones intelectuales, de novedades, de incrementos materiales, de interacciones y de una mentalidad en gestación muy diferente a las anteriores. Por tanto, se entiende entonces que a los gestores del discurso historiográfico, les cueste dar con la esencia vital del período; se comprende que se les haga difícil encontrar un nódulo cualitativo desde el cual cobren sentido los ejes interpretativos para esta franja histórica en la cual estamos inmersos.
En dicho estado de cosas, la mirada interdisciplinaria haría más factible la determinación de los rasgos del mundo que se desea cerrar. Así, cuestiones tales como los hábitos lingüísticos, la extensión cognoscitiva, el mundo axiológico, las preocupaciones histórico-literarias por el género, la diversidad cultural, los eventos políticos, la dinámica de la comunidad científica, o la imaginería del tipo de hombre peculiar que hemos construido con nosotros mismos en este lapso de tiempo; entre otros tópicos provenientes de disciplinas como las que hemos mencionado con antelación, podrían contribuir a encontrar los grandes centros temáticos, a sacar a presencia el perfil subsumido en lo ignoto. Así, análisis paralelos en estas disciplinas podrían actuar entonces, como un denominador común, que ayudarían a su vez al encuentro de la designación categorial más apropiada para la era que nos interesa.
La falta de acuerdo intersubjetivo, es pues, la principal dificultad para decirle adiós a la categoría “época contemporánea”; esto no quiere decir que no se pueda alcanzar la intersubjetividad para este punto, sólo indica que no se han encontrado los fundamentos filosóficos, lógicos y principalmente históricos y sociológicos, claramente convincentes para obtener el punto cronológico de cierre de la época en la cual estamos insertos. Después de todo, han sido los propios historiadores los que en su propia praxis y consensuadamente, aceptaron los epígrafes de periodización vigentes; ello a través del uso masificado y de la repetición sistemática, por tanto, también es perfectamente posible, que estén llanos a aceptar una nueva demarcación adecuadamente fundamentada.

Uso poco claro entre Tiempos Modernos y Época Contemporánea

En el discurso cotidiano, para aludir a los elementos cognoscitivos o culturales propios de la época contemporánea; se utilizan indistintamente, con cierta frecuencia, tanto la voz compuesta “tiempos modernos” como la categoría denominada “época contemporánea”. Este fenómeno socio-cultural parece estar vinculado a su vez, con una práctica muy extendida de falacias de vaguedad y ambigüedad en el uso del concepto “moderno”. En el lenguaje escrito por ejemplo, podemos encontrar millares de errores de este tipo que ilustran lo anterior. Así, en una revista de difusión científica se lee: “En estado consciente, un enfermo medieval podía soportar que le extrajeran una muela, incluso que le amputaran un miembro para salvarle la vida, pero el hombre moderno, ni siquiera es capaz de imaginar aquellos tormentos. La medicina operatoria hoy es impensable sin la anestesia.”
La cita anterior, muestra como el concepto “moderno”, aquí es utilizado como análogo a “contemporáneo”, pues el texto alude claramente a una adquisición cognoscitiva de la medicina: la anestesia. Y sabemos por la historia de las ciencias, que esta comienza a ser utilizada por J.Y. Simpson a partir de 1847 (anestesia con cloroformo); esto es, en plena época contemporánea, según las categorías de periodización vigente.
Y en el ámbito de los historiadores, la confusión también está presente, por ejemplo Paul Johnson publica Tiempos Modernos: La Historia del siglo XX desde 1917 hasta la década de los 80. Entonces como debemos interpretar este epígrafe? Si los contenidos interpretados corresponden a lo que los historiadores denominan Época Contemporánea?
Otros hablan de Posmodernidad para incluir los sucesos de esta época, por ejemplo Frederic Jameson, que estudia la lógica cultural del capitalismo; Morales Moya, que estudia la narración histórica en autores como Paul Ricoer, o Agapito Maestre, en su texto: Modernidad Historia y Política.
Y en el plano de los medios comunicacionales, los ejemplos son numerosos, veamos: En la Enciclopedia Encarta, se lee: Cuadros Familiares de la Era Moderna: La era moderna abarca los rápidos cambios, económicos, políticos y sociales de los siglos XIX y XX. Esta colección de pinturas desde 1784 hasta 1948, demuestra que las transformaciones que se produjeron en la época quedaron reflejadas en los movimientos artísticos de este período.
También en la vida diaria, se utiliza la voz “moderno”, por ejemplo, con el propósito de ofrecer a una masa consumidora una serie de productos considerados como dinámicos, novedosos, portátiles, fáciles o prácticos; es decir, como algo muy opuesto a objetos o cosas antiguas, añosas, obsoletas, toscas, pesadas o mecánicas. Así, en ciertos programas televisivos, se habla de “vestimenta moderna”, para dar cuenta de los vestidos utilizados por las modelos en sus últimas exposiciones. Tales prendas, por lo general, son extremadamente audaces en el diseño y en la capacidad de transparencia de los mismos, para mostrar mejor la anatomía femenina, y corresponden ora a fibras sintéticas tales como: nylon, polyester, dralón, prolén, vinylón, poliamida, spandex y otras; o bien a fibras artificiales de origen celulásico como la viscosa y el rayón, entre otras. Los ejemplos anteriores, por tanto; nos permiten apreciar como en el discurso habitual de muchos medios de comunicación, se manifiesta explícitamente la idea de que nosotros, los sujetos contemporáneos del Siglo XXI, somos los modernos y los que participamos de la modernidad. Se olvida así, que ya los hombres cultos de fines del dieciocho, se sentían modernos porque su ideario ilustrado, concebía la razón como la base absoluta para la comprensión de todos los fenómenos de la naturaleza y la sociedad, y porque la misma principiaba a criticar no sólo los juicios de las autoridades tradicionales y consagradas; sino también al fundamento mismo de tales potestades. E incluso un siglo antes, ya filósofos como René Descartes, Francis Bacon y otros, se sentían tan modernos como los mencionados. El primero por ejemplo, construye su sistema filosófico a partir de unos pocos axiomas rigurosos, como un método geométrico y con dichas reglas estima lograr la comprensión de las cosas por la confianza en la subjetividad; la res cogitans permanece ajena a la res extensa, con lo cual todas las verdades pueden deducirse de la razón. Esta nueva convicción defendida por Descartes, y da paso al desarrollo de la idea de modernidad según la mayoría de los autores. Y en el caso de Francis Bacon, también es considerado uno de los exponentes de la idea de modernidad, porque se percata de la enorme proyección del método experimental
Ahora bien, ¿si ya los miembros de la elite intelectual y científica del siglo XVII se conciben como modernos, entonces por qué nosotros también nos autocalificamos así, más de trescientos años después?; o bien, ¿si ya los ilustrados de fines del siglo XVIII se percibían a sí mismos como modernos?,¿porque nosotros que estamos entrando al tercer milenio también? y si a su vez, los líderes políticos y militares de la América del Siglo XIX también se sentían plenamente partícipes de los tiempos modernos ¿por qué nosotros hacemos lo propio? ¿Acaso no somos contemporáneos? Así, ¿Por qué existe tanta confusión y ambigüedad en el uso de esta categoría?
Nuestra hipótesis es que esto es el resultado de una práctica historiográfica que no contó con un riguroso análisis previo ni de los historiadores ni de los filósofos, en especial estos últimos porque han trabajado muy poco la noción compuesta: época contemporánea. Fue un olvido y un error.

Conclusiones

1. Los hitos de periodificación cumplen en la historiografía, un rol operativo análogo al que desempeñan los principios lógicos. Estos últimos sirven de soporte para toda clase de demostraciones lógicas, matemáticas o deductivas en general; pero ellos son indemostrables racional o empíricamente, pues toda demostración formal parte de la aceptación de tales principios. La historia, es pues, inevitablemente la reconstrucción inteligible de períodos.
2. La explicación histórica sin algún tipo de periodificación resultaría inabarcable para nuestra inteligibilidad; pues así como el lenguaje está compuesto de silencios y palabras, la síntesis histórica, necesita también ciertos cortes equivalentes a los silencios del lenguaje, para que éstos actúen como referentes demarcatorios de universos que encierran contenidos antropológicos, sociales políticos, axiológicos o cognoscitivos, entre otros; pues el todo, la marcha global de la historia en su devenir mismo, es una invariante que no puede cubrir el discurso histórico. Luego, los cortes de periodificación contribuyen a la búsqueda de sentido de los acontecimientos previamente seleccionados por el investigador, al delimitar grandes trozos del quehacer humano que facilitan así la explicación de los mismos.
3. En el caso del último hito demarcatorio, se hace cada vez más difícil su uso, porque la propia significación primigenia propuesta por los especialistas dentro de la comunidad de estudiosos de la historia, ha llegado a sus límites máximos cronológicos y cualitativos posibles, y porque en el marco social, dicha categoría ha sido desbordada más allá de su sentido tradicional, debido al empleo confuso, amplio, exacerbado, ambiguo y tergiversado que se hace de la misma; principalmente en el discurso comunicacional y en el lenguaje cotidiano.
4. La cuestión de la periodización, y en especial el fundamento teórico para la utilización o no de tales nociones si bien es un tema de interés obligado en ciencias humanas y en ciencias sociales, es también un tópico de claro contenido epistemológico, propio de la filosofía de las ciencias. Por tanto, el análisis del mismo como problema teórico, se abre ahora a nuevas disciplinas, a las humanidades y a la interdisciplinariedad en general, trascendiendo el marco tradicional y exclusivo de la historiografía.
5. La comunidad de historiadores no ha facilitado las cosas para la debida comprensión del significado de la noción “edad contemporánea”, en cuanto a su uso en los círculos cultos, ni en aquellos relativamente bien informados. Y en segundo término, también los exponentes de la filosofía actual, han dejado solos a los historiadores al no abordar en profundidad el examen ni la crítica de la categoría en comento, como parte de grandes sistemas metafísicos, que puedan servir como antecedentes sobresalientes para fundamentar la conveniencia de abandonar el uso del epígrafe actualmente vigente, o para instaurar un rótulo nuevo.
6. La historiografía está en una crisis epistémica pues aún no ha cambiado el paradigma vigente sobre el último hito histórico, pero cada vez hay más voces que sugieren la conveniencia de encontrar un nuevo marco de periodificación. Los cambios de paradigma son más frecuentes en los momentos de crisis sobre los fundamentos filosóficos de una disciplina, o sobre la efectividad de la metodología tradicional de la misma; o mejor dicho, cuando una ciencia particular alcanza un nivel superior de autocrítica epistemológica.
7. El concepto categorial “edad contemporánea” está implícitamente amenazado de abandono, puesto que por un lado es prácticamente imposible que se mantenga en uso, en virtud del agotamiento de la intención semántica producto de la simple inercia de su prolongación en el tiempo. Por otro, porque lo esencial de su denominación y de su referencia, la alusión a una homogeneidad axiológica, o a una cierta unidad de estructuras de pensamiento, ha sido sobrepasado por la propia praxis de nuestro actual período.

Bibliografía empleada
Diario La Tercera de la Hora, Stgo., 5 de junio, 2000.
Diario El Mercurio, Stgo, Diversos números entre 1997 y 2010.
Jaspers, Karl: Origen y meta de la Historia, Alianza Edit., Madrid, 1985.
Johnson, Paul: Tiempos Modernos: La Historia del siglo XX desde 1917 hasta la década de los 80, Javier Vergara Editor, Buenos Aires,1988.
Lennhoff, Eugen: Los Masones ante la historia, Diana Ed., México D. F., 1978.
Maestre, Agapito: Modernidad Historia y Política, Ed. Verbo Divino, Navarra, 1992.
Orellana, Alberto: Por el costado humano, Teconal Editores, San Salvador, El Salvador, 2005.
Retamal, F., Julio: ¿Y Después de Occidente qué?, Ed. Conquista, Stgo., 1993.
Revista Muy Interesante, N°82, Stgo., 1994.
Revista Que pasa N°1292, 1996.
Saldivia M., Zenobio: Adiós a la Época Contemporánea, Bravo y Allende Editores, Stgo., Chile y Universidad Continental de Ciencias e Ingeniería, Huancayo, Perú.

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¿A QUIÉN LE INTERESAN LAS HUMANIDADES?

Zenobio Saldivia M.

Tecnológica Metropolitana, Stgo. Chile. 

Los alumnos que se encuentran a punto de terminar la educación media, a menudo se preguntan para que sirven las humanidades -sobre todo cuando piensan en elegir una profesión- . Y la misma pregunta se formulan los padres de esos jóvenes, cuando sus hijos les manifiestan que han decidido estudiar derecho, filosofía, estética, historia, filología, literatura, o alguna carrera artística. 

Usualmente la respuesta a tal interrogante trae implícita una reacción negativa en el plano emotivo. Si bien muchos padres ven con buenos ojos a las disciplinas humanistas, en el plano coloquial y en los encuentros sociales y de meras convivencia, no mantienen la misma opinión cuando se trata de sus propios hijos. En este caso, sobre la psiquis del adolescente realmente interesado en las humanidades, llueven los argumentos acerca de la belleza de esas carreras, de los nobles propósitos que persiguen los profesionales dedicados a la recreación, al análisis y a la expansión de la cultura literaria, de la trascendencia de los valores implícitos y centrados en el hombre y en el marco filosófico humanista tradicional. 

Y justo cuando él o la joven está por plantear su deseo de seguir el derrotero de los filósofos o el de las fantasías del Quijote a sus progenitores; caen los argumentos en contra. Aparecen los planteamientos sobre las dificultades económicas de los graduados en tales disciplinas; así como también se alude a la poca consideración social de que gozan estos exponentes de las humanidades, “Pero hija, piensa bien lo que vas a hacer, esa carrera es muy bonita pero... ¿dónde va a encontrar trabajo una experta en narrativa española del siglo XVII?”, o bien: “Hijo, historia es una buena carrera para el espíritu, pero ya hay muchos historiadores, tendrás que destacarte de manera extraordinaria, estudiar mucho... y llegar a especializarte en un campo poco conocido, pero ¿cuando vas a juntar dinero?”.  “Y recuerda además hijo, que actualmente en nuestro país la historia como disciplina curricular de nivel medio, será optativa, entonces como te las vas a arreglar?”, Expresiones de esta índole, e incluso amenazas de recortes económicos, vienen en verdaderas andanadas cuando él o la joven hace patente su voluntad de persistir por la vía de las humanidades, como profesión y como forma de vida. 

En rigor, tales cuestionamientos paternos tienen razón, porque aluden a lo social inmediato, pero no muestran toda la verdad. Es cierto que para especialistas como los mencionados, las ofertas de trabajo son muy escasas; pues únicamente tendrían acogida en las universidades o en algunos organismos internacionales, en grandes bibliotecas o en eventos específicos y puntales a cargo de entidades gubernativas. Sin embargo, esa mirada es sólo un lado de la realidad y corresponde al plano de la percepción social de tales carreras. Pero está también el hecho de que existe el interés y la voluntad manifiesta de los jóvenes mencionados para estudiar tales temas cognitivos y axiológicos. Ello indica previamente que la voluntad soberana de los adolescentes que ilustran la situación que destacamos, es un claro signo de madurez personal. La convicción y la voluntad sostenida para  soportar todos los argumentos en contra, provenientes de su familia o de algunos de sus amigos, indica que hay un germen de proyecto de vida, una auto-visión de si mismo proyectada en el futuro que se irá mejorando y puliendo con sus propios ideales. Esto es un mérito y un estímulo para la conquista de sus metas personales y merece todo nuestro respeto; después de todo los padres somos únicamente progenitores y orientadores y no dictadores de la conducta esperada de nuestros hijos. Y éticamente no tenemos el derecho a cercenar un anhelo o un sueño juvenil, también hay que entender que es otra vida, otras opción y que debemos respetarla.    

Por otro lado, está el fenómeno de la percepción social de las humanidades en general, que se expresa una discriminación de la cultura humanista y en una cierta minusvalorización cognoscitiva, como si los saberes  constitutivos de las humanidades, tuvieran un menor valor en cuanto a la búsqueda de la verdad. Y en rigor, dicho fenómeno corresponde a lo que Charles Percy Snow ha denominado “El problema de las dos culturas”  y que ha analizado con detención en su libro: Las dos culturas y un segundo enfoque. Texto en el cual deja de manifiesto que en la actualidad estamos viviendo una escisión de la cultura: por un lado se aprecia una cultura científica y por otra una cultura humanista. La primera es estimulada por todas las instancias políticas e institucionales y cuenta con mayores recursos para su desarrollo y expansión. La segunda, aparece como un conjunto de cometidos y acciones humanas que despiertan menor interés; generalmente no es estimulada y sus exponentes están muy lejos de los niveles de ingresos de los profesionales que se desempeñan en tareas científicas y tecnológicas. 

Así dadas las cosas, la decisión de los adolescentes mencionados, se enmarca en el esfuerzo heroico de los que optan por la búsqueda del sentido de la vida; por recorrer el camino por el cual fue conducido Parménides, el camino de la verdad bien redonda. Estos mocetones han optado por la senda de los menos, por la vía difícil, por trascender la utilidad inmediata y por dejar atrás el pesado espíritu pragmático y puramente utilitarista y esto implica una maduración y crecimiento personal. Idealismo versus pragmatismo. Este es el punto de fondo, no únicamente la elección de una carrera. La elección muestra el meollo del asunto. Nuestra sociedad consumista y globalizada, actualmente se encuentra en un nivel muy alto de desarrollo científico y tecnológico y está capacitada para recabar información o adquirir conocimientos en casi todos los ámbitos de lo real; todo ello con gran celeridad y cubriendo ampliamente los hechos del mundo.(1) Con el apoyo tecnológico rápidamente se nos presentan una serie de artificios y aparatos que nos permiten mayor comodidad y bienestar.  Por ello se privilegia el conocimiento científico y tecnológico; esto porque se entrecruza con el poder político que financia o induce determinadas líneas de investigación y porque en la práctica es una fuente de poder, un mecanismo de control (2) y una clara muestra de superioridad socioeconómica.  Existe la primacía del orden científico-tecnológico porque soluciona el problema de los medios, porque entrega técnicas para los fines que puedan determinar los miembros de la clase política o del mundo empresarial internacional. Lo precedente, indica  las bases teóricas sobre las cuales descansa el referente teórico y cultural de las ciencias. 

Empero, el quehacer de los poetas, escritores, filósofos, filólogos, historiadores o artistas, entre otros, apunta en otra dirección. Los objetivos de los mismos se orientan claramente hacia los fines del hombre, a los propósitos últimos del ser humano que clarifican nuestra vida y proporcionan un sentido integrador a la cantidad de conocimientos dispersos. Esto encauza a los humanistas en un diálogo trascendente con Platón, Sócrates, Aristóteles, Sto. Tomás, Jesucristo, Neruda, Avicena, Eliot, Nietzsche, Góngora, Cortázar, Dalí, Darío, Sandino, Romero y los otros millares de modelos socioculturales dignos de emular por su valía moral, por su esfuerzo integrador o por la búsqueda de originalidad que llevan implícitos. Hacia allá van las pretensiones de los jóvenes mencionados en los ejemplos. 

El conocimiento de nuestro idioma o de nuestro pasado  no es un hobby, es principalmente un medio para apreciar la sabiduría acumulada de nuestros pueblos o de nuestros países hispanoamericanos, y en este sentido es un deber ético ofrecer y mantener las vías curriculares en el sistema educacional, o para  conocer adecuadamente la escala de valores que otros preclaros hombres ostentaron. Y la historia y la filosofía por tanto, permiten apreciar todo un mundo de expresiones emotivas y afectivas de Hispanoamérica y Occidente. Las humanidades, son así, un mecanismo para repensar nuestras raíces, una forma válida para apreciar los anhelos de esas generaciones pasadas insertas en hazañas bélicas o en eventos sociales plagados de heroísmo y de entrega generosa. Es un reservorio cultural que posibilita la búsqueda de lo cualitativo, de la riqueza de la vida humana en sí,  de penetrar en las individualidades maravillosas e irrepetibles. Es un puente de goce estético y un esfuerzo considerable de unión de la mente, el espíritu y la belleza. Entonces, ante el deseo de los pocos adolescentes interesados en la cultura humanista, ¿por qué cortar ese nexo con el pasado que ellos perciben y no más bien fomentarlo? Esta es la interrogante que muchos asesores vinculados a las capas de las máximas autoridades educacionales no deberían olvidar. Mermar o cercar a las humanidades es cortar el cordón umbilical con el pasado, un  olvido peligroso. 

Notas.

  1. Cf. Saldivia, Zenobio: “Tecnología y sociedad. ¿Maridaje o divorcio?, Rev. Periódico Nuevo Enfoque, Diciembre,  2003. San Salvador.
  2. Ibídem.
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3269753860?profile=RESIZE_710xZenobio Saldivia Maldonado

  1. Tecnológica Metropolitana, Stgo. 

En la actualidad, la ética está viva y campeante, parece estar de moda y enseñorearse dentro de la cultura contemporánea como un ave exótica, vistosa y llamativa, pero lamentablemente no es porque esta forma del saber humano sea un espejo que refleje una orientación generalizada hacia nuestra perfección interior  o porque refleje una clara conciencia de estar en posesión del bien individual. Más bien, parece ser una moda que emerge por contraste; esto es que dado la serie de falencias personales y colectivas, o de un notorio incremento en cuanto a una seguidilla de actuaciones profesionales incorrectas  que hemos observado en la esfera pública o en el mundo de las instituciones militares; el mundo ciudadano se identifica con un sentimiento colectivo y generalizado de auto-corrección. En efecto, la abrumadora casuística de atentados contra la probidad en las instituciones públicas y los casos de corrupción manifiesta de muchos profesionales en América, en Occidente y en el mundo entero, ha obligado a algunos intelectuales en nuestra época, a repensar el papel de la ética en el mundo empresarial, en la praxis médica, en los cuerpos policiacos, en la curricula universitaria, y en la sociedad en general. Y por ende también, los profesionales y educadores aspiran a delimitar nuevamente las razones de una eventual  presencia de la ética como una disciplina más, en las mallas cognitivas de nuestros estudiantes de las instituciones de educación superior. 

En este sentido, como es sabido, la ética como estudio sobre el deber ser del hombre en sociedad, tiene una larga data y sus expresiones más sistematizadas relacionadas con un claro énfasis por el bienestar personal y social, se remontan a las bases del pensamiento judeo-cristiano y a la cultura griega en general. Pero por cierto, éstas no son las únicas fuentes históricas y filosóficas de la ética -aunque si las más conocidas y difundidas- puesto que en las distintas culturas, es posible encontrar pautas y directrices morales, que nos permiten colegir la existencia de una preocupación por el ser humano en su proyección histórica y en sus ansias de una búsqueda de perfección a futuro. 

En la sociedad contemporánea, además de su presencia por la ausencia o carencia de sus grandes postulados en la praxis social, la presencia de la ética como disciplina instituida, se manifiesta frecuentemente en el curriculum de los estudiantes universitarios, en el quehacer de la comunidad científica internacional, en  la discusión de los temas de la agenda pública nacional o internacional, o en los Códigos de Ética  y en general en los tópicos que abordan los diversos medios de comunicación de masas en sus distintos formatos, entre otros ámbitos. Pero esto es muy paradójico, pues en la mayoría de los casos que se observan en la prensa relativos a la falta de probidad y de atentados a la libertad o voluntad personal, como por ejemplo en instituciones religiosas algunos de cuyos exponentes han sido acusados de pedofilia, o de medios castrenses y judiciales que han  sido acusados de falta a la probidad; todos ellos cuentan con su normativa ética y sus códigos éticos respectivos. Así que esta situación es como una novela de Franz Kafka, que deja de manifiesto intentos absurdos o la impotencia para encontrar medios de que el hombre sea más humano, más persona, y menos individuo con sus peculiares desviaciones.

 

Ahora bien, en cuanto a la presencia de la ética en la curricula universitaria, ello obedece a razones pragmáticas y humanistas. Y aquí nos encontramos con realidades muy disímiles en las distintas universidades. Lo primero porque en el mundo globalizado, caracterizado por una gran cantidad de interacciones sociales y su apoyo en las tecnologías de comunicación social, hacen imprescindible que los futuros profesionales cuenten con un marco teórico y axiológico que les permita guiar su quehacer profesional hacia conductas que no estén reñidas con los preceptos éticos universales ni tampoco que atenten contra los derechos humanos en alguna de sus expresiones. Y las distintas entidades profesionales, universitarias, empresariales y sociales manifiestan un consenso al respecto, tanto por razones humanitarias y antropológicas, cuanto por razones de una mayor eficacia y conveniencia  de las propias entidades, las cuales, al cumplir con dichos preceptos, se encuentran en un mejor pie para sus tareas habituales, que aquellas que no las cumplen. Y en cuanto a los fundamentos humanistas, ellos se engarzan con la propia naturaleza humana, con nuestra finitud y persistencia, con nuestra errancia -al decir de Humberto Giannini- y con el deseo manifiesto de perfección. Podría decirse abreviadamente, a este respecto, que la ética ha venido siendo un télos para fortalecer las humanidades y un reservorio indispensable para encontrar directrices  que orienten a los diversos profesionales, en cuanto a la obtención de un ideario de preservación y manutención de un ambiente más propicio para el desarrollo humano y para el cuidado e interacción de la  biosfera en general. Dichos  aspectos,  de ordinario son tratados en las asignaturas humanistas dentro del marco de una eventual intención de formación integral que se percibe en casi todas las universidades, aunque dicho objetivo se visualiza más en el discurso  que en la los porcentajes de presencia efectiva de los ramos humanistas. La misión y objetivos de las corporaciones de educación superior, preocupadas seriamente por la formación integral, trasuntan el compromiso de mostrar esa forma de saber denominada ética, en ramos tales como Ética Profesional, Ética y Legislación, Bioseguridad y Bioética,  Ética Empresarial y otras. En especial ahora en que la vorágine de los cambios provocados por las nuevas expresiones científicas y tecnológicas y la nueva moral imperante, obliga a no perder de vista la formación integral. 

Empero, lamentablemente hay muchas universidades públicas en las cuales la ética como disciplina ha quedado al margen. Ora porque el énfasis profesionalizante de la formación universitaria, no deja espacio cronológico para el cultivo de esta disciplina, o bien por la presión de los alumnos y otros agentes sociales que consideran que este tipo de formación se da en el seno de la familia. Pero sabemos que muchos padres no tienen ni el tiempo ni la voluntad manifiesta de entregar esa formación que exige el compromiso de practicar e internalizar valores humanistas para que trasunten a sus hijos. Y prefieren tácitamente dejar esta formación axiológica en el sistema educacional. 

En relación a la presencia de la ética en las comunidades científicas, ello queda de manifiesto toda vez que en la medida que tales organizaciones son más valoradas y  consideradas socialmente, se inician procesos de  reflexión académica y pública sobre sus procedimientos, métodos, alcances e impacto de la misma en la sociedad contemporánea. En este sentido, los trabajos de Robert Merton, a mediados de la década del cincuenta, del siglo pasado, interesados en delimitar los criterios de comportamiento ético de los miembros de las comunidades científicas, logran asentar un conjunto básico de normas para servir de guía y orientación a la comunidad científica. Luego vendrán, en esta misma dirección, los aportes de Bertrand Russell, Ciencia y Ética (1935), más tarde los de Mario Bunge Ética y Ciencia (1979) y más recientemente los preceptos ecologicistas sobre el deber ser de los científicos en la ejecución de sus tareas específicas. Y más recientemente los trabajos de Carlos Eduardo Maldonado, tales como: Derechos Humanos, Solidaridad y Subsidiaridad (2000). 

Por su parte, los resultados científicos se hacen cada día más visibles en sus formatos tecnológicos, y afectan notoriamente las costumbres imperantes,  obligándonos así  a replantear nuestra forma de vida y a cuestionar conductas que hoy son posibles en virtud del apoyo científico y tecnológico. Al respecto, la temática ética proveniente de las ciencias básicas y de las ciencias aplicadas, nos indica la enorme preocupación por los valores, especialmente por el valor del “bien” y de lo “bueno”, en ámbitos tan disímiles como la física atómica, la química-física, la medicina, la ecología, la biotecnología, la ingeniería y otras.

 

En cuanto a la presencia de la ética y su interacción con la agenda pública, ésta es perceptible en el plano del discurso político y en el ámbito  normativo, puesto que en el ejercicio mismo de los hombres públicos, resulta conveniente mantener un adecuado correlato entre acciones públicas y la percepción social de un bien implícito. Ello puesto que la sociedad como un todo y el resto de los exponentes de la clase política, está atento a esas eventuales y necesaria adecuación entre la corrección y probidad con las tareas y acciones de cada hombre público. Además es claro que el interés por la res pública en general, hace que el comportamiento, medios y fines de los exponentes de la clase política, sean constantemente revisados en base a los criterios de una sana  convivencia social. Algo similar se observa también, en cuanto a la formulación de políticas públicas y en otros procedimientos en los cuales participan los personeros de la esfera política y otros agentes sociales, puesto que aquí se vuelve a planear la exigencia de la búsqueda por la rectitud de los fines y el impacto de  las normas que se desea implantar en el marco social.    

En cuanto a la presencia de los medios de comunicación  y su relación con los temas éticos, ello es muy comprensible puesto que los primeros poseen una fuerza que llega a todos los estamentos de la sociedad, y en este sentido tienen un compromiso ético y filosófico que los obliga a cautelar la búsqueda y presentación de la verdad, independientemente de la moral imperante y de cómo actúen o hayan actuado otros medios. Es uno de los imperativos que antropológica y socialmente consideramos como deseable para la convivencia en sociedad. Y además, porque en el despliegue mismo de estos medios, aparecen nuevas formas de ejercer la democracia y de conducción gubernativa, que dinamizan el quehacer individual y colectivo y dejan de manifiesto determinados aportes en la construcción de la verdad. 

Pero por sobre todo, porque estos medios, son el soporte que nos permite apreciar el enorme espectro de faltas a la ética que observamos hoy en el mundo globalizado, y en este sentido, estamos en deuda tanto con los órganos escritos o audiovisuales que seria y documentadamente dan cuenta de estas faltas frecuentes a la ética, porque nos muestran una realidad dolorosa y nos instan pensar en nuevos caminos para el bien. Y también estamos en deuda con adultos hombres y mujeres que han corrido el riesgo de dar a conocer su sufrimiento en tiempos de su infancia por personeros de la Iglesia que han abusado de ellos o ellas. Y desean hacer justicia y alertar a la sociedad de esta situación. Así, los medios de comunicación actúan como un reservorio que muestra los distintos lados del hombre, sus debilidades, sus bajezas, así como también sus valores, sus nobles propósitos y sus convicciones. Y desde allí, por tanto, el hombre medianamente informado puede corroborar, diferir o encontrar su propia postura personal frente a esa casuística emergente, que va asentando así, una realidad insoslayable: la necesidad de considerar todas las acciones humanas desde un marco axiológico, cognitivo, teórico y orientador para apuntar hacia la obtención de los ideales de perfeccionamiento moral y social de los seres humanos. Esa instancia autocrítica y reflexiva es la entrada al universo de la ética. El camino que se abre ahora para la masa crítica y para las personas responsables de la currícula universitaria es encontrar los medios para que estas disciplinas tengan una presencia efectiva en las mallas curricular de nuestros jóvenes, no porque per se ellas aseguren un futuro comportamiento más probo o más correcto en el ejercicio de su profesión, sino porque son una instancia para reflexionar y sacar lo mejor de sí de nuestros estudiantes que sueñan con una sociedad mejor.

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Obra publicada por: Zenobio  Saldivia M., Patricio Leyton A. y Francisco Díaz C., Bravo y Allende  Editores, Stgo., 2019, 394 pp.

Dr.Tomás Cárdenas Fincheira

Decano de la Facultad de Humanidades y Tecnologías de la Comunicación Social, UTEM.

Es para nuestra Universidad y hoy especialmente para este profesor que relata, un verdadero honor y tremendo compromiso abordar la presentación de este libro, que es parte de la producción de investigación científca de 3 académicos destacados, con amplia trayectoria en sus respectivas especialidades y en publicaciones de artículos y libros.

Al leer el contenido del texto de 394 páginas que nos congrega, lo primero es reconocer y felicitar a sus autores por la solidez de las expresiones, en su mayoría  apoyadas en extensas y minuciosas búsquedas bibliográficas, que en muchos casos incluyen textos propios precedentes en la misma temática, lo cual da cuenta que este resultado es producto de gran conocimiento de materia, por cuanto se aprecia mucha fluidez y redacción fácil de entender.  A esto, se suma la organización de los contenidos en severos órdenes de presentación catalogados en etapas muy similares a la de las tesis doctorales de las ingenierías incluso, pero con un grado de modestia que llama la atención en los títulos que leemos, como por ejemplo “aproximación a las ciencias….”, en la portada,  “hacia una o alguna conclusión..”  en los apartados y otros parecidos que, al leer, uno puede colegir que, por lo expresado allí, todo tiene una gran contundencia, pues se aporta con lo necesario para comprender el verdadero y significativo aporte que han realizado al desarrollo de nuestro país en el siglo 19, tanto los científicos mencionados, como las instituciones descritas y aquellos polígrafos y humanistas seleccionados en este trabajo.

Ahora bien, si hacemos un detalle de aspectos que colaboran en un mejor entendimiento al lector, es dable destacar que aparte del modo experimentado de presentar contenido mismo, tal como lo hemos señalado anteriormente, se suma el hecho de usar una letra del tipo romano en la impresión, que tiene más de 2 mil años de antigüedad y que en definitiva, es una de las tipografías más fáciles y menos cansadoras para leer gran número de páginas. Además, el tamaño adecuado de la letra elegido también influye en el total de la apreciación positiva. Por otro lado, el hecho que en las frases que provienen o contienen citas de otras fuentes, aparezcan en el pie de página, todas las coordenadas hasta el número de página, nos indica claramente que aquella información ha sido validada. Además, es notable la decisión de incorporar la bibliografía por cada capítulo, pues evidencia una gran búsqueda y acopio de información de respaldo. En este último aspecto, se ha llegado a contar más de 30 o 40 textos de respaldo para ciertos capítulos.

Al adentrarnos al texto, lo primero es destacar el Prólogo realizado por nuestro colega de la UTEM Dr. Pablo Azócar Fernández, Cartógrafo que desde su ámbito disciplinar valora el contenido de la obra e incluso agradece aspectos que, sin duda, son de gran interés para los profesionales de las ciencias de la tierra, por cuanto seguramente este libro puede llegar a ser un relevante material de consulta, dentro del proceso formativo universitario.

Así pues, en la primera parte del libro aparecen con mucha justicia tres innegables personajes provenientes de Europa y contratados por el Estado,  que tras años de sobresaliente  dedicación han dejado una huella indeleble en el desarrollo y consolidación de las ciencias de la tierra y su enseñanza, para la joven república chilena. Ellos son: Claudio Gay, Charles Darwin, Ignacio Domeyko y Pedro Amado Pissis, todos con una vasta preparación en diversas ciencias, todos con rasgos en común respecto  a su preocupación por las ciencias de la tierra, con gran reconocimiento histórico y social como principales forjadores de la taxonomía, geografía, geología y otras variantes, aportando sin duda al desarrollo y patrimonio físico de Chile, desde sus áreas del conocimiento e, incluso, trascendiendo con sus estudios y recomendaciones a la explotación minera moderna. 

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En principio, en el texto desarrollado por Zenobio Saldivia se visualiza que Claudio Gay de nacionalidad francesa, fue un gran naturalista que realizó los primeros estudios profundos de la flora, fauna geografía y geología de Chile, manteniendo además  una  estrecha dependencia entre el arte y ciencia, con una gran búsqueda de la armonía del sentimiento y de la justeza, todo lo cual se valora desde nuestras disciplinas de las humanidades. Detalles como su propuesta de la generación de espacios de aclimatación de especies en la naciente Quinta Normal y, en otro ámbito, la contratación del pintor alemán Mauricio Rugendas por su parte, para registrar en dibujos la naturaleza y costumbres de Chile,  dan evidencia del nivel de detalle y sensibilidad en las preocupaciones de este sabio.

El contenido también elaborado por el profesor Saldivia, continúa con la presentación Charles Darwin, naturalista de origen inglés, que hizo  gran aporte a la teoría de la evolución biológica mediante la selección natural, por cierto, materia que cambió la visión del mundo científico en general. Además, en la exposición de su obra del presente libro se destacan sus aportes a la paleontología, conquiliología, (es decir, el estudio de los conchales), a la  geología, así como al cuerpo físico de Chile y observaciones geográficas, vulcanológicas, orográficas (entiéndase por el estudio del relieve terrestre), también a observaciones  hidrológicas o limnológicas (es decir, el estudio de la rama de la ecología referente a los ecosistemas acuáticos)  entre otros aspectos científicos, evidenciándolos en numerosas publicaciones en Europa donde destaca, entre otras, el Ensayo sobre el principio de la población, realizado en 1838.

Siguiendo con las exposiciones, Francisco Díaz en el texto destaca a Ignacio Domeyko, científico de origen polaco y de nacionalidad chilena desde 1848, que en principio fue contratado por el estado para fortalecer la enseñanza de la minerología y que llegó a ser rector de la Universidad de Chile. En el escrito se señala como uno de sus  grandes aportes a la minerología, el haber clasificado sistemáticamente miles de muestras de minerales y  todos los objetos de estudio minerológico, aparte de haber desarrollado y propuesto los planos de minas subterráneas, lo cual cambió radicalmente la forma de explotación minera de la época, permitiendo una mejor operatividad y seguridad. Por otro lado, es destacable su influencia en la ley de defensa de las riquezas forestales. Finalmente, se expone que a él se debe la organización de varias carreras de nivel superior y grandes aportes a la educación de la ingeniería, que era subconsiderada en la época.

En apartado a continuación expuesto por  Francisco Díaz, se destaca al científico francés  Pedro Amado Pissis y su preocupación por la geología y geografía chilena, contratado también por el estado, específicamente para el estudio de la geografía física del país y para confeccionar la descripción geológica y minerológica de la República. De su obra se detallan en el texto diversos estudios y publicaciones en Chile y en Francia, destacando la elaboración de diferentes mapas provinciales y mapa general de Chile, también especificando la geografía botánica y faunística de las provincias con paisajes y acuarelas definido como Atlas de la Geografía física de la República de Chile, así como diferentes trabajos y reconocimientos que le valieron el nombramiento como Jefe de Geografía de la Oficina de Estadísticas de Chile y posteriormente jefe de la misma Oficina en Santiago, así como miembro de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.

En apartados siguientes, se exponen instituciones relevantes que se fundaron en el país tales como el Instituto Nacional y Biblioteca Nacional, ambas en 1813 y posteriormente la Universidad de Chile, que fue concebida como academia científica que debía aplicar al contexto chileno los avances de la ciencia europea.

Especialmente, el autor Patricio Leyton describe el Observatorio  Astronómico Nacional (OAN),como el inicio de la astronomía y el desarrollo de la meteorología en Chile incluso desde la época colonial con los estudios cualitativos de los jesuitas. Los avances del siglo 19 lograron el fortalecimiento y se consiguió gracias a que se publicaron observaciones en forma periódica  y se efectuaron cálculos de temperatura y presión con un alto grado de exactitud y prolijidad y se contó con un plan de observaciones metódicas y se formaron personas para que pudieran operar los instrumentos. Así, en el texto se vinculan los aportes a la meteorología y climatológicos que realizaron tanto Claudio Gay como Ignacio Domeyko, así como los estudios de sismología que realizaron otros especialistas de la época. Respecto al comienzo de la astronomía se señala en el texto la instauración de un observatorio en el cerro Santa Lucía y posteriormente se fundó el Observatorio Nacional, durante el gobierno de Manuel Montt. También se describe el establecimiento de la Oficina Central de Meteorología de Chile, con la finalidad de coordinar la recolección de datos sobre las condiciones atmosféricas del país.

Continuando con las exposiciones, Francisco Díaz se refiere a los orígenes y desarrollo del Museo Nacional de Historia Natural, destacando sus principales actores: Gay, Domeyko como aportadores de conocimiento y Philippi como director, con gran su obra continuadora de organización y de enriquecimiento de la colección, sumado  a numerosos estudios y acciones que determinaron la actual ubicación del Museo al interior de la Quinta Normal. En efecto, el autor compara incluso el modelo taxonómico empleado por Philippi y Gay, puntualizando que el primero en su prosa científica detalla las capacidades físicas de la especie a diferencia de que Gay acentúa la descripción física y agrega una connotación de los lugareños que tiene sobre el referente vernáculo. Además, se puede visualizar en el texto que el director Philippi además de organizar el Museo, también se preocupa de generar mejores condiciones laborales de los empleados. Finalmente, se destaca que a pesar de ser una época compleja por los diversos problemas del país, limítrofes entre otros, el director continuó con la institucionalización de la ciencia en Chile, especialmente en el estudio de la flora y fauna.

En el siguiente apartado desarrollado por Patricio Leyton, referido al Observatorio Meteorológico del Colegio San Ignacio y a la Ciencia Jesuita en el Chile Republicano, se establece claramente que esta institución se fue consolidando a partir de los aportes realizados en periodos anteriores desde la llegada de los jesuitas al país, destacando incluso aquellos estudios realizados por Alonso de Ovalle, en relación con las condiciones meteorológicas y climatológicas en comparación con Europa, dentro de su obra publicada en Roma en 1646, titulada Histórica Relación del Reino de Chile. También, se pone en valor que el trabajo científico desarrollado por los jesuitas en el siglo 19, poco difundido en los estudios históricos,  especialmente aquellas observaciones  atmosféricas y sismológicas realizados por el padre Capeletti y, en un ambiente social de auge liberal, ayudaron a dar una imagen de los sacerdotes favorable al cultivo de la naturaleza y que tanto la ciencia como la religión no eran dos caminos dispares. Cabe destacar finalmente que, las mediciones realizadas en este observatorio fueron utilizadas como insumos en el Observatorio Astronómico Nacional.

A continuación, en el apartado desarrollado por el profesor Zenobio Saldivia, se da cuenta detallada de la Oficina Hidrográfica de la Marina como ente Gestor Delineador de la Cartografía Nacional en siglo 19, donde el autor señala que, se observan las primeras actividades hidrográficas y cartográficas asociadas a la exploración de ríos y costas que comienza a desarrollar la Marina de Chile, específicamente con los estudios realizados en relación con el Rio Bueno y su desembocadura y posteriormente en Isla Mocha, canales interiores de Chiloé, Estrecho de Magallanes y otros lugares de Coquimbo al sur. Además se destaca que las incursiones cartográficas continúan en los años 60, orientada a facilitar la ocupación militar durante la Pacificación de la Araucanía. Posteriormente, durante la guerra del Pacífico la cartografía e hidrografía fue muy relevante y exitosa. Además, se destacan los objetivos de la Oficina Hidrográfica Nacional que consistían en: a) Fijar el derrotero general de las costas de Chile, b) Llevar la estadística de los siniestros marítimos y c) Elaborar el extracto diario meteorológico que debe llevarse en los buques mercantes, conforme lo acordado en la Conferencia de Bruselas. Finalmente se destaca que la contribución de la armada de Chile a las ciencias de la tierra fue muy variada: planos topográficos, planos geológicos, planos de ferrocarriles, estudios meteorológicos, astronómicos y sismológicos entre otros.

En los siguientes apartados, se destacan los interesantes aportes de los Polígrafos más representativos del periodo republicano del siglo 19, para enriquecer la historiografía de la ciencia y la popularización y difusión del conocimiento científico. El autor Patricio Leyton, destaca primero a  Andrés Bello, de origen venezolano, a quién lo describe como el padre cultural de Chile, debido a sus aportes al país en educación, derecho, periodismo, filosofía, literatura, lingüística, historia y ciencia. Además, fue un referente en el desarrollo intelectual chileno y formador de la elite chilena, en que según su pensamiento la geografía, historia, literatura y filosofía  eran necesarias para formación integral de personas. Bello publicó estudios originales y traducciones de las más diversas temáticas en Venezuela, Inglaterra y Chile, a través de su rol en la prensa y como rector de la Universidad de Chile, institución que proyectó para que fuera el centro de la comunicación con la comunidad científica internacional y además como centro de difusión del conocimiento hacia las otras clases de la sociedad. Se describe que el naturalista alemán Alexander von Humboldt fue quién lo acercó a los estudios de las ciencias de la tierra, a partir de las investigaciones geográficas, geológicas y meteorológicas desarrolladas durante su estancia en América. Andrés Bello, también fue un gran informador del terremoto de 1835, hecho en que también fue testigo Charles Darwin estando en Valdivia. Finalmente, se describe que la Cosmografía es la principal y única obra científica de Bello, lo que representa la culminación de sus trabajos de divulgación astronómica que inició su desarrollo en Venezuela y continuó en Inglaterra y Chile.

Continuando con los Polígrafos, el mismo autor Zenobio Saldivia destaca al chileno José Victorino Lastarria y su contribución a las ciencias de la tierra. Estudió con Andrés Bello y en la Academia de Leyes para abogado, fue fundador de la sociedad de Literatura de Santiago, importante hito para los intelectuales pues motivó la reflexión acerca de la búsqueda y empoderamiento de un perfil propio para la literatura chilena, según lo expresado por el autor. Los intereses intelectuales de Lastarria se identifican con su amor por el saber y por difundir nociones humanistas y conocimientos científicos en aras de su ideal de orientación liberal y progresista. Su discurso es más bien idealista y utópico, en tanto pretende difundir sus ideas liberales, la búsqueda de una identidad nacional y/o americana y hacer conciencia de la necesidad del desarrollo del país. Además, entre otros aspectos, hizo importantes contribuciones a las ciencias de la tierra a través de una sus muchas publicaciones, titulada Lecciones de Jeografía Moderna, partiendo por cosmografía, geografía universal, geografía física y geografía histórica de diversos países incluido Chile, determinando límites y extensión territorial. Más tarde se identificó como positivista, siendo consecuente con normas que buscan el rigor metodológico y, que exigen a las obras científicas que estén los hechos debidamente demostrados y/o conocidos. Siendo nuevos focos de su interés el énfasis en el progreso, la regeneración social, la preocupación por la ciencia, la sugerencia de cambios curriculares centrado en el estudio del método científico y en la búsqueda del rigor lógico, además de su interés por los recursos hídricos y por desarrollo minero e industrial del país.

En el siguiente apartado, Francisco Díaz y Zenobio Saldivia destacan a Benjamín Vicuña Mackenna y sus estudios históricos sobre las ciencias de la tierra, partiendo por describir a su persona y al político, dada su formación y lecturas es definido por los autores, como una persona de carácter rebelde e imaginativo y de sensibilidad romántica por los ideales con la naturaleza. En el texto se vislumbra también que en su juventud estuvo focalizado en observar las experiencias sociopolíticas del mundo occidental. Además, por ser opositor al gobierno de Manuel Montt estuvo encarcelado y en el exilio en Liverpool. Posteriormente, fue considerado como el mejor historiador del Chile republicano y tuvo acceso a los archivos de O’Higgins, con el fin de estructurar la primera historia política de Chile. Fue diputado y agente confidencial en la guerra con España. En el parlamento obtuvo reconocimientos en diversas temáticas: educación, relaciones exteriores, agricultura y obras públicas y por cierto también tuvo detractores. Fue nombrado intendente de Santiago destacando por significativas obras para modernizar la ciudad, entre muchas de éstas:  el cerro Santa Lucía, arborización de la ciudad, apertura de calles, así como la propuesta de canalización del Mapocho entre Baquedano y Vivaceta, que fue realizada poco después a su muerte, cambiando la apariencia de una ciudad colonial a una moderna.  Posteriormente, retomó su labor parlamentaria, literaria e historiográfica, con varias publicaciones y como creador de distintas organizaciones. Fue propuesto como candidato a la presidencia de la república y tras recorrer el país desistió de su candidatura. Entre sus innumerables aportes se considera su historiografía de las ciencias de la tierra, dedicada  al fomento de la agricultura, basada en observaciones en Europa y considerando el conocimiento recopilado y los avances de la ciencia en química, minerología, meteorología, geología, botánica, zoología, medicina y veterinaria entre otras. Además, sintetizó una propuesta para el estudio agrícola de Chile basada en 4 principios básicos. Por otra parte, realizó estudios de climatología y topografía, donde se caracterizó por describir los climas de Chile en diferentes tiempos de la historia y recalcó que el estudio de la presión atmosférica es determinante para la agricultura. Además, se describe que realizó importantes estudios respecto a los métodos de adquisición y productividad de los metales preciosos, enfocándose especialmente en el oro.

Finalmente, el autor Patricio Leyton nos describe al notable Diego Barros Arana y sus trabajos geográficos: el rol de la ciencia en un historiador. Lo cual, para quién habla es de gran orgullo referirse a este polígrafo, pues el emblemático colegio en que realicé la enseñanza media lleva su nombre, el INBA, creado en mayo de 1902 precisamente y, que el sábado recién pasado asistí al aniversario 117, junto a varios de mis queridos compañeros de curso.  Ahora bien, en el texto se establece que sus aportes  fueron muy significativos, especialmente durante su rectorado del Instituto Nacional entre 1863 y 1872, periodo en el que dio especial énfasis a la geografía física y cosmografía. Además, sus aportes también fueron en política, educación, periodismo, historia y literatura. Así pues, también se destaca que, como positivista, compartió elementos como el ideario por el progreso, la educación laica, la promoción de la ciencia y el fomento  a la industria, para que el país alcance mayor nivel de desarrollo social. También, llegó a ser  rector de la Universidad de Chile, donde pudo realizar reformas y promoción de asignaturas científicas, como un modo de combatir la tradición religiosa en la educación pública que imperaba hasta su época. Sus publicaciones fueron muy conocidas, destacando entre éstas, “Elementos de Geografía Física” e “Historia General de Chile”, en 16 tomos. No puedo terminar este apartado sin repetir sus palabras del discurso del aniversario de la U. de Chile del 17 de septiembre de 1893: “La ciencia, señores, prepara todos los maravillosos inventos de la industria, que desarrollan la riqueza pública y aumentan nuestro bienestar. Destruyendo errores de todo orden, habituándonos al trabajo de observación, y enseñándonos a guiarnos por ésta, desarrolla y fortifica nuestra razón, da firmeza y corrección a nuestros juicios, eleva nuestro carácter y enaltece nuestros sentimientos, haciéndonos superiores a las miserias y contrariedades de la vida”. 

¡En nombre de la Facultad que represento y en el mío propio, las más sinceras y emocionadas felicitaciones a los autores! 

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SANTIAGO.- El jueves 30 de mayo de 2019, en el Salón de Honor de la Casa Central de la Universidad Tecnológica Metropolitana (UTEM), se realizó la Presentación del libro: “Una Aproximación a las Ciencias de la Tierra en el Chile Decimonónico”, de Zenobio Saldivia, Patricio Leyton y Francisco Díaz, el cual fue comentado por Tomás Cárdenas, Decano de la Facultad de Humanidades y Tecnologías de la Comunicación Social de la UTEM y el académico Zenobio Saldivia, uno de los autores del libro, quien es además académico e investigador de la universidad. Este libro da cuenta de la situación de las Ciencias de la Tierra en el Chile Decimonónico, con aportes relacionados con las disciplinas vinculadas a este conjunto del saber, acaecido en el período acotado, en rigor corresponde a una aproximación rigurosa analítica y documentada de estas disciplinas. La actividad fue organizada por la Facultad de Humanidades y Tecnologías de la Comunicación Social y su Centro, y contó con la colaboración de la Vicerrectoría de Transferencia Tecnológica y Extensión de la Utem.

NOTA UTEM Y GALERÍA

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Zenobio Saldivia Maldonado

  1. U. Tecnológica Metropolitana, Santiago., Chile. 

La cuestión de las humanidades en la formación de los ingenieros, es un tema de larga data. El problema parece resumirse de ordinario en nuestros tiempos, con el recurso de la alta especialización y la inserción magra de algunos ramos culturales en su malla curricular, sumado a alguna Ética Profesional. Ello es la solución que ofrece actualmente el modelo racionalizante y profesionalizante de las universidades de nuestro medio. Atrás han quedado los cursos de filosofía, historia y otros. Son los nuevos tiempos, y es de esperar tal vez, que cuando estos ingenieros se fogueen en las lides del ejercicio de la profesión, vuelvan a las humanidades; lo cual parece ser un fenómeno social nuevo, según relatan los Colegios de Ingenieros de muchos países latinoamericanos, en especial según lo han señalado los miembros del Consejo Nacional de Educación de los Ingenieros de Argentina, que tuve el honor de conocer en Buenos Aires, hace unos años, o según los ingenieros del mundo académico chileno que entrevistamos en un proyecto anterior. Hay pues que esperar que nuestros ingenieros se acerquen a los 40 años, a la madurez y a la búsqueda del sentido de lo humano. Empero en este contexto, esa preocupación queda ligada a las decisiones personales y puesto que ya no hay currícula formal universitaria, no se estandariza, y sólo queda a nivel de élites de ingenieros más sensibles o más interesados por la cultura. 

En los tiempos actuales, la formación integral de los ingenieros, pareciera ser una de las grandes preocupaciones de los teóricos contemporáneos -en especial de los filósofos, de los educadores y de los curriculistas; quienes esperan superar los resabios del siglo XX, para recomenzar una nueva era en este milenio, soñando con la formación holística. Pero me temo que si el curriculum oficial no deja espacio para una adecuada proporción de ramos humanistas; entonces es un mero anhelo de humanistas y sociólogos, y nada más. Ello puesto que los jóvenes estudiantes de ingeniería no están para ‘perder’ semestres con los tópicos de humanidades, pues una sociedad consumista, exitista y competitiva a ultranza los espera y la mayoría de ellos ya están internalizados con dichos valores. Después de todo, dicha situación valórica y social, es fruto del marco social, es el resultado de la difusión de valores puramente pragmáticos que nos entregan los medios de comunicación. Insertos en esta realidad a lo más, los estudiantes se defienden señalando que tienen un curso de Ética Profesional, un idioma extranjero y un electivo cultural. Es la nueva visión de las humanidades. Ya es muy difícil encontrar ingenieros como los formados en el Siglo del Progreso, como un Ignacio Domeyko, ingeniero en minas, que sepa francés, latín, griego, taxonomía, historia natural, filosofía y que escriba propuestas para reordenar el sistema educacional chileno, o que sugiera nociones de reordenamiento de la producción y la industria nacional. Hay otro entorno sociocultural, y otras expectativas que la sociedad espera de los ingenieros: operatividad, transformación, eficiencia, nuevos artificios. Otra idea de progreso. 

El entorno filosófico y académico del ingeniero mencionado, por ejemplo, buscaba el sentido universal del saber, las respuestas a las interrogantes perennes propias del ser y del deber ser del hombre recurriendo a saberes propios tanto de la Metafísica, como de su especialización, para indicar un camino que pudiera ser de utilidad para el Chile decimonónico, para la construcción del país. 

Volviendo a nuestro tiempo, la preocupación del hacer del hombre de hoy y del mañana, en particular,  aquel que se forma en el seno de las Universidades, parece ser uno de los temas candentes inserto en la agenda de las discusiones académicas, que ha cobrado más fuerza que otras veces. Seguramente los excesos en la alta especialización que hoy la Universidad entrega a los profesionales comprometidos con el hacer científico y técnico, ha gatillado una nueva oleada de reflexión sobre la situación actual de las humanidades. Se adiciona, también, la opinión de los empresarios para mostrar su visión de los profesionales de la ingeniería, que actualmente se están integrando al mundo globalizado. Y hay un factor nuevo: las nuevas exigencias de los estudiantes; ellos quieren calidad, excelencia, prontitud, y una enseñanza basada en las TIC, pero no desean cubrir todos los ramos provenientes de las humanidades. Quieren el extracto.  ¿Y quién podría atribuirse una tarea semejante? En consecuencia, éstas parecen ser algunas de las aristas, que han traído a presencia nuevamente el viejo tema. 

En el caso de los líderes empresariales, el interés por la situación de las humanidades en el presente, está orientada más bien, a revisar la formación humanista y cultural que debería reforzar convenientemente la formación integral de los ingenieros. Ello, porque han podido percibir que las humanidades son un cúmulo de cultura y sabiduría, donde encontrarán valores, actitudes y pautas para comportamientos altamente deseables orientados al buen desempeño profesional. El entorno empresarial, está cada vez más consciente del universo competitivo en que se enmarca la producción y el comercio internacional, para lo cual requiere de sujetos poseedores de ciertas notas constitutivas de la personalidad, que contribuyan asertivamente a la gestión empresarial. 

Así, los líderes empresariales, desean que las universidades les entreguen sujetos bien preparados, con buenas relaciones humanas para integrar equipos de trabajo, confiables, autónomos, criteriosos, comprometidos con el grupo de gestión y poseedores de una comunicación fluida y directa -entre otras características personales- sumadas a las específicamente profesionales. Ello no es extraño, si pensamos en las características de nuestra sociedad, ya mencionadas, y dicha enumeración constituye parte del paradigma del perfil profesional deseado para el campo laboral; un campo que ahora no es nacional, sino internacional o mundial. Por eso, no resulta curioso, que de mundos cognitivos muy distintos, tales como los empresarios, los curriculistas y los filósofos, estén pensando en la situación de las humanidades en las universidades; primero con esquemas provenientes del Hemisferio Norte y luego, con réplicas en las universidades latinoamericanas.

El énfasis en la tarea cultural de estas casas de estudio, se mantuvo en gran medida, hasta los tiempos modernos; viéndose dicho ideario, reforzado por la expansión de las ideas filosóficas y sociales derivadas de la Ilustración y del Enciclopedismo. Lo primero, fomenta la obtención de una democracia plena y la confianza en la invariabilidad de la razón. Lo segundo, persigue la divulgación del conocimiento científico y el dominio de la multiplicidad de las expresiones del mismo.

Sin entrar en una historia de las universidades, tengamos presente para continuar con nuestra reflexión, que éstas tienen su génesis instituciona, en las corporaciones de maestros y estudiantes que fueron apareciendo por toda Europa, durante el medioevo (Universitas magistrorum discipulorunque), principalmente desde el siglo XII en adelante. Sólo desde el siglo XIX en adelante, se percibe a la universidad como un ente formador de profesionales por antonomasia.  Ello acontece, casi paralelamente, con la importancia que en esa época la sociedad le asigna a la ingeniería y a las tecnologías;  estimuladas por el universo de las ideas positivistas desarrolladas primeramente por Comte y la posterior búsqueda desenfrenada del progreso material y espiritual de los pueblos,  como télos ineludible de la actividad científica, tal como lo ha destacado Munizaga: “Durante la segunda mitad del siglo XIX las ideas comtianas se propagaron en hispanoamérica con el ímpetu que se conoce.  Ninguno de nuestros países, de México a Chile -y sobre todo Brasil- escapó a su influencia”.

Luego, en el siglo XX, en énfasis por el profesionalismo se ve nuevamente potenciado como consecuencia de la 2ª Guerra Mundial. Las instituciones de educación superior proliferan y se diversifican con gran rapidez, y los conocimientos a su vez, se multiplican vertiginosamente. Esto es el punto de partida de un nuevo fenómeno propio de la educación superior, que los estudiosos del tema han denominado: “La gran transformación”; como una forma de tipificar el conjunto de situaciones demográficas, sociales, políticas y económicas muy distintas a las existentes en otras épocas históricas, en lo referente a su vinculación con la universidad.

Lo anterior se concatena con la historia de la humanidad centrada en el desarrollo de las organizaciones sociales y la evolución del conocimiento científico y desarrollos tecnológicos, que han forzado las tendencias de la “especialización”. Por otra parte, la evolución de la especie humana plantea, también, la “naturaleza acelerada del desarrollo ambiental”, al decir de Kast; con lo cual se ven preocupadas también a las propias organizaciones.

En el plano de la cultura organizacional, ésta cobra una especial significación por la repercusión que tienen en la toma de decisiones las formas de pensar, de sentir y de reaccionar, así como también, el ejercicio imprescindible de un estilo de administración. Ambos, cultura y estilo empresarial, se consideran, hoy en día, aspectos fundamentales de toda organización laboral, tanto en el logro de los objetivos en que se aúnan la tecnología y el desempeño de las habilidades humanas, siempre que se considere la efectiva utilización del recurso humano “en un ambiente que propicie el bienestar de los participantes. Estas, es decir, “la productividad y la calidad de vida son dos de los más importantes preocupaciones de las organizaciones y de la sociedad” (Kast). Se ha detectado a través de investigaciones que las organizaciones más eficientes desde el punto de vista del desempeño, poseen características comunes basadas en el respeto, la consideración y la atención del personal que laboran en ellas.

En este sentido, la característica de nuestra era, parece ser la gran diversidad de cambios significativos en el plano de la cultura y de los distintos órdenes del plano social en general.  El rasgo más relevante de la cultura actual, es su permanente expresión de crisis y contradicción, lo que trae  aparejado una educación superior en que las metas se diluyen entre tendencias prospectivas, utópicas, dialécticas, o de distinta naturaleza.  Esta diversidad y contradicción permanente, dificulta la puesta en marcha de innovaciones oportunas en la educación superior.  A manera de ilustración, piénsese por ejemplo reales, o incluso en lo que Mönckeberg denomina “revolución de las aspiraciones” del hombre medio contemporáneo. Todo lo cual afecta seriamente la solidez de nuestros cánones culturales y el orden social imperante; más rápidamente que nuestra reacción y adecuación ante la estructura educacional y su sistema de entrega de contenidos.  Así, el cambio es pues, el rasgo distintivo de nuestra época. Paralelo a esta situación, en los países de A. Latina, hoy también se percibe una crisis de adaptación de la universidad frente a las nuevas condiciones sociales, culturales y políticas en general.

Precisamente, ante este quiebre, aparecen las nuevas aspiraciones del marco social; la aspiración del alcanzar una mejor calidad de vida y el deseo de tener más acceso a los bienes y servicios; así como también el legítimo deseo de obtener una mejor formación educacional; tanto en lo referente al campo de las ciencias formales, como al ámbito de las ciencias naturales y al campo de las ciencias sociales y humanas.  Tales anhelos contemporáneos -que incentivan los cambios esperados- pasan necesariamente por una adecuación epistemológica de la currícula universitaria; de modo que ésta no sólo posibilite la comprensión de las teorías en boga, sino que además permita profundizar acerca del contexto del descubrimiento en que estas se produjeron.

Por tanto, la crisis de la educación superior apunta principalmente a la currícula universitaria. La atención que actualmente se le otorga a la currícula universitaria, se comprende por la importancia que ésta ha adquirido en el último tiempo, y en especial, por una mayor comprensión que se tiene de ella en los círculos académicos. Se ha comprendido que la currícula es uno de los medios para asegurar que en la formación de los estudiantes, están presente determinados modelos de aprendizaje, ciertos patrones de conducta y formas de mediación cognoscitiva en general, que se estima que los estudiantes aplicarán posteriormente en su desempeño profesional y social.

La revisión conceptual y metodología de la currícula universitaria, en la actualidad, muestra que la necesidad de un currículum abierto y flexible, los principios de intervención educativa con sus respectivos modelos de aprendizaje; así como también la metodología más activa, original y holística; va siendo cada día más corroborada en el terreno empírico y en el desarrollo de un currículum centrado en la antropología, en el hombre, tal como ya lo ha destacado Espina.

Por lo anterior, es fácil comprender que en nuestros días, la misión de la universidad se ha alejado del ideario de enseñar la cultura y más bien se enmarca en la tarea pragmática de formar profesionales y científicos. Se refuerza lo descrito con el estudio efectuado por UNESCO sobre las Carreras de Ingeniería en países, tales como Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Perú Colombia, Venezuela, México en que sólo consideran ingenieros de base científica, siendo éstos fuertes en Matemática, Física, Química, Ciencias de la Ingeniería y Computación (Letelier, 1998).  Empero, formar profesionales eficientes y científicos competentes, es un propósito nuevo que se disocia de la misión tradicional de la universidad, en su sentido original. Esto significa que la profesionalización; y la alta especialización que hoy entrega la universidad, no satisface el objetivo de formar un hombre culto, un hombre integral.

Con razón ya antes Ortega y Gasset había sugerido potenciar la difusión y desarrollo de la cultura en la educación superior; esto es, volver a la tarea primigenia de la institución universitaria: “..Por eso es ineludible crear de nuevo en la universidad la enseñanza de la cultura o sistema de las ideas vivas que el tiempo posee.  Esa es la tarea universitaria radical. Eso tiene que ser, antes y más que ninguna otra cosa, la universidad”. 

Y para ello el filósofo español creía conveniente instaurar una “Facultad de Cultura”, que incluya la enseñanza de disciplinas tales como: biología, física, sociología, historia, filosofía; para que de este modo la universidad llegue a ser el órgano supremo de la educación espiritual de la sociedad, el más alto establecimiento de enseñanza intelectual y moral del estado. La humanidad actual y futura se cifra en la globalización de la información que genera el conocimiento, como esencia del auténtico saber. Así, Torres J., en su publicación “Globalización e interdisciplinariedad: el curriculum integrado, dice: “El mundo que nos ha tocado vivir es ya un mundo global en el que todo está relacionado, tanto nacional como internacionalmente; un mundo donde las dimensiones financieras, culturales, políticas, ambientales, científicas, etc., son interdependientes, y donde ninguno de tales aspectos, puede ser adecuadamente comprendido al margen de los demás”. Tal afirmación, conlleva a la interrelación de los conocimientos en aras del progreso de la humanidad.

En el ámbito de las carreras de ingeniería, uno de los tópicos que está en discusión en estos momentos, es el denominado “perfil del ingeniero para el siglo XXI”. Dicho tema alude a una búsqueda de ciertos elementos cognoscitivos, valorativos, sociales, psicológicos y antropológicos; que se estiman necesarios incluir en los planes de estudio de los alumnos de las Facultades de Ingeniería, para una posterior inserción exitosa y eficiente en el mundo profesional, en un universo laboral mundial, donde la tónica es la fuerte competencia, la globalización de los mercados, la instantaneidad de  las comunicaciones y el aparecimiento de una nueva organización social.

Así, la sociedad actual espera de los ingenieros, un doble rol: que contribuyan en las empresas a una gestión más exitosa para el dominio de los mercados, y que por otra parte, frente a la naturaleza, tengan una mirada ecologicista, muy distinta a la simple visión positivista y pragmática, que se ha venido dando desde fines del siglo XIX. Los propios ingenieros destacan estos aspectos como parte del perfil deseado; pero además visualizan la necesidad del complemento de la sabiduría, de las buenas relaciones humanas, del criterio oportuno y de la dotación de una fuerte dosis de sensibilidad para con los otros hombres.  Por ejemplo, en un Congreso de ingenieros organizado en Santiago de Chile, en 1993, se destaca el hecho de el ingeniero civil debe ser altamente competente en lo técnico, pero además debe poseer capacidades para administrar recursos con acentuación por los problemas ambientales, con una gran sensibilidad social, con sabiduría para administrar el recurso humano y con visión de futuro.

Tales requerimientos expresan el punto de vista de los propios ingenieros, y sugieren al mismo tiempo, una revisión en el plano curricular, de aquellas disciplinas que tradicionalmente  han estado consagradas a representar a las humanidades y  a  las  ciencias  sociales en el caso de que existan efectivamente en los planes de estudio de los futuros ingenieros.

Por otra parte, sugieren implícitamente pensar en la inclusión cuidadosa de nuevas asignaturas que den cuenta de los contenidos esencialmente humanistas, propiamente culturales; en el caso en que no existieran en los planes de estudio de los alumnos de ingeniería. Esto en el bien entendido de contar en un futuro no muy lejano, con un currículum más armónico, más integral y acorde con las demandas provenientes tanto de los propios ingenieros ya insertos en el ámbito laboral; como así también de las exigencias que surgen del marco social contemporáneo, de acuerdo a la visión de lo más óptimo esperado de ellos.

Para la obtención del ideal de un currículum armónico y equilibrado al servicio de las carreras de ingeniería, la presencia de las disciplinas humanistas resultan ser un sustrato cultural ineludible. Ello porque el ingeniero antes que profesional es un ser humano, y en este ámbito, es inevitable que dentro del sistema de la educación superior, los contenidos de la especialidad se orienten hacia el hombre. Así, como acota Giannini “para hablar de humanismo, para examinar su justificación y su persistencia, tendremos que referirnos y no puede evitarse, a nosotros mismos, a nuestra complicada humanidad, a nuestra errancia...”.

Lo anterior, alude al conjunto de valores y contenidos centrales desde y hacia el hombre, hacia un tipo de conocimientos que no tiene un interés pragmático y que no se agota en su utilidad. Es justamente por esto, que en las humanidades encontramos los valores y la sabiduría integradora que no hallamos en las disciplinas de las ingenierías en particular. Tales valores son a su vez, portadores de un mundo de ideas filosóficas, de determinadas concepciones de hombre y del mundo. El corpus teórico denominado ‘humanidades’ y que incluye entre otras expresiones al arte, la filosofía, la literatura, la historia, la ética o las lenguas clásicas por ejemplo; encierran una riqueza axiológica que es necesario conocer y comprender para posteriormente tomar mejores decisiones técnicas o profesionales.  Por ello no resulta extraño que en Estados Unidos, en 1989 la Encuesta Nacional de Docentes -que mide los objetivos básicos para la educación de pre-grado- haya arrojado una alta ponderación para las metas humanistas dentro de la formación.  Entre estas: entregar conocimientos de Historia y Ciencias Sociales (94.6%), enseñar a apreciar la Literatura y las Artes (91.5%) y formar valores en los estudiantes (87.0%). (Boyer. 1990).

El parágrafo precedente, permite colegir la visión humanista e integral propia del deber ser de la educación superior, que manifiestan los académicos norteamericanos acerca de los grandes objetivos que deben considerarse en los estudios de pre-grado. En nuestra realidad latinoamericana referente a la formación de los ingenieros; los criterios curriculares tecnologizantes y economicistas, han dejado atrás la presencia de las humanidades en los planes y programas obnubiladas por la presencia avallasadora de las disciplinas de la especialidad. Así, el antiguo anhelo de la formación integral en las facultades de ingeniería de nuestros países latinoamericanos, está muy lejos de alcanzarse con la estructura curricular vigente.

En América, en las Facultades de Ingeniería de muchas universidades se encuentran trabajando en una propuesta que reestructure  los planes de estudios de los futuros profesionales de la ingeniería; dicha propuesta se piensa hacer extensiva a los distintos niveles de la formación ingenieríl existente:  Ingeniería de Ejecución, Ingeniería de Especialidad e Ingeniería Civil. Así, además de las áreas de formación matemática, ciencias básicas, ciencias de la ingeniería y diseño técnico; se incluye un área de estudios complementarios, que corresponden a las humanidades y ciencias sociales, arte, administración y otras, que complementarían el contenido puramente técnico de los antiguos planes de estudio. Ello indicaría que son los propios ingenieros los que se están dando cuenta de la conveniencia de fortalecer la presencia de las humanidades en su formación actual.

Por último, parece fundamental la acción del docente en la formación del profesional ingeniero, que comprende, según el aporte que hiciera  Marcos T. Masetto, de la Universidad de Sao Paulo, Brasil: “...el desarrollo del área cognoscitiva en lo que toca a la adquisición, elaboración, organización de informaciones, al acceso del conocimiento existente, a la producción de conocimiento, a la reconstrucción del propio conocimiento, y en cuanto a la identificación de diferentes puntos de vista sobre el mismo asunto, a la imaginación, la creatividad, la solución de problemas”. Más adelante, señala también que “...es necesario que el profesor perciba de manera creciente la vinculación que puede haber entre su asignatura y las demás del mismo programa de estudios. ¿Cómo podrán interactuar? ¿Es la relación interdisciplinaria una utopía? ¿Lo son las posibilidades de organizar un curriculum que cree espacios para aspectos nuevos, emergentes y actuales?. La relación profesor-alumno y alumno-profesor en el proceso de aprendizaje ¿Cómo asumir una actividad de docencia sin profundizar el conocimiento y la práctica de una relación con los alumnos que los ayude a aprender?...”.

Lo anterior, es una sugerencia de mejorar la relación profesor-alumno y viceversa, que parece ser también una invitación que en las Facultades de Ingeniería en América, reclama aún una respuesta.

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Messadie, que es considerado un novelista histórico y especialista de los temas bíblicos, nos presenta en esta obra, una visión distinta sobre la muerte de Jesús, pues justamente el tema central de la novela  se refiere a su particular mirada sobre la muerte del Nazareno  en la cruz y su eventual resurrección. Por ello, tratando en paralelo la confusa situación social y política de los judíos de las primeras décadas del siglo 1ro de nuestra era, que a la sazón se encontraban muy divididos ora en relación a una postura frente a la invasión romana, ora frente a la interpretación y práctica de su propia religión; va matizando con excelentes cuadros costumbristas de la vida, del rol casi invisible de la mujer, de las costumbres y hasta de las  comidas judías. Aquí, tras dar cuenta de un entramado de espías del Sanedrím por una parte y por otra de judíos al servicio del espionaje romano, se plantea que Jesús no murió en la cruz y que no hubo resurrección. Ello por una serie de factores enmarcados en una amplia conspiración organizada por María Magdalena, quien en virtud de su supuesta vida licenciosa había acaudalado una pequeña fortuna, lo cual sumado a su belleza y su amplia red de contactos con comerciantes acaudalados, con los fariseos, los zelotes, con la madre de Herodes, con la esposa de Poncio Pilatos y con otros  exponentes de la sociedad política y mercantil judía de su tiempo; le permitieron sobornar  al centurión, a los soldados romanos encargados de la crucifixión y a otros agentes romanos vinculados a las etapas y procedimientos operativos en estos casos.

Así, el autor va mostrando como no se van cumpliendo las etapas de la crucifixión tradicional; tales como la necesaria permanencia de más de un día en la cruz, el quiebre o fractura de las tibias del crucificado, que corresponden a los huesos más firmes para resistir el peso del cuerpo, el examen minucioso de su muerte y otros procedimientos de rigor.

Llama la atención ante el desarrollo de esta hipótesis, la adecuada argumentación documentaria específicamente bíblica, pero también histórica y cultural que despliega el autor para ir fundamentando su postura acerca de porqué razones no se realizó un proceso de crucifixión clásico, así como también las técnicas médicas que supuestamente se emplearon para que Jesús no sufriera o sufriera lo mínimo en la cruz. Y lo propio corresponde señalar de las técnicas curativas y otras terapias medicamentosas, para sanar lo más rápidamente posible  al Nazareno, tras vencer el círculo de  la vigilancia romana y del propio Sanedrím. También la novela concita el interés del  lector, el amplio conocimiento de la etapa de Jesús en la comunidad de los esenios, antes de autoasumiuda condición de profeta, salvador y conductor de un Reino de  los cielos.  

Como no se pretende mostrar el final del Jesús rescatado de la cruz y de la muerte,  y por si alguno de los distinguidos lectores ya lo leyó o pretende hacerlo, dejamos hasta aquí este comentario, para que en su momento saquen Uds. su propia opinión. 

Reseña: Zenobio Saldivia M.

Marzo 2019.

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Ignacio de Loyola y la Compañía de Jesús

Zenobio Saldivia M

Felipe Caro P.
U. Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile.

El hombre

Iñigo López de Loyola, más conocido por el nombre que tomaría posteriormente: Ignacio de Loyola; nace el año 1491 en Azpeitia, en la provincia de Guipúzcoa, actual territorio de la comunidad autónoma española de Euskadi o país Vasco. Educado como caballero, sirve como soldado hasta ser herido en el sitio de Pamplona, lo que le hace replantearse su estilo de vida despreocupado. Estos primeros exámenes de conciencia, según escribe en su autobiografía , se convertirían algunos años más tarde, en el grueso de los contenidos de su principal obra: Los ejercicios espirituales, obra que desarrolla entre 1521 y 1548, año en que es publicada en Roma. Loyola viaja a Jerusalén, pero se detiene en Manresa, donde desarrolla las directrices generales del pensamiento ignaciano; entre éstas, sus reflexiones
sobre Dios, la libertad y los afectos humanos.
López de Loyola visita también Roma, Venecia y Jerusalén, en el año 1523 y luego, en 1524, Chipre, Génova y Barcelona, donde se dedica a estudiar gramática durante dos años. En 1526 acude a la Universidad de Alcalá de Henares, que estaba influenciada en su programa de estudios, por la Universidad de París. Por tanto, en Alcalá de Henares sigue cursos de Física y Teología, estudiando a autores como Aristóteles, Alberto Magno y Pedro Lombardo. Posteriormente, en 1527, visita Salamanca, y en el año 1528 llega a Francia, para estudiar Humanidades en el Colegio de Monteagudo de París, y Filosofía y Teología, en La Sorbonne, además de algunos cursos en el Colegio de Santa Bárbara, los que termina, cuando obtiene su título de Maestreo en Artes en el año 1535. Así, inserto en este ambiente universitario y cultural, forma el Círculo de Amigos en la Fe, unidos todos por el carácter de Ignacio y sus ejercicios espirituales. En esta época se vincula con Francisco Javier (1506-1552) y Pedro Fabro (1506-1546), entre otros, con quienes intercambia las ideas centrales de su marco teórico teológico y les transmite las nociones de sus ejercicios espirituales, llegando a ser grandes amigos. A finales de 1535 Ignacio y sus compañeros viajan hasta Venecia para tratar de llegar en peregrinación a Jerusalén. Arriban en Venecia a principios de 1537, y como les es imposible viajar, debido a la guerra entre Venecia y el Imperio Otomano, trabajan con los enfermos de los hospitales de la localidad. En Junio de 1537 Ignacio, junto a seis de sus compañeros, es ordenado sacerdote, y posteriormente, viaja a Roma para ponerse a las órdenes del Papa. Ante la perspectiva de ser separados, estos amigos unidos en su ideario teológico y religioso, deciden permanecer juntos, formando lo que será la Compañía de Jesús. Para ello toman los tres votos característicos de las órdenes religiosas (castidad, pobreza y obediencia) y agregan, como elemento característico de la compañía, el de obediencia al Papa, tal como queda de manifiesto en las “Constituciones” de la Compañía, inspiradas por Ignacio de Loyola y cuya primera versión se encuentra ya preparada para 1552. Cuatro años después fallece en Roma.
Algunas de sus ideas centrales

La mayoría de sus ideas sobre Dios y la fe, se nos presentan claramente en Los ejercicios espirituales y en Las Constituciones de la Compañía de Jesús. Y entre las cuales es posible destacar su noción de la libertad del hombre como amplio marco para responder al amor de Dios, la cual se ve influenciada por los movimientos interiores del corazón y por las influencias exteriores del mundo que lo rodea (consolaciones y desolaciones).
La libertad se verá siempre apoyada o entrabada según la forma en cómo se vivan las experiencias.
Solamente a través de un ejercicio espiritual constante y consciente, a la luz de Dios, es posible analizar correctamente las venturas del diario vivir, y conocer así, la medida en que tales experiencias faciliten o impidan el correcto ejercicio de la libertad humana.
Dios está presente en todas las cosas, y su amor se expresa en todos los aspectos de la existencia humana. El hombre está llamado a descubrir este amor infinito a través de su trabajo y en el servicio activo a los necesitados. Ello implica una entrega generosa. Y en esta lógica, no cabe posibilidad de un límite a nuestra entrega, por cuanto así tornamos nuestro amor hacia Dios, para buscar siempre el más y lo mejor (el magis ignaciano).
Tales ideas matrices conque Ignacio de Loyola orienta sus ejercicios espirituales, son parte de su experiencia espiritual en Manresa, España. Las mismas, funcionan también como una herramienta pedagógica para quienes las practican, puesto que al querer hallar la voluntad divina en sus vidas, los ejercicios les permiten reconocer los cambios espirituales de su alma, cambios que de otra forma pasarían desapercibidos. Para esto, son necesarios además la disciplina y compromiso.

La Compañía de Jesús

Esta es creada en 1534 en París, aunque sólo en Septiembre de 1540, el Papa Pablo III, reconoce oficialmente a la Orden y firma la bula de confirmación de la misma. Desde sus inicios, se percibe claramente el énfasis misionero de la Compañía, el que queda enraizado en su misma constitución. Ello exige a los aspirantes ciertas condiciones de aptitud física y mental, una excelente salud, un carácter persistente y un constante ejercicio de la actividad racional y espiritual, que los separarán del resto de las órdenes religiosas de su tiempo. Asimismo, en las Constituciones queda de manifiesto el pensamiento de Ignacio sobre la diversidad y las posibilidades de cada persona de servir a Dios de acuerdo a sus capacidades y dones recibidos, ya que quienes deseen ingresar en la orden pueden optar a cuatro categorías, dependiendo de sus talentos, luego de realizar el noviciado: Profesión, quienes realizan los cuatro votos mencionados anteriormente; Coadjutores, quienes realizan los votos de pobreza, obediencia y castidad y sirven de ayuda a la Compañía en cosas espirituales o temporales; Escolares, los que mostrando habilidad para los estudios, pueden, luego de ser letrados, ingresar a la orden como Coadjutores o Profesos; y aquellos que la Compañía, luego de los exámenes iniciales, toma como indeterminados o Indiferentes, dado que “…no se ha determinado aun para cuál de los grados dichos sea más idóneo su talento” . Para lo anterior, establece una serie de procedimientos como distintos lapsos de tiempo de trabajo y observación de los interesados por parte de los examinadores, exámenes de distinto tipo y la utilización de los ejercicios espirituales y de preguntas (o interrogaciones) con el objeto de conocer lo más profundamente posible a la persona que busca ingresar a la compañía, y de este conocimiento, dirigirla a donde sus aptitudes puedan ser mejor aprovechadas.

Las Constituciones de la Compañía son, además, una profundización y concretización de los aspectos básicos y fundamentales de la Orden; por eso no es extraño que en la obra se recuerde elementos que Ignacio y los primeros compañeros reúnen, en 1539, v. gr.: “Hemos juzgado que lo más conveniente es que cada uno de nosotros, y cuantos en adelante hagan la misma profesión, estemos ligados, además del vínculo ordinario de los tres votos, con un voto especial, por el cual nos obligamos a ejecutar, sin subterfugio ni excusa alguna, todo lo que nos manden los Romanos Pontífices, el actual y sus sucesores, en cuanto se refiere al provecho de las almas y a la propagación de la fe; y a ir a cualquier región a que nos quieran enviar.” Las Constituciones de la Compañía son, además, una profundización y concretización de los aspectos básicos y fundamentales de la Orden; elementos que Ignacio y los primeros compañeros reúnen, en 1539, en la Fórmula del Instituto, que es su primera declaración de principios para el mundo y el modelo primigenio por el que regirán sus subsecuentes actividades. Esta fórmula es aprobada por los pontífices Paulo III y Julio III en 1540 y 1550 respectivamente.

En la Orden Jesuita, a su vez, como entidad dinámica, se produce una síntesis de las dos maneras de vivir la experiencia espiritual, en comparación con las otras órdenes o movimientos espirituales del período: la vía contemplativa y la vía activa; esto es lo que el jesuita Jerónimo Nadal (1507-1580) señala al referirse a la actitud de los compañeros, que viven como sujetos “contemplativos en la acción”. Lo cual puede comprenderse también, como el camino que parte de una búsqueda activa de Dios para encontrarlo con gratitud en todas las cosas. Así, para materializar esta búsqueda y encuentro con el ser superior, Ignacio sugiere una conexión trascendente en el acto humano; es decir, centrarse en quien busca (contemplación) y en la gracia divina (acción). Y de este modo, necesariamente se llegaría a la divinidad.

Otro de los elementos que los compañeros comienzan a desarrollar en este período es la producción literaria; interés que en este período se manifiesta a través de la comunicación escrita que, por insistencia de Ignacio, mantienen los integrantes de la Compañía, principalmente comentando su trabajo en los territorios en los que se encuentran. Esta correspondencia entre los integrantes de la Orden y sus superiores se mantiene durante el tiempo, y es de particular importancia, por ejemplo, al momento de comenzar su proyecto educativo, puesto que les permite mantenerse al corriente de lo que sucede en cada institución e implementar cambios en aquellos lugares que lo requieran. Y en los siglos siguientes, les posibilita un intercambio de impresiones sobre la naturaleza vernácula del Nuevo Mundo. Asimismo, esta correspondencia se ve aumentada por las obras que comienza a generar la Orden, partiendo por las experiencias de Ignacio, recogidas en su Autobiografía, y que no son entendidas sólo como obras de literatura, sino como fuentes de historia y conocimiento que se integran íntimamente a la labor y al modo de actuar de la Compañía de Jesús.

Justamente en relación a la labor y el modo de actuar de la Orden de los Jesuitas, llama la atención, la rapidez con que va obteniendo seguidores y la energía que despliegan luego para llegar a América y otros lugares y la rapidez con que lo realizan, considerando los medios de transporte y las dificultades comunicacionales de la época. Así por ejemplo, en cuanto a lo primero ya en 1556, cuando fallece el fundador, y recién a dieciséis años del reconocimiento papal, la Orden cuenta con 1.000 integrantes. Y en cuanto a su expansión a América, ya en 1549, llegan los primeros jesuitas a Brasil Luego, en 1568, encabezados por el padre Jerónimo Ruiz del Portillo, llegan a Lima. Y en 1593, se encuentran en Chile. Y a su vez, en 1599, arriban a Córdoba, Argentina, dedicándose de lleno a la educación y a la evangelización de los nativos, tal como lo hacen en el resto de los lugares donde se van expandiendo, hasta que en 1767, son expulsados de todos los dominios de la Corona española.

Hacia una conclusión

Ignacio de Loyola, logró asentar una Orden religiosa, con un estilo novedoso, altamente exigente en sus votos y praxis misionera, orientándose a la enseñanza de los distintos sectores sociales y a la evangelización de los nativos, dando nuevos bríos al mundo cristiano y misionero en general. El celo y la pasión para cumplir como misioneros, los cuales se observan con propiedad, en casi todos los jesuitas designados en América, son rasgos característicos de la Compañía de Jesús. Y otro aspecto muy importante es que la Compañía de Jesús rápidamente logró asentar una riqueza material que ocasionó la envidia de muchos sectores. Así como también sucedió lo propio, por la simpatía y la adecuada comunicación con los nativos, que es otro rasgo de la Orden.

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Zenobio Saldivia M.

            Dr. en Historia  de las Ciencias

 

Muy a menudo, en algunos textos de historia de la edad media, se sostiene que  el medioevo es un período de oscurantismo y estancamiento en el desarrollo de las artes y de las ciencias. Lamentablemente esta percepción se ha convertido en un mito y prácticamente se da por sentado que el medioevo es sinónimo de estancamiento generalizado.  Dicha tesis, está muy difundida en las distintas ramas de la historiografía y parece ser el resumen de la mirada interpretativa tradicional sobre la evolución científica y tecnológica del período. Empero, esta lectura es el resultado de un juicio apresurado, en especial en lo referente exclusivamente al desarrollo tecnológico. Por nuestra parte, estamos convencidos  que  si bien la evolución -en el campo que nos interesa- no fue espectacular en dicho período, al menos se continúan los esfuerzos tecnológicos del período romano y se perciben interesantes innovaciones prácticas y artesanales, vinculadas a diversos incrementos productivos. ¿Pero porqué se produce la difusión de la tesis del oscurantismo con su interpretación implícita tan negativa? La confusión obedece seguramente a dos razones importantes: Efectivamente, en términos globales  -esto es, cultural, polí­tica, científica y filosóficamente-  en la edad media hay una hegemonía religiosa que con sus cánones específicos, identifica a la religión cristiana con la verdad y obstaculiza por ende el pluralismo ideológico y filosófico, así como también impide la conveniente diversidad de criterios para tratar los asuntos metodológicos y epistémicos.

Por otra parte, lo que acontece es que usualmente se aplica el marco de desarrollo tecnológico propio del Imperio Romano, como rasero para medir el conjunto de invenciones y artificios de la época medieval. Sin embargo, el nivel de desarrollo tecnológico del período romano, corresponde a un período histórico determinado, con necesidades sociales muy distintas a las del medioevo; en el Imperio Romano no hubo vasallaje,  cruzadas, ni feudos y era políticamente más centralizado. En cambio, las comunidades en el período medieval eran eminentemente agrarias, con una fuerte presencia de órdenes religiosas y más descentralizadas políticamente. (1)

Es en este contexto donde corresponde evaluar el nivel de desarrollo tecnológico del medioevo, y desde esta perspectiva,  es posible sostener que la evolución tecnológica en esta era, es diferen­te, y que sus niveles de incremento están en correlación con sus necesidades, pero no que hay estancamiento. En lo que sigue, se argumenta a favor de esta hipótesis.

La perspectiva tecnológica

En cuanto a adelantos tecnológicos específicos, por ejemplo, en esta era ya en el siglo VIII aparece el estribo, el que es utilizado por los francos quienes lo combinaron con una silla de pomo y borren. Esto facilitó  la preeminencia de la caballería como fuerza de combate,  la que finalmente logra desplazar a la infantería, en cuanto al nivel de  violencia generada por las huestes ordenadas y compactas. Ello a su vez, trae aparejado el aparecimiento de armaduras más firmes, mejores escudos y espadas, y la introduc­ción de la ballesta en el siglo XI.

A su vez, desde el punto de vista del desarrollo tecnológico en la Agricultura, se observa que ya en el siglo IX se comienza a usar  -probablemente por los eslavos-  un nuevo arado, más potente y con ruedas y que incluía también una hoja metálica vertical para rom­per el suelo. En Noruega, aún en el mismo siglo, aparece el arnés para el ca­ballo; consistía en un collar rígido y acolchado que colgaba del pecho y parte del cuello del animal, y que le posibilitaba respirar con comodidad. Estaba aña­dido a los tirantes laterales para facilitar la tracción. Lo anterior, permite  a los animales desplazar mayores cargas, por ejemplo, los caballos ahora pueden desplazar hasta cinco ve­ces la carga que movían los bueyes con el yugo. Así, a finales del medioe­vo en Europa septentrional, el caballo desplaza a los bueyes pa­ra las tareas propias de la agricultura.(2) También, todavía  en este mismo siglo, se soluciona el problema del excesivo desgaste de los cascos de los caballos, gracias a la invención de las herra­duras clavadas. Ello, sumado a la aparición del balancín en los arneses, posibilitó el uso y expansión de un nuevo medio de transporte pesado: la longa caretta; esto es, un carro tirado por caballos que permite transportar una gran cantidad de personas y mercancías o pertrechos bélicos. Así, en esta época, la tecnología avanza desplazándose entre la religión, las iglesias, la agricultura, la talabartería, la industria incipiente y los requerimientos bélicos.  "Al lado de la construcción de catedrales, del florecimien­to de la épica y del desarrollo del escolasticismo, el hombre de la Edad Media creó, por vez primera en la historia una civilización que no se basaba en el trabajo del esclavo, sino en el empleo de la fuerza animal." (3)

Ahora, en cuanto a la construcción de navíos, aún no hay mucho co­nocimiento acerca de cuando principiaron a construir los navíos según el sistema ingenieril actual. Es decir, partiendo de la estructura interna y continuando luego con las planchas de madera externas. Pero lo que si está claro, es que la confección de las carabelas dio paso a los descubrimientos geográficos del Siglo XV y despertaron las ansias de aventura de los españoles y portugueses. Por eso, a fines del medioevo, casi todos los puertos europeos cuentan con astilleros y trabajadores calificados para la construcción de las carabelas. Lo anterior, sumado a la invención del timón moderno a comienzos del siglo XIII, que perfecciona y acelera la navegación;  permite que las naves se desplacen  mejor y aumenten en volumen, al mismo tiempo que  dicha innovación posibilita virar contra el viento. Por otra parte, la difusión y uso de la brújula magnética procedente de China, que comienza a usarse en Europa a partir del siglo XII, facilita la mayor frecuencia de los viajes de estas naves. Y ello, sumado al astrolabio que permite determinar las coordenadas del barco en alta mar, contribuye a que  la navegación se haga más cómoda, y a su vez, dicho instrumento, logra  la consolidación de las nuevas rutas oceánicas.  Entre los astrolabios más famosos, está el construido por Vicenzo Dante a fines del Siglo XV, que permite determinar la altura del sol y de las estrellas conocidas,  y el ángulo horario.

Ahora, en el plano de los adelantos tecnológicos utilizados en la industria, cabe destacar el molino de viento con eje horizontal, el cual se inventa a finales del siglo XII, al parecer en las costas del Mar del Norte. En los Países Bajos fueron una fuente importante de energía, en especial para las bombas primitivas de drenaje. Y ello no es extraño si consideramos   el fuerte viento que impacta a estas costas. 

En un ámbito más industrial, por ejemplo en lo referente a la confección de los textiles, se destaca el procedimiento del enfurtido; que consistía en el golpe sistemático a los tejidos, inmersos en el agua, ocasionado por batanes de madera, los que a su vez eran impulsados por una rueda hidráulica.  A su vez,   el invento del cigüeñal, que es una combinación de manubrio y biela y que posibilita transformar el movimiento rotatorio o continuo, en movimiento recíproco y viceversa; aparece en la segunda mitad del siglo XIV.  "El si­glo XIV asistió a un portentoso progreso en los engranajes, que   culmina  en 1364, con el gran reloj planetario de Giovanni de Dondi. Los cinco siglos que siguieron al año 1000 D. C., perfeccionaron notablemente los métodos para dominar y utilizar la energía mecánica”.(4)  A mediados del siglo XV, a su vez, Johann Gutenberg  (1398-1468), construyó una im­prenta de tipos móviles, modificando una prensa para preparar vino. Los tipos móviles de metal, si bien lo utilizaban ya los co­reanos en el siglo XIV, sólo a partir del invento del alemán Gutemberg se propagaron rápidamente por Europa. Según algunos autores, a impresión en Oriente se debió a la necesidad de reprodu­cir masivamente las oraciones budistas y taoístas, y en Occiden­te, a la necesidad de contar con más barajas para el arte adivi­natorio y para reproducir a gran escala las indulgencias papales, oraciones e imágenes sacras. (5)

La invención de la tipografía, por su parte, se ve  enriquecida con la invención del grabado, que se consiguió casi al mismo tiempo que los tipos móviles. La imprenta posibilitó la publicación de ta­blas matemáticas y astronómicas. Y los grabados, por su parte, permiten mostrar ilustraciones acerca de los elementos de la naturaleza o de artificios construidos por los hombres, hasta en sus más últimos detalles. "Desde entonces se pudo archivar y guardar para siempre hasta el más mínimo dato. Las palabras y las imágenes se inmortalizaron". (6) En el siglo XVI, se aprecia nítidamente la contribución de la imprenta a la realización de los avances científicos y técnicos. Los libros impresos posibilitaron las descripciones de la naturaleza, la difusión de las ideas y los nuevos procedimientos técnicos. Este fenómeno sociocultural marca el inicio de una estrecha re­lación entre la tecnología y las ciencias de nivel académico.

La perspectiva científica

Desde la perspectiva científica se aprecia que la cultura medieval se desarrolló amparada en los monasterios, en las cortes de los nobles y príncipes y fundamentalmente en las univer­sidades. En estas últimas se enseñaba el trivium  (gramática, re­tórica y dialéctica) y el cuadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía). Lo primero, sería equivalente a las disciplinas humanísticas de nuestra época y lo segundo, a las ciencias.

Las universidades -concebidas como corporaciones de maestros y estudiantes- fueron apareciendo por toda Europa durante el medioevo, y ya en el siglo XV, el viejo continente contaba con setenta y siete universidades. Entre las más antiguas se destacan: La U. de Bologna, funda­da en 1088 por un grupo de discípulos del jurisconsulto Inerio; se especializa en asuntos jurídicos. La U. de París, a su vez, se interesa  en los  discursos teológicos y filosóficos; entre sus representantes figuran Burilan, Juan de Holywood, Alberto de Sajonia y Nicolás de Oresme. La U. de Oxford, por su parte, fundada en el siglo XIII, se especializa en las nuevas versiones interpretativas de la obra de Aristóteles. Aquí profesan sus ideas Roger Bacon, Roberto Grosseteste y Duns Scoto. Por su parte, la Universidad de Nápoles, fundada en 1224 por el emperador Federico II, se muestra muy interesada en los temas aristotélicos. Por tanto, gracias a las universidades, cuyos ejes se centran en la teología y la filosofía, se comienza a centralizar la enseñanza y a incorporar en sus programas de estudio, los contenidos de nuevas disciplinas tales como la astronomía, la mecánica y  la óptica. Así, estas casas de estudio permiten el acopio bibliográfico y la difusión de las nociones científicas propias del período, y muchas de ellas  siguen “desarrollándose de manera significativa”. (7)

Estas nuevas agrupaciones de estudiantes y maestros, en tanto están muy interesadas  en  la cultura libresca, logran compilar gigantescas enciclopedias donde se sintetizan la teología y la filosofía de la época. Al respecto, entre los exponentes de este esfuerzo bibliográfico, cabe destacar los aportes de San Alberto Magno y de Sto. Tomas. El primero abarca con sus análisis, la filosofía y la teología del siglo XIII, hasta unas toscas expresiones de la posterior ciencia experimental; es contemporáneo de Sto. Tomás y de Roger Bacon. En el terreno filosófico, por ejemplo, San Alberto Magno escribe los Comentarios sobre las obras aristotélicas. Y en el plano teológico: Summa de creaturis, De natura boni y otros.

Sto. Tomás  por su parte, se centra en las reflexiones teológico-filosóficas, principalmente en lo referente al problema de la creación. Da cuenta de la génesis y de la evolución del mundo a partir de la tesis de un dios único. La evolución del cosmos la concibe como un resultado de la omnipresencia del propio Dios. Dios es en este enfoque, un ser puro, eterno, necesario, omnipresente e infinito; esto es, un ente lógico, metafísico, ordenador de lo biótico y de lo abiótico. También se interesa por problemas tales como: la revelación divina, la fe, las pruebas de la existencia de dios, la ética, la filosofía del estado y la política.  Elabora las grandes líneas teóricas de la filosofía moral cristiana, uniendo el pensamiento de San Agustín, la contundente obra aristotélica y la doctri­na de Cristo. Al preocuparse por la figura filosófica de Aristóteles, logra reivindicar la inquietud científica del estagirita; en especial, en los aspectos vinculados a la Física y a las ciencias de la vida propios de este autor. Sto. Tomás consigue difundir las obras del filósofo grie­go, puesto que el medioevo anterior al siglo XIII, no pasaba más allá del contacto con el Organon. Esto significa -desde el pun­to de vista científico- un redescubrimiento del concepto de la naturaleza implícito en las obras de Aristóteles.

Imbuido del mismo espíritu enciclopédico que manifiestan los autores anteriores, se destaca Roger Bacon; discípulo de Grosseteste y de Adam Marsh. Este autor, dentro de los círculos académicos juega un papel relevante como promotor del trabajo científico. Es el primero que sostiene la tesis de que la experimentación y la aplicación de procedimientos matemáticos a la ciencia, posibili­ta una mejor forma de conocimiento de la naturaleza. Es también el primero en emplear la expresión "ciencia experimental" y el estudioso más visionario del siglo XIII, en lo referente a la comprensión de las diversas aplicaciones tecnológicas que pueden derivarse de los conocimientos científicos. En efecto, en vistas de tales convicciones, afirma que en el futuro se podrá construir una gran cantidad de aparatos e instrumentos que permitirán al hombre dominar plenamente los fenómenos de la naturaleza. Sus expresiones aluden a los actuales anteojos, al telescopio, a los aviones, a puentes gigantescos, al submarino y a otros aparatos de hoy día. Es autor de diversas obras tales como su Compendium studii theologiae, Opus maius, Speculum astronomiae y otras.

Todavía en este mismo siglo, desde el punto de vista epistemológico, se observa que la aprehensión cognitiva descansa en el asentamiento de la escolástica  como sistema filosófico, político y cultural. Y por tanto, la adquisición de nuevas interpretaciones y la difusión  de las mismas, son equivalentes al ejercicio de la escolástica en conjunto con la lógica silogística. Los exponentes científicos y los filósofos, repiten las ideas  de Aristóteles, en lo referente a la comprensión del mundo físico y parcialmente en lo tocante a la noción de dios. En este marco teórico aparece la disputa entre los escolásticos que propician la física aristotélica clásica y los primeros autores que critican la doctrina aristotélica del movimiento; entre estos Buridan y Nicolas de Oresme. La dispu­ta se expande por las distintas escuelas y universidades europeas. Es una quiebre  en el ordenamiento interpretativo de las leyes físicas conocidas y uno de los primeros esfuerzos para dejar atrás las ideas aristotélicas referentes al comportamiento de los cuerpos en el mundo sublunar.

El despertar científico y teórico de la época medieval es­tá ligado a las contribuciones de la cultura árabe, puesto que a través de las traducciones al latín de diversos autores árabes del siglo XII, Occcidente conoció por ejemplo la Aritmética de Al Kwarizmi, con la notación arábiga, y el Álgebra del mismo autor. Desde 1202, los números arábigos fueron introducidos

en Europa por Fibonnaci; quien escribe un completo tratado de aritmética y álgebra: Liberabaci. En dicha obra difunde los méritos de la no­tación arábiga y explica la función del cero. Desde entonces comienza a utilizarse el dígito cero y el sistema de numeración de base diez o decimal, despertando gran interés mercantil por su aplicación en las contabilidades comerciales. En esta fase del devenir histórico, por tanto, los árabes contribuyen a la traducción y difusión de las obras científicas clásicas de la antigüedad, tales como  los Elementos de Euclides, la Física de Aristóteles y el Almagesto de Ptolomeo. Estas versiones de la geometría, de la ciencia natural y de la astronomía, se traducen indistintamente desde el árabe al latín, o desde el griego al latín. "El principal foco de transmisión cultural fue Toledo, a partir de los primeros lustros del siglo XII, gracias a la fecunda escuela de traductores que funcionó bajo los auspicios del arzobispo D. Raimundo". (8)  Como consecuencia  de esta tarea, se produce un notable incremento del léxico científico y técnico dentro de la lengua castellana.

Un comentario aparte, merece el conjunto de  aportaciones teóricas y científicas de Avicena y Averroes, quienes influyen notablemente en el desarrollo de las ciencias académicas de los siglos XI y XII. Avicena vive entre los años 980 y 1037. Filósofo, médico, escritor y matemático persa. Escribe más de cien obras, entre las cuales se destacan sus Comentarios a la obra aristotélica, Canon de medicina, La curación y Libros de teoremas. El Canon por ejemplo, corresponde a un conjunto de  de cinco libros que tratan de la salud corporal, de la materia médica, de las patologías de los órganos del cuerpo, de las fiebres y de la farmacopea respectivamente. Sus obras, en su conjunto, posibili­tan el conocimiento de la naturaleza a partir de criterios que concilian la ciencia y sus aplicaciones inmediatas. Como médico se le considera tan famoso como Galeno. Al parecer, su fama se expande luego de salvarle la vida a un emir que se había intoxicado por beber en copas con pigmentos mineralógicos. Influye en la cultura árabe y occidental; también domina el Corán, la dialéctica, la filosofía tradicional, la jurisprudencia y la lógica. En el plano metafísico postula la coincidencia de un ser necesario y esencial: dios, entidad que existiría después de lo posible; dios sería la unidad y la pluralidad. De él emanarían todas las cosas, menos la materia que existe como pura potencia, fuera de dios.

Averroes por su parte, nace Córdoba en el año 1126; es filósofo, jurista, médico, físico y astrónomo árabe.  Se desempeña como juez y médico del Califato de Córdoba. Sus ideas sobre el cosmos y acerca de la divinidad, influyen en la escolásti­ca y generan una notable discusión. Se le conoce también con el apodo de "El Comentador", por sus comentarios sobre la filosofía de Aristóteles. Su doctrina se inclina por el materialismo y el panteísmo. Postula la exis­tencia de dios como acto puro y creador de la materia; niega la inmortalidad del alma y sostiene que la creación no se realizó de una sola vez. Para él la materia y el movimiento son eternos e increados; (10)  esto es, una noción equivalente al eterno retorno de los griegos. Y justamente este aspecto no deja cabida para la idea de creación cristiana. De aquí sus dificultades con la ortodoxia cristiana. Desarrolla la teoría de los tres sentidos, la cual afirma que el Corán puede tener un sentido vulgar, otro teológico y otro filosófico. Este último es el más alto nivel de comprensión; las personas no pueden pasar el nivel que les compete según su preparación. Entre sus obras figuran: La destrucción de la destrucción, Sobre la conexión del entendimiento abstracto con el hombre. Fue condenado por la Santa Sede y la U. de París.

Conclusión

Por lo anterior, es posible sostener que el denominado oscurantismo medieval, es una expresión que se ha aplicado con cierta ligereza en lo referente a juzgar el desarrollo tecnológico y el trabajo científico de este período histórico y cultural.

Es probable que la tesis que sostiene que el medioevo fue un período de oscurantismo generalizad, se haya hecho popular a fines del siglo XIX y a comienzos del XX. Ello principalmente por la falta de difusión de los logros tecnológicos y de los esfuerzos de las ciencias académicas para continuar el trabajo alcanzado en la antigüedad clásica. Sarton sugiere que  “para comprender la ciencia y el pensamiento medievales tenemos que explorar las obras de mucha gente, de Occidente y de Oriente”.(9)  Ello no siempre se hizo. A

esto, hay que agregarle un desinterés manifiesto de los historiadores de la ciencia, por realizar aná­lisis filosóficos sobre la evolución de las ideas y conceptos científicos en la edad media. Desde luego resulta mucho más atractivo para los historia­dores de la ciencia tradicionales, focalizar la atención en estudios que den cuenta por ejemplo de los eventos científicos de los siglos XVI y XVII. Esto porque en dicho período se produce un boom de publicaciones y aparecen novedosos artificios mecánicos y técnicos en general. Todo lo cual permite contar con un material seguro que favorece el recuento cronológico de los eventos científicos, y por otro lado, evita la tentación interpretativa o el riesgo de sostener tesis audaces que obliguen constantemente a hacer análisis  epistemológicos y genéticos de los conceptos y teorías científicas.

En cierta manera puede decirse que en los siglos XVI y XVII, el devenir científico y su resultado es mucho más visi­ble y se hace más explícita su comprensión para los historiadores contemporáneos. Ello porque son centurias en que los sabios están desperfilándose de la autoridad y consolidando su institucionalización. No sucede lo mismo en la edad media, pues los sabios de esta era deben hacer ciencia dentro de un marco social y cultural en que la autoridad  se entrecruza con la producción científica y bibliográfica. Tal vez, esto sea la génesis del mito del oscurantismo.

Notas

1. Cf. White Jr., Lynn: "Tecnología en la edad media", Historia de la tecnología, Vol. I,

                                 Kranzberg y Purssell  Jr., Ed. Gili, Barcelona, 1981, p. 81.

2. Cf. White Jr., Lynn; op.cit., p. 88.

3. Regla Compostol, Juan: Historia de la edad media, Tomo II, Mon­taner y Simon, Barcelona,

    1967,  p. 145.

4. White Jr., Lynn; op.cit., p. 93.

5. Cf. Bernal,John D.: La ciencia en la historia, UNAM, México,1959,p. 306.

6. Sarton, George: Ensayo de historia de la ciencia, UTEHA, México, 1968, p. 113.

            7. Kuhn, Thomas: "La historia de la ciencia", Ensayos científicos, Snow Ch. P., Sagan C., y otros.  Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, México, 1982, p. 77.

8. Mindan, Manuel: Historia la filosofía y de las ciencias, Anaya, Madrid, 1968, p.138.

9. Sarton, George: op. cit.; p.17.

10. Cf. Rosental, M. M. y Ludin, P. F.: Diccionario Soviético de Filosofía, Ediciones Pueblos Unidos, Montevideo, 1965; p. 34.

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Art. Publicado en la Rev. de Sociología, U. Ch.,Stgo., 1993, Nº8. (pp.131-136).

Berríos C., Mario y  Saldivia M., Zenobio

 Introducción

Estudiar los orígenes de la ciencia en Chile, es entrar en un tema que concita la atención de investigadores interesados en cuestiones epistemológicas, referentes a la génesis y desarrollo de la ciencia en América, como también a estudiosos preocupados de la Búsqueda de la identidad latinoamericana. En muchos aspectos tales investigaciones se complementan y se tocan en sus deslindes conceptuales. Ello no es extraño pues analizan el mismo marco cultural, histórico, social y político; en este caso, principalmente el siglo XIX americano. En este marco cultural e histórico, la noción de conocimiento científico, la visión de la naturaleza y las formas discursivas empleadas para la explicación científica, perfilan la actividad intelectual y social denominada ciencia en dicha época. En lo que sigue se analiza la visión de la naturaleza en Manuel de Salas (1755-1841) y en Claudio Gay (1800-1873). Ambos autores son relevantes para elucidar la construcción de un concepto de ciencia en Chile, justamente por su preocupación sobre el lugar que ocupan las ciencias naturales y matemáticas.

Aunque las preocupaciones de ambos responden a motivaciones diferentes, el resultado final ha sido poner la piedra angular para comprender la base sobre la cual arrancó la visión de la ciencia actual.

 Manuel de Salas o el lugar de la ciencia útil

Aparentemente el problema de la naturaleza para Salas lo tiene sin cuidado.

Lo que le interesa es el uso de la ciencia en forma instrumental, para el posterior dominio de la naturaleza. La obra de Manuel de Salas ha sido publicada cercana a la celebración de los cien años de vida del Chile independiente. En efecto, los tres tomos que componen su obra, vieron la luz entre 1910 y 1914. Quien recogió sus aportes y reflexiones fue su descendiente Juan Salas. Don Manuel era todo para todo. “Con el mismo tesón y energía luchaba con los obstáculos que le impedían abrir a la juventud el camino de las profesiones científicas y hacía campaña para que sus paisanos adoptaran el culén en lugar del té, como más higiénico y económico.” Salas fue un precursor. Fue testigo de los avances que quiso realizar Carlos III y al mismo tiempo es hombre de la independencia de Chile en 1810. Fue precursor en un doble sentido: preparar a los chilenos para las profesiones científicas y buscar apoyo en lo nacional.

Su punto de referencia es el mundo de la ilustración. El siglo de las luces reveló las verdades útiles. Escribe: “Estudiando la naturaleza, conociendo las cosas por sus causas y principios, se halló la senda única y más corta de hacer felices a los pueblos dándoles las luces y ocupación cuya falta los abrumaba.” En este contexto la naturaleza en sí no interesa en sus especificidades, sino como totalidad útil; “ siendo éste y no habiendo otro, el de vulgarizar los conocimientos que facilitan el cultivo de las producciones propias, y que por eso han merecido justamente el nombre de ciencias útiles, lo he procurado constantemente.”

Las ciencias están para ser útiles. El estudio de la naturaleza no tiene otro sentido que procurar el cumplimiento de la modernidad anunciada en la ilustración: “Las ciencias especulativas, necesarias a la conducta del hombre, no pueden ocuparnos a todos, ni servir a todas las necesidades.”

Así el derecho, la teología, las lenguas clásicas, no solo nos sirven para estudiar la naturaleza que nos rodea, sino que además mantiene todo en el estatus quo colonial. De lo que se trata es romper ese estancamiento ya que de ello emergerá el mundo nuevo que se entregue.

“Una agricultura sin consumos ni reglas, una sombra de industria sin enseñanza ni estímulo, un comercio, o propiamente mercancía de rutina, sin cálculos, combinaciones ni elementos, necesitan para salir de la infancia y tosquedad los auxilios del arte de medir y contar, por ciego defecto no se ve aquí en estas profesiones pasar de la mediocridad, como sucede a cada paso en todo el mundo; y por eso la común prosperidad, que nace de la individualidad, no avanza una línea.” El objetivo, por tanto, es la agricultura, la industria y el comercio. La ciencia es para lograr que la naturaleza sea productiva. Para Salas existe una relación entre estas ciencias útiles y dominadoras de la naturaleza, con el concepto de hombre ilustrado. El hombre ilustrado es aquel que, salido de la infancia, domina su entono, y en ese sentido es posible comprender la dura lucha que tuvo que librar para asentar la cátedra de matemáticas en Chile, dado que no existía. Así en 1795 experimenta la necesidad de generar clases de geometría, aritmética y dibujo, porque ellas son necesarias para la agricultura, el comercio y la industria. Solicita salas de clases e insiste en que el gasto para el erario del gobierno sería poco, y aunque el proyecto es reconocido como laudable, los fondos no alcanzan para ello. Su punto de apoyo es su firme convicción de que tales estudios son necesarios para superar la mentalidad del

escolasticismo, y que la labor de difusión científica que visualiza, trascienda a la sociedad y las costumbres. El hombre que requiere América es el producto de “ las nuevas ciencias y sus auxiliares, aunque encaminadas a determinados objetos, son principios que, abrazando todas las ramas de una educación útil, formarán buenos comerciantes, hábiles agricultores y verdaderos mineros; ocupaciones íntimamente conexas con el bien del pueblo, de los individuos y del Estado, a que se dedican sin conocimiento o procuran adquirirlos tarde los que emplearon su juventud en estudios que de nada les sirven después.”

El estudio de la ciencia cambia al hombre, lo hace productivo y lo ayuda, ya que ellas sin instrumentos del “bienestar de los pueblos, de su riqueza y población.

El camino a que conducen no es meramente pragmático. Es un cambio de mentalidad, es arribar al dominio de la naturaleza; el conocimiento de las ciencias “ trae consigo la virtud , valor, poder. “

Salas establece una relación intrínseca entre:

a) Geometría – aritmética – dibujo.

b) Agricultura – comercio – industria.

Ello hace de los ciudadanos:

c) Hábiles – buenos – verdaderos, y produce el bienestar del: pueblo – la riqueza – población.

Por último, tiene que ver con el cambio de la sociedad:

d) Virtud – valor – poder.

Las tríadas que ofrece son el camino de la emancipación ilustrada. La síntesis la entrega el mismo Salas: “Esta ha sido toda la política de las naciones que pretenden aventajarnos: honrar las ciencias, particularmente las que mejoran las profesiones lucrativas, convencidos de que merece el nombre de sabiduría la que se consagra al bien y consuelo de los hombres. “

El concepto de naturaleza es aquel de la felicidad humana; la naturaleza está envuelta en la ciencia y a su vez ésta, lo que logra es la plenitud humana. La construcción de esta posibilidad asegura la verdad plena. En el fondo está la idea de una naturaleza referencial para la ciencia.

Y en el centro de este enfoque está la plenitud humana.

 La visión de la naturaleza en Claudio Gay

La visión de la naturaleza en los estudios de Gay, está comprometida con el modelo teórico recibido de sus maestros europeos. Entre estos Fee, Cuvier, Juesiéu, Desfontaines y Balbis.

Lo anterior significa que participan de un enfoque expansionista de las ciencias naturales que está en pleno auge. Dicho enfoque corresponde a los esquemas explicativos de la ilustración y el positivismo. Se trata de un modelo teórico que pretende extender la aplicación del método científico a una naturaleza que va siendo cada vez más accesible a al aprehensión cognitiva y que va develando todos sus secretos. Entre los autores que consolidan el paradigma explicativo propio de las ciencias de la vida están Lamarck, Laplace, Darwin y en especial Humboldt. Es un período de desocultamiento de la fysis no europea; un período en que lo real golpea con sus particularidades concretas a la inteligencia del viejo continente. Por ello probablemente los taxonomistas, zoólogos, botánicos y otros científicos dedicados al estudio del fenómeno de la vida, tienen los ojos puestos en América puesto que las especies de la flora y la fauna autóctona no dejan de asombrarlos.

Tal vez por ello el botánico francés – imbuido del mismo asombro de sus pares europeos – cancelaba gustoso lo que le pedían los lugareños en Santiago o Valparaíso, cuando le presentaban por ejemplo algún arácnido, reptil o arbusto desconocido en principio por él. Y que luego en la soledad de su estudio le reportaba un desafío para sus taxonomías europeas.

Los referentes que concitan el estudio de la naturaleza física de Chile, son para Gay objetos que hay que categorizar, clasificar y asentar dentro del corpus científico europeo. Los componentes físicos y biológicos de la naturaleza chilena, son desde luego, partes que integran la totalidad de la realidad física del país, pero son también un desafío para los estudios de las ciencias de la vida.

En Gay, la visión de la naturaleza no está desvinculada de la noción de ciencia en que se enmarca su labor de investigación científica. No puede estarla; más bien la complementa. Su idea de conocimiento científico es equivalente a la obtención de una ordenación sistemática de elementos en que a partir de una operatoria empírica previa, se logra una regla con validez universal. Del conocimiento es concebido como una forma de explicitación de los datos del mundo, de acuerdo a las leyes que los rigen y que muestran como están encadenados unos objetos con otros. Por ello “ quería datos, más datos, sobre todo datos, la mayor cantidad de datos, cuantos datos fuera posible acumular para de un modo racional, experimental, tomando sólo en consideración los hechos reales, escribir la historia física general del mundo…” ; en este caso la Historia Física y Política de Chile.

La actitud intelectual de recabar los datos del mundo que manifiesta Gay, facilitan la observación y el registro sistemático del entorno físico que tiene que elucidar. Ello es perfectamente comprensible si tenemos en cuenta que tales datos constituyen el sustrato epistemológico en que descansa su explicación de la realidad.

Los datos sobre las especies y / o eventos propios de nuestro paísson los observables de la ciencia natural. En el caso de Gay, era previo informarse de estas porciones biológicas y comprender la dinámica de sus universos específicos, así como apreciar las interacciones entre los mismos, para presentar a continuación la visión del conjunto. Lo anterior significa arribar a la geología, la geografía, la zoología, la botánica, la estadística, la sociología y la historia de la naciente república. La naturaleza es concebida como un cúmulo de cosas corpóreas y de fenómenos vinculados a los procesos de la vida, con una clara expresión de las peculiaridades tanto de los exponentes como inorgánicos, así como de las interacciones de los mismos. Por ello, dar cuenta de los habitats específicos y describir las notas relevantes de los animales, plantas y minerales, es la dirección que asume la ciencia natural en Chile.

El discurso científico de Gay, más allá de su metodología específica, persigue una tarea epistemológica básica: incorporar a la ciencia natural europea un universo biológico desconocido. Se trata por tanto, de presentar los especímenes de una flora y fauna probablemente sospechada en el viejo mundo, pero no conocida. Esta necesidad de conocer el propio cuerpo físico de Chile, es sentida en Gay como una labor previa a un proceso de industrialización del país. Y en lo referente a las comunidades científicas europeas, es percibida como una forma de divulgación de realidades corpóreas existente en este rincón apartado del mundo.

Desde el punto de vista cognoscitivo, dicho proceso corresponde a un esfuerzo taxonómico que permite ordenar y unificar la multiplicidad de lo viviente de este universo no explorado. El carácter descriptivo, simplificado y ordenado de esta explicación científica, logra aprehender el vasto mundo abigarrado de formas orgánicas e inorgánicas del cuerpo físico de Chile. Con ello se engarza la naturaleza del país al contexto de la ciencia universal. La tarea aparentemente está lograda.

Sin embargo, una lectura histórico-crítica de la obra de Gay, permite descubrir un recurso metodológico de la presentación discursiva, no suficientemente analizado. El discurso científico contempla los elementos teóricos y las estructuras proposicionales que describen y dan cuenta de las especies, así como de sus vinculaciones recíprocas. Empero, hay otros elementos cognitivos menos destacados formalmente, que complementan las descripciones: son las reiteradas notas al pié de página; v. gr. :

“3. Kagenekia angustifolia.

K. Foliis lineari-oblongis, acutis, serratis, rigidis, 2. 3. poll. longis, 3.4 lin. latis; floribus corymbosis. K. Angustifolia. Don. , in De. Ph. journ. 1832-K. linearifolia. Gay in lit. vulgarmente Olivillo.

Este arbolito, que tiene alguna semejanza con el sauce, es muy lampiño, muy frondoso, de siete á diez piés de alto y cargado de muchísimas hojas linear-oblongas, muy angostas, de dos á tres pulgadas de largo, tres o cuatro líneas de ancho, grisáceas, tiesas, lustrosas , dentadas, puntiagudas, muy nerviosas en ambas caras, de color verdega y atenuadas en un peciolo cortísimo…. El olivillo se cría en los valles de las cordilleras, y á lo menos a 4,000 piés de altura. Florece por los meses de Enero y Febrero, y no muy frecuentemente, según dicen los campesinos.”

¿Es esto una estrategia metodológica para unir el conocimiento vernáculo y el conocimiento de la ciencia natural sobre el cuerpo físico de Chile?, o, ¿es un simple reconocimiento al saber socialmente acumulado de la propia fysis de los chilenos?

Frente a lo anterior nuestra hipótesis puede sintetizarse en los siguientes términos: el nivel de desarrollo de la ciencia europea no agotada conceptualmente todo lo que era factible de explicitar sobre los animales y plantas de este rincón del mundo. Desde esta perspectiva se comprende que para Gay era necesario alguna forma de acercamiento al conocimiento regional o local sobre la naturaleza. Pero como este último no era posible insertarlo en el corpus teórico de la ciencia natural europea, por el riesgo de alejarse de las categorías del paradigma imperante, urgía otra solución: las notas descriptivas populares.

Las notas en cuestión, no son un saludo amistoso de Gay a los campesinos y lugareños de la joven república de Chile; son una forma cognitiva complementaria y necesaria para dar cuenta más plenamente de la imagen del Chile físico. Dicho recurso es aceptado como mecanismo explicativo ad-hoc y complementario, pero en el bien entendido que no desafía la estructura explicativa del corpus científico europeo.

Por ello, la visión de Chile que ofrece Gay no es sólo el resultado de su inteligibilidad sumado a los logros de la ciencia europea; es más bien una construcción colectiva: el ingenio de Gay, la metodología propia de la ciencia natural europea, y esos chispazos pequeños que consignan la explicación popular. Este es el contexto discursivo con se presenta la naturaleza de la joven república de Chile.

 Conclusión

A la base del concepto decimonónico de ciencia en Chile, hay una conceptualización de la naturaleza primero como dominable (Salas), luego como específica (Gay). Ambas visiones se cruzan posteriormente en la historia del concepto de ciencia en Chile. El positivismo encontró un terreno abonado que permitió una dominación. Lo que al principio fue una comprensión sucesiva se transforma posteriormente en elementos polares e incluso contrapuestos: la ciencia útil y la especificidad de la naturaleza. Sobre la base de esta conceptualización se construye el Chile republicano.

Notas:

  1. Salas, Manuel de: Escritos de Don Manuel de Salas y documentos relativos a él y su familia. , Tomo I, Impr. Cervantes, Stgo. 1910, p. XIII.
  2. Ibídem. , p. 570.
  3. Ibídem. , p. 570.
  4. Ibídem. , p. 571.
  5. Ibídem. , p. 583.
  6. Ibídem. , p. 586.
  7. Cf. Feliú Cruz, G. : Claudio Gay, historiador de Chile, Ed.Del Pacífico, Stgo. , 1965, p. 40.
  8. Ibídem. , p. 44.
  9.  Gay, Claudio: “La flora Chilena”, Historia Física y Política de Chile, T. II, Paris, Impr. F. y Thunot. 1847, p. 272.
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Zenobio Saldivia Maldonado

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* Dedicado al Dr. Jaime Incer Barquero, como un modesto reconocimiento desde Chile a su tarea de búsqueda de las características y peculiaridades del cuerpo físico nicaragüense, en la prosa científica de viajeros y exploradores científicos que recorrieron Centroamérica entre los siglos XVI y XIX.

Publicado en Rev. Diálogos, Managua, Nicaragua, 2002

La ciencia en Chile principia a tener un corpus teórico, continuo y definido, desde la tercera década del siglo diecinueve. Ello porque a partir de este período se observa una actividad de la Historia Natural, con el propósito de alcanzar un adecuado conocimiento del cuerpo físico del país. Por otra parte, a partir de esta época, comienzan a aparecer diversas instituciones educacionales, que refuerzan indirectamente la necesidad de desarrollar la actividad científica.

Lo anterior, descansa a su vez, en una política visionaria de los gobernantes chilenos decimonónicos, en lo referente a impulsar la ciencia como una forma de contribuir a la tarea fundacional. La expresión más visible de esta política es la contratación de sabios extranjeros. Es en este marco político, social y cultural, donde se produce el arribo al país de naturalistas como Claudio Gay (1828), Rodulfo A. Philippi (1851) y muchos más; los cuales son contratados para realizar tareas de exploración e investigación científica.

El aporte de Gay

La obra de Gay es extraordinariamente vasta, pero recordemos al menos su condición de fundador del Museo Nacional de Historia Natural (1830), y de la enorme tarea taxonómica que realiza al clasificar la casi totalidad de los especímenes de la flora y fauna nacionales. Dicha labor es equivalente a presentar la naturaleza del país a la comunidad internacional. En esta comunicación centraremos la atención justamente en el rol taxonómico que desempeña el sabio francés y su visión de la flora y fauna chilenas.

Para realizar la labor de clasificar el mundo orgánico del Chile decimonónico, Gay cumple ciertas exigencias metodológicas y gnoseológicas propias del paradigma de trabajo de las ciencias de la vida, existentes en la época. En efecto, Gay concibe la ciencia como un dominio de la racionalidad, de carácter descriptivo, explicativo y nomológico, que da cuenta de los distintos procesos, fenómenos y entidades existentes en la naturaleza. Y estima que esta actividad de apropiación cognoscitiva, debe ser al mismo tiempo, de carácter utilitario; esto es, que debe servir a los propios moradores.(1) Para alcanzar el carácter pragmático de la ciencia, se requiere previamente, la organización y estudio sistemático de los sabios sobre la naturaleza del país. Esto es una forma de sugerir la institucionalización de la ciencia en la joven república, y al mismo tiempo, es la presentación de un télos: la vinculación ciencia – naturaleza. Al respecto, Gay señala: “Los infinitos seres naturales no podrán perfectamente conocerse sino luego que los sabios del país hagan un especial estudio de ellos.”(2)

Imbuido de esta concepción realista y pragmática, Gay recorre el país desde Atacama hasta la zona austral, durante doce años;: luego regresa a Francia (1842) para ordenar y preparar la edición de su monumental Historia Física y Política de Chile, obra de 26 tomos, donde presenta las formas de lo viviente existentes en el país. Conjuntamente con ello publica su Atlas, que en dos tomos, trae a presencia los aspectos sociales y costumbristas de la joven república de Chile; así como también hace constar con ilustraciones especializadas, los exponentes endógenos de la flora y fauna nacionales.

La explicación científica en Gay, consiste en nominar los distintos objetos de estudio taxonómico, describirlos minuciosamente y elucidar las interacciones recíprocas entre los mismos; esto con la finalidad de llegar a descubrir el encadenamiento de causas y efectos entre los exponentes del mundo orgánico en general.

Para alcanzar un mayor nivel de objetividad en el proceso cognoscitivo, Gay cumple dos fases complementarias de la investigación científica decimonónica:

Primero va directamente a los observables, asumiendo un rol de explorador; esto es, el apoyo empírico. Luego recurre al marco teórico vigente: esto es, a los cánones taxonómicos en boga en las comunidades científicas europeas, para la jerarquización y descripción sistemática de los exponentes de la flora y fauna chilenas. Tales cánones corresponden principalmente al modelo taxonómico implantado por Linneo y su concepto esencialista de la especie. Empero, en muchos casos, algunos especímenes de carácter endógeno, no tienen referente conocido y el sabio francés debe atribuirles una clasificación original.

En el contexto discursivo de Gay, la ciencia es concebida como una forma de elucidación de los datos del mundo, de acuerdo a leyes que los rigen y que muestran como están concatenados unos objetos con otros. La aprehensión cognoscitiva descansa así, en el determinismo causal que se hace extensivo a todo el universo natural. Ello previa constancia de los beneficios que tales objetos de investigación, pueden reportar a un país en plena tarea fundacional. Es la nota utilitaria y positivista que complementa la visión de la explicación científica del naturalista francés.“Positivismo y espíritu se daban la mano para creer que no existían límites para el progreso y la razón, que la historia tenía necesariamente una finalidad y que avanzábamos ineludiblemente hacia algo mejor”.(3) Este ideario positivista es parte del paradigma en el cual se sitúa Gay, desde mediados del siglo XIX.

El discurso científico de Gay, contempla diversas categorías conceptuales vigentes y proposiciones que van dando cuenta de las propiedades que poseen las distintas especies zoológicas y botánicas; así como las vinculaciones recíprocas y de los habitats de las mismas. Es posible observar la siguiente parsimonia explicativa para clasificar a cada espécimen:

1. Denominación taxonómica.

2. Descripción de las características más relevantes.

3. Nombre vernáculo.

4. Descripción minuciosa del observable.

5. Nota al pie de página.

Lo primero es equivalente a la atribución nominativa del individuo que se clasifica (en latín). Lo segundo, corresponde a la determinación de las características más notorias del ser vivo (también en latín). La tercera etapa, deja constancia de la denominación popular de la especie en cuestión; la penúltima, describe exhaustivamente las propiedades del objeto de la clasificación. Y la última, es equivalente a una sinopsis de la explicación que poseen los lugareños sobre la especie en cuestión; v. gr.:

“Otaria porcina”

O. dentibus incisoribus superiobus sex; caninis remotioribus, conicis, maximis; corpore fusco cinnamoneo, subtus palliddiore; extremitatibus nudiusculis, nigrescenttibus; pedum posteriorum digitis tribus, intermediis unguiculatis,, apendicibus longis linearibus terminatis.

O. Porcina Desmar., Mam., p. 252, -O. flavenscens? Poepp. Fror. Not., 1829, Nº 529 -O. Molinae, Dic. class. – O. Ulloae? Tschdi, Maamm. Cons. Per. – Phoca Porcina Mol.

Vulgarmente llamado Lobo de Mar ó Toruno, y Lame ó Uriñe entre los indios.

Cuerpo algo anguloso en los costados, de un brno canela, más pálido por bajo, y de seis á siete pulgadas de largo. Cabeza redonda; ojos grandes; orejas pequeñas y cónicas: boca rodeada de bigotes de un blanco sucio, muy derechos y espesos. Pi´´es negruzcos, glabros y arrugados. Cola muy corta…

___________

…Estos animales son sumamente útiles, puesto que los machos dan hasta cuatro galones de aceite y las hembras cerca de dos, con el cual se alumbran en las tiendas, particularmente en Chiloé, y casi todos los habitantes del campo no tienen otro de  que servirse, llenando una candileja, en la que ponen una mecha, y colocándola enseguida en uno de los rincones de su habitación.”(4)

En otro tomo de su Historia Física y Política de Chile, Gay señala:

“Ixodes ricinus

I. flavo sanguinneus; abdomine ovato, lateribus marginatis, subvillosis.

Vulgarmente garrapata.

Cuerpo subvelloso, de un amarillo morenuzco ó rojizo, producido por la sangre que chupa, almenado en su parte posterior, y encima con cinco manchas radiosas; patas y apéndices morenuzcos.

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Este Ixodo se halla parásito en los Perros y Bueyes. Le dan el nombre de garrapata.”(5)

De esta manera, Gay va clasificando los distintos exponentes de la naturaleza del país, logrando una sistemática más completa que las anteriores. Con el procedimiento de incorporar al pie de página, el conocimiento vernáculo, va acercando dos mundos: la naturaleza y el conocimiento popular; dicho recurso metodológico no afecta al paradigma taxonómico imperante, pero denota una búsqueda más integral en la aprehensión cognoscitiva; contemporáneamente podría decirse que es un intento de construcción cognoscitiva tridimensional, puesto que incluye: el objeto de estudio (flora y fauna chilenas), un sujeto aprehensor (el científico francés) y un alter -ego (la opinión de los lugareños) que actúa como referente complementario.

En síntesis, la construcción taxonómica de Gay, corresponde a un esfuerzo cognoscitivo que permite incorporar definitivamente las formas endógenas de lo viviente en Chile, al campo de la ciencia universal. Dicha tarea es también un supremo esfuerzo de autognosis, puesto que de esta forma el país logra una información actualizada de los especímenes de su flora y fauna y de las posibilidades de su explotación o industrialización posterior. Así, Gay muestra un mundo, la flora y fauna chilenas ordenadas sistemáticamente; pero también nos deja un legado, una manera de ver nuestro entorno natural: el asombro por la biodiversidad y la ansiedad por usufructuar positivamente de tales formas vivientes en aras del progreso material y espiritual. Es su manera de colaborar en el período fundacional de la república.

El aporte de Philippi

Rodulfo Amando Philippi (1808-1904), nace en Berlín, realiza sus estudios en Alemania y Suiza. Se recibe como médico cirujano en 1830, pero dedica su vida a las ciencias naturales; principalmente a la botánica. Llega a Chile en el año de 1851, en el marco de una política de contratación de científicos extranjeros, que vienen ejecutando los gobiernos del período, para incentivar el desarrollo de la ciencia y modernización del país.

Entre sus obras destacan: Viaje al desierto de Atacama (1860), Plantas Nuevas Chilenas ( 1893 – 1894), Los fósiles secundarios de Chile (1899), Los fósiles terciarios y cuaternarios de Chile (1887) y Elementos de Historia Natural (1885). A ello hay que adicionarle una vasta producción de artículos sobre la flora y fauna nacionales, que aparecen en los Anales de la Universidad y en la Rev. Chilena de Historia Natural.

En 1853, el gobierno chileno, consciente del desconocimiento de la zona norte del país, desde el punto de vista de la orografía, de la geología y de la flora y fauna de la región; encarga al naturalista Philippi que explore el desierto de Atacama, para dar cuenta de dichos tópicos. Los informes servirían para precisar los límites con los países vecinos, y para formarse una idea más acabada sobre las riquezas naturales de la zona.

Lo anterior, es el comienzo de una serie de viajes por el territorio nacional, que permiten al sabio alemán, tomar contacto con las formas de lo viviente en Chile.

Así, recorre más tarde los bosques de Valdivia, Llanquihue, Valparaíso, El Valle de Aconcagua, Santiago, Chiloé y las islas Quiriquina y J. Fernández, entre tantos lugares. En todos ellos, Philippi recoge fósiles, confecciona herbarios y trae cuanto espécimen pueda encontrar; sea para dejarlo en el Museo Nacional de Historia Natural, o sea, simplemente para clasificarlo. Esta parece ser su forma de encontrar al abigarrado mundo de la naturaleza del Chile decimonónico. Es su encuentro con las aves, mamíferos, coleópteros, crustáceos y otros exponentes del cuerpo físico del país, no bien conocidos aún; de plantas cuya existencia pasaron desapercibidas a Gay y otros naturalistas; de huellas del pasado geológico no observadas todavía; en fin, Philippi es el develador de la naturaleza olvidada.

Así, por ejemplo, con respecto a las plantas desconocidas del Chile del siglo XIX, da cuenta de ellas, en su obra: Plantas nuevas chilenas. Destaquemos de entre éstas a las crucíferas: cardamine ovata, cuyo habitat es la región de Palena, y la cardamine rostrata que habita en la región de Valdivia, y la cardamine integrifolia de las termas de Chillán. Y dentro de la familia de las Gypsophil; presenta a la gypsophilia chilensis, que habita en Aconcagua.(6) Dentro de la familia de las Rámneas, incluye a la retanilla mölleri, que habita en Renaico. Y dentro de las Papilionáceas, hace constar a la anartrophyllum brevistipula, que habita en Linares.(7) Y así sigue sistemáticamente en los distintos tomos de la obra, que incluyen millares de especímenes.

Con respecto a los mamíferos, destaca a una nueva especie de zorra: la cannis domeykoanus, que habita en la provincia de Copiapó.(8)

Su riguroso espíritu observador, le reportó muchas satisfacciones en el ámbito de la

ornitología; asípor ejemplo, en 1861, conjuntamente con Landbeck, identifican a una

nueva especie de aves marinas, que denominan thalassidroma segetthi. Th. et al.

Dichas aves se caracterizan porque parecen correr sobre las olas.(9)

En su exploración por los bosques de Valdivia, también en 1861; encuentra muchos coleópteros, dípteros e himenópteros, que no habían sido vistos todavía en Chile. Entre los himenópteros por ejemplo, describe un individuo del género pelecinas (10) En cuanto a los crustáceos, destaca al camarón de Coquimbo (bithynis longimana Ph.), que es muy estimado tanto por su comida como por su peculiar anatomía, puesto que posee un segundo par de patas muy fuertes que terminan en grandes tenazas desiguales.(11)

En fin, los ejemplos anteriores, ilustran el esfuerzo taxonómico sostenido por el científico alemán, en el plano de la sistematización de lo viviente en el país. Ello dentro del marco de una naturaleza cuyos principales exponentes ya habían sido descritos; empero la propia movilidad de la biósfera y la existencia de muchos especímenes de la flora y fauna , que no habían sido observados por lo impenetrable de los bosques en las décadas de las exploraciones de Gay, son ahora el universo que aborda Philippi.

Desde el punto de vista de su percepción de la naturaleza , más exactamente del modo de abordar los objetos de estudio taxonómico; Philippi, al igual que Gay, sale al encuentro de la diversidad de las formas de lo viviente, existentes en el país.

Por ello, percibe in situ el dinamismo de la naturaleza autóctona abigarrada del Chile decimonónico; de este modo entra en la diversidad misma de la flora y fauna y logra clasificar millares de plantas, descubre nuevos especímenes de la faauna endógena, e identifica fósiles de las distintas épocas geológicas existentes en el corpus físico del país.

Lo anterior, significa una aportación taxonómica considerable, que favorece un incremento cualitativo en el ámbito de las ciencias que estudian el mundo orgánico e inorgánico, v. gr.: la botánica, zoología, geología, paleontología, geografía de las plantas y otras. En otro plano de asuntos vinculados al paradigma de trabajo de las comunidades de estudio de la Historia Natural, Philippi es extraordinariamente pragmático; por ejemplo, sugiere la concisión para la identificación y descripción de los exponentes de la flora y fauna chilenas, pues esto ayuda a una mayor objetividad y rigor. Justamente en este plano, critica a menudo a Gay porque en el discurso taxonómico de éste, habrían repeticiones odiosas de los caracteres genéricos de los individuos que va tratando; todo lo cual, según Philippi, dificulta la distinción de las especies en vez de facilitarla.(12)

Por otra parte, su espíritu conservador en lo referente a los procedimientos de adquisición cognoscitiva y su alejamiento de las comunidades científicas europeas, lo llevan a no aceptar la teoría de la evolución de las especies, manteniendo esta posición durante toda su vida. Ello es paradójico, pues Philippi explicita claramente como se habrían producido alteraciones o modificaciones en algunas plantas y otros seres vivos, como resultado del proceso de colonización; esto es, de la incorporación de nuevas especies principalmente de la flora al medio natural, durante el largo período colonial, y sus implicancias en otros especímenes endógenos. En tales modificaciones el sabio alemán, no ve un proceso continuo de evolución de lo viviente; sino que interpreta dichos fenómenos, como la aclimatación de animales y plantas al cuerpo físico de Chile.

En cuanto a la estructura de su discurso científico, éste se ajusta a los requerimientos propios de la taxonomía, que priman en las últimas décadas del siglo decimonono. En rigor, la identificación, descripción y sistematización en general, de los especímenes de la flora y fauna chilenas, es muy similar a la de su antecesor francés, Claudio Gay. Las notas características de su discurso científico, son la extrema concisión para dar cuenta de las propiedades de los individuos que se clasifican, y la falta de notas explicativas al pie de página, que den cuenta del conocimiento vernáculo sobre el espécimen en cuestión; v. gr.:

“Stellaria Axilliaris. Ph.

A. glaberrima, ramosissima, cespitosa; foliis lineauribus, utrinque attenuatis; pedunculis axillaribus, unifloris, folium aequantibus; petalis angustis, bifidis, sepala ovato-oblonga aequantibus, capsula calycem vix superante.

In insula orientalis Fuegiae. Februario 1879 lecta.

Esta planta forma céspedes mui tupidos de altura de 20 milímetros. Los tallos son delgados, casi filiformes, y sus internodulos comunmente del doble largo de las hojas, que suelen medir 13 milímetros de longitud y 1 a 1 ½ milímetros de ancho.

Los sépalos miden 5 milímetros, muestran tres nerviosidades y su borde es anchamente escarioso. De los sobacos de un nudo, el uno produce una flor y el otro una rama”.(14)

O bien, en otro contexto taxonómico, Philippi señala:

“Spergularia tenella. Ph.

Sp. parvula,glanduloso-viscosa; caule protrato, radicante, ramis adscendentibus, c. 4

cm. altis, paucinodis bifloris, foliis inferioribus confertis, filiformibus, mucronatis,

internodia superantibus; stipulis dimidio internodio longioribus; pedunculo altero

nudo, altero vix longiore bifloio; petalis sepala aequantibus.

Ad montem Antuco invenit H. Volckmana loco dicto El ollo (El Hoyo?)

El tallo apenas es más grueso que medio milímetro, las hojas tienen a lo más 7 milímetros de largo, los sépalos 4 milímetros; no hay ningún fruto”.(15)

Las citas anteriores ilustran la prosa científica de Philippi, la cual incluye cadenas estructuradas de proposiciones -primero en latín y luego en español- con las cuales va describiendo y tipificando, las formas de la flora y fauna chilenas, para incorporarlas a la ciencia europea. Esta extensa sistematización realizada por Philippi, complementa la tarea taxonómica ya iniciada por Gay, que consiste en incorporar el mundo de lo particular a la ciencia europea, a la ciencia universal. La tarea taxonómica realizada por Gay y Philippi, nos han dejado una forma peculiar de aprehender y concebir el cuerpo físico de Chile, que ha llegado hasta nosotros, los ciudadanos del Chile contemporáneo.

De la labor realizada por Gay y Philippi, podemos colegir que para estos autores, la naturaleza es concebida como un cúmulo de cosas corpóreas y de fenómenos vinculados a los procesos de la vida, con una clara expresión de las peculiaridades, tanto de los exponentes orgánicos como inorgánicos, así como de las interacciones de los mismos.

Por ello, no es extraño que en el discurso científico de los autores mencionados, la naturaleza se presente como un universo peeculiar donde prima la más amplia diversidad de los exponentes de la flora y fauna, que no se da en otras partes del globo.

Así, el carácter vernáculo de la naturaleza, es insistentemente señalado por Gay y Philippi, como una de las notas constitutivas de nuestro medio, y tal reconocimiento de lo vernáculo, de la gea, flora y fauna chilenas, llega hasta el asombro; esto principalmente cuando los autores seleccionados comparan ciertos animales o plantas de nuestro país con otros de los mismos géneros de Europa.

Empero, también este universo natural es concebido al mismo tiempo como un reservorio para los requerimientos de una sociedad creciente. Desde esta perspectiva complementaria, el entorno es visualizado como un gran contexto, como un referente externo al cual lentamente va penetrando y dominando el chileno decimonónico y que le permite contar con una suficiente provisión de recursos para las satisfacciones de las necesidades de la población nacional, de algunas regiones de Estados Unidos y de ciertos países europeos. Dicha mirada decimonónica, por tanto, nos ha entregado una idea de naturaleza concebida como un gran referente orgánico e inorgánico, dinámico, bullente y poseedor de vastas expresiones endógenas. De una flora y fauna preñada de recursos o, que está ahí ante los ojos de los lugareños para que estos osen penetrarla; es el gran universo que al conocerlo y develarlo con la ayuda de la ciencia y la tecnología, los connacionales puedan obtener el máximo bienestar material y espiritual. Ello previa racionalización y ordenamiento de la labor de explotación de los recursos.

Así, nos hemos quedado con una visión de la naturaleza como medio para satisfacer las necesidades de la cultura material y espiritual del país. Luego, parte del ideario positivista decimonónico se ha quedado en nosotros mismos, que está frente a nosotros con su acervo de riquezas que hay que arrebatar. Ahora, lejos del tiempo en que el conocimiento de la naturaleza era una forma de contribuir a la construcción política del país, los chilenos podemos preguntarnos ¿no habremos exagerado el énfasis en la explotación de nuestra naturaleza, olvidando el equilibrio que tácitamente sugerían los propios sabios europeos, cuando hablaban de bienestar social y espiritual?

Notas

  1. Cf. Gay, Claudio: Agricultura chilena, De. Facsímil, Stgo.,1973. (1ra De. 1862) p.14.
  2.  Ibídem.,pp. 14-15.
  3. Israel, Ricardo: “Luchando por nacer: la comunidad científica en Chile”, Ciencia y Tecnología, F. Mönckeberg Editor, Stgo., 1989, p.97.
  4. Gay, Claudio: Historia Física y Política de Chile, Zoología T. I, 1847, Impr. M. et Renou, París, pp.74-75.
  5. Ibídem., Zoología, T. 4, 1849, p. 46.
  6. Philippi,R.A.; Plantas nuevas Chilenas, T. I. Impr. Cervantes, Stgo., 1893, p.70 y siguientes.
  7. }Ibídem., T. II, 1894,p.9
  8. Philippi,R. A.: “Nueva especie chilena de zorras”, Anales de la Universidad, T. CVIII, 1901, Vol. I., Stgo.
  9. Philippi, R.A.: “Descripción de una nueva especie de pájaros del género Thalaassidroma” (Philippi-Landbeck), Anales de la Universidad, T. XVIII, Stgo., 1861, p.27 y ss.
  10. Philippi, R. A. : Anales de la Universidad, Ibid.,p.22.
  11. Philippi, R. A.: Elementos de Historia Natural, Stgo., 1885, p. 178.
  12. Philippi,R. A.: Plantas Nuevas Chilenas, T. I., op. cit., p.65.
  13. Cf. Márquez B., Bernardo: Orígenes del darwinismo en Chile, Ed. A. Bello, Stgo.,1982, pp.21-26
  14. Philippi, R. A.: Plantas Nuevas Chilenas, T. I., op. cit., p. 762.
  15. Ibídem., p.766.
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Por Zenobio Saldivia

En Chile, como se sabe, se ha escrito mucho sobre la personalidad y la obra científica de Domeyko; seguramente hay más inquietud por este científico que por otros sabios decimonónicos, porque se desempeñó notoriamente en dos ámbitos públicos: la ingeniería en minas y la educación superior, entre otros campos de su interés. Por ello, cuando nos encontramos con los trabajos de sus biógrafos contemporáneos, se observa que éstos enfatizan en las virtudes humanas del sabio polaco, en su personalidad magnánima y en sus rasgos característicos; tales como su condición de sujeto solidario, de hombre modesto, o bien su manifiesto desinterés material; en suma, al idealismo desbordante de su espíritu. Empero, la labor científica por él realizada, si bien también es sintetizada por estos autores, al parecer no logra trasuntar en estas descripciones, un correlato o una fusión adecuada de los conocimientos que el dominaba y de los aspectos de interacción dialéctica entre las ciencias de la tierra, la educación, la sociología, y los diversos aspectos humanistas bullentes en su psiquis. Las notas que siguen, pretenden mostrar un Domeyko más centrado en sus afanes de joven rebelde y más abierto a las distintas expresiones del saber y a la interacción epistémica, propia del ejercicio de su profesión con el proceso de construcción de la ciencia del Chile decimonónico. Así como destacar su notorio énfasis romántico como persona y su notorio desplazamiento entre el saber científico, la literatura, la educación y la búsqueda de la belleza como incentivo del conocimiento.

Domeyko nace el 31 de Julio de 1802, en la ciudad de Missik, Polonia, hijo de Hipólito Domeyko y de Karolina de Ancuta, en el seno de una familia fervientemente religiosa, imbuida de altos valores éticos y morales, los que se impregnan de inmediato, en la educación del joven y que lo acompañarán en su proceder laboral. El dolor espiritual llega pronto al joven Domeyko puesto que pierde a su padre a los 10 años, siendo guiado desde esta edad por un tío paterno quien lo encauza por la senda del estudio y del esfuerzo, como antesalas necesarias del éxito. Así, realiza sus estudios básicos, en su propia casa paterna, mientras que los secundarios los efectúa en el establecimiento educacional de los Hermanos Escolapios, siguiendo la línea católica de la enseñanza de los Tutores en Szezuczyn. Es un colegio de elite, que le proporciona una enseñanza bastante completa para su desarrollo intelectual; proceso que continúa en la Universidad de Vilna, a la cual ingresa en 1817. (1) Una de sus principales inquietudes abarca el área de las Matemáticas y de las Ciencias Naturales, tanto, que en 1822, en esta misma universidad, obtiene el grado académico de licenciado en Ciencias Físicas y Matemáticas. Pero su ansia de saber lo lleva a explorar también en materias tan disímiles a su especialidad como astronomía, botánica, zoología y álgebra; logrando excelentes calificaciones también en estas áreas.

El paso por la universidad, no solo implica para él, un adiestramiento y un perfeccionamiento necesario para su posterior desempeño laboral, sino que también tiene un impacto axiológico y político en su personalidad; ya que no se siente ajeno a las luchas por la liberación de su amada Polonia de las manos de la Rusia Zarista, y por ello participa en un grupo de insurrección. Lo anterior, es el motivo por el cual es encarcelado entre 1821 y 1823; siete años más tarde y luego de las escaramuzas y de la estrecha vigilancia de la policía rusa, la nobleza de sus sentimientos de heroísmo, de amor a la patria y de libertad, lo instan a participar en un levantamiento popular fallido; lo anterior lo induce a partir al exilio; primero a Alemania y luego a Francia. En este último país no desaprovecha el tiempo y se dedica a tomar cursos en la Universidad de La Sorbona, en el Instituto de Francia, en la Escuela de Minas y en el Conservatorio de Artes y Oficios. Así, en 1837, rinde satisfactoriamente sus exámenes de ingeniero en minas. Impregnado de estos conocimientos e imbuido de la amistad de exponentes de las letras y de la poesía polaca de su tiempo, como por ejemplo Adan Mickiewicz, va formando una visión de ciencia de carácter romántico y positivista. A partir de este enfoque imbuido de las nociones de la ciencia romántica de Humboldt y otros autores, muchos de los cuales conoce en Paris, va concibiendo la naturaleza como un todo compacto e integral en el que se entrecruzan los hilos del mundo orgánico y del mundo abiótico; esto es, la visión romántica humboltiana, tendencia que en sus diversas expresiones se percibe además en su vida personal y en su discurso científico.

Llegada a Chile
El gobierno de la joven república de Chile, continuando con su política científica tendiente a la contratación de sabios extranjeros, realiza contactos en Europa durante el gobierno del Presidente Prieto; buscando investigadores de elite que pudieran asumir algunas tareas científicas y educacionales. Ello, para contribuir tanto a la formación de una masa crítica y educada que pudiera impulsar la educación nacional por una parte, y por otra, que actuaran como ejes directrices en labores tendientes a un efectivo conocimiento del cuerpo físico del país. En este marco de preocupaciones gubernativas, que ya había principiado con la contratación de Gay en 1830, se le solicita al diplomático radicado en Paris, Carlos Lambert, que busque el profesional más adecuado para enseñar mineralogía y dirigir la Escuela de Minas de La Serena. Lambert habla entonces con Ellie de Beaumont, uno de los más destacados científicos franceses; quien le recomienda que se contacte con Domeyko, uno de sus antiguos y destacados alumnos. Domeyko había terminado sus estudios en la École Nationale de Paris, justamente en 1837, y se encontraba en el ejercicio de la profesión, trabajando para un importante bancario de apellido Kochlin. (2)

El joven investigador, firma en principio un contrato por seis años, para hacer clases en el Colegio de la Serena (química, física y mineralogía); pero la nostalgia y su ardiente deseo de querer participar en la lucha por la liberación de su patria, lo insta a rebajar el tiempo del contrato a cinco años. La motivación principal de Domeyko para venir a Chile obedece a sus ansias de desarrollo profesional, a su amor por la ciencia, pero sobre todo, es el espíritu romántico el que lo insta a la aventura y a viajar a un país del cual se sabía muy poco en la comunidad científica. En su psiquis de profesional joven, por lo tanto, estaba el secreto anhelo de descubrir algo nuevo, algo distinto, algo fantástico que le permitiera mostrar al mundo europeo y a la ciencia universal su capacidad cognitiva y de sistematización de los referentes inorgánicos, que pudiera encontrar en la joven República de Chile.

Así, en 1838 arriba a tierras chilenas, donde de inmediato empieza su labor en el Colegio de la Serena y luego de consolidar la infraestructura necesaria para su labor de ensayes, principia con las actividades académicas, pudiendo al cabo de dos años, mostrar con orgullo el aprendizaje de sus alumnos. Paralelamente a su labor docente, escribe ensayos y artículos sobre los distintos tipos de minerales existentes en el país y se dedica a explorar la zona de Atacama para conocer Huasco, Copiapó y Chañarcillo. Es el momento de las primeras visitas a la zona Norte de Chile, luego vendrán muchas más. Empero, su espíritu inquieto lo lleva también a interesarse en otras áreas de la cultura tales como: educación, metodología, sociología, difusión científica y otros. (3)

Su aporte a las ciencias de la tierra
Como ingeniero en minas, su contribución al desarrollo de la minería es enorme, no sólo porque contribuye a explotar nuevos yacimientos, sino porque también realiza los primeros planos de minas subterráneas, que permitirán una mayor operatividad y más seguridad en las labores de extracción de minerales, justo en un período, en que la minería seguía el ritmo cansino colonial, sin ninguna innovación. Por tanto, la aplicación de los nuevos conocimientos del sabio polaco, principian a quebrar el viejo paradigma de la extracción de minerales y dan paso a técnicas y procedimientos más abierto a las necesidades de un país creciente en su naciente industria minera. Podría decirse que desde Domeyko la mineralogía se cientifiza, y pasa a contar con un acopio bibliográfico actualizado tanto de los conocimientos sobre técnicas cuanto de la realidad del cuerpo físico y mineralógico de las distintas regiones del país. Por esto es, justamente que Domeyko principia publicando textos de estudio, principalmente de geología, mineralogía y otros, amén de continuos artículos que van apareciendo en los Anales de la Universidad de Chile, en los Annales de mines (Francia) y en otras revistas extranjeras. Entre sus libros recordemos: Ensayes de minerales tanto por la via seca como por la via húmeda, publicada en 1844, Elementos de Mineralogía, que ve la luz en 1845, Araucanía y sus habitantes, en 1845. En relación a sus ensayos breves, tengamos presente su Memoria sobre las aguas de Santiago i de sus inmediaciones, aparecida en 1847, o su Ensayo sobre las aguas de Chile, que ve la luz pública en 1871, por mencionar sólo algunos. Y en cuanto a sus artículos, estos son numerosos y por tanto destaquemos sólo algunos de ellos aparecidos en el país, en los Anales de la Universidad de Chile; como los siguientes: “Viage a las Cordilleras de Talca i Chillán”,”Exploración de las lagunas de Llanquihue i Pichilaguna. – Volcanes de Osorno i de Calbuco – Cordillera de Nahuelhuapi” (en 1850), “Feldespato de las lavas de los volcanes de Chile”(en 1853), “Descripción de varias especies minerales i de algunos productos metalúrgicos de Chile, analizados en el laboratorio del Instituto de Santiago” (en 1857), “Estudios jeográficos sobre Chile”, “Jeografía, jeología, historia natural e industria minera de América i especialmente de Chile” (en 1859), “Jeolojía. Solevantamiento de la costa de Chile”( en 1860), “Breve instrucción sobre el arte de ensayar y analizar las diversas clases de guano” (en 1868); “Estudio del relieve o configuración esterior del territorio chileno con relación a la naturaleza jeolójica de los terrenos que entran en su composición”, (en 1875). En este contexto, se comprende muy bien que haya sido nombrado Miembro de la Comisión de Minería y que por lo tanto, su aporte a las ciencias de la tierra en el país, vaya de la exploración en terreno, de la descripción teórica y alcance hasta el plano normativo y jurídico, en lo relacionado tanto a pensar y formular las leyes más apropiadas para el desarrollo de la minería en el Chile decimonónico, cuanto en lo referente a sugerencias que se tuvieron presente para la formulación de la ley de defensa de las riquezas forestales, en 1845.

Por tanto, la producción teórica de Domeyko es equivalente a asentar las bases de un marco teórico previo tanto para el desarrollo de la mineralogía con rigor científico en el país, como para iniciar la enseñanza académica de la misma y fomentar el interés y difusión de sus disciplinas más afines. A ello hay que adicionarle las exploraciones in situ por distintos lugares del territorio nacional y sus estudios sobre guanos y aguas minerales del país, así como su constante preocupación por dotar de laboratorios y de vastas colecciones de minerales a los establecimientos donde se enseñe mineralogía o geognosia; como por ejemplo La Escuela de Minas de la Serena y el Instituto Nacional; lugares donde él mismo inició el acopio. Lo anterior, contribuye más tarde al desarrollo de las industrias del salitre y del cobre, que tantos frutos nos han dado como nación. Como resultado de estos estudios, recuérdese que a partir de uno de sus análisis, se pudo deducir más tarde la posibilidad de explotación de cobre en la Mina “El Teniente” de Rancagua, hoy por hoy la más grande mina Subterránea del Mundo.(4)

Sociabilidad y romanticismo
Desde la perspectiva social y de interacción humana en general, Domeyko despertaba simpatías y afinidades en diversos ámbitos sociales, v. gr., en el trato con su alumnos, en sus contactos con los empresarios de la época, o con los exponentes del medio educacional, principalmente los profesores del Instituto Nacional y luego sus colegas de la U. de Chile. En todos los niveles la sencillez y franqueza de Domeyko allanaba cualquier aspereza. Por eso no es extraño que sus alumnos le tuvieran mucha confianza, incluidos los más tímidos, a quienes trataba de igual a igual para que éstos tuviesen una mayor confianza y así participaran plenamente de las actividades teóricas y prácticas del curso; y en cuanto a los egresados, sucedía lo mismo, el propio Domeyko los recomendaba para que éstos realizaran estudios de especialización en Europa. Para ello realizaba gestiones ora con su primo Wladislav Lascowics, para que los tratara como hijos, ora con el gobierno de Chile, para finiquitar los detalles de las becas. A su vez los vecinos de La Serena, también se sienten prendados de su personalidad y afecto, por eso las Sociedades de Beneficencia de La Serena, le rinden un homenaje en 1841, antes de viajar a Santiago. Seguramente esta calidez personal se remonta a los años de su estadía en la Universidad de Vilna, en donde participaba con un grupo de amigos, del movimiento de resistencia a Rusia , que llevaba como lema ” Fraternidad Ciencia y Virtud ” (5) Esta rica sensibilidad es también la base de su marcada tendencia romántica tal como se aprecia tanto al revisar cuidadosamente el derrotero de su vida personal como al leer algunas de sus diagnosis de minerales existentes en el país, o al dar cuenta de las costumbres y de algunas observaciones sociológicas referentes a los araucanos, en su trabajo sobre la realidad social de esta etnia, que aparece en 1845. Para lo cual se interna previamente en la región de la Araucanía y logra un contacto espontáneo y directo para realizar lo que hoy llamaríamos “entrevistas” y obtener la información que dicha obra requería. Y seguramente, aunque nunca se ha planteado el tema, es muy probable que también sus positivos rasgos de personalidad hayan tenido alguna incidencia en la atinada conducción que realiza de la Universidad d e Chile, durante sus años como rector de la misma.

Para ilustrar su romanticismo como persona, baste recordar el derrotero de su vida, toda vez que el mismo nos muestra grandes períodos de soledad y dolor: primero queda huérfano de padre a los siete años de edad; luego, el dolor y la humillación en sus años de juventud, al ver a su patria invadida por las tropas del Zar; más tarde, el sufrimiento y dolor en la prisión en Vilna; luego, el fallecimiento de su madre en 1831, sin poder asistirla, por estar como refugiado en Dresde, Alemania. Con razón “para distraer y calmar su dolor, sus amigos, entre ellos el poeta Mickiewicz, lo invitan a viajar por la Suiza sajona, y regresar después de una semana”.(6) Su tarea en Chile, aminora su dolor, pero no abandona tales sentimientos; por eso no es extraño que luego de siete años trabajando en el país, el dolor lo embargue frecuentemente; por ejemplo en Coquimbo, preparando el regreso a Valparaíso y al despedirse de una familia amiga, lo invade la tristeza, el dolor y la soledad: “La despedida de Miguel resultó triste también para mí. La vista de su madre y sus hermanas enternecidas me recordó mi última separación de la familia, hace ya veinticuatro años, y mi alma se apesadumbró en ese instante, aunque esta vez yo no me separaba de nadie y nadie aquí podía echarme de menos ni pasar pena por mí.” (7)

También esta tendencia romántica está presente en Domeyko en el plano de sus sentimientos afectivos, en lo referente a la atracción por el sexo opuesto; v. gr. en cuanto a la idea de mujer y a la noción de belleza de la misma. Así, la percepción de Enriqueta Sotomayor Guzmán, que nos ha dejado en sus notas, es tierna y delicada y el mismo lo expresa en estos términos: “La muchacha con que me caso es joven y hermosa como un ángel, inocente y piadosa; yo mismo no se por que se ha enamorado de mi a primera vista…… Una mujer de quince años, de unos ojos negros e inmensos… De hecho ya estaba enloquecido de amor….. Miles de pensamientos locos distraían mi alma y mi mente se asemejaba a un hormiguero.”(8)

Esta tendencia romántica que cubre a Domeyko como un hálito no se agota en el terreno personal, sino que continúa expresándose en su discurso científico; v. gr, en muchas de sus obras hace alusión a las ideas de belleza de Humboldt, que van asociadas al ideario de unir ciencia y arte. Esto es muy notorio por ejemplo en su obra, aparecida en 1867: Ciencias, literatura i bellas artes, relacion que entre ellas existe; justamente en uno de los parágrafos de la misma se lee: “Por mas que hay hombres de ciencia que crean que todo encanto de imajinacion perjudica a lo exacto i positivo en las investigaciones científicas; i que éstas nada tienen que ver con el sentimiento; por mas que el artista, el poeta, teman que la ciencia fria i calculadora, vengan a entibiar i a disipar sus bellas inspiraciones, tan variadas e infinitas son las formas bajo las cuales se nos presentan lo bello i lo verdadero en la naturaleza, tan inseparables son éstas, que jamas el jenio del hombre logrará separar lo que se halla íntimamente unido o relacionado en las obras i tendencias de los hombres a quines se debe el verdadero progreso del espíritu humano.” (9)

Y el mismo énfasis se aprecia por ejemplo en la prosa de su obra: Araucanía y sus habitantes; v. gr., en una de sus partes dando cuenta de los especimenes de la flora de la región señala: “Aquí abunda el avellano, vistoso y lucido, tanto por el color verde claro de su hermosa hoja, como por la elegancia de sus racimos de fruta matizados en diversos colores: con el se halla asociado el canelo (drimis chilensis), tan simétrico en el desarrollo de sus ramas casi horizontales, tan derecho y tan lustroso en su espesa hoja. En ellos, por los común, y entre sus flexibles troncos se entrelaza la más bella de las enredaderas, tan célebre por su flor encarnada, el copihue….” (10)

Lo propio acontece también en muchos casos de sus descripciones sobre exponentes inanimados; así, por ejemplo en una de sus obras acota: “Rosicler negro. (Stefanit, plata-sulfo-antimonial), de Chañarcillo. Mui hermosas muestras de esta especie rica en plata se han estraído en estos últimos años de la mina Dolores 2ª, de Chañarcillo, en hondura mui considerable; i es de notar que mientras que la plata sulfúrea amorfa o cristalizada se halla por lo comun en las minas de Chañarcillo sentada sentadas sobre masas de rosicler claro (arsenical) i nunca he visto este último sobre la plata sulfúrea, no es raro encontrar el rosicler negro llamado stefanita, cristalizado sobre la plata sulfúrea…” (11)

Su rol de educador
Por cierto que su rol de educador principia en 1838, durante su desempeño como profesor en el Colegio de La Serena, dejando un modelo de trabajo para los ensayes de minerales y un estilo abierto y directo para el diálogo en el aula. Y luego, ya en Santiago, su tarea educacional se bifurca y se amplía enormemente, ora como profesor del Instituto Nacional, ora como docente de la Universidad de Chile y finalmente como rector de dicha casa de estudios superiores. Su énfasis público por la educación queda de manifiesto en 1842, al publicarse su ensayo: Sobre el modo más conveniente de reformar la instrucción pública en Chile, donde sugiere modificar los planes de estudios vigentes y orientarlos hacia una formación más integral, que sirva tanto al profesional como al científico o al funcionario público; sugiere además la implantación de un mecanismo o entidad supervisora que oriente y encauce uniformemente los esfuerzos de la enseñanza en los distintos establecimientos. E incluso estima conveniente fundar una Escuela Normal de Preceptores. Sin embargo, el aspecto que nos parece mas relevante es su preocupación valórica en la formación educacional. Justamente por esto, Domeyko escribe en dicha memoria lo siguiente: “Un joven debe tomar amor al estudio por la noble ambición de desarrollar sus facultades intelectuales, de elevar su carácter moral. Si desde temprano se infunden en su tierno corazón i en su imaginación viva, miras materiales de interés i de egoismo, se comprime mui pronto i se ahoga su talento, se apagan sus aspiraciones intelectuales i de valde se espera de él que prosiga sus estudios i se perfeccione, luego que empice a ganar plata”. (12) La cita nos indica la notoria preocupación del autor por el mundo axiológico, por los valores, principalmente la generosidad, la nobleza y la admiración por la inteligencia; esto es, casi un correlato con la formación personal de Domeyko, con su idealismo, su filantropía y generosidad. Así, aludiendo casi tácitamente a estos valores, el sabio polaco está apuntando a un marco valórico filosófico que considera la base de cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje. Es el período en que aparecen una serie de artículos en El Semanario de Santiago donde difunde estos planteamientos y postulan la conveniencia de apoyar una reforma educacional. Sus aportes en el campo de la educación continúan luego al crearse la Universidad de Chile, donde asume la tarea de fundar la facultad de ciencias físicas y matemáticas de dicha casa de estudios. Y en 1847, siendo miembro del Consejo Universitario, sugiere la conveniencia de dividir el Instituto Nacional en dos secciones para desempeñar mejor las funciones que tenía asignadas, toda vez que dicha corporación actuaba como establecimiento secundario y como universidad al mismo tiempo. Finalmente su idea es aceptada y puesta en práctica en 1852,(13) con lo cual la Universidad de Chile empieza a trabajar más independiente del Instituto Nacional, orientándose principalmente al campo profesional. Durante su gestión como rector (1867 _ 1883), contribuye a actualizar la biblioteca y a incrementarla con textos de todas las disciplinas, tarea que el sabio polaco percibe como imprescindible para una enseñanza moderna y como un marco mínimo de apoyo a cualquier investigación disciplinaria; fomenta el desarrollo de carreras conducentes a nuevas profesiones, realiza innovaciones administrativas y académicas, y destaca la importancia de las carreras técnicas; estas últimas, a su juicio contribuyen a trabajar directamente con los recursos naturales del país. Dentro del universo de medidas tendientes a mejorar la educación universitaria, cabe destacar que fomenta el desarrollo de las ingenierías, en especial, la civil y la de minas, instando al gobierno para contratar en el extranjero todos los profesores que dichas carreras pudieran requerir, así como también destaca la necesidad de crear becas para que los alumnos más destacados puedan realizar estudios en Europa.( 14)

Ignacio Domeyko, fallece el día 23 de Enero de 1889.

A manera de conclusión
Domeyko nos ha dejado un legado que atraviesa la esfera pública, la académica y la profesional, cuya gestión como un todo, contribuye a la institucionalización de las ciencias de la tierra y a la difusión de las ciencias exactas en el país; principalmente por dos tareas básicas que el asume como ejes centrales de su hacer académico y profesional: identificar los lugares geográficos donde existen o puedan hallarse minerales y clasificar los distintos referentes del mundo inorgánico que se encuentran en Chile. Y por otra parte, gracias a su gestión como ingeniero en minas y como profesor, el país logra contar con una institución sólida que entrega los conocimientos de geología, mineralogía y los procedimientos y técnicas modernas de extracción de minerales, acercando así a la educación con el mundo empresarial. Ello es relevante para el desarrollo de la minería y para la formación de cuadros técnicos orientados a la explotación de los recursos mineros. En esta tarea de identificar lugares, regiones geográficas y referentes abióticos, va colaborando además en la gestación de un imaginario colectivo acerca de la riqueza nacional, y en cuanto a los límites geográficos de la república y su expansión a nuevos lugares no considerados tradicionalmente explotables y/o habitables. Y en cuanto a su faceta de educador, ésta se da fusionada con su arista de hombre público, de autor crítico y responsable que es capaz de comentar y criticar los alcances de tal o cual medida, así como de pensar y proponer innovaciones, o de delinear las directrices teóricas para el desarrollo de la educación nacional. Y en especial, el rol más significativo en cuanto a lo anterior, es su esfuerzo por incorporar las disciplinas científicas a la curricula de la educación media. Desde este punto de vista, Domeyko es un claro exponente de la necesidad de la reforma educacional sistemática y periódica, como una forma de adaptación a los requerimientos de los tiempos y de las necesidades sociales y productivas.

 

Citas y notas __________
1. Cf. Ignacio Domeyko: “Su personalidad y espiritualidad” (parte I), Zdzislav, Ryn http://www.sonami.cl/Boletin/Bol1158/art12.htm
2. Cf. Saldivia, Zenobio: “Ignacio Domeyko: algo más que un ingeniero en minas”, Rev. Creces, Stgo., Sept. 2000; p. 41.
1. Ibidem., p. 44.
2. Cf. “Lo que la ciencia agradece a Domeyko”. El Mercurio, Stgo., 30 de Julio de 2002, http://www.ceo.cl/609/article-13364.html
3. Cf. Ignacio Domeyko: “Su personalidad y espiritualidad” (parte I), op. cit.
4. Quezada, Jaime: Ignacio Domeyko, sabio y gran viajero, Ed. Zig-zag, Stgo., 1993, p.15.
5. Domeyko, Ignacio: Mis viajes T. II, Edic. de la U. de Chile, Stgo., 1978; p. 628.
6. Cf. Ignacio Domeyko: “Su personalidad y espiritualidad” (parte I), Zdzislav, Ryn http://www.sonami.cl/Boletin/Bol1159/art11.htm
7. Domeyko, Ignacio: Ciencias, literatura i bellas artes, relacion que entre ellas existe, Impr. Nacional, Stgo., 1867, p. 7.
8. Domeyko, Ignacio: Araucanía y sus habitantes, Ed. Fco. de Aguirre, Bs. Aires y Stgo., 1997., pp. 25-26. (1ra edic. 1845).
11. Domeyko, I.: Quinto apéndice al reino mineral de Chile i de las repúblicas vecinas, Impr. Nacional, Stgo., 1876; p. 53.
12. Domeyko, Ignacio: Memoria sobre el modo mas conveniente de reformar la instrucción pública en Chile, Stgo., 1842, párrafo 6.
13. Cf. Amunategui, Miguel Luis : Ignacio Domeyko, Ediciones de la U. de Chile, Stgo., 1952, p.106.
14. Ibidem.; pp. 113-115.
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Por Zenobio Saldivia

Cuando se piensa en el despertar intelectual del Chile decimonónico, frecuentemente se asocia este fenómeno con la consolidación de la independencia política, luego de los avatares de la reconquista; ello no es así. En efecto, si bien el proceso emancipador es significativo, porque crea las condiciones mínimas para que se difunda la literatura europea y se expresen abiertamente las tendencias culturales del período; es necesario además, que se den una serie de variables que permitan que la dormida inteligencia chilena empiece a descollar. Entre estos sucesos que van allanando el camino para que el país se inserte en la cultura universal con expresiones propias, es previo la etapa de ordenamiento como nación y la consolidación de los principios republicanos, que se observa en la década del treinta del Chile decimonónico. Además, es necesario un cierto incremento económico y un auge exportador en el país, como el que se observa por ejemplo en la década del cuarenta. Lo anterior, es fuente de admiración de muchas otras repúblicas recientemente independizadas de España; también contribuyen notoriamente a este proceso, las tertulias y las fiestas de la aristocracia, en Santiago, Talca, Valparaíso y otras ciudades; lo cual trae aparejado las discusiones literarias e históricas. Lo anterior, en su conjunto constituye un universo sociocultural proclive a la reflexión, y es un buen punto de partida para asumir compromisos científicos y para la lectura y el estudio en general. Por eso, no es extraño que sea justamente la década del cuarenta del siglo XIX, el hito histórico en que se produce el despertar intelectual y cultural en el país. Ello coincide curiosamente con la instauración definitiva del periodismo en el país y con el fenómeno de la aparición de nuevos diarios y revistas. Estas expresiones periodísticas, cada vez más, van dejando atrás el compromiso con la contingencia política inmediata característico de las antiguas y esporádicas publicaciones. Los nuevos colaboradores y articulistas, prefieren centrar mayoritariamente su atención en los movimientos y tendencias culturales y artísticas que están aconteciendo en el país y que van incrementando el acerbo cultural de la joven república. Dicho proceso, podemos denominarlo como la etapa de la “profesionalización del periodismo”, y acontece aparejado al nacimiento de las nuevas inquietudes culturales de la población, tal como se ha señalado, y al ímpetu fundacional que se observa en el país entre las décadas del treinta y del cuarenta del siglo XIX, y que se traduce en la creación de diversas entidades que fomentan la educación y el conocimiento de las ciencias en el país.

Empero, dicho proceso tiene una raigambre a menudo olvidada, esto es, que para llegar a esa situación de adecuado punto de partida del periodismo y la eclosión de diarios, periódicos, semanarios y revistas que principia esbozarse en la década del cuarenta y que se desarrollará luego con mucho ímpetu entre el 50 y el 60 del siglo decimonono, es necesario la existencia de un órgano que mantenga una continuidad, que no se agote en la mera contingencia y que sirva de modelo a los otros que están tímidamente intentando abrir un espacio, conquistar un público y lo más difícil: persistir, continuar en el tiempo. En estos avatares, hubo al menos un órgano comunicacional que se mantuvo firme, con una impronta definida y con una sistemática continuidad, que permite actuar como un referente frente a los nacientes medios comunicacionales, principalmente de la capital, sea para imitar, sea para presentar alternativas diferentes. Ese fue El Mercurio de Valparaíso, fundado por Pedro Félix Vicuña, quien en colaboración con los tipógrafos Tomás G. Wells e Ignacio Silva, logra sacar a la luz pública este medio, el 12 de Septiembre de 1827, con el objetivo de entregar información sobre comercio, industria, cultura y ciencia a la creciente población de la región de Valparaíso primero y que luego, en las próximas décadas se va expandiendo por todo el país.

Ciencia, artes y manufacturas
Por cierto que entre los objetivos mencionados, queda implícito el ideario liberal de su fundador. Y en cuanto a su propósito de difundir conocimientos científicos, aunque no queda claramente estipulado, cabe destacar que en la práctica de su periodicidad, se va cumpliendo notoriamente un rol que hoy llamaríamos de “difusión científica”. Por cierto, en esta etapa, dicha tarea es implícita y mecánica y no está esbozada con propiedad; pero dentro de su esquema casi libresco y enciclopédico, conque aborda los temas nacionales, de historia y de cultura universal, se va perfilando una preocupación o tal vez, podrí9amos decir: “una presencia científica”; toda vez que aborda todas las formas de expresión cultural y cognoscitiva, entre estas ciertas noticias vinculadas al conocimiento científico. Lo anterior no significa que El Mercurio de Valparaíso, tenga claramente definida en su primera etapa, la o las secciones de ciencia que está divulgando; más bien, su forma de entregar los conocimientos científicos de la época, (finales de la década del veinte, décadas del treinta y cuarenta), es casi un mosaico o un puzzle que hay que descifrar; sin embargo hay algunas constantes. Entre estas, el interés del periódico por el continuo devenir de las aprehensiones cognitivas propias de los distintos campos del saber y un notorio énfasis por “las artes y las manufacturas” como se denominaba en esa época a la tecnología. Esto, dentro de un marco de profundo asombro social por el impacto de la aplicación de los conocimientos a la esfera humana y al medio natural. Las disciplinas que más asocia El Mercurio de Valparaíso con las ciencias son: medicina, higiene pública, anatomía, viticultura, sismología, vulcanología, electricidad, química, geografía, mecánica, astronomía y egiptología. Y dentro de tales disciplinas, hay una cierta preferencia por tópicos determinados; v. gr. en cuanto a la medicina, interesaban de sobremanera por las cusas de la caída de los dientes, enfermedades del hígado, estudios sobre la viruela, cálculos en la vejiga, casos de teratología, casos de oftalmología y otros. Por ejemplo, en cuanto al interés por los temas de medicina, en la edición del 14 de Febrero de 1829, se lee: “Un distinguido artista tenía un hijo de siete años y empezó a darle lecciones de dibujo; pero cual sería su sorpresa al ver que el muchacho dibujaba al reves cuantas figuras se le daban por modelo…… Se ha observado muchos casos análogos á este: un abogado estuvo viendo por espacio de algun tiempo todos los objetos inversos: las casas le parecian edificadas sobre sus techos, los hombres andando de cabeza. Esta observacion dependia del desorden en que se hallaban sus organos digestivos; y asi es que desapareció en el momento en que cesó la causa, de que tomaba su origen.” (1)

Y en cuanto a la higiene pública, el tema central es la preocupación y o mecanismos para prevenir el cólera, las condiciones del medio ambiente, la creación de un cuerpo policial especial para cautelar la higiene pública y otros. Y en relación a las inquietudes por la astronomía, estas se expresan mediante un notorio interés por la aparición reciente de cometas o por los que están supuestamente por venir en los próximos años. Y si se considera el aspecto cuantitativo referente a una menor cantidad de las apariciones o informaciones científicas de este medio, podríamos hablar de un segundo plano, o un segundo nivel de disciplinas científicas, entre estas se ubican: historia natural, botánica, entomología, topografía, geología, matemática y geometría. Probablemente esto se deba a la aridez de los contenidos de las ciencias formales como la matemática, por una parte, y al atraso o “desconocimiento” en el país, de la botánica y la taxonomía; después de todo, recién en 1830 el gobierno chileno contrata al botánico francés Claudio Gay, para que realice una exploración del cuerpo físico del país y clasifique todos los referentes principalmente del medio orgánico, que hubieren en el país. Y algo similar se puede adelantar con respecto a los estudios rigurosos de la geología y de la mineralogía; toda vez que el comienzo de los estudios mineralógicos, geológicos y químicos, principia institucionalmente con la traída de Ignacio Domeyko en 1838, para hacerse cargo de la Escuela de La Serena.

Es curioso en todo caso, que entre los autores que más se mencionan como aportando algo al conocimiento científico, aparece Humboldt; pero en este caso se muestra más que como interesado en la historia natural o en la taxonomía, se destaca su faceta de geógrafo o de vulcanólogo. Seguramente ello es así, por la impresión que causaban a los viajeros y sabios extranjeros, los movimientos de tierra o los frecuentes terremotos que acontecen en Chile, además de la notoria preocupación que se gestaba en los habitantes del Chile decimonónico. De manera que es muy probable que dicha inquietud casi natural de la población, hay influido tácitamente en la selección de noticias científicas de los articulistas, y por ello aparezca mencionado Humboldt frecuentemente.

La percepción de que la ciencia puede irse gestando in situ, en el propio territorio, todavía no está muy definida, en especial hasta la década del cuarenta; ello es comprensible, pues ya dijimos que sólo en la década del treinta Chile se abre oficialmente a la tarea de la adquisición del conocimiento de su propio medio orgánico, físico, estadístico y social. En todo caso, hay cierta “intuición” de que ello sería posible de realizar, en cuanto a estudios botánicos vinculados a la conquiliología -aunque sin aludir expresamente a dicha disciplina- en algunos lugares como Valparaíso; v. gr. en la edición del 17 de noviembre de 1829 se lee: “No hay lugar más propio para este estudio que Valparaiso, en cuya bahia se hallan mas de quince variedades de conchas. Una de las mas curiosas es el chiton. Este pertenece á la clase multivalva por tener sus coyunturas unas sobre otras como lorigas. Casi siempre tiene 8; pero se han hallado algunas con seis ó siete, aunque son muy raras, y se deben considerar como lusus naturae… De esta especie ó genero no hay menos de cuarenta y de las cuales veinte y cinco se hallan en el Pacifico, y algunas aun en la bahia de Valparaiso.” (2)

Fuentes de donde obtienen la información los escritores o articulistas
Los datos e informes científicos son tomadas de otras fuentes escritas, principalmente La Gaceta de Colombia, The Atlas, El Mercurio Chileno, La Gaceta de Quito, el Diario de la Habana, o la revista El Mensajero de ambos mundos, entre otros. En su primer a fase, desde 1827 hasta la década del cuarenta, no existe lo que hoy se denomina “periodista especializado” que busque por si mismo las fuentes científicas; simplemente el mismo articulista que abordaba diversos tópicos, se encargaba de seleccionar y redactar escuetamente las notas que hoy llamaríamos de divulgación científica. Esto se comprende puesto que generalmente el o los articulistas eran sujetos cultos y polígrafos, como para poder presentar este devenir científico, dentro de los intereses de los lectores y de los cánones culturales de la época.

A manera de conclusión
La mayoría de los contenidos científicos del Mercurio de Valparaíso de las décadas del veinte hasta la del cuarenta, del siglo XIX, consisten en un simple traspaso de la aprehensión cognitiva europea de las distintas disciplinas, principalmente medicina, astronomía, vulcanología, higiene pública, química y las otras ya mencionadas. Estas explicaciones científicas, en todo caso, se presentan de manera muy concisa y simplificada, e incluso hasta didáctica, para que sean entendidas por el público heterogéneo que podía tener acceso a este medio.

La década del cuarenta, es un periodo en que este medio se amplía a nuevos horizontes culturales, abriéndose más a la literatura a la historia y a las expresiones artísticas. Y en este sentido es posible colegir que contribuye al boom literario y al desarrollo intelectual y científico de esta época, toda vez que -como ya señaláramos al inicio- es el momento en que como país se observa un despertar intelectual que atraviesa a la literatura, a la historiografía, al sistema educacional, al periodismo y a la política normativa del país; proceso que genera un cuerpo teórico cultural propio y fomenta el devenir de las ideas tendiente a la consolidación de la República en el ámbito cultural.

En colaboración con Silvia Becerra (Universidad de Viña del Mar)

Notas
1. El Mercurio de Valparaíso, 14 de Febrero de 1829.
2. El Mercurio de Valparaíso, Martes 17 de Nov. de 1829; p. 1.
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Por Zenobio Saldivia

José Victorino Lastarria nace en Rancagua en 1817, y a los doce años estudia humanidades en el Liceo de Chile y continúa luego en el Instituto Nacional. En 1836 obtiene su título de Bachiller en Leyes. Siete años más tarde se inicia en la vida política al ser electo diputado por Elqui y Parral. Y de aquí en adelante su presencia en la vida política, literaria y cultural en la joven República de Chile no pasa desapercibida. En efecto, su voz y su palabra escrita está siempre presente en los campos de la educación, del derecho, de la política, de la diplomacia, y en especial de la literatura. Lo anterior, justamente es una de las causas que dificultan los intentos de clasificarlo en una u otra tendencia literaria o filosófica que están en boga en Chile durante el siglo XIX. Lastarria, es tal vez uno de los autores más difíciles de clasificar dentro de los géneros literarios y del campo de la historia de las ideas en general; tanto por su extenso derrotero biobibliográfico, cuanto por los contenidos específicos que se perciben en sus obras como ejes centrales de las mismas. E incluso, también, por su discurso político y público en general, tendiente a la construcción de la república y a la búsqueda del bien colectivo de la nación. Las dificultades para una adecuada clasificación de este político, crítico, ensayista, literato y académico decimonónico, aumentan en efecto, si consideramos la totalidad de sus aportes a la cultura escrita del Chile del Siglo XIX, la cual, según Fuenzalida Grandón, cubre tópicos tales como: los estudios políticos y constitucionales, los discursos parlamentarios, las investigaciones históricas, los opúsculos literarios y críticos, los cuentos, novelas y poesías, las disertaciones jurídicas, las descripciones geográficas y de viajes en general y sus notas misceláneas. (1) Si bien para la mayoría de los biógrafos y estudiosos de su obra, Lastarria es efectivamente un romántico; su prosa presenta muchas aristas y aspectos muy diversos dentro de lo que tradicionalmente se entiende por discurso romántico decimonónico. Esto es muy comprensible dado los distintos sentidos en que se percibe el romanticismo en esta época, y sobre todo por el amplio rango cognitivo y valórico que lleva implícita dicha voz; toda vez que se aplica a una tendencia literaria o artística, a una filosofía de la naturaleza y la sociedad, o a una forma de vida, por ejemplo. En efecto, para muchos es un autor romántico en tanto alude a la búsqueda estética de una prosa literaria que de cuenta de la naturaleza vernácula del país y de las vicisitudes de su geografía, y porque destaca a los hombres y a los avatares de la gesta independentista. Y sabemos que tales énfasis son parte de la expresión literaria romántica en América que siguen también Bello, Sarmiento, Vicente Fidel López, Alberdi y otros. Y porque dichos tópicos narrativos son empleados como nuevos procedimientos que apuntan a consolidar una literatura nacional, una prosa que deje atrás a la literatura colonial saturada de las antiguas tradiciones y de los cánones hispánicos. Es también un romántico, puesto que incorpora en su prosa a sujetos exponentes de la marginalidad social; tal como los proscritos de «El mendigo» (1843), «El manuscrito del diablo» (1849) y de otras de sus obras. Temas todos, que son considerados holgadamente como románticos. Y en este sentido está coparticipando con Bello y Sarmiento, en lo referente a la búsqueda de lo propiamente americano. Pero también es un romántico, en tanto logra fundar en Chile, en la década del cuarenta, un movimiento literario que está matizado por la influencia romántica francesa. Lo propio puede decirse, en tanto él y sus seguidores se sienten imbuidos de un espíritu mesiánico que permitirá la creación de una literatura esencialmente chilena y con una proyección hispanoamericana; tal como lo ha destacado Subercaseaux. (2) E incluso, también se considera a Lastarria como un romántico social, porque sus trabajos apuntan siempre a destacar el ámbito social y las preocupaciones de los grupos más postergados. Estos aspectos de su interés literario, podrían configurar la primera fase de Lastarria, el Lastarria joven, romántico e idealista.

Para Subercaseaux, José Victorino Lastarria es un romántico muy peculiar que está imbuido precozmente de una orientación liberal, que lo acompañará como un estigma en todo su quehacer “desde que en 1836 se inicia como profesor hasta casi la fecha en que muere” (3) y que queda definitivamente decantada en el país en la década del cuarenta, en el marco de las discusiones literarias, metodológicas e historiográficas que motivan a los intelectuales del período, una de cuyas expresiones literarias de este nuevo soplo intelectual, es justamente la creación de la Sociedad Literaria, en 1842. De modo que su discurso, sobre todo en su primera etapa; es más bien idealista y utópico, en tanto pretende difundir las ideas liberales, la búsqueda de una identidad nacional y/o americana y hacer conciencia de la necesidad del desarrollo del país; ello en un período en que todavía dicha inquietud no tenía un asidero real, afianzado en la sociedad. (4)

Empero, curiosamente Lastarria en los años de su madurez se va inclinando notoriamente por los tópicos más frecuentes del positivismo, tal como el mismo lo señala. En 1864, por ejemplo, a los 47 años, declara haber leído la obra de Comte: Cours de philosophie positive y se identifica como positivista. Es el inicio de otra etapa del que se apropia de la nueva tendencia y que además se siente. Así, imbuido de este nueva corriente filosófica y científica, continúa luego en 1873, creando entidades que difundan y fomenten las ideas comtianas, como por ejemplo La Academia de Bellas Letras; agrupación donde se reúnen un grupo de intelectuales liderados por Lastarria con el propósito de incentivar el cultivo de la literatura como expresión de la verdad y según las reglas sugeridas por Comte, las cuales se identifican a su vez, con las normas de rigor que exigen las obras científicas y en conformidad con los hechos demostrados de un modo positivo. Al año siguiente, nuevamente Lastarria, marca otro hito en el fomento de esta tendencia positivista, al asumir justamente la dirección del Circulo de Positivistas, con el objetivo de leer y analizar las obras de Comte. Entre estos nuevos temas que ahora complementan los focos de interés de la primera etapa del autor, están el énfasis por el progreso, la regeneración social, la preocupación por la ciencia, la sugerencia de cambios curriculares en la educación centrado en el estudio del método científico y la búsqueda del rigor lógico, su interés por los recursos hídricos y por el desarrollo minero e industrial del país. Estas inquietudes quedan claramente de manifiesto en trabajos tales como: Caracoles. Cartas descriptivas sobre este importante mineral dirijidas al Sr. Tomás Frías, Ministro de Hacienda de Bolivia, o sus Lecciones de política positiva y otras. En la primera obra publicada en 1871, Lastarria, utilizando el recurso del conocimiento ya existente de las ciencias de la geología, orografía, mineralogía y otras ciencias de la tierra; que daban cuenta de las propiedades del cuerpo físico de Chile y de la entonces región boliviana de Antofagasta, ubica geográficamente el mineral de Caracoles y describe los caminos existentes y las características geológicas de la zona donde se encuentra dicha mina. Al mismo tiempo que fundamenta los beneficios que resultarían de explotar adecuadamente la mina homónima. Para ello, insta al gobierno de Bolivia, a financiar un ferrocarril desde Mejillones hasta el mineral; identificando esta posible obra con el progreso mismo de Bolivia y con su impacto en la economía de la región.(5) La obra es prácticamente una apología de la riqueza de la zona y muestra un Lastarria geógrafo, pragmático y positivista. A su vez, en el segundo libro del autor, publicado en 1875, primero presenta su noción de política y luego se centra en explicar la fuerte conexión de la misma con el cuerpo social. Es justamente en este análisis donde Lastarria hace acopio y difusión de las ideas comtianas, tales como la ley de los tres estadios evolutivos de la humanidad, la clasificación de las ciencias y la regeneración moral de la sociedad. Y llama la atención, en todo caso, el hecho de que el autor en este texto que parte con la concepción positivista comtiana, va sugiriendo nuevas formas de aplicación de las nociones positivistas al campo educacional en Chile; entre estas: el fomento de una educación científica o centrada en el método positivo, desde la enseñanza elemental, y moral, la instrucción básica y el respeto ineludible de los derechos humanos en la vida cívica del país, entre otros tópicos.

Por tanto, en la prosa de Lastarria hay un viraje, un desplazamiento del romanticismo hacia el positivismo. Empero este fenómeno no llega a adquirir en el universo de contenidos tratados por el autor, un cambio radical, es una evolución, un giro, pero que sigue teniendo un asidero histórico en la personalidad y en el discurso en general del autor por su centro en las ideas liberales, que actúan como vasos comunicantes de ambos énfasis. Así, Lastarria es un romántico en su primera etapa y un positivista en su fase de madurez, pero en todo su devenir hay un mismo ideario: un claro afán de impulsar el liberalismo, la obtención del progreso, el desarrollo y la transformación social, así como la obtención de mayores espacios públicos y privados para el ejercicio de la vida democrática.

Z.S.M.

NOTAS
1. Cf. Fuenzalida Grandón, Alejandro: Lastarria y su tiempo, Imprenta Barcelona, Stgo., 1911; pp. VII-VIII.
2. Cf. Subercaseaux, Bernardo: Historia de las Ideas y de la Cultura en Chile, Ed. Universitaria, Stgo. 1997; T.I., p.51.
3. Ibidem.; pp. 35.
4. Subercaseaux, Bernardo: Lastarria, ideología y literatura, Ed. Aconcagua, Stgo., 1981, pp.42-47 y 306.
5. Lastarria, José V.: Caracoles. Cartas descriptivas sobre este importante mineral dirijidas al Sr. Tomás Frías, Ministro de Hacienda de Bolivia, Impr. de la Patria, Valparaíso, 1871.
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El Siglo de las Luces y la Masonería

Zenobio Saldivia Maldonado (*)

          Antecedentes previos

El siglo XVIII es denominado frecuentemente como el Siglo del Iluminismo, El Siglo de la Ilustración, La Edad de las Luces, o incluso a menudo se le asigna también el rótulo de Siglo de la Curiosidad.  Esto último, debido a la enorme confianza en la explicación científica que caracteriza a los miembros de las comunidades científicas de la época y al público ilustrado en general; así como también por la vastedad de aspiraciones y las enormes expectativas que se volcaron en esta centuria, en torno a la ciencia y a los que la profesaban.

En este período histórico,  desde el punto  de vista del desarrollo científico, se alcanzan extraordinarios progresos en cuanto a la comprensión y dominio de campos tales como: la electricidad, el magnetismo, la mecánica, la fisiología, la química, la taxonomía, la geología, la botánica, la calorimetría, la matemática y la tecnología industrial, entre otros. El Siglo de la Ilustración, es justamente el momento histórico en que la antigua filosofía del siglo precedente, denominada  “filosofía natural” o “filosofía experimental”, da paso a una etapa de desmembramiento del saber, apareciendo desde su seno, nuevas y variadas disciplinas autónomas. Es la centuria de “les savants”, de los sabios  que al alero de las emergentes Academias Científicas,  están haciendo extensivo el método científico a nuevas extensiones de la naturaleza y muy especialmente, a las vastas regiones del Nuevo Mundo.

Así, en este contexto, la pasión del hombre ilustrado se desborda de curiosidad intelectual por todos los caminos del conocimiento, aunque  sus focos de mayor interés, parecen ser el dinamismo socio-político, su preocupación por la naturaleza y el desarrollo tecnológico. Por eso, justamente, no resulta extraño que en este siglo principie la Revolución Industrial. Pero además,  los campos en los cuales aparecen y se difunden  nuevas ideas sobre el hombre y su condición de ser social, son: la educación, la filosofía, la política, la ética, la historia, y las ciencias de la vida, entre otros. En efecto, las contribuciones provenientes de estas  disciplinas, trasuntan una clara mirada filantrópica y persiguen no solo el incremento cuantitativo referente a sus objetos de estudio; sino que además, sus cultores se sienten participando de la búsqueda de nuevos caminos para la obtención de la armonía social. La elite intelectual ilustrada, estaba plenamente convencida de que sus tesis apuntaban a la filantropía y a la difusión del conocimiento y que por tanto, todo era cuestión de atreverse a saber. Así, estaban convencidos que con una instrucción apropiada, las lacras sociales podían ser modificadas y que podían cambiar la naturaleza de  los seres humanos. Esto es, que los autores de este período, están muy conscientes del hecho de que sus discursos teóricos están siendo utilizados para la discusión sobre la génesis y naturaleza del poder político, y como fundamentos relevantes para una  reorientación social. Lo precedente queda de manifiesto, por ejemplo, al observar la contribución de los filósofos y de los enciclopedistas del período; quienes desean expandir las luces del saber al mayor número de seres humanos, y aspiran además, a alcanzar una comprensión más integral sobre el comportamiento humano y sobre la interacción social y política.

La Ilustración es así, una escuela filosófica, una moda de la intelligencia europea, un método de transformación social y una actitud de extrema confianza en la razón. Nada queda fuera del alcance de la ratio, todo es posible de poner en discusión: las ideas, los valores, los procedimientos, el método y las reglas. Empero, el movimiento no estuvo exento del costo social que implicaba la audacia de su divulgación y popularización. Por ello, muchos de estos sabios, fueron encarcelados, y otros, tuvieron serias dificultades con la ortodoxia religiosa cristiana.

Justamente, dentro de este vasto campo de nuevas inquietudes y reorientaciones sobre el desempeño del individuo en la sociedad, aparecen con fuerza las ideas de la francmasonería; casi como fusionadas con las ideas libertarias de la Revolución Francesa, por una parte, y por otra, casi en maridaje con los postulados humanistas de los grandes pensadores del período: Voltaire, Rousseau, Diderot, Montesquieu, D’Alambert y otros.

Iluminismo y revolución.

Lo primero que se aprecia en este siglo, desde el punto de vista del dinamismo social, es la aparición de dos grandes revoluciones políticas que le dieron su impronta definida, con lo cual dicha lonja de tiempo  ha quedado consignada en la historia: la Revolución Americana de 1776 y la Revolución Francesa de 1789. (1)

La noción de revolución; entendida como cambio brusco con las ideas y conductas del pasado, para instaurar una nueva mentalidad y asentar una institucionalidad diferente, parece impregnar toda la vida social e ideológica del siglo.  “El surgimiento del concepto de revolución como un cambio drástico una solución de continuidad o una ruptura con el pasado, en lugar del retorno cíclico a un tiempo pasado y mejor aparece durante el Siglo de las Luces no sólo en las esferas del pensamiento y la acción social y política sino incluso en las discusiones sobre asuntos culturales e intelectuales.” (2)

En el Siglo de la Ilustración ningún contenido cognoscitivo gozaba de certidumbre.  Todo   se   consideraba   como un referente válido para la duda sistemática y como un objeto digno de estudio.  Pareciera que el mundo de las ideas consagradas y el ámbito de las instituciones existentes, deberían rehacerse a cada instante y dar paso a la fuerza cada vez más audaz de la razón.  Es el ansia del saber y la búsqueda de nuevos caminos discursivos.

La  nueva  mentalidad  de  ruptura con lo antiguo, se aprecia  tanto en las ciencias naturales, como en la filosofía o la literatura. En este último campo por ejemplo, “…las obras literarias, en lugar de escribirse con mayor o menor fortuna y según normas establecidas, son una invención particular y como una decisión del autor referente a la naturaleza; cada uno debe comprometer la literatura entera y abrir nuevos caminos”. (3)

Si bien dentro de la cultura del iluminismo se perfilan diversas tendencias; el espíritu crítico y la exagerada confianza en la razón, son las notas coincidentes del período.  Lo primero, porque los distintos autores desarrollan una actitud de cuestionamiento del orden existente, así como también un enjuiciamiento frente a la situación social, política y moral imperante.    Lo último,   porque   el  sujeto  ilustrado   centra su reflexión en el hombre y en la inteligencia del mismo, como medio para solucionar todos los problemas de orden económico, social o normativo.

Es en este ambiente intelectual donde pululan los políticos, la burguesía, la aristocracia, los científicos, los profesionales, los ensayistas, los amantes de las sociedades secretas, los rosacruces, los francmasones, los redactores de diarios y los estudiosos de las ciencias humanas en general.  He aquí el campo donde se gesta el movimiento denominado “Iluminismo”, que da el sello característico a la centuria.  El iluminismo es un movimiento cultural de vastas proporciones que pretende aclarar o ilustrar  con la sola ayuda de la razón, los fundamentos del conocimiento, de las costumbres sociales, y en general, de todas las leyes de la interacción humana.

Tales ideas se difunden rápidamente con la acción de los enciclopedistas, los políticos, los escritores, y en especial, con la pasión y el énfasis conque los articulistas de los diarios de la época, tratan los asuntos cívicos, la crítica al absolutismo y la situación económica imperante.  Entre estos, recuérdese por ejemplo, a los redactores: Mirabeau, del Diario Courrier de Provence, a Condorcet del Chronique du Mois, a Talliens del Ami des Citoyens;  a Robespierre, articulista del Diario Defenseur de la Constitution, y a Frerón,  del Orateur de Peuple. (4)

Estos son los ejes teóricos que dan paso a la Revolución Francesa.  El siglo del iluminismo muestra una acción preponderante en la política, en la educación, en la historiografía, en la literatura; y en general, en el vasto campo de las ciencias humanas.  Este tipo de preocupación constituye la gloria del siglo XVIII.  En educación por ejemplo, se aprecian las ideas de Voltaire y Rousseau entre otros.  Este último trata de convencer a sus contemporáneos para que vivan basándose en el principio de una mayor orientación hacia la naturaleza.  En este sentido, sus obras El Contrato social y El Emilio (o de la educación), propician la plena libertad del hombre; protegida simultáneamente por la educación ilustrada y por la legislación. Voltaire por su parte, proclama la libertad de conciencia, la primacía de los méritos intelectuales del sujeto, por sobre los antecedentes aristocráticos o no del nacimiento, exige la libertad de prensa y la libertad de los presos por razones de conciencia; critica a la justicia civil y eclesiástica y enfatiza en la conveniencia del ejercicio de la tolerancia como forma de vida.  Es su mayor contribución como intelectual y como francmasón. El discurso pedagógico de la época, parte del supuesto de que el hombre es perfectible, maleable, y que por tanto es posible alcanzar el tipo de hombre ilustrado: humanista e integral. En general el siglo XVIII, el  “Siglo de las Luces”, le da una gran importancia a la educación, hasta el punto de ser conocido también como el “Siglo de la educación”. (5)

La Francmasonería.

Algunos estudiosos del siglo de las luces, sostienen la tesis de que habría una plena identificación entre las doctrinas postuladas por los filósofos y los enciclopedistas, con las logias masónicas.  Así por ejemplo, Deschamps estima que ya en 1721 habría comenzado la difusión de los postulados masónicos modernos por toda Europa; principalmente  en ciudades como Dunkerque (1721), Mons  “La logia de la perfecta unión”, (París) (1725), Sajonia (1730), Bordeaux (1739), Havre (1739), Hamburgo (1733), Nápoles “Gran logia nacional” (1756),  y la  “Gran logia Española” (1760). (6)

La tesis mencionada atribuye también explícitamente, una suerte de hegemonía de la conducción política en la marcha misma de la Revolución Francesa.  De este modo, los logros de la revolución, habrían estado en proporción directa a la difusión de las ideas masónicas. Ahora bien, a juzgar por la autoría de las ideas referentes a la transformación social, durante la segunda mitad del siglo de la ilustración; es efectivo que la francmasonería toma parte activa en la Revolución Francesa.  Empero, resulta un poco apresurado colegir una proporción tan equivalente entre difusión de la masonería y el devenir de la revolución.

Independientemente de si se comparta a no  la tesis de la identificación entre filósofos, enciclopedistas y logias masónicas; llama la atención, la fuerte vinculación de autores del siglo XVIII relevantes en lo científico, político y cultural, con las actividades masónicas de su tiempo.  Entre estos, recuérdese los casos de Rousseau, Diderot, Lagrange, D’Alambert, Hume, Condorcet y Voltaire.

Muchos de estos autores, además de su compromiso con la francmasonería, pertenecían también a distintas sociedades de estudios principalmente francesas; (academias científicas, sociedades de amigos y otras).  Voltaire, por ejemplo, participa también como miembro de un Círculo de Admiradores de la Cultura China. Esto es así hasta que la Convención decide suprimir la Academia de Ciencias, en 1793.  Sin embargo, los científicos y estudiosos abren nuevos espacios institucionales mientras se instaura nuevamente la Academia de Ciencias. Entre estos  nuevos lugares donde se elabora el saber y donde tienen lugar los debates científicos del período, están la Escuela Politécnica, el Museo de París, la Oficina de Pesos y Longitudes, y asociaciones tales como la Sociedad Filomática; e incluso también, algunos salones privados donde se reúnen los especialistas  para intercambiar opiniones y dar cuenta del estado  de  la cuestión en sus   disciplinas. (7)  Esta nueva forma de sociabilidad, es muy significativa y mostrará toda su eficacia en los primeros años del Siglo decimonono, en América, bajo la forma de tertulias. Con lo cual, es como si la revolución continuara con sus preparativos, pero en el Nuevo Mundo.

Tampoco puede pasar desapercibido el hecho de que en la Francia del período revolucionario, existían 629 logias; de las cuales 65 funcionaban en París.  La mayoría de sus miembros bregaban por la aplicación práctica de los principios de igualdad de derechos, libertad y fraternidad. Empero, lo anterior no debe interpretarse como si la Revolución  Francesa hubiera sido el resultado de una estrategia y tácticas de la masonería. O como si las logias en su conjunto hubieran inducido expresamente al cambio social. Ello sería menospreciar la influencia de las fuerzas sociales organizadas de la época, y atribuirle una orientación política a una corporación esencialmente filosófica y esotérica. En rigor, son los propios autores católicos de la época, los  se encargan de precisar que los francmasones no son los generadores de la violencia política.  Así por ejemplo, en 1793, José de Maistre expresa públicamente en su Mémoire a Vignet des Etoles, que existen masones revolucionarios, en las logias de Francia, y que en muchas de éstas son mayoría absoluta.  Pero por otro lado, deja constancia al mismo tiempo, de que estos miembros no son los responsables del terror ni de los acontecimientos de  la violencia desatada en París y en toda Francia. (8)

Hacia una conclusión

Tal vez, por el enorme esfuerzo de despertar la crítica frente al absolutismo y por promover la libertad personal y colectiva, muchos de los autores francmasones han sido considerados como líderes o como revolucionarios de facto.  Pero en realidad, estos líderes no combatieron con las armas, sólo ayudaron a despertar la conciencia individual; son autores destacados, poseedores de una prosa emancipadora en el plano público y político.  Y en este sentido, se comprende que hombres como  Voltaire, interesado en la tolerancia , como ya señalamos con antelación, o Rousseau, preocupado por la educación, o Diderot, interesado en la difusión científica y Condorcet, persuadido de la conveniencia de alcanzar el progreso como desarrollo de toda la humanidad, y otros; hayan preparado con mucha antelación la Toma de la Bastilla, pero no en el sentido de llamar a las armas; sino en cuanto difunden un marco teórico, filosófico y cualitativo, que lleva implícita una nueva visión social y un  ideario de ciudadano que asume un compromiso político para dejar atrás la monarquía como forma de gobierno. Así, es este marco teórico y social, el que es internalizado concientemente por los agentes sociales y por los conductores políticos emergentes del momento.

Por tanto, efectivamente queda claro que la presencia de las ideas propias de la francmasonería, no estuvieron ausentes en el proceso revolucionario que terminó con el Absolutismo y marcó un hito significativo en la larga marcha hacia el  respeto  del  ser humano.  Dichas ideas, contribuyeron a la consolidación de un nuevo marco teórico político, apuntan  a consignar los  derechos del hombre en el plano normativo; pero por sobre todo, son una base filosófica para sustentar dicho ideario, en la práctica de la convivencia social, en la difícil y esquiva búsqueda de la armonía social.

 

Notas

 

1. Cf., Cohen, I., Bernard: La Revolución en la ciencia, Gedisa, Barcelona, 1989, p.181.

2.  Ibidem.

3.  Sartre, J. P.: Escritos sobre literatura, Vol. I, Alianza Ed. Madrid, 1985,

p. 243.

4. Cf. Gallois, M. Leonard: Histoire des journeaux et  journalistes, T. II, Imprimierie Schneider et Langrand, Paris,1846, p. 511.

5.  Obiols, G. y Di Segni.: Adolescencia, Posmodernidad y Escuela Secundaria,

Kapelusz, B. Aires, 1993, p. 83.

6. Cf. Deschamps, N.: Les Sociétés  Secrètes, T. I, Seguin Freres Ed. Avignon,

1881, pp. XXVIII, XXXVII ; pp. 2-3;  y pág. 337.

7. Redondi, Petro: “La revolution française et l’histoire des sciences”, Rev.

La Recherche, Nº208, Mars, 1989, Paris, p. 321. (traducción personal).

8. Cf. Lennhoff, Eugen: Los masones ante la historia, Diana Ed. México,

D. F., 1978, p. 97.

____________

(*) Mg. en Filosofía de las  Cs., Dr. en Historia de las Cs., Académico de la U. Tecnológica Metropolitana, Stgo.

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Zenobio Saldivia Maldonado (*)

Universidad Tecnológica Metropolitana

Santiago, Chile

Publicado como capítulo del libro: Nación y nacionalismo en Chile. Siglo XIX. T. 2.,

Gabriel Cid y Alejandro San Francisco (Editores), Centro de Estudios Bicentenario, Stgo., 2009. pp. 117-142.

El Marco sociocultural

Cuando se habla acerca de la consolidación de la ciencia en el Chile decimonónico, a menudo se focaliza la atención en los sabios extranjeros que arribaron al país entre los años 1828 y 1851, por ejemplo. Y en tales casos se menciona a Claudio Gay, (1828), a Ignacio Domeyko (1838), a Amado Pissis (1848), o a Rodulfo Amando Philippi (1851), entre otros. O bien, se alude  de inmediato a la labor de la Universidad de Chile, como entidad académica y científica. Ello no es erróneo, pero es incompleto y apresurado, porque un proceso de institucionalización de la ciencia, es el resultado de muchas variables en juego que atraviesan la esfera política, educacional y pública.  En rigor, el despertar intelectual del Chile decimonónico, no surge ipso facto con la consolidación de la independencia política luego de los avatares de la reconquista; se remonta ya un poco antes, v. gr. con las contribuciones de los jesuitas, entre éstos, especialmente gracias a las publicaciones del abate Juan Ignacio Molina, en virtud de su acopio de descripciones rigurosas sobre la naturaleza y la sociedad chilena de su tiempo, que realiza en Europa, en obras tales como: Compendio della storia geografica, naturale et civile del regno de Chile (1776) y Saggio sulla storia naturale del Chile (1782)[1], o con los aportes de los profesores del Instituto Nacional, luego de su reapertura por acuerdo del Senado, desde 1819 en adelante.

Pero, pensando exclusivamente  ya en el Chile republicano, bien podría decirse que la consolidación científica nacional,  se inicia a partir de la década del treinta, toda vez que justamente en este período, el país llega a una etapa de ordenamiento como nación y de una cierta internalización de los principios republicanos en la esfera pública; lo cual es un buen antecedente para la reflexión, para asumir compromisos científicos  y para la lectura y el estudio en general. Por otra parte, coincidiendo  con esto, se observa en este mismo lapso de tiempo, en el plano físico y material, un notorio incremento económico y un auge exportador en el país. El desarrollo intelectual y cultural del Chile decimonónico,  tiene pues, un notorio despertar en esta década, toda vez que en este período se observan nuevas expresiones de sociabilidad, de patriotismo y otros fenómenos sociológicos, que actúan como acicate para este efecto. Para lo primero, piénsese  por ejemplo en  las tertulias y en las fiestas de la aristocracia, e incluso en las  discusiones literarias e históricas; para lo segundo, el lector puede traer a presencia el llamativo sentimiento de chilenidad, que se expande a partir del triunfo militar contra la Confederación Perú-Boliviana, luego de la batalla de Yungay (20 de Enero de 1839); y en cuanto a nuevos fenómenos socioculturales, justamente la década siguiente, deja de manifiesto la instauración definitiva del periodismo en el país, la apertura de nuevos espacios de sociabilidad y la  aparición de nuevos diarios y revistas. Estas nuevas expresiones, van dejando atrás el compromiso con la contingencia política inmediata, característico de las antiguas publicaciones y logran asentar un claro perfil profesional, del periodismo, tal como ya lo ha destacado Ossandón.[2]

Es en este contexto, de crítica acerca de los asuntos públicos y de una gran discusión literaria e intelectual, por tanto, donde se desenvuelven los nuevos colaboradores y articulistas de los primeros medios de comunicación, quienes prefieren centrar mayoritariamente su atención en los movimientos y tendencias culturales y artísticas que están aconteciendo en el país  y  que  van incrementando el acervo cultural de la joven república. Entre estas expresiones, es posible incluir el movimiento literario de 1842 liderado por José Victorino Lastarria y las discusiones sobre el romanticismo como vehículo identitario de la literatura o de la cultura nacional. También están en boga en este período, las discusiones metodológicas que se dan en los campos de la  literatura, de la historia y de la filosofía, en especial en relación a como escribir la historia de Chile. Justamente, casi al alero de estos aires de discusión intelectual, entre los años cuarenta y cincuenta del Siglo del Progreso, y enmarcados en un proceso de expansión territorial, principian a aparecer los trabajos de los primeros periodistas, tales como Pedro Godoy, José Victorino Lastarria, Francisco Bilbao, Manuel José Gandarillas, entre otros,[3] así como las primeros informes científicos y las primeras  publicaciones  de  los  sabios extranjeros, que son otros tópicos que se insertan en el marco sociocultural del período. Todo lo cual, parece juntarse en las páginas de estos medios que van mostrando un nuevo Chile que se abre a la cultura y a la discusión intelectual.

Así, en este hito de nuestro devenir histórico, se consolida un momento relevante en cuanto al desarrollo del espíritu y del intelecto; puesto que en este período se produce un despertar intelectual que atraviesa a la literatura, a la historiografía, al sistema educacional, al periodismo y a la política normativa del país. También,  de manera docta y entusiasta,  colaboran en este período, algunos  extranjeros ilustres;  muchos de los cuales  llegan con un compromiso contractual previo con el gobierno, como es el caso del venezolano Andrés Bello; quien arriba al país en 1829  para asumir el cargo de Oficial Mayor Auxiliar en el Ministerio de Hacienda; y otros lo hacen en busca de asilo, escapando de  la anarquía  que existía en los demás países de América. Entre estos, es imposible olvidar los nombres de los argentinos Domingo Faustino Sarmiento, Vicente Fidel López, Bartolomé Mitre y muchos otros extranjeros amantes de la democracia; quienes encuentran  amparo y respeto en  nuestro país. Y quienes muy pronto participan de las discusiones sobre el romanticismo ya mencionado, principalmente desde el periódico El Mercurio de Valparaíso y de los temas relevantes de la época: la educación y las tendencias literarias del período.[4]

Por tanto, como consecuencia a todos estos factores sociales y políticos, así como por  la creciente   inquietud  cultural   de  la  población;  salen  a   la  luz  pública diversas publicaciones periódicas que dan cuenta ora de los sucesos nacionales, ora de los temas propiamente literarios y filosóficos; así como también, aparecen otros que comentan los adelantos que se van produciendo en el plano de la ciencia y de la tecnología; e incluso aparecen  ciertos medios que desean difundir sus objetivos filantrópicos y sociales; otros, simplemente  aluden a los asuntos prácticos propios de la vida rural y urbana decimonónica, y otros abordan alternadamente estos últimos tópicos.[5]

Las revistas científicas

En  el  ámbito científico -que concentrará toda nuestra atención en lo que sigue- empiezan a observarse las diversas exploraciones y tareas de los sabios extranjeros en el país, las cuales concitan la atención de los ciudadanos relativamente bien informados y de los personeros de gobierno de la época, que quieren saber más de tales actividades. Ello genera una demanda significativa de material teórico, gráfico y estadístico, en los distintos medios de difusión de la época. Dicha labor de divulgación del conocimiento, en la práctica, presenta diversas expresiones institucionales o de agrupaciones de intelectuales, las cuales pretenden terminar la confección de una radiografía de la flora, fauna y gea del país. Y entre los medios que difunden tales novedades, están los informes oficiales,  los escasos periódicos del período y las revistas científicas.

Las revistas científicas del siglo XIX, en rigor, trasuntan el pensamiento  científico y humanista de la época y muestran de una manera taxativa el nivel cognitivo ya alcanzado en el país. Es probable que entre las razones que motivaron la creación de estas revistas, hayan influido variables como las siguientes: el boom por las publicaciones de diarios y revistas que se observa en el país a partir de  la década del cuarenta del siglo decimonono; el énfasis social y filantrópico de los sabios y científicos de mediados del siglo XIX en Chile, quienes querían ayudar a sus compatriotas a elevar su nivel cultural y a mejorar su calidad de vida. También influyeron para la circulación de las mismas, la decisión de los gobernantes del Chile decimonónico, y el apoyo que brindaron a estos medios; sea de una manera indirecta  en tanto otorgan un presupuesto a las instituciones educacionales y/o  científicas que considera la factibilidad legal para el financiamiento de estos medios; v. gr, el aporte para las revistas institucionales como los Anales la  de la Universidad de Chile, o para el Anuario Hidrográfico y la Revista de Marina, ambas de la Armada de Chile, entre otras.

Estas revistas de divulgación científica, cumplen la tarea de complementar esa visión de la naturaleza y gea del país y de redistribuir el acopio informativo para un público no especializado. Las mismas se presentan como magazines literarios y científicos, o como Anales, que compilan la labor realizada durante el año por tal o cual institución, o como Boletines, de emisiones periódicas, además de algunas publicaciones informales discontinuas. En  este contexto sociocultural,  el  objetivo de los medios de comunicación que nos interesan, es el de entretener, el de informar, y por sobre todo, el de enseñar a la comunidad sobre las técnicas más avanzadas en los distintos ámbitos de la ciencia; además de dar cuenta de las eventuales  aplicaciones de tales conocimientos en la vida cotidiana, o de ofrecer explicaciones de carácter científico sobre los distintos fenómenos naturales y sociales, que ocurren en el entorno, como por ejemplo para el primer caso; los  temblores, los terremotos,  las tempestades magnéticas,  los eclipses o los aerolitos.[6] Y en cuanto a los fenómenos sociales, especialmente desde la década del setenta del Siglo decimonono, se observan tópicos tales como el ahorro, la educación de la mujer,  la femineidad, el alcoholismo y reflexiones sobre los inmigrantes llegados a Valdivia.[7]  En estas revistas se hace gran  hincapié en la difusión de las ciencias, principalmente en lo referente a las ciencias naturales y a las ciencias de la tierra; en especial, parece existir el deseo manifiesto de divulgar los conocimientos alcanzados en estas disciplinas y en mostrar los descubrimientos  y hallazgos hechos en Chile y en el mundo en general.

En cuanto a la manera de abordar los tópicos, estos son tratados desde su génesis bibliográfica, histórica o natural y de ahí en adelante, el autor va dando cuenta de todo el estado de la cuestión sobre el tema de interés del escritor, lo que se ha dicho en los países de Europa y lo que se ha planteado en América, hasta que ensambla con las novedades del momento conocidas por la disciplina específica con la que se vincula el objeto de estudio y con los planteamientos originales del autor, que posibilitan ampliar la explicación sobre el fenómeno o la situación que está dando cuenta.

Desde el punto de vista de su estructura y diagramación interna, las mismas  mezclan los contenidos en una forma amena y  miscelánea;  es decir, abordaban una amplia variedad de temas. Entre éstos: mucha poesía, algo de narrativa, un poco de ciencias exactas, algo sobre los tópicos de química, farmacia, zoología, entomología; también algo de los contenidos propios de las ciencias de  la tierra, diversos consejos para cautelar la higiene y la salud publica, discursos emotivos, datos prácticos para los agricultores, sugerencias para que durante la ordeña las vacas den más leche, cuidados que deben tener las dueñas de casa para mejorar la higiene, precauciones para con las arañas del trigo y consejos y  asesorías en general. Todo ello, según el rubro de la profesión u oficio específico del segmento lector a la cual se han propuesto llegar dichos medios, de acuerdo a sus objetivos fundacionales.

Por otro lado, desde una perspectiva del análisis epistemológico contemporáneo, llama la atención que estas publicaciones periódicas, expresen una noción integral del conocimiento; toda vez que las mismas no se limitan exclusivamente a la difusión de los contenidos de punta en las distintas disciplinas particulares; sino que más bien, son una ventana abierta que posibilita la integración cognitiva. Y ello queda de manifiesto, justamente en virtud del énfasis magazinesco  dentro del cual  que se presentan los trabajos; dando la sensación al lector, de que el saber es uno solo y que todo es uno y lo mismo.

Desde el punto de vista de lo que hoy se denomina el análisis del discurso, estas revistas actúan como órganos comunicacionales de muchas instituciones nacientes en el país; son un conjunto de medios que  privilegian una prosa llana y amena, orientada hacia una labor de difusión del conocimiento científico para los sectores cultos y medianamente cultos. Así, desde sus páginas se logra el conocimiento integral, en virtud de la coexistencia pacífica de la poesía, el cuento, la crítica literaria, la lógica clásica, la historia, la sociología, la economía, la filosofía, la taxonomía, la geografía, la antropología, la arqueología, la sismología, la historia de la medicina, la medicina, la química, la conquiliología, la astronomía, la meteorología… en fin,  el paso fluido de las humanidades hacia las ciencias de la tierra o hacia las ciencias de la vida o de la sociedad, o hacia la riqueza psicológica individual.

Revistas más importantes

Dentro del universo de publicaciones periódicas interesadas en temas científicos, más destacadas existentes en el Chile decimonónico, podemos mencionar las siguientes: Anales de la Universidad de Chile, Revista Chilena de Historia Natural,  Revista de Marina, Revista de Ciencias y Letras, El Boletín de la Agricultura, El Agricultor, Revista del Pacífico, Revista de Valparaíso,  Revista de Santiago, Revista Chilena, Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile, Annales de Chimie et de Physique, Actes de la Société Scientifíque du Chili, Anales de la Sociedad de Farmacia de Santiago, Revista Médica de Santiago, Revista Médica de Chile, Anales del Instituto de Ingenieros  y otras. A continuación, analizaremos algunas de ellas,  para  apreciar  las  características  de  la  prosa de las mismas, así como para reflexionar sobre sus contenidos científicos y su impacto en la  sociedad chilena de la época, o en cuanto al rol social de las mismas y a su eventual contribución a la idea de nación.

Anales de la Universidad de Chile

Esta publicación periódica, obedece a la necesidad  de contar con un precedente en el tiempo, que permita la difusión  de las  investigaciones y del trabajo propio de la actividad académica en general de la Corporación. Justamente el primer número que ve la luz en 1846, da cuenta de las primeras actividades administrativas, docentes e institucionales de la Corporación, además de algunas memorias; v. gr.: la de Domingo Faustino Sarmiento referente a la ortografía, la de José Victorino Lastarria sobre la influencia de la conquista y del sistema colonial, entre otras.[8]   Dicho medio, pretende en la práctica, actuar  como elemento difusor de la gestión gubernativa y universitaria, en todo lo relacionado con la instrucción pública.[9] Persigue, además, el propósito de incrementar el conocimiento de la población en general, y actúa a su vez, como medio para presentar los trabajos más destacados de las distintas facultades, las disertaciones, las memorias y las  tesis de los profesores, investigadores y egresados. Dicho órgano de comunicación de la Universidad de Chile, trasunta una fuerte presencia de artículos de los propios académicos del plantel y de  muchos  investigadores extranjeros; así, se destacan los trabajos de Andrés Bello (polígrafo, jurisconsulto y educador) o de Ignacio Domeyko (Ing. Minas), o de  Miguel de la Barra (Fundador de  SNA); o también los ensayos de  Antonio Varas,  (Educador),  o  de Joaquín Vallejos (Estudioso de la cultura); o de botánicos tales como Claudio Gay, Rodulfo Amando Philippi o Federico Philippi; o de médicos como Guillermo Blest, Lorenzo Sazie, Francisco Fonck o Luis Lecornec;  y de abogados como Miguel Güiñes; o de estudiosos de la geografía como Guillermo Cox o  Paulino del Barrio; y en el plano de la política y de las ciencias  humanas,  las comunicaciones  de  José   Victorino  Lastarria,  llaman poderosamente la atención, entre tantos y tantos otros.

En  cuanto a las características fundamentales del discurso utilizado en  los Anales; se observa que éste es esencialmente directo, propio del lenguaje culto, analítico, descriptivo, con visos comparativos en cuanto a los procedimientos y análisis de determinados tópicos. Y puede decirse que si bien emplea la terminología específica, de  acuerdo a la disciplina del tema que se está tratando, no persigue la sofisticación ni  el exceso terminológico disciplinario; más bien se enmarca en la mesura a la hora de utilizar las nociones, símbolos y fórmulas características, de lo que hoy se denomina “jerga científica”. Y por cierto, persigue el claro propósito de abarcar una amplia gama temática con alta excelencia académica; tanto en el plano de las ciencias exactas como en las áreas sociales y humanistas; además, muestra un cierto correlato con otros medios de difusión científica de esta era, en especial, en cuanto a divulgar toda clase de procedimientos prácticos y de conocimientos útiles a la población, en que están empeñados los otros medios. Tales como por ejemplo, mejorar la salud pública, proteger la masa ganadera, dar cuenta de las posibilidades de industrialización de tal o cual referente de nuestra flora, atender los requerimientos de jurisprudencia legal, mostrar nuevos ensayos literarios, y los adelantos en ciencias naturales, geografía, geología,  meteorología, sismología y  otros.

Para comprender mejor el estilo discursivo de los Anales y para formarse una idea de la enorme amplitud de los temas que aborda dicho medio, resulta conveniente mencionar algunos de los trabajos publicados y luego  focalizar la atención en algunos de ellos. Ante la imposibilidad de cubrirlos todos, mencionemos al menos, a manera de ilustración, trabajos como los siguientes: “Memoria sobre los temblores de tierra i sus efectos en jeneral i en especial los de Chile”, de Paulino del Barrio (Marzo 1855); o bien: “Observaciones  relativas  a  la  lonjitud  de  Santiago”, de Carlos Moestá (T. XII, 1856); o en el mismo tomo y año, el trabajo de Rodulfo Amando Philippi: “Descripción de algunas plantas nuevas chilenas”; o bien otro artículo del mismo científico: “Estadística de la flora chilena” (T. XIV, 1857). O bien, el trabajo colegiado de zoología: “Descripción de una nueva especie de pájaros del jénero Thalassidroma”, de R. A. Philippi y L. Landbeck (T. XVIII, 1er Sem. 1861); o el ensayo: “Aguas Minerales. Breve noticia sobre varias  de ellas descubiertas en la Cordillera de Llanquihue”, de Francisco Fonck (T. XXXII, 1er Sem. 1869); o el breve ensayo de medicina: “Algunas consideraciones sobre los hospitales de Santiago”, de Constancio Silva. (T. XXXVIII,  1er Sem. 1871). También es muy significativa la comunicación de Guillermo E. Cox: “Viaje a las rejiones septentrionales de la Patagonia. 1862-1863”; porque muestra la preocupación de los cultores de la geografía y las ciencias de la tierra, por las características geográficas de una zona en que todavía no está muy definida la posesión de dicha región, ni por parte de Argentina ni de Chile (T XXIII, 2do Sem. 1863). Y en cuanto a relevancia, lo propio se puede decir del ensayo: “Memorias extractadas de los Annales de Chimie et de Physique, del mes de Marzo de 1856”, de Angel Vásquez (T. XIV, 1857).

Al  analizar alguno de los trabajos mencionados, por ejemplo el de Paulino del Barrio, se observa que el autor  utiliza un modus operandis que se caracteriza porque parte dando cuenta de todo el estado de la cuestión  acerca de los fenómenos geológicos conocidos como “temblores de tierra”, explicando las propiedades de las oscilaciones de los mismos, los ruidos que lo acompañan y haciendo una completa clasificación de éstos; así como también el autor precisa los lugares geográficos en que tales fenómenos geológicos  son más frecuentes, tanto en Europa, como en el Nuevo Mundo y las teorías que explican dichos fenómenos. El autor expone las características de los temblores en estos términos: “En Santiago de noventa i dos temblores observados en tres años, veinte i dos han sido precedidos i diez i nueve seguidos de cambios en el estado del cielo; números aun  mui  reducidos  i  que  juntos  no  alcanzan  a  dar siquiera   la  mitad  del  número  de  observaciones.  Respecto  de  la  relacion  que puedan tener con el estado del cielo he aquí lo que resulta de esas mismas observaciones:

Con el cielo despejado………………….51.

“          “     celajado…………………..21.

“          “     nublado…………………. 16.

“          “     lloviendo………………… 4.

“         “     neblina…………………….. 1.

I como poco mas o menos esos números representan el estado atmosférico de Santiago, se deduce que no hai relacion alguna entre la verificación de los temblores de tierra……” [10]

En los años sesenta, del Siglo XIX chileno,  los Anales  parecen estar muy interesados en la presentación de los resultados de diversos estudios sobre el universo biótico e inorgánico existente en el país. Así se observan trabajos sobre topografía de Amado Pissis; sobre  mineralogía de Carlos Huidobro y de Domeyko; o de taxonomía de Rodolfo A. Philippi, de Luis Lambeck y de Volckman; o noticias sobre aguas minerales descubiertas en la Cordillera de Llanquihue, por Francisco Fonck, o  informes de exploraciones como las de Guillermo Cox, a la Patagonia,  o la de Leoncio Señoret  (Oficial de la Armada de Chile) al Rio Rapel y al puerto Tuman, entre tantos otros trabajos.

En cuanto a la comunicación de Fonck, por ejemplo, cabe destacar que es altamente relevante puesto que implica una especie de confirmación de la tesis popular que sostiene que en el Sur de Chile existen saludable y abundantes aguas termales.  Y en especial, porque a la fecha, las aguas de Petrohué y otras que describe en su comunicación, eran totalmente desconocidas y su acceso era muy dificultoso,  y al parecer, él llego por vía fluvial.  Así en un momento de su prosa Fonck señala:

Agua de Petrohue. De seis a ocho cuadras mas arriba de la boca del rio Petrohue (el desaguadero de la laguna de Todos los Santos, que desemboca en el mar en el fondo de la ensenada de Reloncaví), a mano derecha subiendo el rio i luego después de haber pasado, en la orilla opuesta, unas paredes verticales de aspecto mui notable formadas por columnas de traquita, se halla el baño de este nombre.[…]  El agua no es mui abundante; la temperatura del chorro, al nacer de la tierra, es de 60º; el pozo es mas tibio; el agua es sin olor; su gusto es agradablemente refrescante.[…]” Y mas adelante como buen médico las recomienda: “…sea en baño, sea en bebida, para todas las formas de reumatismo crónico; para parálisis reumático i local, i para las de orijen central en cierta época; para escrófulas, varias enfermedades cutáneas, caquexia mercurial, algunas formas de sífilis constitucional, sobre todo, si ésta está complicada con la precedente; para infarto crónico de la matriz i otras enfermedades análogas….”[11]

Así, este medio, apoyado  por su enorme equipo de estudiosos, académicos y científicos rigurosos,  va asentando nuevos referentes florísticos, arbóreos, zoológicos, mineralógicos o hídricos, en general, en el imaginario colectivo en construcción del país, y deja de manifiesto las peculiaridades de tal o cual punto geográfico, de tal o cual roca o mineral, como algo propio de lo chileno y de lo identitario nacional.

Revista Chilena de Historia Natural

Este medio es fundado por Carlos Porter, en 1897, en Valparaíso; con su propio peculio y sin ayuda de ninguna índole. Su Director sabía muy bien que no fundaba una revista para lucrar, sino para divulgar en la región y en el país, los conocimientos especializados generados por las distintas disciplinas  científicas, y además para que los autores pudieran efectuar nuevos contactos científicos. Los distintos números van dejando de manifiesto un acopio de investigaciones sobre Ciencias Naturales, Arqueología, Ornitología, Ictiología, Botánica, Zoología, Antropología, Geografía, Antropología y Bibliografía científica, entre otras: con lo cual se continúa la identificación del universo biótico del país, que había principiado con Gay.

En lo relativo al estilo de redacción, la revista se caracteriza por su lenguaje simple y bien acotado hacia temas de punta, propio de las ciencias naturales, en disciplinas como las ya mencionadas, e incluye además comentarios y artículos de resúmenes de obras científicas importantes tanto del país como del extranjero.  También es significativo el hecho de que este medio, se propone difundir trabajos de ciencias de la vida que no habían sido debidamente atendidas aún en nuestro país, tales como cuestiones de Ecología, Ecofisiología, Ecología de Poblaciones, Biogeografía y Paleobiología, entre otras.

Entre los autores nacionales que periódicamente escriben en este medio se destacan Federico Albert (temas forestales), Luis Vergara Flores (Antropología), R. A. Philippi (Botánica), Federico Delfín (Ictiología), Carlos Porter (Entomología), Edwin Reed (flora y fauna) y  Filiberto Germain (Entomología), entre otros. Y entre los colaboradores del exterior figuran el zoólogo Lorenzo Camerano, de Italia y el entomólogo Filipo Silvestri, de Argentina; los académicos Jean Pérez, E. L. Trouessart, y E. L. Bouvier; todos de Francia; Ignacio Bolívar, Santiago Ramón y Cajal y Salvador Calderón, de España; y el botánico F. W. Neger, de Alemania, entre tantos otros.

Este medio, toda vez que  es un órgano científico que ve la luz en la región de Valparaíso, presenta numerosos estudios vinculados a los referentes orgánicos de dicha zona, y por lo general, corresponden a  diagnosis de exponentes endémicos y exógenos de  la flora y fauna chilensis; en especial de localidades tales como: Valparaíso, Viña del Mar, Quilpue, Olmué y Limache, entre otros, aunque por cierto no se agota en una mirada únicamente sobre la naturaleza de esta región. Ahora bien, entre los trabajos relativos específicamente a la región de Valparaíso, se observan, por ejemplo,  comunicaciones tales como: “Datos para el conocimiento de los artrópodos de la Provincia de Valparaíso”, “Excursión entomológica al Valle de Marga Marga”, Contribución   a   la   flora   fanerogámica   de   la   Provincia   de  Valparaíso, Contribución  a  la  fauna de la  Provincia de  Valparaíso, Herborizaciones  en  la  Provincia de Valparaíso… entre tantos otros. En la última de las comunicaciones mencionadas, se da cuenta de los diversos exponentes arborescentes y matorrales de la zona de El Salto, en las afueras de Viña del Mar; v. gr.: “Estos terrenos son el lugar apropiado para el crecimiento de la Palmera indíjena (Jubea spectabilis), que junto con algunas especies de Bromeliáceas (Puya, Bromelia) dan un carácter típico a la vejetación. En los lugares húmedos, poco espuestos al sol i en el fondo de las quebradas crece en gran cantidad el Peumo (Crytocaria Peumo) que es la especie arborescente que domina en los matorrales; le acompaña el Molle i el Litre. En los sitios mas asoleados crece también el Boldo (Baldoa fragans) y el Quillai (Quillaja saponaria)”.[12]

Y entre los autores que realizan  estudios vinculados al universo biótico de la región y/o del Chile de la época, se ubican:  Johow y R. A. Philippi, con trabajos  en botánica;  Albert, en temas forestales, de ornitología y de ecología;  Delfín en ictiología; Reed, en cuanto a tópicos sobre la flora y fauna;  y, por cierto, las aportaciones sobre  entomología del propio Porter.

 

Revista Chilena

Este medio se funda en la ciudad de Santiago en 1875. Sus directores son los Señores Miguel Luis Amunátegui y Diego Barros Arana. El Editor General y sostenedor económico es Don Jacinto Núñez.

La Revista Chilena posee un carácter más literario que científico, pero en la práctica no deja de lado las exposiciones sobre temas científicos.  Y en rigor, más bien las solicita expresamente, tal como se observa en el primer número, en el que se hace un llamado “a todas las personas que en Chile se ocupan de ciencias i de letras”[13] para hacer llegar sus contribuciones a la dirección de dicho medio. Sus notas más relevantes son: una cierta línea editorial de corte latinoamericanista, un manifiesto apoyo y divulgación a las ideas positivistas en boga, y el claro rasgo de un pluralismo fuerte que se observa en la diversidad de pensamiento de sus columnistas y críticos, tal como se señala de partida también en el primer número: “La  Revista Chilena no patrocina ningun órden de ideas en particular, ni excluye las opiniones de cualquiera clase […]”[14]

Entre los columnistas más frecuentes de esta publicación periódica, se destacan Miguel Luis Amunátegui, Diego Barros Arana y Eduardo de la Barra; también Jorge Lagarrigue, Rodulfo Amando Philippi, Benjamín Vicuña Mackenna, José Victorino Lastarria, Benicio Álamos González, Ricardo Passi García, Marcial González y otros; muchos de los cuales difunden las ideas positivistas en el país. Es el caso de Lagarrigue, Lastarria y Passi, quienes aparecen como traductores destacados de las obras de Comte y como animosos difusores de las ideas positivistas, especialmente en lo referente a las nociones de progreso, a las leyes de la Historia y a la idea de ciencia que manifiesta el autor francés; y también como defensores a ultranza de la separación entre la Iglesia y el Estado, o en cuanto a propiciar la educación para la mujer.

Llama la atención, por otra parte, la abundante cantidad de trabajos vinculados  a  la economía, que presenta dicho medio; entre éstos: “La moral del ahorro”, de Marcial González; o temas médicos como “La profesión médica”, de F. M. Martínez; y temas de educación como los trabajos de C. González Ugalde; descuellan claramente entre estos tópicos. Además están los temas poéticos, literarios y otros sobre el uso del idioma español.

Pero no sólo las ciencias sociales están presentes en sus páginas, también los contenidos de la ciencia empírica, tal como ya se ha mencionado. Así, entre los tópicos abordados en este campo, se destacan por ejemplo, en el primer número, la comunicación arqueológica: “Algo sobre las momias del Perú”, de R. A. Philippi; así como un interesante trabajo de Bello, referente al método científico  y su vinculación con la física, que hoy podríamos ubicar en los tópicos  relacionados con la metodología científica, o con las consideraciones epistémicas de las ciencias duras.[15] También se observan trabajos de historia de la medicina; v. gr.: “Los asilos de enajenados”, de Augusto Orrego Luco; con lo cual el espectro de disciplinas que cubre esta publicación, es bastante amplio. El énfasis positivista de este medio, se aprecia en especial, por la sostenida apología  que realiza para sensibilizar a sus lectores sobre  la conveniencia de otorgar educación cada vez más especializada a las mujeres. En este ámbito, por ejemplo, es muy relevante el ensayo de Ernesto Turenne: Profesiones científicas para la mujer, que aparece en el Tomo VII, de 1877. Éste es un extenso ensayo que analiza detenidamente la conveniencia de contar con la participación femenina en el ámbito profesional, sin exclusiones de ninguna carrera en especial. Esto es muy audaz para la época, pues recuérdese que todavía en las primeras décadas del siglo veinte se ve despectivamente la participación femenina en el mundo laboral. Al respecto, este mismo artículo nos permite apreciar parte de la prosa característica de esta revista; v. gr.: Turenne señala: “Educad a la mujer, i por este medio educaréis mejor al  pueblo: los conocimientos adquiridos sobre rodillas de la madre no se olvidan jamás, aun las supersticiones mas absurdas. Las nociones mas sencillas de la higiene, esa pequeña medicina del hogar, es un exelente  conjunto de preceptos  jenerales que toda madre debiera inculcar diariamente a la familia en sus multiplicadas lecciones caseras.” [16]

Tales ideas, son parte de una nueva mentalidad que está eclosionando en el país; no en balde se difunden casi alternadamente, en los distintos tomos de la Revista Chilena, las nociones positivistas y los argumentos para que la mujer participe de la educación “superior” (esto en su época, aludía a lo que hoy denominamos enseñanza media). Así, por ejemplo en el mismo Tomo ya mencionado de esta publicación, aparecen artículos de clara tendencia positivista, tales como “Las leyes de la historia” y “La teología i el positivismo o don Zorobabel Rodríguez juzgando a don José Victorino Lastarria”, ambos de Juan Enrique Lagarrigue; los cuales prácticamente se alternan en el índice del Tomo VII, junto a los trabajos mencionados de Turenne. Y también, ensayos breves de Juan Enrique Lagarrigue nuevamente: “El buen sentido de una mujer”. Pero en todo caso, el lector debe tener presente que  éste medio es uno de los pocos que se interesa por la educación de la mujer, y que en su época la mayoría  iba a contrapelo de dicha postura. En efecto, todavía en los inicios del Siglo XX, encontramos gran cantidad de comunicaciones que continúan hablando sobre la inferioridad de la mujer. V. gr., en una Tesis de Licenciatura presentada en el año 1916, se señala claramente que la genialidad es algo esencialmente masculino y que la mujer va muy atrás en estos aspectos. Y en esta misma publicación además, se hace constar que la mujer  es mucho más débil para controlar sus sentimientos, y que por tanto, es un mero referente humano, que se ubica entre el niño y el hombre adulto.[17]

La prosa de la revista,  se caracteriza por la utilización de un lenguaje sencillo, en el que se privilegia el verbo por sobre las fórmulas o la terminología disciplinaria específica. Es amena, culta, llana, sin sofisticaciones, más bien alejada de los aspectos cuantitativos y altamente expositivos. Aborda los temas desde la perspectiva narrativa ad ovo, con un fuerte dejo literario e historicista. Es esencialmente crítica y analítica. Trasunta un espíritu tolerante y propicia la innovación en educación, el cambio social y la regeneración moral de la sociedad; ello, por la vía de la manutención del orden y de la expansión del saber científico.

 

El rol social de las mismas

Las revistas científicas decimonónicas en Chile, fueron muy importantes y útiles en su momento; tanto por el apoyo que entregaron a la comunidad científica en su fase de institucionalización, o a las autoridades gubernativas, así como a la población en general, principalmente por su carácter educativo y pragmático, cuanto por su énfasis levemente especializado y de entretención; además de ir dejando de manifiesto en el universo de los lectores, la tácita aceptación de la existencia de las primeras entidades interesadas por el conocimiento científico y su compromiso o articulación con el Estado; v. gr.: El Instituto Nacional, la Escuela de Medicina, la Escuela de Obstetricia, la U. de Chile, la Escuela de Artes y Oficios, la Oficina del Plano Topográfico, el Observatorio Nacional, el Museo Nacional de Historia Natural,  la Escuela de Minas de La Serena o la Oficina Hidrográfica de la Marina, entre otras.

Empero, la relevancia de estos primeros órganos comunicadores de la actividad científica y cultural, no se agota en el mero hecho de informar sobre la consolidación de ciertas corporaciones científicas que van apareciendo en el país; también radica en el hecho de que los mismos, actúan como sinopsis y como pequeñas radiografías de los logros científicos y de las aplicaciones tecnológicas que van acaeciendo en nuestro país.   En cuanto a lo primero, esto es en relación a la difusión de los avances científicos, dichas notas presentadas en sus páginas,  van articulando un apoyo generalizado hacia la comunidad científica y actúan como un medio que posibilita las sinopsis informativas de cada especialidad. Además, van actualizando la bibliografía científica de las distintas disciplinas que vienen perfilándose en el país.  Por ello, es comprensible que los sabios y estudiosos del Siglo XIX, los docentes y los polígrafos en general, esperaran ansiosos  los últimos números de las distintas publicaciones en curso. Además, dentro de este aspecto que beneficia cognitivamente a la comunidad especializada, queda de manifiesto que tales medios permiten la actualización disciplinaria y posibilitan el conocimiento y contacto de los autores que están en los distintos campos del saber; v. gr., como lo que acontece con las comunicaciones que dan cuenta de nuevos lepidópteros en Valparaíso, o con nuevos dípteros descubiertos en los bosques de Valdivia, por ejemplo, que fortalecen la naciente entomología nacional; o con la divulgación de las nociones de homeopatía en las revistas médicas, o la difusión de las nociones de asepsia de Lister, que son rápidamente introducidas en la medicina chilena. Así, el fortalecimiento de los contactos entre los profesionales y autores que escriben en estos medios,  va creando lo que hoy denominamos redes de intelectuales y fortalece la imagen gremial de la ciencia, dentro de la sociedad de la época, como  una  actividad que se percibe apoyada y avalada por el Estado y orientada hacia el desarrollo de la industria, de las artes y en especial, como el medio más adecuado para la obtención del progreso del país.

En cuanto al alcance y beneficio que entregan estos medios,  a los distintos sectores sociales relativamente preparados para seguir una lectura cuidadosa y comprensiva de los mismos, el caudal de aportes y beneficios no se agota en  el plano de los aspectos pragmáticos que tratan, si bien éste rol práctico es muy relevante,  no se pueden olvidar otras facetas. Así por ejemplo, en cuanto al espíritu utilitarista, éste efectivamente es un eje editorial tácito, por así decirlo, toda vez que los contenidos cognitivos presentados en estos medios, satisfacen las carencias informativas y de divulgación que esperan los ciudadanos cultos o relativamente bien informados de la época, quienes  anhelaban conocer sobre  una amplia diversidad de tópicos, así como también deseaban estar al tanto de  las aplicaciones prácticas de los últimos descubrimientos científicos de las ciencias de la vida o de las ciencias de la tierra, por ejemplo. Por eso, se comprende que revistas como los Anales de la Sociedad de Farmacia de Chile, dejen constancia en sus páginas, del carácter pragmático y utilitarista de la ciencia y del télos orientado hacia el progreso que anima a estos medios, por ejemplo en estos términos: “La ciencia debe ser útil y fecunda y para que lo sea, debe encaminársela por la senda del bien… Progreso en la ciencia, en el arte, comodidad y bienestar para la generalidad”.[18]

Lo anterior, deja de manifiesto el ánimo de los autores de hacer extensivos  los conocimientos disciplinarios específicos, hacia la búsqueda de  soluciones prácticas en el medio químico, agrícola, forestal, mineralógico, o productivo en general; ello con la esperanza de llevar dichas adquisiciones rápidamente hacia  las distintas situaciones emergentes de la  vida urbana y rural. Dichos criterios, propios  de la política editorial de la mismas, sumados a las características específicas del discurso de estos medios, que es más bien directo, llano y con explicaciones muy didácticas acerca de  los avatares de la investigación científica y de sus nuevas adquisiciones en los distintos campos disciplinarios, parecen haber sido la base de su éxito. Por eso, no es extraño encontrar en las páginas de estos órganos de difusión, comunicaciones tales como:  procedimientos caseros para exterminar las ratas, resultados prácticos de algunas investigaciones de zootecnia, informaciones sobre el uso el gas como combustible en las ciudades europeas, descripciones de coleópteros de Valparaíso o de otras regiones de Chile, el avance de la medicina homeopática en la comunidad médica, características del cráneo de habitantes de pueblos primitivos de la zona norte, diagnosis de nuevos dípteros observados en los bosques de Valdivia,  la importancia de la técnica de la asepsia, descripciones de himenópteros del Valle de Aconcagua, consejos para protegerse del cólera, preocupación por la higiene y salubridad y otros. Y en relación temas más específicamente vinculados a la agricultura o al mundo rural, se observan comunicaciones tales como: mecanismos para protegerse de la araña del trigo, procedimientos para determinar la preñez de las vacas, técnicas para eliminar el polvillo negro del trigo, técnicas elementales para preparar la mantequilla, la dependencia alcohólica de los campesinos, análisis del naciente fenómeno de la emigración campesina a otras zonas del país, entre otros. Temas todos, que constituyen un verdadero mosaico del incremento cognitivo del período que bombardea la psiquis del lector medianamente culto e interesado del Chile decimonónico.

Una de las revistas misceláneas que toca temas científicos de la época y que los difunde notoriamente es la Revista de Sudamérica, medio que comienza a aparecer desde 1861 con la participación de Juan Ramón Muñoz y Manuel G. Carmona. Sus páginas aluden a tópicos tales como: el origen de la población de América, el carácter peruano, la domesticación del avestruz, memorias de  los  miembros de la Sociedad de Amigos de la Ilustración, asuntos comerciales, biografías  de  americanos  relevantes,  temas  de   medicina,  de  Hidrografía,  de Geografía, apuntes de viajes, navegación submarina,  temas de historia, poesía y otros.[19]

Pero no sólo las revistas científicas provenientes de la civilidad son esperadas por los intelectuales y estudiosos del período, también hay algunas que provienen de instituciones militares tales  como el Anuario Hidrográfico, órgano de la Oficina Hidrográfica, o la Revista de Marina, ambas de la Marina de Chile, que además de difundir los conocimientos especializados referentes a la navegación, aportaciones hidrográficas y meteorológicas, o la tecnología de torpedos y a los asuntos normativos e institucionales que les son propios, también presentan artículos y notas referentes a tópicos de interés de la comunidad científica nacional o asuntos de interés social y cultural. Por ello no es extraño observar en sus páginas,  clasificaciones de especímenes de la flora y fauna de diversas regiones del país, así como  temas de salubridad e higiene, o estudios costeros e hidrográficos sobre las diversas regiones del país. Así por ejemplo, en cuanto a la Región de Valparaíso, traigamos a presencia los Informes sobre las Rocas de Concón, de la Caleta Ritoque, o los de las Playas de Las Salinas, de Viña del Mar, de la Punta de Playa Ancha; o bien los estudios sobre  las características de la Costa de Quebrada Verde, o sobre la Playa y el Estero de Reñaca, entre tantos otros que aparecen en sus páginas.[20]

Luego, gracias a la divulgación de notas sobre ciencia y tecnología, y sobre las características del cuerpo físico del país en general, que realizan estos medios, se hace posible aprehender  el conocimiento que se encontraba solamente en los libros; permitiendo vulgarizar los contenidos cognitivos para llevarlos a un público más heterogéneo, tal como ya lo ha destacado Manuel Calvo: “A lo largo del siglo XIX, la divulgación va adquiriendo una doble característica de información y de distracción. La ciencia se convierte en tema de novelas, y se publican libros sobre la naturaleza, la vida, el universo, etc.”[21] Esto es, que las revistas decimonónicas que nos interesan, van siendo aceptadas como medio convencional y práctico para el saber y la instrucción en el Chile decimonónico, y se perciben claramente en el marco social como un medio coadyuvante de la educación y un eficaz elemento articulador de lo identitario nacional.

Su aporte a la idea de Nación

Los autores y científicos de las instituciones ya consolidadas y muchos otros exponentes de la vida pública nacional, que escriben en los medios ya mencionados, en rigor, cumplen una doble tarea epistémica: primero captar la naturaleza vernácula y las especificidades del marco social, y luego, difundir un imaginario de las mismas. Así por ejemplo, los artículos y notas de sabios tales como Gay, Domeyko, Pissis, o R. A. Philippi, F. Philippi, e  incluso también  los trabajos de las revistas de la Marina, gracias a las comunicaciones de Vidal Gormáz, Leoncio Señoret y otros oficiales de la Armada de Chile, van generando un reconocimiento del cuerpo físico y de una  representación cartográfica, hidrográfica, orográfica y geográfica del país,  que termina por ser aceptado en la comunidad como algo propio, como algo característico de “lo chileno”. Así, los lectores, al descubrir estas descripciones referentes a porciones  de la naturaleza local o regional, van construyendo un imaginario del relieve y de las vicisitudes del territorio nacional, a partir de las descripciones de los deslindes naturales, de los volcanes, de los cajones cordilleranos, de las aguas termales, de las regiones costeras, de los golfos, de los archipiélagos e islas ligadas al territorio y de las peculiaridades del cuerpo físico en general del país,  que van apareciendo en dichos medios. Con ello se va imbricando un imaginario social, en el que los sujetos  reconocen y aceptan como algo propio de un vasto territorio común. Ello, sumado a las notas y artículos sobre los referentes orgánicos, o al conocimiento de la diversidad y propiedades de los  referentes  endémicos y exógenos que tienen su habitat en el territorio; como por ejemplo -y nada más a manera de ilustración- : A mamíferos tales como: el puma (felis concolor), el pequeño pudú (cervus pudú), el zorro chilote (canis fulvipes), el murciélago orejudo (stenoderma chilensis), la nutria (lutra felina), el chingue (Conepatus Chinga); o insectos isópteros como la termita chilena (termis chilensis); o a ortópteros, como el caballo del diablo (Bacteria spatulata); o coleópteros, como el Cantharis Marginicollis o el Ovilpalpus pubescens. Y a aves, tales como, el cóndor (Sarcoranphus condor), la tortolita cordillerana (Columba auriculata), el pato de la cordillera (Raphipterus chilensis), al tiuque (Caracara montanus), por citar algunos. O a  escualos como el Spinax Fernandezianus o el peje-perro (Trochocopus  canis)… En fin. En el ámbito de la flora, millares de variedades de especímenes han quedado consignadas en esa mirada de la naturaleza que nos han legado los sabios extranjeros y luego los autores nacionales de fines del siglo decimonono, que escriben en estos medios de difusión.  Son un vasto universo que aún no está totalmente estudiado y corresponde a una infinitud de árboles, arbustos, plantas y flores. Entre las plantas, recordemos al menos a la tuna (Opuntia vulgaris), al palqui (Cestrum parqui) o a las distintas variedades de la papa (Solanun tuberosum) existentes a la fecha en Chiloé. Entre los árboles podemos pensar en la palma chilena (jubea spectabilis), en el quillay (quillaja saponaria), el arrayán (Myrtus coquimbensis), la luma (Myrtus luma), o el espinillo (Acacia cavenia), el lingue (Persea lingue), o el Canelo (drimys winteri), entre tantos otros exponentes de la flora chilena. Todos los cuales, sistemáticamente aparecen descriptos tanto en la bibliografía científica del período, como por ejemplo en las obras de Gay que están apareciendo desde la década del cuarenta, o en las de Philippi desde la década siguiente, y además de manera sucinta y más acotada, aparecen también en las revistas de difusión científica; por ejemplo, en los Anales de la Universidad de Chile, en la Revista Chilena de Historia Natural e incluso en el Anuario Hidrográfico de la Marina.  Por tanto, desde la perspectiva del lector medianamente culto de la época que tiene acceso a estos órganos, prácticamente se encuentra percibiendo un  universo novedoso,  un desfile de especímenes y de referentes bióticos, que va internalizando como existente en el territorio y que termina por aceptar como algo propio del cuerpo físico del país y de lo chileno. De modo que estos medios, contribuyen así a asentar una visión de la naturaleza ligada a la sociedad del período, y a una “consustancial toma de conciencia del valor del propio país”.[22]

 

La difusión de los trabajos de todos estos autores, así como la publicación de los resultados de sus exploraciones, investigaciones y descripciones de los distintos referentes de la flora y fauna chilensis y de las peculiaridades del cuerpo físico de nuestro territorio, sumado a la descripción de escenas y situaciones sociales de esta lonja de tiempo, van articulando una visión de la naturaleza del país y una noción de pertenencia al mismo; ora  en los círculos académicos, en los exponentes de la clase política y en general en los intelectuales de la joven República de Chile. Así, se va imbricando en los lectores y en los sujetos con los cuales éstos interactúan, un  cierto perfil de nación, un imaginario en construcción, una percepción colectiva de pertenecer todos a una natio, a un lugar de nacimiento común que posee las características de una flora y fauna  señaladas por los sabios que están recorriendo el territorio. Y dicha percepción, se retroalimenta a si misma, en tanto los sujetos  ven también escenas sociales y costumbres, que aparecen dibujadas o escritas en estos medios y con las cuales se identifican. Así,  con la ayuda de la interacción social, se articula colectivamente la idea de  pertenecer a un locus geográfico común, en el cual se participa -no tanto aún como ciudadano – sino más bien como individuo que pertenece a un territorio común, superando las diferencias regionales y aceptando la diversidad geográfica de dicho cuerpo físico. Pertenecer a una nación, tal como la ha destacado Mizón,  es participar en una identidad común y formar parte de un grupo humano que vive en un territorio determinado.[23] Y en este sentido, las revistas científicas decimonónicas en Chile, contribuyen a aunar dicho sentimiento de pertenencia. Dicha tarea, es reforzada al mismo tiempo, con la aparición de los datos de ordenación cuantitativa y administrativa; esto es, con el apoyo estadístico y cartográfico que se observa en estos medios, principalmente en los Anales de la Universidad de Chile y en el Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile entre otros. Con ello, se va cerrando racionalmente el cuadro de aceptación del universo donde se vive. El dato duro, superpone el delta lógico y cuantitativo al imaginario que se ha venido construyendo, a la visión de la naturaleza ya alcanzada. Ello, es la matematización de la intuición de  pertenecer a un corpus físico colectivo. Por lo anterior, se comprende que muchos científicos que escriben en estos medios, estén muy ligados a las tareas de recolección de datos, o que incluso sugieran a las autoridades de gobierno, que  hagan encuestas y censos sobre diversos factores de interés científico, administrativo, industrial y económico, como lo plantea Gay y otros sabios, por ejemplo. Con razón, ya en 1843, se formula la ley que crea la Oficina de Estadística y diecisiete años después, el director de dicha Oficina, Don Santiago Lindsay inicia la publicación del Anuario Estadístico.[24] Es que la difusión de cuestiones  culturales y el conocimiento disciplinario, llevan de suyo un nivel de información que requiere ser cuantificado; en especial por la propia naturaleza de la actividad científica, y en parte por el aspecto utilitario implícito, para la posterior toma de decisiones administrativas, normativas o políticas. V. gr. una vez que se ha logrado la radiografía del cuerpo físico o gran  parte de ella,  las autoridades tienen la información cartográfica, orográfica, potamológica y topográfica respectiva, que es relevante para la construcción de caminos, para fijar los límites provinciales o departamentales, para la erección de pueblos, o para el fomento y explotación de tal o cual recurso natural, o incluso para desplazamientos y acantonamientos militares si fuere el caso. De manera que las revistas científicas que comentamos, en tanto se insertan en el marco social, contribuyen a difundir una visión de la gea y la naturaleza chilena  que va siendo internalizada y aceptada por la población como algo propio, como un sustrato en el que se  van superponiendo otros aspectos del imaginario en construcción.

Ahora bien, dicha mirada entregada por estos medios  con tales características, a su vez, es enseguida aceptada por la comunidad científica europea e internacional, en tanto sus exponentes consideran que ha sido debidamente aprehendida, en virtud del cumplimiento tanto de las exigencias del método científico en general, cuanto de la parsimonia de aproximación y encuentro con los observables. Y en este sentido, Chile es aceptado  en el universo de las naciones civilizadas, como un Estado-nación que tiene una naturaleza peculiar, donde hay sabios extranjeros que están dando cuenta de ella con el estatuto de rigor y objetividad convencionales. Por ello, no es extraño por ejemplo, que a fines del Siglo del Progreso, muchos científicos chilenos que trabajan en los campos de las ciencias de la vida o de las ciencias de la tierra y cuyos trabajos aparecen en los medios que hemos venido analizando, sean miembros de Sociedades Científicas de Europa. V. gr. tal es el caso, de Carlos Porter, fundador de la Revista Chilena de Historia Natural, quien recibe premios y reconocimientos en Estados Unidos y Europa; o del oficial de la Armada Francisco Vidal Górmaz, que recibe una medalla de oro en Exposición Internacional de 1875, en Santiago de Chile por sus trabajos cartográficos e hidrográficos sobre distintas regiones del país, y que también es miembro de distintas Sociedades Científicas internacionales.[25] Y lo propio corresponde decir de Claudio Gay, que es reconocido como miembro de la Academie des Sciences de Paris, en 1856, o de R. Philippi, miembro de las Academias de Turín, de Nápoles entre tantas otras; o de Domeyko, que es nombrado Miembro de la Academia de Ciencias de Cracovia y Doctor Honoris causis  de la Universidad de Jagellona, entre tantos otros reconocimientos.

Así, la divulgación cognitiva, es relevante para informar a los lectores particulares como a los agentes oficiales de los organismos de Gobierno. Por tanto, es muy conveniente recordar que la existencia, difusión y propagación de estos medios;  constituye una sólida base teórica que colabora  de manera significativa ora al desarrollo de la ciencia nacional, ora hacia el asentamiento de un imaginario colectivo sobre el cuerpo físico del país, sobre las vicisitudes geográficas, sobre los recursos hídricos y sobre la presencia de los referentes endémicos de la flora y fauna  chilensis, que tales medios difunden y sistemáticamente repiten en sus distintos números. El resto, la percepción del sujeto en dicho entorno, y específicamente la convicción de que se está efectivamente en un Chile con estos parajes descriptos por los sabios y naturalistas, se logra con la contemplación de tales referentes aceptados como coexistentes de un espacio y territorio en común y madurados por la interacción social y la educación sistémica.

Así, dichos autores participan activamente en la construcción de una idea geográfica de Chile, y en la presentación de una naturaleza matizada de peculiares especímenes endógenos y exógenos que existen en el territorio de la República, cuya difusión y sociabilización, es apoyada de plano por las autoridades políticas y administrativas de la época. Y con ello, se contribuye a fijar la estructura de un imaginario colectivo que es internalizado  por el ciudadano medio relativamente bien informado, gracias a la acción de los agentes sociales, políticos y culturales del período, quienes también leen, escriben y participan en estos medios. Esto es muy relevante, puesto que los actores sociales vinculados al mundo normativo e institucional en general del país, a mediados del Siglo XIX, son el núcleo duro –como lectores- al cual van dirigidos  estos órganos comunicacionales y científicos. Así por ejemplo, desde la década del cincuenta, los Anales de la Universidad de Chile, se envían a la Academia Militar, a la Biblioteca Nacional, a la Oficina del Plano Topográfico, al Observatorio Astronómico, a los Ministros, a las Cortes de Justicia, a los Intendentes, a los Jueces de Letras y a los Gobernadores, para que estos fomenten su lectura en sus respectivas oficinas.[26]  Y puesto que tales autoridades están imbuidas del ideario de alcanzar el progreso, por la vía de replicar los cánones de la civilización europea, de unificar por medio del discurso escrito, de expoliar la naturaleza para salir de la barbarie y la incultura; entonces, dicho ideario se trasunta en estos medios, que son también vías de comunicación de los exponentes de la clase política del período. Ello sugiere, que los exponentes de la clase política del período tienen una clara comprensión de la importancia de la ciencia, sea porque también  muchos de ellos tienen formación científica, o porque se codean con los sabios del período en reuniones sociales, o porque comparten trabajos y discusiones en las emergentes entidades educacionales y científicas del país, donde se hace constar que la ciencia es el mejor instrumento para el desarrollo y la inserción del país a la modernidad.    Así, los hombres de la res pública decimonónicos en nuestro país,  se movían cómodamente en el mundo de la ciencia como en el mundo de la política, “…pensemos en Andrés Bello, en Miguel Luis Amunátegui, en Diego Barros Arana, en Augusto Orrego Luco, en el doctor José Joaquín Aguirre; todos los cuales pasaron por nuestro Congreso Nacional o fueron Ministros de Estado.”[27] Y también podemos mencionar por ejemplo a  Benjamín Vicuña Mackenna, que en 1872 asume como intendente de Santiago, o a José Victorino Lastarria, que ya en 1845, destaca el estatuto científico de las enseñanzas de Domeyko, justamente en uno de los números de la Revista de Santiago y que luego en 1875 es elegido senador por Coquimbo.[28] Dicho maridaje o cooperación intelectual entre los exponentes de la cosa pública y los hombres dedicados a la apropiación cognitiva, es un fenómeno del período. Todo lo cual, sugiere que el Estado-nación, se va consolidando por el esfuerzo de sus preclaros hombres en el ámbito normativo, por las leyes que formulan, pero también por la aceptación social de los íconos, de las descripciones, del discurso y de los conceptos que los hombres de ciencia difunden en las revistas, en los Anales y en los Informes oficiales. En todos ellos, estos sabios, científicos y políticos, dejan claramente asentado en la cultura, la noción de diversidad de la flora y fauna chilensis,  su diversidad climática, sus distintos niveles geográficos, la peculiaridad de tipos sociales o las costumbres compartidas. Por tanto, de aquí, al salto de la generalización de dicho imaginario colectivo, solo hay un paso: la cohesión que entrega el sistema educacional para entender la ciencia como herramienta de ascenso social y de engrandecimiento nacional. Tal es el derrotero de la contribución silenciosa que estos sabios, polígrafos y autores de las revistas científicas, prestan a la consolidación del Estado-Nación.

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(*) Profesor de Estado en Filosofía, Mg. en Filosofía de las Cs., Dr. en Historia de las Cs., Docente e Investigador de la U. Tecnológica Metropolitana, Stgo., Depto. de Humanidades. Ha publicado diversos libros sobre el desarrollo de la ciencia en Chile y América. Entre sus últimos textos se destacan: La Visión de la Naturaleza en tres sabios del Siglo XIX en Chile: Gay, Domeyko y Philippi, Ed. Usach, Stgo., 2003, La Ciencia en el Chile Decimonónico, Ed.Utem, Stgo., 2005 y Una Aproximación al Desarrollo de la Ciencia en Nicaragua, Bravo y Allende Editores, Stgo., 2008.

zenobio@utem.cl


[1] González,  José  Antonio:   La   Compañía   de  Jesús   y   la   ciencia   ilustrada.  Juan Ignacio Molina  y la Historia Natural y Civil de Chile, Edic. Universitarias. U. Católica del Norte, Antofagasta, 1993.

[2] Cf.  Ossandón   B.,  Carlos:   “Prensa,  sujetos,   poderes  (Chile,  Siglo  XIX)”,   Rev.  Solar, Stgo.,  1997.

[3] Cf. Silva, Jorge Gustavo: Los Trabajos del Periodismo en Chile, Impr. Nacional, Stgo., 1929; p. 23.

[4] Las publicaciones del diario El Mercurio de Valparaíso del: 19-07-1842, 23-7-1842, 28-7-1842, 29-7-1842, 30-7-1842, 1-8-1842 y 08-08-1842, entre otras; ilustran claramente esta inquietud.

[5] Los lectores interesados en profundizar principalmente en las revistas literarias y culturales del Chile decimonónico, pueden ver: Silva Castro, Raul: El modernismo y otros ensayos literarios, Ed. Nascimiento, Stgo., 1965; pp.140-142. Y el trabajo de Vilches, Roberto: La revistas literarias chilenas del siglo XIX, Impr. Universitaria, Stgo., 1942; así como también en los trabajos de Ossandón, Carlos, tales como: “Prensa, sujetos, poderes (Chile, Siglo XIX)”,  Rev. Solar, Stgo., 1997. O bien: “Modos de validación del texto periodístico de  mediados del siglo XIX en Chile”, en la fuente electrónica:

http://www.uchile.cl/facultades/csociales/excerpta/modosnot.htm

[6] En cuanto a los aerolitos, vd. el trabajo de  Domeyko, I.; en: Anales de la U. de Chile,   T. XXV, 1864, 2do. Semestre, Impr. Nacional, Stgo., pp. 289-301.

[7] Sobre éstos tópicos, cf. La Revista de Chile,  Vol. III, Julio a Diciembre, Stgo., Hume i Cia., 1899, Stgo.

[8] Cf. Anales de la Universidad de Chile  correspondientes al año de 1843 i al de 1844, Impr. El Siglo, Stgo., Octubre 1846.

[9] Cf. Rebolledo, Antonia: “Consideraciones en torno a los Anales de la Universidad de Chile. 1842-1879”, Anales de la Universidad de Chile, Sexta Serie, Nº1, Sep.1995, Stgo., p. 24.

[10] Barrio,  Paulino  del:   “Memoria  sobre  los  temblores  de  tierra  i  sus efectos en  jeneral  i  en  especial  los  de  Chile”,  Anales  de  la Universidad de Chile,   Stgo., Octubre de 1855; p. 606.

[11] Fonck, F.: “Aguas Minerales. Breve noticia sobre varias de ellas descubiertas en la cordillera de Llanquihue”, Anales de la Universidad de Chile,  T. XXXII, 1869, Impr. Nacional, 1869; p. 413.

[12] Porter, Carlos: “Herborizaciones en la Provincia de Valparaíso. Escursion a El Salto en Noviembre de 1898”, Rev. Chilena de Historia Natural,  Año III, Nº 1-2, Enero-Febrero de 1899; p. 29.

[13] Rev. Chilena,  T. I.,  Jacinto Núñez Editor,  Imprenta de la República, Stgo., 1875,  pág. V.

[14] Ibidem.

[15] Bello,  Andrés:   “Del   método,  i   en   especial  del  que   es   propio  de   las investigaciones  físicas”, Rev. Chilena, T. I., Op. cit.; p. 188.

[16] Turenne,  Ernesto: “Profesiones científicas para la mujer”,  Rev. Chilena, T. VII, 1877, Jacinto Nuñez Editor, Santiago; p. 366.

[17] Cf. Munizaga Ossandón, Julio: La inferioridad intelectual de la mujer. Tesis de Licenciatura, Impr. Renacimiento, Stgo., 1916, pp. 25-33.

[18] Anales de la Sociedad de Farmacia de Chile, T. VI, Impr. del Correo, Stgo., 1873-1875., p. 43.

[19] Cf. Revista de Sudamérica, Año I, Nº1, Impr. del Universo de G. Helfmann, Valparaíso, 1861.

[20]  Cf. Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile, Año VI, 1880, Impr. Nacional,  Stgo., pp. 318-320,  344-346, 348-349.

[21] Calvo Hernando, Manuel: Periodismo científico; Ed. Paraninfo, 1977, Madrid; p. 85.

[22] Berríos C., Mario: Identidad-Origen-Modelos: Pensamiento Latinoamericano, Ediciones Instituto Profesional de Santiago, Santiago, 1988; p. 136.

[23] Mizón, Luis: Claudio Gay y la Formación de la Identidad Cultural Chilena, Ed. Universitaria, Stgo., 2001; p. 66.

[24] Cf.  Urzúa Valenzuela, Germán: Evolución de la Administración Pública Chilena (1818-1968), Ed. Jurídica de Chile, Stgo., 1970; p. 88.

[25] Vd. Catálogo Oficial de la Esposición  Internacional de Chile en 1875. Sección Primera. Materias Primas; Impr. y Librería del Mercurio, Stgo., 1875; pp. 88-89.

[26] Cf. Rebolledo, Antonia: “Consideraciones en torno a los Anales de la Universidad de Chile. 1842-1879”, Anales de la Universidad de Chile, Sexta Serie, Nº1, Sep.1995, Stgo., p. 26.

[27] Vergara Quiroz, Sergio: “Rasgos del Pensamiento Científico en Chile durante el Siglo XIX” , en: Cuadernos de la U. de Chile, Nº2, Stgo., 1983, p. 78.

[28] Cf.  Subercaseaux S., Bernardo: Lastarria, Ideología y literatura, Ed. Aconcagua, Stgo., 1981.p. 301.

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