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Albert o la tolerancia cero a las dunas (Ensayo)

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Artículo publicado el 02/01/2008

La cuestión de la erosión
El acumulamiento de arenas movedizas ocasionadas por el viento, estaba asociado tradicionalmente al Desierto del Sahara, al de Libia, o al de Kalahari en África, o al de Gobi en Asia, y a algunos lugares de Estados Unidos y de México, como el Desierto de Sonora, por ejemplo. Chile, al igual que algunos otros países se ha visto muy afectado por el avance de las arenas desde sus costas hacia el interior, así como por el avance relativo de sus zonas áridas, tales como el Desierto de Atacama, por ejemplo. La erosión es el desmoronamiento progresivo que se produce en la superficie terrestre por agentes externos, en especial por las aguas o el viento. Y justamente este último agente se ha ensañado con muchos sectores de la costa chilena; v. gr.; Reñaca, Concón, Playa Amarilla, Coquimbo y otros. Y en otros períodos con la Región de Chanco, sus alrededores y casi con el pueblo mismo. Y justamente aquí entre estas chapas de tierra, nace una leyenda y un modelo ecológico defensivo: La obra de Federico Albert. Por cierto que no es el primero en observar y llamar la atención sobre el avance de la erosión en Chile, pues eso lo avizora ya en el Siglo XIX el naturalista Claudio Gay, durante su recorrido por el territorio nacional. Empero, quien consigue logros significativos y plantea su mensaje en un contexto político y cultural en el que sí logra enfrentar y combatir las dunas en el plano normativo y práctico, en Chile es Federico Albert en los inicios del Siglo XX.

Federico Albert: El Hombre
Federico Albert Faupp, nace el 8 de noviembre de 1867 en Berlín, en el seno de una familia de músicos, donde transcurre su infancia sin mayores problemas económicos. Realiza sus primeros estudios en el Real Gimnasio de Dorotea de Berlín, destacándose en las áreas de Historia Natural, Física y Matemáticas. Estudia en las universidades de Berlín y Munich, obteniendo en primera instancia, el grado de Bachiller en Botánica, para dedicarse durante los dos años siguientes, a estudiar microscopía e histología; así como también, se dedica a investigar sobre diversos métodos científicos, en especial los que corresponden a la taxidermia.

A los veinte años, ya está en posesión del grado de Doctor en Ciencias Naturales y se desempeña en el Jardín Botánico de Berlín, donde ocupaba un alto cargo. Es en este momento en que es contactado por Domingo Gana, embajador de Chile en Alemania; quien le plantea que considere la posibilidad de venir a trabajar a Chile. Finalmente Albert acepta y arriba a este país de América Meridional, en 1889, comenzando sus trabajos en el Museo de Historia Natural. Aquí se destaca prontamente por su iniciativa y persistencia. La muestra más significativa de su labor realizada en esta entidad, es el esqueleto de la ballena azul que aún podemos observar en el Museo, el cual Albert trasladó desde Valparaíso.

El paisaje variopinto que le ofrece el país, lo induce a conocerlo en profundidad, lo que se refleja en la gran cantidad de obras legadas, las cuales cubren un amplio espectro referente a los recursos naturales, entre las que destacan las relacionadas con especímenes que pueden ser de interés para la silvicultura, la piscicultura, y el manejo del suelo y de las aguas.

En 1910, y como parte de la conmemoración del centenario de la Independencia Nacional , el gobierno le reconoce a Albert Faupp su destacada labor y le hace entrega la carta de ciudadanía chilena. Cuatro años después, debido al estallido de la Primera Guerra Mundial, Albert viaja a Alemania, preocupado por el destino de sus familiares; desde donde regresa enfermo.

En 1916 se retira de las funciones públicas, al parecer, muy sentido y dolido, por las dificultades y trabas administrativas de aquellos exponentes de los grupos económicos que veían comprometidos sus intereses. Esto, debido a las fuertes críticas que éste alemán había realizado a quienes destruían los recursos naturales del país sin pensar en el porvenir. Así, pasa sus últimos años de vida, escribiendo acerca de los bosques y acerca de la conveniencia de proteger la flora y faunachilensis. Muere el 9 de noviembre de 1928, a los 61 años, de un ataque al corazón que lo sorprende en una calle del centro de Santiago.

Su aporte científico
Federico Albert Faupp, es un adelantado visionario con respecto al tema de los recursos naturales: logra comprender la riqueza que proporcionan los diversos ambientes naturales, reconoce los problemas que los afectan, y por ende, entiende la importancia de proteger estos recursos naturales para su conservación y aprovechamiento de las nuevas generaciones. Su obra comprende una serie de exploraciones en terreno, el acopio de más de 1.200 fósiles, incluido un ictiosaurio y los restos de un mastodonte y numerosos textos y artículos relativos la piscicultura, la paleontología, la ornitología, la taxidermia, y la erosión y forestación de los suelos. Por ello no es extraño que haya recorrido El Valle de Elqui, Ovalle, Santiago, Valparaíso, Los Andes, Rio Blanco, Catapilco, Curicó, Cauquenes, Corral, Constitución, Llanquihue, Chiloé y el Archipiélago de Juan Fernández, entre otros.

Albert como ya hemos señalado, publica numerosos artículos y libros. Entre los artículos, muchos de éstos aparecen en los Anales de la Universidad de Chile, en la Revista Chilena de Historia Natural y en las Actas de la Société Scientifique du Chili, Boletín de Bosques, Pesca y Caza, entre otras fuentes. Y entre sus textos, recuérdese por ejemplo: Los Estudios sobre Ornitología chilena (1898), Las Dunas o sea las arenas volantes, voladeros, arenas muertas, invasión de las arenas, playas y médanos del centro de Chile (1900), Estudios sobre la Chinchilla (1901), La Introducción de los Salmones (1902), Cartilla Forestal Dedicada a los agricultores del País (1905), El Aromo de Australia (1908), Los 7 árboles más recomendables para el país (1909), La necesidad urgente de crear una Inspección General de Bosques, pesca y Caza , (1911), entre tantos otros.

En rigor, en nuestra época, al pensar en su obra, generalmente se enfatiza en la tarea de reforestación, en su interés por desarrollar la salmonicultura y en sus labores como taxidermista, pero en verdad su preocupación forestal era mucho más global, aludía también a una cuestión de salubridad pública, y a lo que hoy llamaríamos “una mejor calidad de vida”. En efecto, el mismo Albert lo expresa así en una de sus obras: “En la salubridad pública los bosques ejercen una influencia benéfica, así por ejemplo, en la vecindad de los pueblos son ellos los que ponen una barrera infranqueable a la propagación de las epidemias, saneando el aire que rodea a los terrenos que, por un exceso de humedad estancada, pueden ser foco de miasmas pestilentes”. (1)

La lucha contra la erosión
En 1900, Albert se traslada hasta Chanco con el fin de controlar el avance de las dunas o “arenas volantes”, que amenazaban con cubrir los extensos terrenos agrícolas del sector e incluso el mismo pueblo. Y por ello principia a desarrollar un vasto plan de reforestación y a crear viveros para repoblar de floresta en dichas regiones. Para lograr detener el avance de las arenas, trabaja en distintas fases y con distintos procedimientos; uno de ellos consiste en plantar rábanos, romaza, o plantas forrajeras, y luego repoblar con árboles para afirmar el suelo. Quince años más tarde, gracias al plan de plantaciones forestales iniciado por el científico, había logrado recuperar más de 300 hectáreas de superficie fértil. Allí se cultivaron aproximadamente dos millones de árboles, los que, debido a su altura -algunos con más de 20 metros- han logrado detener hasta hoy el avance de las “arenas volantes”. (2) Justamente entre los bosques artificiales que planta para detener las dunas figuran: los aromos australianos ( acacia melanoxylon ) y un tipo de eucaliptos ( eucaliptos resinífera ), los cuales tienen un crecimiento relativamente rápido y la caída de sus hojas favorece mejor la reconstitución de la capa vegetal de los suelos arenosos. (3) Y también porque los mismos tienen una mayor resistencia a las aguas salobres y a la brisa marina, tal como lo destaca en su obraLos 7 árboles más recomendables para el país. (4)

Actualmente el lugar está convertido en una reserva nacional y está a cargo de la Corporación Nacional Forestal, y lleva el nombre del profesional alemán. La misma cuenta con una superficie de 145 hectáreas de bosque, conformado esencialmente por pinos, eucaliptos, aromos y cipreses. Los habitantes del pueblo de Chanco y los agricultores de la zona, que vivieron a mediados del siglo XX le deben mucho a Albert, porque pudieron volver a sus tierras y retomar sus labores agrícolas, ganaderas y pesqueras; pero los jóvenes no tienen idea de este benefactor, y en este sentido, los estudiosos de la historia de la ciencia en Chile, tienen la oportunidad de difundir su labor, y saldar la deuda a su memoria.

La Forestación
Debido a los reclamos públicos por la destrucción de los bosques en las provincias de Malleco, Cautín y Valdivia; Albert viaja en 1903 a dichas regiones, donde constata los graves daños a la flora y fauna regionales, ocasionados por la quema de los bosques. Ese mismo año viaja a Alemania y se contacta con distintos ingenieros forestales, de quines aprende sus métodos de trabajo; muchos de los cuales los aplicará más tarde en nuestro país, convirtiéndose en el organizador y articulador de la normativa y de la administración forestal, logrando así, asentar las bases para una política de conservación de los bosques en Chile. En su trabajo, Albert insiste en que la conservación no es olvidarse de los bosques, como recursos explotables; sino que es una racionalización de los procesos de explotación de los mismos, el cual debe ir a la par con una normativa eficaz para cautelar la replantación de bosques y la restauración de los suelos. (5)

Por otra parte, Albert se da cuenta que la erosión que afecta gran parte del territorio costero, se debe a la desaparición de la cobertura forestal que es la que entrega los componentes orgánicos necesarios para mantener fértiles los suelos. A raíz de este estudio, establece una campaña urgente de reforestación, para poder detener el proceso erosivo. Indica además que los terrenos que se deben destinar a la forestación son aquellos no aptos para otro tipo de cultivo, como por ejemplo terrenos pedregosos, arenosos, secos, calcáreos, o aquellos con pasto insuficiente para la alimentación de los animales. De esta forma, es posible sacar el máximo provecho de los suelos y no se pierden áreas de cultivo agrícola en forestación.

Con respecto a la conservación del medio ambiente, Albert enfatiza la importancia del rol del Estado en la misma, en estos términos: “El Estado debe velar i supervisar la conservación i construcción de los bosques”. (6) Insiste en que el Estado debe otorgar libertad de acción a los ciudadanos en cuanto a las iniciativas para la plantación y protección de los bosques; sin embargo, recomienda que el mismo pueda establecer un control para evitar el devastamiento de los territorios, por ejemplo, a través de la creación de reglamentos sobre bosques, y diseñando políticas gubernamentales para el repoblamiento forestal y la conservación de reservas forestales. Esto, a su juicio, actuaría como un ejemplo e incentivaría a los particulares en cuanto al cuidado de los bosques.

La primera piscicultura
El año 1902, Federico Albert Faupp, elabora un documento indicando las posibles especies de salmonídeos que sería factible introducir en Chile. Tiempo después, plantea establecer una Estación de Ensayos de Piscicultura, para lo cual, no sólo estudia el hábitat de las especies que considera más apropiadas para el proyecto; sino también, las variaciones de temperatura de algunas regiones que le parecen adecuadas para implementar dicho proyecto, así como también, el impacto económico de su propuesta. Al respecto, Albert estima que la introducción de salmones sería exitosa en ríos que nazcan en las cordilleras a cierta altura y que tengan agua aireada y con pequeñas vertientes de aguas cristalinas con fondeos pedregosos y arenosos. (7) Luego, al año siguiente, y muy de acuerdo con sus ideas previas, Albert emprende la construcción de la primera piscicultura en nuestro país. La misma se ubica, cerca de la ciudad de Los Andes, en Río Blanco; esto es, en los inicios de la cordillera.

Con el apoyo de gobierno, y luego de superar un mar de dificultades administrativas y de transporte, logra traer desde Alemania, cuatrocientas mil ovas, las cuales son transportadas en barco a vapor desde Pallice, Francia, hasta Valparaíso. De esta forma, Federico Albert Faupp, inicia el cultivo de la primera piscicultura de salmonídeos en Chile, en 1905 y cuyo auspicioso resultado, le ayuda a obtener el apoyo de empresarios, que más tarde abrirán nuevos criaderos en La Dehesa, Lautaro y Aysén.

Hacia una conclusión
El legado de Albert va más allá de la ciencia chilena y no se agota en ella. Alude a un incremento del conocimiento en zoología marina, en paleontología, en técnicas forestales y en técnicas y procedimientos de cultivos de peces salmonídeos. Es un aporte múltiple que logra sacar la ciencia a regiones al igual que el naturalista porteño Carlos Porter, y logra unir el conocimiento científico, las técnicas específicas de tal o cual cultivo, con la industria nacional. Además de dejar asentado definitivamente la preocupación ecológica por la renovación y protección de los bosques nativos. Pero además es uno de los pocos hombres de ciencia que se preocupa de dejar instituida una política científica para la protección de especimenes de la flora y de la fauna chilenas. De esta convicción es justamente la tozudez con que presenta una y otra vez, proyectos de protección de los recursos forestales. En este sentido, Albert es un antecesor de las preocupaciones ecológicas y ambientalistas en Chile.

Por Zenobio Saldivia y Cherie Flores

Bibliografía
1. Albert, Federico: Cartilla Forestal dedicada a los Agricultores del país , Imprenta, Litografía i Encuadernación Barcelona, Stgo., p.4.
2. Camus, Pablo: “Federico Albert: Artífice de la gestión de los bosques de Chile” [en línea]. Revista de Geografía Norte Grande , Nº 30: p. 55-63 (2003). [Consulta: noviembre 16 de 2007]. Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/300/30003005.pdf
3. Cf. Albert, Federico: El Aromo de Australia o Acacia Melanoxylon , Impr. Cervantes, Stgo., 1908. Y también del mismo autor en: Plan General para el Cultivo de Bosques , Ministerio Industria y Obras Públicas, Stgo., 1907.
4. Albert, Federico: Los 7 árboles más recomendables para el país , Stgo., 1909.
5. “Conservación de los recursos naturales” [en línea]. [Consulta: noviembre 16 de 2007]. Disponible en: http://www.sitiosculturales.cl/ mchilena01/ temas/ dest. asp ?id=albertconservacion .
6. Hartwig, Fernando: Federico Albert: pionero del desarrollo forestal en Chile . Talca, Ed. Universidad de Talca, 1999.
7. Albert, Federico: La Introducción de los salmones , Impr. Cervantes, Stgo., 1902., p. 13.
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El sueño del puente sobre Canal de Chacao

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Artículo publicado el 25/06/2012 

Generalmente en el imaginario de una región o de un país, se van incoando deseos colectivos o proyectos tecnológicos que se estiman que serían muy beneficiosos para una región o país. En la mayoría de las veces, tales anhelos toman tal o cual forma específica de acuerdo a ciertos requerimientos sociales o materiales que se mezclan con los vaivenes del quehacer político contingente, con las prioridades de la agenda pública y con los énfasis empresariales o comerciales del momento. Ello no es novedad, Chile tiene varios ejemplos al respecto y en otros países de América sucede lo propio. Remontémonos al siglo XIX y pensemos por un momento nada más en algunos megaproyectos que atravesaron generaciones y que fueron parte del esfuerzo o simplemente de la promesa de muchos exponentes de la clase política de su tiempo.

En Venezuela, Simón Bolívar por ejemplo, fue uno de los hombres de acción, del Siglo del Progreso, que formado al alero de las ideas ilustradas logra la independencia de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Panamá. Y quien, en pleno desarrollo de los avatares de la guerra contra España, reflexiona sobre la conveniencia de alcanzar el maridaje productivo de las ciencias y las artes, conque ya contaba Europa, y que él percibe como uno de los elementos más importantes, que sumado a una conducción política hegemónica y realista, permitiría asentar en los países hispanoamericanos, una base sólida para el progreso material y para el desarrollo humano en general. Por eso, no es extraño que en 1822 haya invitado a los gobiernos de México, Perú y Argentina para constituir una Asamblea de Plenipotenciarios con asiento en Panamá; idea que retoma dos años más tarde, invitando ahora a más países con vistas a formar una gran Confederación que aglutinara las naciones desde México hasta el Río de la Plata. Los países recién independizados de América, en rigor, no apoyan dicha iniciativa que apuntaba a construir un nuevo orden internacional y en el cual los países hispanoamericanos podrían situarse como un nuevo referente político, militar, social y comercial fuerte y unido, capaz de enfrentar en igualdad de condiciones a los dos modelos sociopolíticos grandes de su tiempo: Europa y EE.UU.

Actualmente, en pleno siglo XXI, como latinoamericanos, hemos logrado algunos mecanismos de integración y muchos acuerdos comerciales; aunque dicha integración parece apuntar en la práctica, a tópicos puramente comerciales, materiales y académicos. Esto es, que se visualizan esfuerzos orientados principalmente a facilitar el desplazamiento más rápido de las mercancías, a compartir la infraestructura carretera y a poner todos los bienes y servicios en los países signatarios del acuerdo, para que nosotros, los usuarios y consumidores chilenos y latinoamericanos en general, tengamos de todo y más barato -al menos los sectores económicamente solventes- pero alcanzar a trascender la inmediatez de compartir los recursos naturales y arribar a un gran conglomerado político, a un esfuerzo de consensos para intentar una gobernabilidad americana, sigue siendo un gran sueño.

En Chile, independientemente de otros imaginarios viables o no viables, que efectivamente existen en nuestro país, el tema del Puente sobre el Canal de Chacao está de moda. En efecto, ya desde la década del sesenta del siglo anterior, se escuchaba entre los chilotes, la idea de contar con un puente que permitiera la integración vehicular y comercial con el continente, y dicho ideario pasó de generación en generación, tal como el autor de estas notas, nacido en la isla, escuchó tantas veces a sus abuelos, tíos y otros familiares. El sueño del Puente sobre el Canal de Chacao, por tanto, es de larga data.

En rigor, no es una idea nueva, lleva varias décadas en el imaginario isleño chiloense y de vez en cuando, ha salido a flote y ha motivado la discusión pública; durante algunos años formó parte de las conversaciones y promesas entre los miembros de la clase política de Chiloé y los ciudadanos de la Isla Grande, luego quedó inserto en la carpeta de concesiones del Ministerio de Obras Públicas y en un pasado muy reciente se ha asociado a las obras de celebración del Bicentenario. Lo novedoso en dicha ocasión es que dicho proyecto se insertó al menos en el marco de tres variables relevantes: Primero, aparece identificado con la tesis que postula que es el medio más efectivo para terminar con el aislamiento de la gran isla de Chiloé, y por otra parte, porque se presenta en un contexto histórico en el cual la tecnología y el apoyo ingenieril necesario para su ejecución, está a todas luces disponible. Y finalmente, porque la discusión eclosionó dentro de un gobierno elegido democráticamente, el de Michelle Bachelet; todo lo cual le dió una dimensión aun mayor a lo que ya de suyo representaba. Así, el tema central no es su factibilidad, puesto que ya hay numerosos referentes al respecto, tales como el Golden Gate de San Francisco en los EE.UU, o el puente y túnel de Oresund, entre Suecia y Dinamarca, o el puente de Humber, en Inglaterra, por ejemplo; lo relevante parece ser su alto costo, puesto que tal como se difundió en su tiempo en la prensa, los gastos de construcción en ese momento, no motivarían a las grandes empresas. Ello gatilló un mínimo de efervescencia social en la isla y dio pábulo a declaraciones de numerosas autoridades regionales que demandaron abiertamente a los exponentes del poder central, para que el Estado subsidie dicha obra. Y esto es justamente entrar en la dicotomía clásica costo-beneficio regional y prioridades políticas nacionales, con lo cual la materialización del megaproyecto quedó en suspenso en el gobierno anterior, ya mencionado.

Las autoridades del gobierno pasado, replicaron en su oportunidad, que en ese momento no era posible subvencionar dicha iniciativa porque había muchas prioridades más que apuntaban al buen desempeño de la vida pública y del bienestar del país. Tal vez eso fue atendible, puesto que la optimización de los recursos es algo comprensible, dentro de la globalización en que estamos inmersos y dentro de la vida contemporánea que se mide con criterios economicistas de entradas y salidas, de montos de costo-beneficio, de gastos de implementación y de réditos políticos inmediatos. Puede ser. Pero (independientemente de la posición personal del autor de estas notas, que es más proclive a un túnel para zanjar el aislamiento y preservar la estética de la topografía del entorno natural), es necesario no perder de vista algunas consideraciones que articulan la historia y la política chilenas en relación a este imaginario. Así, tal vez Chiloé no era rentable en lo inmediato puesto que ya no estamos en el siglo XVII y los corsarios holandeses no se ensañan con Castro ni con otros lugares de la Isla, entonces no hay premura. Y como tampoco estamos en el Siglo  XVIII en el período en que la Corona Española vivía a saltos, temiendo por la seguridad de la zona ante el desfile de exploraciones inglesas y francesas entre otras, que trasuntaban los ocultos intereses de anexión de dicha región a sus respectivos Reinos, entonces no resulta prioritario focalizar la atención en Chiloé. Y como tampoco estábamos en los avatares de la República decimonónica, por ejemplo en la década del veinte, en que seguían enquistados los realistas, hasta su derrota luego de la Batalla de Pudeto, por ejemplo; entonces otra vez Chiloé resultaba irrelevante.

Y nuevamente ahora, en el presente año 2012, tras el anuncio del Presidente de la República Sebastián Piñera, en su Discurso Anual en el Congreso, se reflota el tema del puente en comento y se promete la realización de estudios para su posterior ejecución. Al respecto, para este autor únicamente surgen dos interrogantes: ¿efectivamente en esta ocasión se cumplirá el sueño ad eternum ofrecido tantas veces a los chilotes? Y ¿los grupos ecologistas, tradicionalistas, costumbristas o la élite intelectual de la zona estarán de acuerdo? En fin, veremos las reacciones en los próximos meses. Aquí únicamente deseamos expresar nuestro cariño y respeto a los habitantes de la zona para que no sigan siendo ilusionados.

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El Positivismo y su impacto en Chile

Zenobio Saldivia M
Artículo publicado el 21/11/2004 en Revista electrónica Critica.cl 

Algunos antecedentes

Si bien la noción “positivismo” es un concepto polisémico que encierra una connotación histórica, epistemológica y filosófica, es posible entenderlo como una corriente filosófica, científica y cultural que se desarrolla en la Europa decimonónica a partir de las ideas de Augusto Comte y que se caracteriza por enfatizar la importancia del método y de la ciencia como fenómeno social que posibilita un ascenso inevitable hacia el progreso social y moral. Encierra, por tanto, las ideas propias de dicha cosmovisión que se difundieron principalmente a partir de la obra de Comte: Cours de philosophie positive (1830-1842), más las de autores como J. Stuart Mill y otros, las cuales se desarrollan con una extraña fuerza tanto en Europa como en los países recién independizados de América. Es probable que la enorme simpatía que despertó el positivismo en muchos países latinoamericanos tales como México, Brasil, Chile y otros, se haya debido a su percepción de la marcha fundamental de la historia, que se caracteriza en este enfoque, por el inevitable desenvolvimiento de estadios que deben terminar necesariamente con el estado positivo o científico. Y claro, para los países que están dejando atrás todo un pasado cultural foráneo y saturado de metafísica, las tesis comtianas que aluden a una concentración exclusiva en la experiencia y en la actividad de las comunidades científicas emergentes, resulta un excelente asidero para encontrar una adecuada explicación de una naturaleza amenazante que los rodea y de una sociedad que hay que reconstruir con parámetros más modernos y más aproximados a un ideario de “lo americano”.

Presencia del positivismo en Chile

En Chile, el positivismo se difunde con una clara impronta francesa, esto es, que prima la tendencia de Comte. Dicha corriente principia a difundirse desde 1873 con la fundación en Santiago, de la Academia de Bellas Letras, organizada por un grupo de entusiastas intelectuales dirigidos por José Victorino Lastarria, quienes persiguen cultivar la literatura no solo como un arte sino además como un medio para la expresión de la verdad, según las reglas y exigencias de las obras científicas de Comte y en conformidad con los hechos demostrados de un modo positivo. Entre estos hombres públicos que asisten a las discusiones están Manuel Antonio Matta, B. Vicuña Mackenna, Diego Barros Arana, José Manuel Balmaceda, Miguel Luis Amunategui, los Hnos. Lagarrigue, Valentín Letelier, y por cierto, el líder: José Victorino Lastarria, quien ya se había declarado positivista en 1868; luego de leer por 1ra vez la obra de Comte: Cours de Philosophie positive. Por tanto, en rigor de la cronología, este sería el momento histórico que corresponde a la génesis del positivismo en Chile. Años más tarde, en 1874, Lastarria publica su trabajo: Lecciones de Política positiva, donde emplea el método positivo para el análisis de los estudios sociológicos, políticos y administrativos.

Las décadas del setenta y ochenta del Chile decimonónico se nos presentan como un hito de consolidación y de arraigo de las ideas comtianas en el país, tanto por la fundación de entidades que tienen entre sus objetivos la difusión de las nociones comtianas y el estudio y aplicación o “adaptación” de muchas de ellas a la realidad social, cultural y política chilenas. En los años setenta, además de la Academia de Bellas Letras, recuérdese el envío de la Carta de Jorge Lagarrigue, en 1876, al francés Emile Littré, seguidor de la doctrina positivista. Esta es publicada por la Revista de Philosophie positive, ese mismo año y constituye para los intelectuales europeos una especie de acuso de recibo del hecho de que las nociones comtianas ya están en la vida pública chilena e identifica a Jorge Lagarrigue como uno de los exponentes de la corriente positivista chilena ante la comunidad internacional. Ello no es extraño, pues este autor ya en 1875 había traducido y publicado los Principios de Filosofía Positiva, dando cuenta de una selección de las ideas de Comte, y más tarde, a principios de los ochenta viaja a Paris y continúa con el estudio y lectura de las tesis comtianas. A su regreso al país en 1882, se presenta como un férreo impulsor y difusor de esta doctrina aunque enfatizando más el aspecto religioso de la misma; esto es, difundirla como religión para toda la humanidad. En esta tarea se desempeñan como fieles colaboradores sus propios hermanos Luis y Juan Enrique.

En los años ochenta del siglo XIX chileno, continúa la labor de divulgación del positivismo, ahora con nuevos simpatizantes entre estos, el educador Eugenio María de Hostos (portorriqueño 1839-1903), quien permanece en el país en dos períodos; primero entre los años 1872 y 1873 y luego entre 1888 y 1898. Este autor escribe frecuentemente en la Revista de Chile, difundiendo algunas nociones comtianas, en especial en lo referente a la educación a favor de la mujer y acerca de la conveniencia de incorporarlas a las carreras de las distintas ciencias aplicadas. También en esta década, aparecen entidades destinadas a la misma tarea de difusión del positivismo, en otras regiones del país, v. gr. en Copiapó, Juan Serapio Lois funda la Sociedad Escuela Augusto Comte, en 1882,orientada al análisis, a la lectura, a la difusión y a la discusión de las obras de los positivistas europeos. Incluso llega a sacar un medio comunicacional denominado: Revista El positivista (periódico filosófico, literario, científico y moral). Serapio además logra publicar una obra titulada Elementos de filosofía positiva que aparece en dos tomos, entre los años 1887 y 1889.

Al parecer, en Chile los positivistas se bifurcan en dos grandes tendencias. Por una parte están los Positivistas intelectuales que persiguen adoptar el positivismo para aplicarlo cuidadosamente a la realidad del país, con cierta flexibilidad, a las ideas originales de Comte en lo referente a la noción de libertad. Comparten más las ideas de Littré, que las de Comte. Aquí se ubicarían J. V. Lastarria y Valentín Letelier, quienes se preocupan además del ideario del progreso, por la política y por el tema de libertad.

La otra tendencia que podemos denominar como Positivistas con doctrina religiosa; Tratan de utilizar el positivismo más que para los temas sociales y políticos, principalmente para desplazar al catolicismo y la religión y poder así, instaurar la Religión de la Humanidad, al estilo de los planteamientos del Comte de su última etapa. Aquí se ubican los Hnos. Lagarrigue, quienes siguen las ideas comtianas y las de Pedro Lafitte (Director de la Escuela Positivista en Francia). Los temas que interesan a estos intelectuales se orientan además del progreso, que los une a todos, el énfasis por la religión, la filantropía comtiana: el amor a la humanidad.

A manera de conclusión


Los positivistas de los distintos centros del país, independientemente de sus tendencias y orientaciones, coinciden todos en lo referente a lograr en el país, tanto la implantación del método experimental, cuanto en el reconocimiento de la importancia del desarrollo de la ciencia y del espíritu positivista en Chile. También coinciden en cuanto al trabajo de las elites por el bienestar material de la población y por el progreso colectivo, así como por el desarrollo de los conocimientos científicos y por el aumento de las libertades personales. La mayoría de los seguidores del positivismo aspiran a la expansión de la instrucción pública y de la educación en general, y en especial, los mejores esfuerzos de los seguidores de esta doctrina, apuntan a inculcar el conocimiento del método experimental y de las leyes de la naturaleza en la curricula del sistema educacional chileno. Es notorio además, el hecho de que estos autores participan dentro del universo de la masa crítica que más se destaca en la vida pública nacional y manifiestan una producción intelectual que se desplaza en una seguidilla de esfuerzos tendientes a inculcar el método positivo en la enseñanza de la filosofía, en el plano de la acción y de la teoría políticas, en el marco de la literatura y también en la esfera de las ciencias decimonónicas, principalmente por el hecho de privilegiar el pragmatismo y el télos del progreso en estas comunidades. En rigor, podría decirse que en esta época, los miembros de la clase política y los intelectuales del país, han comprendido la conveniencia de fomentar tanto el conocimiento científico, como el desarrollo tecnológico y la educación en todos los niveles; y al mismo tiempo, se muestran imbuidos de un espíritu racionalista y pragmático que los conduce hacia la obtención del progreso. Ello es plenamente factible de concebir en esta era, toda vez que ya se cuenta con la información científica sobre el cuerpo físico del territorio nacional, como consecuencia de los trabajos teóricos y de exploración in situ de científicos como Gay, Domeyko, Philippi, Pissis y otros; sólo que dicha vinculación entre conocimiento del medio natural y el progreso, ya la percibían antes, en plena ejecución de sus tareas científicas: Gay, Domeyko y Philippi.

Esta tendencia de difundir el conocimiento científico, de acercarse a la tecnología, y de llevar la actividad productiva nacional a un sitial superlativo para su época, es claramente el resultado de una interacción entre los exponentes de la esfera pública y los autores imbuidos del ideario del progreso y de la regeneración moral de la sociedad. Tales ideas por cierto, son difundidas por Comte y sus seguidores en los distintos países de Europa y de las jóvenes repúblicas de América.

Y en cuanto a la noción de progreso, casi todos estos exponentes del positivismo chileno lo asocian con un proceso de adquisición de información especializada de las distintas disciplinas vigentes en Europa, para que dichos conocimientos se apliquen en Chile, con vistas a una posterior explotación, cultivo o industrialización de muchos referentes del cuerpo físico del país o del universo biótico, como un puente hacia la industria y al capitalismo. En este sentido, la idea de progreso de estos autores, lleva implícita un a priori que es justamente un cierto desplazamiento de la naturaleza vernácula por la civilización europea, representado por los inmigrantes y sus valores culturales, políticos y sociales que irradian nuevos posibles de acción y desarrollo laboral. Ideas que defienden muchos positivistas chilenos. Por eso no es raro que algunos autores entiendan el progreso como un recurso material y social para sacar a la joven República de Chile y a otras naciones, fuera de la barbarie, de la vastedad de las pampas y de las selvas y lograr así, la civilización; entendida esta como poblamiento de tales regiones. El progreso es para ellos poblar y poblar con europeos es alcanzar la civilización.

 

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El Joven y sus estudios

Charles Robert Darwin, nace en 1809 en Shrewsbury, al Oeste de Inglaterra. Sus primeros estudios los realiza en la escuela del sacerdote G. Case en 1817. Luego, se incorpora al Internado del Dr. Butler entre los años 1818 y 1825. Y en 1825, luego de terminar sus estudios secundarios en el Shrewsbury School, se incorpora a la Universidad de Edimburgo para estudiar medicina; estudios que son interrumpidos tres años después. Aquí congenia gratamente con el geólogo Robert Jameson y se incorpora a la Sociedad Pliniana fundada por éste científico. Finalmente en 1831 termina sus estudios en el Christ’s College de la U. de Cambridge y recibe el grado de Bachiller en Artes; son los años en que Darwin lee las obras de William Paley (1743-1805) que lo dejan reflexionando sobre temas propios de la filosofía moral del período; así como también algunas obras de Humboldt, principalmente el texto Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Mundo. Esta obra despierta en el joven naturalista, el sueño secreto de un viaje a América.

En otro plano, este mismo año, a instancias de su maestro, el profesor de geología y botánica John Stevens Henslow, lo recomienda al Almirantazgo para que viaje como naturalista ad honorem a bordo del HMS Beaglecomandado por el oficial Robert Fitzroy, para formar parte de una expedición con objetivos cartográficos, geológicos, hidrográficos y de historia natural. Tras la difícil tarea de convencer a su padre para que autorizara la partida, Darwin acepta la propuesta del Almirantazgo. Y luego de cinco años de excursiones naturalistas, regresa a Inglaterra en 1836. La muerte lo sorprende en abril de 1882, en Downe, Inglaterra.

El Viajero
Darwin ya debidamente instalado en el bergantín Beagle, parte de Devonport en Diciembre de 1831 y principia su periplo alrededor del mundo. En cuanto a América, recuérdese que visita algunos lugares de Brasil, tales como Bahía y Río de Janeiro; o de Uruguay, tales como Pto. Maldonado; o del actual Ecuador, como las islas Galápagos. Lo propio hace con El Callao y algunos lugares del Perú de la época. Llega también a algunos lugares de Argentina, tales como Río Negro, Bahía Blanca, o Buenos Aires, amén de algunas excursiones al Río Lujan y Mendoza. Y en cuanto a Chile, visita la Tierra del Fuego, Canal Beagle, Cabo Gregorio, amén de algunas islas del Pacífico. En su visita a Bahía Blanca, Argentina, Darwin realiza estudios geológicos que dan cuenta de algunos animales antidiluvianos como el Megalonix, el Megatherium o el Mylodon, entre otros.[1] Más tarde incursiona hasta la latitud de 57º S., frente al Cabo de Hornos.

Sus exploraciones en Chile
En Chile Darwin realiza algunas exploraciones geológicas y otras para observar la flora y fauna chilensis entre 1834 y 1835; ora en Chiloé, ora en Santiago, luego en Rancagua; también visita Concepción y Talcahuano, (tras el terremoto de febrero de 1835). También recorre los alrededores de Valdivia, de Valparaíso, Quillota, el Cerro la Campana y otros; arriba también a San Felipe y recorre los alrededores, visitando lo que hoy son los pueblos de Sta. María, Jahuel y otros lugares. Justamente en el sector de Jahuel, identifica un punto magnético, que se ha constituido en la actualidad en un lugar de interés turístico. Pero es la belleza de la Cordillera de Los Andes y la presencia de las cimas de andinas lo que prácticamente lo inunda de gozo y admiración. Justamente el impacto que siente al contemplar el Volcán Aconcagua, lo induce a expresar sus mejores sentimientos referentes a la captación de la belleza de la naturaleza chilena. Así, luego de dejar consignada la altitud de dicha masa rocosa, (6900 metros), exclama: “¡Qué admirable espectáculo el de esas montañas cuyas formas se destacan sobre el azul del cielo y cuyos colores revisten los más vivos matices en el momento en que el sol se pone en el Pacífico!”[2]

En cuanto a la región centro-sur de Chile, recuérdese que Darwin recorre Concepción, Talcahuano y lugares cercanos, justo poco después de un terremoto que lo impresiona vivamente. En efecto, el 20 de Enero de 1835, Concepción y otras ciudades cercanas sufrieron un fuerte terremoto que según estimaciones contemporáneas habría sido de 8.2 grados; a la sazón, Charles Darwin se encontraba en el puerto de San Carlos de Chiloé, realizando sus observaciones habituales de especímenes de la región. El sabio inglés, queda muy impresionado por el fenómeno y lo expresa con estas palabras: “…durante la noche del 19 de Enero el volcán Osorno se pone en erupción. A medianoche, el centinela observa algo que se parece a una gran estrella, ésta aumenta a cada instante, y a las tres de la madrugada asistimos al más magnífico de los espectáculos. Con ayuda del telescopio, vemos en medio de espléndidas llamas rojas, negros objetos proyectados incesantemente al aire, que después caen.”[3]

Y en relación a la zona austral, Chiloé, es el foco de muchas de sus observaciones; así por ejemplo, sabemos que Darwin visita la isla homónima en dos ocasiones, en 1834 y en 1835. En la primera visita, elBeagle ancla en el puerto de San Carlos en el mes de Junio, procedente del Estrecho de Magallanes, y de inmediato el naturalista queda prendado de la fuerza y belleza de la naturaleza de Chiloé. Al realizar el trayecto de San Carlos a Castro, queda impresionado porque el camino en toda su extensión era principalmente de troncos. El lo relata en estos términos: “En un principio, se suceden colinas y valles, pero a medida que nos aproximamos a Castro se presenta el terreno más llano. El camino es por sí mismo muy curioso: en toda su longitud, a exepción de algunos trozos anchos, consiste en grandes tarugos de madera, unos anchos y colocados longitudinalmente, y otros transversales muy estrechos. En verano no está muy malo este camino, pero en invierno, cuando la madera se pone resbalosa con la lluvia, es muy difícil viajar.”[4]

Seguramente, a nosotros como contemporáneos, también nos causa extrañeza esta técnica, pero desde la perspectiva de las condiciones climáticas de la isla, dada su alta pluviosidad, es comprensible que buscaran un recurso duradero y barato, y que al mismo tiempo fuera resistente al peso de las carretas, así que en las primeras décadas del siglo XIX, parte de los bosques comenzaron a ceder para transformarse en praderas, quedando sus troncos en los pantanos, perfilando así los primeros caminos de la isla. Otra parte importante del bosque nativo, en las próximas décadas, será presa del fuego de los roces, en busca de nuevas praderas.

Darwin no sólo realiza descripciones de la flora y fauna endógena de la regiones mencionadas, que son más bien conocidas, gracias a los trabajos de Villalobos y Yudilevich; sino que también realiza numerosas observaciones geológicas, geomórficas, paleontológicas y de conquiliología; tal como se puede apreciar al leer su Jeolojía de América Meridional, aparecida en 1846. En ella la presencia de Chiloé en los campos de estudio señalados, es manifiesta. V. Gr. en cuanto a la formación geológica de la isla de Huafo, escribe: “Esta isla se halla entre los grupos de Chonos i Chiloé; tiene cerca de 800 piés de altura i quizas posee un núcleo de rocas metamórficas. Los estratos que examiné constaban de areniscas de grano fino, lodosas, con fragmentos de lignita y concreciones de arenisca calcárea.”[5] Así, Darwin continúa con sus observaciones también sobre conchas fosilizadas de gasterópodos, moluscos, mitílidos y otros. Y entre sus aportes paleontológicos, realiza la identificación de los primeros amonites sudamericanos, que encuentra en el Monte Tar, cerca de Pta. Arenas. Y da cuenta también, de la formación volcánica de Chiloé, distinguiendo la formación orográfica de la costa oriental compuesta principalmente de grava y estratos de arcillas endurecidas y areniscas volcánicas. La parte norte de la isla, a su vez, estaría compuesta de una formación volcánica de 500 a 700 piés de espesor, en estratos de diversas lavas.[6]

Darwin y el Nuevo paradigma
Su famosa Teoría de la Evolución que cambió la visión de la naturaleza y del mundo científico en general, en rigor no es un constructo teórico esencialmente original, que Darwin haya madurado y difundido con cierta prontitud o precocidad. En efecto, desde la perspectiva de la historia de las ciencias, aquellas ideas ya estaban en ciernes en el ambiente intelectual decimonónico; recuérdese al respecto los trabajos previos de Lamarck, que sostenían el transformismo de los seres vivos, o bien algunos estudios de Erasmo Darwin, abuelo de nuestro naturalista, o el texto: On the Tendency of varieties to depart indefinitely from the original tipe(1858), de A. R. Wallace casi al mismo tiempo de la presentación de las nociones elaboradas por Darwin. Además de estos antecedentes, la articulación de esta mega teoría, es el resultado de las lecturas científicas previas de Darwin y de sus observaciones botánicas, zoológicas, geológicas y paleontológicas realizadas en los distintos lugares que le correspondió recorrer a bordo del bergantín Beagle. En rigor, el fuerte de la teoría en comento, radica en el abundante acopio de datos duros provenientes de las distintas disciplinas y en la capacidad analítica de Darwin; con ello logra “construir un sistema de vasto alcance, de trascendencia ilimitada y de una gran lógica”.[7] Así, entre las lecturas previas del sabio inglés, que fueron contribuyendo para la posterior formulación de su teoría, cabe destacar que en 1838 lee a Malthus[8] y se percata de que no sólo los seres humanos se multiplican más a prisa que la provisión de alimentos, sino que todos los seres vivos hacen lo propio. Y principia meditar sobre la diversidad de los seres vivos.

También lee la Introducción al Estudio de la Filosofía Natural, de John Herschel, algunas obras de Humboldt y algunos trabajos de Maltus. Lo anterior, sumado a sus observaciones in situ, le permiten reconocer el hecho de que poblaciones, en general, tienden a crecer lo más rápido posible, agotando los recursos que existen en su medio. De lo anterior, sumado a sus vastas observaciones, arriba a la Teoría que daría cuenta del hecho de que la naturaleza, “escoge” deliberadamente los rasgos favorables de la selección natural.

Luego de madurar sistemáticamente estas ideas y de estudiar su propio acopio de datos, de analizar sistemáticamente sus conversaciones con criadores de animales y jardineros decide publicar su texto El Origen de las Especies, (1859). 

[1] Cf. Chardón, Carlos: Los Naturalistas en la América Latina, Ed. Del Caribe, Ciudad Trujillo, Rep. Dominicana, 1949; p. 148-149.
[2] Darwin, Charles: Viaje de un naturalista alrededor del mundo, Ed. Ateneo, Bs. Aires, 1945, p.307.
[3] Darwin, Charles; op.cit.; p. 349.
[4] Villalobos, Sergio: La aventura chilena de Darwin; Ed. A. Bello, Stgo., 1974; p. 67.
[5] Darwin, Charles: Jeolojía de la América Meridional, (Trad. de Alfredo Escuti O.), Impr. Cervantes, Stgo., 1906, p.200.
[6] Ibídem., p. 201.
[7] Marter Daniel: El Espíritu de la Ciencia, U. de Chile, Stgo., 1931, p. 160.
[8] Cf. Asimov, Isaac: Cronología de los Descubrimientos, Ed. Ariel, 2da reimpresión Colombia, 1992, p. 400.
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Makarena Quiroz Armijo

UPLA, Sede San Felipe. 

Antecedentes previos

Desde su nacimiento, el arte de escribir, es ante todo el reflejo de los sentimientos e ideas de los autores que ven, a través de la escritura, la huella literaria representante de un tiempo que avanza sigilosamente en el reloj de la vida. Es así como podemos encontrar en las bibliotecas una extensa variedad de emociones que, sin duda, son nuestra máquina del tiempo. La literatura tiene este poder. Mirar el reloj en la pared y ver cómo las manecillas retroceden para llevarnos a remotos tiempos donde el pasado se transforma en presente. Justamente en este tipo de viajes presente–pasado, se sitúa el texto escrito por el académico Zenobio Saldivia, quien, a través de sus palabras, nos ubica en un tiempo remoto en el cual se comienza a escribir la historia chilena y también la historia del cuerpo físico del país, con los criterios científicos ya aceptados por Europa. En efecto, el texto La Visión de la Naturaleza en Tres Científicos del siglo XIX en Chile: Gay, Domeyko y Philippi, editado por el Instituto de Estudios Avanzados de la U. de Santiago de Chile, Santiago (2003).

Estos tres científicos llegan a Chile en el momento que según el autor “se realizan las primeras acciones para lograr la consolidación del estado-nación, para así, afianzar en el plano político y normativo, la independencia recién lograda”.[1]  Es así como el gobierno de la época, determina la importancia de construir la historia chilena, marcada tantos años por una historia foránea y europeizante que no reflejaba el espíritu hispanoamericano. El Chile Republicano, por ende, manifiesta dentro de su ejecución y de acuerdo a la política científica de la época, la contratación de sabios extranjeros, los cuales, a través de sus conocimientos y objetividad, asumen la tarea de inscribir la historia de Chile a la memoria colectiva de esta nueva nación, unido además, con el conocimiento científico que estos poseían.

Viajeros e idealismo científico en el Siglo XIX

Con el tiempo, estos sabios fundan las primeras instituciones científicas y se hacen cargo de las mismas, amén de tener tienen entre sus objetivos, el desarrollo y la difusión de la ciencia en el país. Pero más allá del plano político-histórico de la llegada de estos tres científicos a Chile, resulta muy relevante específicamente su contribución al plano literario; la literatura que éstos realizaron como representantes de una generación creadora, organizadora y representativa de una nueva república. Este tipo de prosa es lo que el investigador analiza en la obra mencionada. Por ello es que la misma, incluye capítulos tales como: “La prosa científica de los autores seleccionados” y “La Presencia del Romanticismo en la prosa científica de Gay, Domeyko y Philippi”.

Cedomil Goic en el texto: La novela hispanoamericana, descubrimiento e invención de América,[2] nos habla del Romanticismo como la generación de 1837, correspondiente a los nacidos entre los años 1800 y 1814. Esta generación marca en toda Hispanoamérica, el comienzo de un desarrollo cohesivo y maduro de la novela y de la literatura en general. En este tiempo, por tanto, se dan los primeros movimientos tendientes a organizar el desarrollo de la literatura como expresión de la nacionalidad con un apego marcado a la representación de las costumbres pintorescas, llenas de calor local, de la naturaleza americana, de los acontecimientos históricos e histórico-políticos y de sus luchas de emancipación y de su progreso. Por tanto, Gay, Domeyko y Philippi, utilizan esta corriente literaria en su discurso científico y se ven envueltos en los avatares propios de la expansión de dicho modelo. Es el maridaje de la ciencia y la literatura. Esta solemne unión científico-literaria, les permite hacer una cuidadosa inserción de sentimientos al mismo tiempo que dan cuenta de la descripción de los observables taxonómicos o inorgánicos. En este caso, la expresión de la emoción y del goce estético en cada uno de estos científicos, es el resultado del asombro que embarga al observador al enfrentar los observables.

Nuestra interpretación

Goic plantea con claridad que los escritores de esta generación propia del romanticismo, utilizan las letras para insertar en la novela, la representación de las costumbres pintorescas de este tiempo. Con estos tres científicos ocurre lo mismo. La existencia de una diagnosis o del conocimiento de los signos y propiedades de observables orgánicos e inorgánicos, nos dice Saldivia, que sobre determinados exponentes orgánicos o abióticos, la inclusión de escenas costumbristas o de visos etnográficos en las descripciones y la expresión discreta de sentimientos, hace de estos hombres, representantes de los estudios científicos a través de la prosa Romántica, y por ende, representantes también de las letras de esta generación literaria. Así, los apartados del texto: “Romanticismo y discurso científico”, “La preocupación por los íconos” y “Romanticismo como forma de vida”,[3] ilustran muy bien esta situación.

Este equilibrio entre ciencia y literatura en la prosa de los tres científicos mencionados y de los cuales da cuenta Saldivia en su obra, se ve reflejada por las expresiones de asombro, de belleza, de armonía o por la percepción de la soledad o de la vastedad de los paisajes, entre otras características; para así, mostrar en sus páginas a un doble agente relator: el “yo persona” y el “yo observador científico”. Esta dualidad nos lleva a observar una descripción detallada de la naturaleza del lugar y además, a apreciar los sentimientos del autor, pero de manera delicada sin apartarse totalmente  de lo científico.

Raciocinio vertido al signo

De acuerdo al estudio literario de René Wellek y Austin Warren, el discurso científico, tratará siempre de reducir el lado expresivo y pragmático del lenguaje para abocarse únicamente al signo, que en este caso, corresponde al elemento de estudio, a la investigación de los referentes de la naturaleza chilena. Este enunciado poco se aleja de lo enseñado en las clases de literatura, donde las distintas posturas acerca del tema, llevan a la controversia, o, en el mejor de los casos, a la aceptación de nuevas inclinaciones generacionales.

Por eso, y como representante de una opinión generacional, nos preguntamos: ¿qué sucede con Gay, Domeyko y Philippi?, ¿Por ser científicos deben ser marginados de los textos de la literatura nacional? A nuestro parecer, el nivel de conocimiento y la magistral forma de escribir sobre nuestro país, los hace tan literatos como cualquier otro representante de esta generación. Estos tres científicos forman un todo. Intercalan entre la descripción del paisaje y la población, la influencia romántica de su tiempo, para transmitir sus conocimientos y sentimientos románticos.

Así, el texto del profesor Saldivia Maldonado nos acerca a tres autores que, si bien son reconocidos en el ámbito puramente científico, para muchos académicos y para los estudiantes de literatura en general, resultan casi desconocidos. La construcción cohesionada y coherente del texto que comentamos, nos permite transitar por sus páginas en forma clara y segura, para hacer conocido lo desconocido. De esta manera, logramos conectarnos con el pasado histórico-literario que ha forjado las raíces de nuestro país. Y el lector que logre asir este texto, abrirá su mente hacia otra rama, hacia la ciencia, y unida a otras conformará un todo, una excelente investigación.

Como joven exponente en este camino de las letras, me enorgullece el tener esta oportunidad para presentar ante ustedes este libro del profesor Zenobio Saldivia, que se suma a sus distintos ensayos para dar cuenta de la naturaleza chilena.[4] Así las palabras del libro que comentamos, responden a la labor de informar, de culturizar pero sobre todo, al placer de plasmarlas para las nuevas generaciones. Gay, Domeyko y Philippi, serán reconocidos desde ahora como exponentes de las letras de la generación de 1837. Esa es nuestra hipótesis y nuestra labor como profesionales de la educación es hacerlo reconocible.

Por tanto, los que hemos leído y estudiado cuidadosamente el texto: La Visión de la Naturaleza en Tres Científicos del siglo XIX en Chile: Gay, Domeyko y Philippi, tenemos el deber de difundirlo, de preocuparnos que no quede estancado en nuestra memoria, colaborando para que sea estudiada por otras generaciones, comprendiendo la importancia de la labor de estos hombres que llegaron a nuestra tierra imbuidos de un paradigma taxonómico y que luego fueron capaces de tomar una pluma, de detener el tiempo para nosotros y mostrar una naturaleza peculiar: los paisajes del Chile decimonónico y sus principales exponentes bióticos e inorgánicos, que Saldivia ha sabido muy bien rescatar de la mirada de estos viajeros. 



[1] Saldivia M., Zenobio: La Visión de la Naturaleza en tres científicos del Siglo XIX en Chile: Gay, Domeyko y Philippi, Instituto de Estudios Avanzados, U. de Santiago de Chile, Stgo., 2003, p. 11.

[2] Goic, Cedomil: La novela hispanoamericana, descubrimiento e invención de América, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Valparaíso, 1972.

[3] Saldivia M:, Zenobio; op. cit.; pp. 106- 124.

[4] Los lectores interesados en otros ensayos de este autor en esta misma línea de historia de la ciencia, pueden leer: Claudio Gay y la ciencia en Chile (Berríos, M. y Saldivia, Z,), Ed. Bravo y Allende, Stgo., 1995. O La Ciencia en el Chile decimonónico, Ed. Utem, Stgo., 2003, Chile y Darwin. La respuesta al evolucionismo desde 1869, Ril Edit., Stgo. (Latorre y Saldivia), 2015; entre otros.

 

[1] Los lectores interesados en otros ensayos de este autor en esta misma línea de historia de la ciencia, pueden leer: Claudio Gay y la ciencia en Chile (Berríos, M. y Saldivia, Z,), Ed. Bravo y Allende, Stgo., 1995. O La Ciencia en el Chile decimonónico, Ed. Utem, Stgo., 2003, Chile y Darwin. La respuesta al evolucionismo desde 1869, Ril Edit., Stgo. (Latorre y Saldivia), 2015; entre otros.

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                                                             ZENOBIO  SALDIVIA  M.

                                                            U. Tecnológica Metropolitana, Stgo. Chile. 

Antecedentes previos 

          Al hablar de tecnología inmediatamente nos viene implícito - en el plano de las representaciones mentales - todo un desfile de imágenes sobre máquinas, aparatos y artificios diversos, que van colaborando en la comunidad científica y en los procesos productivos; así como también, sentimos que la tecnología tiene un cierto aire de “intromisión” o interferencia en nuestras rutinas o en la vida cotidiana en general. Además intuimos que trae aparejada una manifiesta innovación en nuestras costumbres, puesto que de pronto nos vemos ejecutando nuevas acciones que no volvemos a abandonar nunca más; por ejemplo: chequear nuestro correo electrónico una o dos veces al día. Y así por ejemplo, nos imaginamos extensas salas con paredes cubiertas por decenas de computadores con pantallas luminosas y botones en serie, comandadas por jóvenes profesionales que están tomando nota de lo observado (gráficos, destellos, temperatura, velocidad....), o están afinando sus instrumentos de mensuración para entregar datos y más datos sobre los observables para los cuales han sido construidos. O bien nos imaginamos amplias y cómodas industrias, donde operan cada vez con mayor presencia, distintos tipos de robot, que cada vez más se van antropomorfizando, e incluso en algunos casos, muchos de estos prototipos han sido cubiertos con capas de materiales sintéticos que llegan a imitar nuestra propia piel. Todo ello dentro de un marco de higiene, de confort y de una alta  funcionalidad  que ha dejado atrás, la antigua percepción de industrias obscuras, grises, y ruidosas; en fin, sea con unos visos más o unos matices menos, nuestra imaginación se ubica entre estos parámetros cada vez que pensamos en la tecnología. 

       Ahora bien, muy a menudo se considera la influencia de la tecnología sobre la sociedad como perjudicial para esta última, sobre todo en ciertos análisis que hablan del largo plazo y donde se destacan los problemas ecológicos, el desempleo, la violencia, y el aumento del tiempo libre entre otros.  En nuestra opinión creemos que es un juicio apresurado visualizar la expansión tecnológica del futuro, como algo totalmente nefasto. Recordemos por ejemplo, el caso de la realidad virtual, tecnología que podemos sacarle mucho provecho en vista a la obtención de nuevos estímulos para el aprendizaje o para actividades de carácter educacional y de estímulos  neurológicos, entre otros. En fin, los ejemplos pueden ser centenares. Seguramente aquella presunción esencialmente negativa sobre los artificios tecnológicos, existe, porque nos dejamos llevar por el prejuicio generalizado que estima que la tecnología es intrínsecamente deshumanizante y negativa. Por otra parte, al juzgar a priori a la tecnología sobre su desempeño a futuro, olvidamos que hay una acción recíproca entre la sociedad y ese reservorio de constructos y artificios que hemos ido desarrollando. Esto no significa que aceptemos todo  lo que nos reporta la tecnología; simplemente se trata de tener un juicio más objetivo, más centrado en la realidad social y cultural. Después de todo, hoy en nuestra época contemporánea, ya casi no podemos vivir sin la interfaz con los medios tecnológicos, sin T.V., sin celular, sin e-mail, sin visitar el cyber-space. 

Tecnología y situación actual

         Actualmente la sociedad coexiste tan bien ensamblada con la tecnología, que hemos llegado a vivir en un orden tecnológico imperante, del cual ya no nos es posible alejarnos, ni menos salirnos abruptamente. Eso es imposible. La tecnología ya está en nuestras comidas, en los supermercados, en los cines, en los medios de comunicación; en nuestras ropas, cada vez con más porcentaje de elementos sintéticos;  en nuestras instituciones y lugares de trabajo a través de cámaras, intercomunicadores y botones infinitos; en fin, en toda nuestra vida. La tecnología tiene el propósito de estar al servicio de la sociedad, de actuar como un sistema dinámico que permita la producción de distintos implementos, técnicas y procedimientos, que nos reporten un mayor bienestar y comodidad; en suma, que permita la satisfacción de nuestras necesidades biológicas, sociales, lúdicas, socio-políticas, o de otra índole. 

         Nuestra visión de la tecnología se parcializa pues, cuando la consideramos como un fin en sí misma, y no como un medio para el bienestar  del hombre en sociedad; o bien, cuando partimos aceptando el punto de vista que sobre la tecnología tienen  determinados grupos políticos, o el de ciertas cúpulas  de los responsables directos del desarrollo tecnológico, que pretenden utilizarla  para la realización de un determinado proyecto empresarial, social o político. La tecnología no es únicamente para sí misma, no es totalmente autosuficiente en su expansión y en su perfeccionamiento; requiere del conocimiento científico, va a la par con él y justamente los resultados de las nuevas conquistas cognitivas, se transforman en  instrumentos y aparatos que nuevamente, a su vez, contribuyen a gestar nuevos conocimientos. Al respecto, piénsese por ejemplo en los megatelescopios  que captan señales e indicios que una vez interpretados por los paradigmas físicos y astronómicos vigentes, nos muestran nuevos referentes del espacio distante. Lo que acontece, volviendo a la tecnología en general,  es que cada vez descansamos más en ella requiriéndola y renovándola. Sin embargo, esto no  significa que la tecnología sea una panacea universal, y que debamos confiar a ultranza en ella. Tampoco significa que no tenga ninguna responsabilidad sobre los aspectos negativos  anteriormente enunciados. 

Los responsables de la orientación de la tecnología 

        En rigor, no es la tecnología la responsable del confort o daño que pueda generar, es la comunidad de tecnólogos y científicos por una parte, que optan por implementar o desarrollar tal o cual artificio para la paz, o para la destrucción. Pero más que ellos, los responsables directos son en última instancia, los exponentes del universo político, pues ellos son los que fomentan, sugieren, o apoyan expresamente con recursos privados o públicos, determinados programas de desarrollo científico o tecnológico. 

        Empero, aunque no podemos dejar de lado  los aspectos éticos y morales en juego, que ameritan una amplia reflexión; desde el punto puramente tecnológico, la tecnología contemporánea está en condiciones de superar muchos de los problemas del hombre de los albores del siglo XXI, como la polución, la invasión de los plásticos y desechos sintéticos, o los derrames de petróleo, entre tantos y tantos otros. Ello, puesto que la propia tecnología ofrece líneas de desarrollo más amigable con el medio; el problema es encontrar la voluntad política y el consenso para destinar los recursos habituales hacia esas nuevas directrices. 

El punto está en ese universo de personas que toman las decisiones sobre el bien público; dicho de otra manera, con el nivel de desarrollo tecnológico actual que descansa en una alta mecanización, automatización, robotización, cibernética, informática y todo el conocimiento de las leyes del mundo físico natural en general; se pueden claramente desarrollar procesos no-contaminantes o mucho menos contaminantes, por ejemplo. Pero para que la tecnología apunte en esa dirección se necesita la comprensión y el apoyo de la clase política y una especie de presión de  los intelectuales con espíritu crítico, para una nueva redistribución de los gastos. 

         Por tanto, el dilema de beneficios versus peligros, señalado en el epígrafe de esta comunicación, es, un falso dilema; no se trata de rechazar de plano a la tecnología, ni apuntar a tecnologizarlo todo, ni tampoco se trata de que la tecnología se cuide de la sociedad o que la sociedad se esfuerce por hacer desaparecer a la tecnología. Plantear así las cosas, es un absurdo, es sólo el resultado de una ignorancia manifiesta y del ímpetu de dejarse llevar por los prejuicios imperantes, fomentados las más de las veces, ora por los movimientos tecnófobos o de grupos anti-ciencia, en un  caso;  o bien  por grupos políticos definidos, identificados con un tecnologismo triunfante; en el otro caso. 

        Al intentar valorar la tecnología, creemos que hay que tener una actitud que no raye en los antagonismos desatados; esto es el menosprecio o el optimismo sobredimensionado; sino más bien en un cierto estado de alerta cuidadosa, que nos permita observar las distintas interconexiones de la tecnología y sus producciones más recientes, con los distintos grupos sociales, en especial en relación a los modos de convivencia social esperados, esto es el ideal de la democracia, con el medio natural, y en especial con sus implicancias en el plano educativo.      

         La educación se nos presenta por tanto, como un universo que regule y reoriente a la tecnología, pues los tecnólogos y científicos necesariamente tienen que pasar por los sistemas educacionales de sus países.  Allí,  principian a formarse una  idea  primaria de  la tecnología que van consolidando con la ejecución de sus paradigmas en uso y con  las aplicaciones del mismo a los más distantes objetos de estudio. Por tanto,  es de esperar que la visión que les hayan entregado los docentes a nuestros científicos contemporáneos, no sea la de enfrascarse en discutir las posiciones antagónicas; sino más bien la de mostrar que la praxis científica, conlleva la necesidad de retroalimentación y de autocrítica y la comprensión cabal de siempre existe un margen de error en toda conquista cognitiva. Y además confiemos que aquellos sabios maestros de nuestros científicos actuales, les hayan trasmitido que la ciencia es una forma de vida tan digna como cualesquiera otra, pero que nunca estará desprovista ni de humanismo ni del buen sentido.  

Palabras finales

Hoy parece necesario ocuparse seriamente  de ese nuevo orden científico-tecnológico que hemos construido, y al respecto, comparto con Donald Michael, tal como lo señala en su obra La Innovación Tecnológica y la Sociedad, que si hay que orientar a la ciencia hacia la producción y el consumo, entonces debemos esforzarnos para que los resultados y posteriores aplicaciones cognitivas queden  imbricadas con la producción y la industria pero no con el énfasis destructor. En rigor, la tecnología nos libera en parte de nuestra dependencia de la naturaleza, pero también nos insta para que la retroalimentemos y para que reflexionemos sobre ella. Ella hará únicamente lo que nosotros queramos que haga, no dejemos que ella nos domine como avizoraron Ortega y Heidegger; aún es tiempo escapar de dicho thélos, y de manejarla a nuestro amaño y no a la inversa. 

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Lavoisier, la química y la revolución


Zenobio Saldivia M.

UTEM, Stgo., Chile.

             Al hablar de los orígenes de la química moderna, frecuentemente se piensa en la labor del científico francés Antoine Laurent Lavoisier (1743-1794). Lo anterior, si bien no es erróneo no es suficiente para alcanzar una mejor aproximación a la verdad histórica; para lograrla sería deseable un análisis de la situación de las ideas referentes a los fenómenos químicos a fines del siglo XVIII.           

La historia de las ciencias generalmente muestra que no es un solo hombre el que realiza un giro significativo de alguna disciplina en particular. Los cambios de paradigma en el quehacer científico van precedidos por diversas confrontaciones entre el antiguo modelo explicativo que se enmarca en una comunidad científica y la mayor extensión de problemas que son resueltos y la extensión de problemas que son resueltos por un nuevo paradigma[1]. En dicho proceso participan muchos científicos. Por eso, es conveniente tener presente que en torno al nacimiento de la teoría de la química moderna están también las explicaciones científicas aportadas por Boyle, Helmont, Lefevre, Stahl y otros[2]. Dichas explicitaciones sirven como elementos teóricos previos que conforman el marco epistemológico en el cual se hace posible la sistematización que realiza el genio de Lavoisier. 

            El sabio ingles R. Boyle (1627-1691), por ejemplo, había presentado la tesis que da cuenta del aumento de peso de los metales calcinados. Sostiene por ello que el plomo tiene una disposición de poros de tal manera que por los crepúsculos del fuego se adhieren con firmeza al metal, ocasionando así el aumento de peso en los metales calcinados. También establece el concepto moderno de “elemento” y descubre la hoy denominada ley de Boyle: en condiciones de temperatura constante, el volumen de un gas es inversamente proporcional a la presión sobre el mismo. 

            Stahl, por su parte, postula la teoría del flogisto para explicar la combustión. Dicha teoría sostiene que en los objetos combustibles habría un elemento que se desprende de los mismos (flogisto) cuando éstos se someten a la combustión. Aquello que queda como consecuencia de la combustión pierde el flogisto y por ello no puede arder nuevamente. Esta forma de explicación se hace extensiva a la combustión, a la calcinación y a otras transformaciones en la composición de los cuerpos.

Lavoisier, el químico  

            Lavoisier es el primero en determinar los constituyentes de las substancias orgánicas y en precisar los métodos para la identificación de tales elementos. Comparte con Pristley el mérito de haber descubierto oxígeno. Lavoisier  determina las propiedades y la función que desempeña el oxígeno en la combustión. Destruye la teoría del flogisto, al demostrar experimentadamente que el proceso de la combustión acontece por la reacción de la sustancia con el oxígeno (l’air vital) “precisamente estudiando la calcinación en recipiente cerrado es como Lavoisier llega refutar de modo definitivo la concepción de Stahl, y a descubrir, incidentalmente la verdadera naturaleza de la respiración”[3]

            La elucidación que se logra con la teoría de la combustión del oxígeno supera a la teoría del flogisto y se consolida así una reformulación de la química, alcanzando ésta un nuevo hito en su desarrollo. 

            Por sus trabajos acerca de la importancia del oxígeno en la respiración, así como por haber asentado los fundamentos de las energética biológica. Lavoisier es considerado también uno de los fundadores de la fisiología. Es justamente el experimento de la calcinación el que le permite determinar que el aire atmosférico está formado por una quinta parte de aire eminentemente respirable (oxígeno) y, en cuanto al resto, por una mofeta (nitrógeno) incapaz de mantener la respiración de los animales.[4] 

            La obra de Lavoisier se aprecia en los distintos contenidos que conforman el objeto de estudio de la química. Entre estos, por ejemplo,, en la determinación de la composición del aire, en los estudios sobre la licuefacción de los gases, en la calorimetría, en los procesos de fermentación y en el establecimiento de la composición del ácido carbónico. Con respecto a las ecuaciones químicas, destaca la importancia de éstas como un medio para expresar los aspectos cuantitativos de los experimentos relativos a la teoría de la combustión del oxígeno, así como las diversas nociones teóricas planteadas por Lavoisier conducen a la creación de nuevas reglas de nomenclatura química. 

            Prosiguiendo con sus ideas sobre el oxígeno, llega también a descubrir la composición del agua, casi al mismo tiempo que Cavendish. Más tarde, en colaboración con Laplace, obtiene agua sintética mediante oxígeno e hidrógeno. 

            Formula la ley de la conservación de la masa y  ley de las proporciones definidas, la primera sostiene que en un sistema sometido a un cambio químico permanece constante la masa total de las sustancias implicadas. El peso combinado de todas las substancias presentes después de la reacción es igual al de las presentes ante ellas. La segunda expresa que un compuesto químico siempre tiene la misma composición, cualquiera sea su origen o método de preparación; esto es, que tiene las mismas proporciones en cuanto al peso de los elementos que conforman el compuesto.[5] 

            Loa historiadores de la ciencia señalan como el iniciador del uso de la balanza en química. Sin embargo, es conveniente recordar que Johann Von Helmont (1579-1644)  ya utilizada frecuentemente una, en un período de pleno tránsito de la alquimia a la química. Por lo anterior, sería más adecuado afirmar que la balanza en química, ciñéndose rigurosamente al método científico. 

            Su obra más importante es el Tratado elemental de química, aparecido en 1789. En ella se presenta una visión integradora de las nuevas teorías químicas, y corresponde a la primera gran síntesis de los principios químicos. En su  obra La Méthode de nomenclatura chimique, presenta una nomenclatura específica para la química, como resultado de una investigación colectiva con Fourcroy, Berthollet y Guyton. Otros trabajos relevantes son el ensayo sobre la naturaleza del principio que se combina con los metales durante la calcinación (1775), y las memorias Altérations qu’éprouve l’air respié (1785) y Premiere memoire sur la respiration des animaux (1789), esta última escrita en colaboración son Seguin.

 

El hombre público y la revolución  

            Lavoisier se destaca no sólo como químico, si no también por su participación en la vida pública e institucional. Al leer su biografía se tiene la impresión que es prácticamente “atrapado” por sus pares, quienes realizan conjuntamente con él diversos cometidos y experiencias científicas. Así por ejemplo, inmediatamente al terminar sus estudios universitarios, trabaja con científicos destacados; entre estos, el geólogo Guettard, con quien viaja por las distintas regiones de Francia para estudiar el subsuelo. 

            En 1768 se incorpora a la Academia de Ciencias, llegando a ser presidente de la misma en 1785. Poco después de incorporarse a la Academia de Ciencias, decide trabajar en la Ferme Générale, una organización financiera dedicada a la recaudación de impuestos. Al cerrarse la Administración de Pólvora y Salitre en 1775, Lavoisier es nombrado comisario de la misma. También participa como miembro de la comisión que establece el sistema métrico decimal de pesos y medidas. Y conjuntamente con Foucroy fue un miembro activo del Liceo de las Artes, desde su fundación hasta 1793, año en que se produce una depuración de los miembros fundadores del Liceo y Lavoisier queda detenido. 

            En 1778 compra una propiedad agrícola en Fréchines y ensaya allí diversas técnicas agronómicas para obtener mejores rendimientos. Gracias a su cargo de Administrador de la oficina de pólvora y salitre, alcanza una posición social que le permite viajar y contactarse con distintos filósofos y científicos, pues está convencido de que la comprensión de la naturaleza es una tarea de colaboración y discusión entre los espíritus. 

            Por ocupar el cargo de recaudador general de impuestos, Lavoisier no era muy popular fuera de la comunidad científica. En el marcote  social de la época existía el convencimiento de que los concesionarios que recaudaban los impuestos obtenían grandes riquezas a costa de los contribuyentes. Menos simpatía se despertaron hacia el cuando contrae matrimonio con Anne Marie Paulze, hija de uno de los más importantes directivos de la institución recaudadora (la Ferme Générale). 

            El sabio francés, si bien era partidario de la monarquía constitucional, había abandonado todos sus cargos públicos cuando visualizo el comienzo de la revolución; esto es, el conflicto entre la opinión pública y los exponentes más conspicuos de la monarquía. Sin embargo, colabora con las nuevas autoridades como es requerido por asuntos profesionales. Por ejemplo, en 1791, cuando se constituye una Oficina de Consultas para las Artes y los Oficios, cuyo propósito era estimular los inventos y la industria, Lavoisier coopera activamente con esta oficina[6]

            Al constituirse el Tribunal Revolucionario, sus integrantes condenan a muerte a todos los servidores del cargo “recaudador general de impuestos” y Lavoisier es guillotinado en la Plaza de la Revolución, en París. 

            En este contexto, cabe preguntarse si el poder revolucionario era incapaz de apreciar la obra del padre de la química moderna, y su también desempeñaba fácilmente la cooperación de los científicos. Sobre el particular hay opiniones encontradas entre los historiadores de la ciencia. Una posición más reciente sostiene que los republicanos recibieron la cooperación de los científicos: “Un gran número de sabios ocupaban puestos claves en el Comité de Salud pública y entre ellos Guyton de Morveau y Fucroy; al parecer no tuvieron ninguna oportunidad de salvar a Lavoisier. Otros miembros de la Academia que intentaron protestar después del arresto, los antiguos colaboradores de Lavoisier, retuvieron en sus domicilios, documentos y apuntes útiles a la Comisión de Pesos y Medidas, y realizan en un laboratorio secreto su proceso de obtención del hidrógeno para prever de balas a las armas republicanas”.[7] 

            La cita anterior ilustra sobre la participación de algunos científicos en el proceso revolucionario y en especial menciona a ciertos químicos que ayudan a los republicanos. Por otra parte muestra una cierta reacción de los miembros de la comunidad científica frente a la situación de Lavoisier. Esto es significativo pues a menudo los textos tradicionales de la historia de las ciencias se presenta a un Lavoisier abandonado por sus pares. 

            Un año después de la muerte de Lavoisier, sus propios colegas lo consideran el fundador de la química y se preocupan de publicar y difundir sus obras. “Ese era el hombre, ése era el sabio que la revolución llevó al colapso en 1794”.[8] 



[1] Cf. Kuhn, Tomas: La estructura de las revoluciones científicas, F.C.E. México, 1982, pp. 112-127

[2] Cf. Untermeyer, Louis: Forjados del mundo moderno, Vol. 4, Biografías Gandesa, México, 1968, p 225

[3] Guyénot, Emite: Las ciencias de la vida en los siglos XVII y XVIII, Uteha, Mexico, 1956. p. 175

[4] Ibídem… p.176

[5] Cf. Pretruccio, Ralph: Química general. F Educación Interamericano, Colombia, 1977, pp. 20-21

[6] Cf. Redondi, Pietro: La revolutión francaise et l’historie des sciences, La Recherce, Paris, Nº 208, Mars p.326

[7] Bensude-Vivent, B: “Lavoisier, héros de la révolution francaise” La Recherche. París. Nº209, Avril, 1989. p.528 (Trad. Personal)

[8] Guyénot, Emile. Op. Cit. P.180.

[1] Bensude-Vivent, B: “Lavoisier, héros de la révolution francaise” La Recherche. París. Nº209, Avril, 1989. p.528 (Trad. Personal)

[1] Guyénot, Emile. Op. Cit. P.180

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Zenobio Saldivia M., UTEM, Stgo., Chile y Maryorie Maya G., U. de Antioquia, Medellín, Colombia. 

El hombre 

José Celestino Bruno Mutis y Bosio, nació en Cádiz, España, el 6 de abril de 1732. Es hijo de Don Julián Mutis y de Doña Gregoria Bosio.  Su familia fue numerosa pues llegaron a ser ocho hermanos. Durante los primeros años de su vida José Celestino dividía su tiempo entre el juego de pelota y el estudio en instituciones dirigidas por los jesuitas; dichos establecimientos en aquel tiempo, eran junto con los del ejército o los de la marina, uno de los principales medios de difusión de la ciencia en España. Mutis estudió gramática y filosofía en el Colegio Jesuita de San Francisco. Al parecer, su interés por el rigor lógico, su espíritu minucioso y la lectura de los clásicos griegos y latinos, tuvo aquí su génesis. 

Más tarde,  en 1748 inició su carrera de Medicina en la Universidad de Sevilla y casi al mismo tiempo; esto es, en 1749, ingresa al Real Colegio de Cirugía de Cádiz, donde tuvo un primer acercamiento a la medicina y cirugía modernas, apoyadas en la física, la química, la botánica, la anatomía práctica y la enseñanza clínica.[1] En este período, Mutis está siguiendo simultáneamente los estudios de medicina entre 1748-1753 y los de cirugía entre 1749 y 1752. Entre los maestros que le dejan cierta impronta figura Pedro Virgili; quien era uno de los grandes  exponentes de la cirugía española, y quien además, logró fusionar las Facultades de Medicina y Cirugía. Mutis de pronto se ve confuso, pero dentro de su psiquis siente la satisfacción de ser uno de los primeros médicos-cirujanos de España, egresado de la nueva entidad. Su práctica como médico la realiza en el Hospital de Marina de Cádiz. Dicho colegio poseía además un extenso jardín con plantas europeas y exóticas, que les servía como fuente de farmacopea práctica. 

Los estudios de medicina de Mutis en Sevilla, corresponden al estilo de enseñanza tradicional de la época; esto es, centrados en la memorización de textos, en los estudios de anatomía y en  el aprendizaje de la botánica para posteriores aplicaciones medicamentosas. De modo que no es extraño que se apasione por estos estudios, en especial cuando esté asentado ya en la Nueva Granada.  El 17 de marzo de 1753 obtuvo el grado de Bachiller en Artes y Filosofía, lo cual era un requisito indispensable para optar luego por el de medicina. El 5 de julio de 1757, en Madrid, se tituló como médico del Real Proto-Medicato, bajo la tutela del médico Andrés Piquer, la mayor eminencia de la medicina española de esa época.[2] Luego, gracias a las gestiones de su antiguo profesor  Pedro Virgili, es designado  médico de cámara de la Corte. 

Más tarde, ya de regreso en Cádiz, acontece la designación del Nuevo Virrey del Reino de Nueva Granada Don Pedro Messia de la Cerda, en Mayo de 1760 y puesto que éste necesita llevar un médico para confiar su salud y la de su comitiva, Mutis es el elegido. Luego de la alegría del sabio gaditano de retomar el contacto con sus padres y de una espera de poco más de un mes, finalmente parte de Cádiz el 7 de septiembre, junto a la comitiva del Virrey rumbo a Nueva Granada, en el navío la Castilla. Las observaciones y experiencias del viaje las dejó consignadas en su Diario de Observaciones.[3] La nave la Castilla llega a Cartagena de Indias, el 28 de octubre de 1760. Aquí,  muy pronto principió con sus anotaciones y con sus primeras observaciones botánicas y zoológicas, soñando con conocer las especies exóticas de la flora neogranadina y con el deseo de escribir una historia natural de América. Tras una reposada estadía en Cartagena de Indias continuó hacia Santafé de Bogotá; finalmente llega a Santafé de Bogotá el 28 de febrero de 1761. 

Ya en Nueva Granada, y casi a un poco más de un año de su arribo, Mutis solicitó  el permiso del Rey para iniciar una expedición científica. Para ello, pidió una subvención para recolectar y clasificar el material de Nueva Granada que había empezado a recoger, con la idea de enviarlos  al Jardín Botánico del Soto de Migas Calientes y al Gabinete de Historia Natural. Además, pensaba que dicho acopio le sería muy importante para la confección de una Historia Natural Americana, que podría publicarse en Madrid. Así, la petición apoyada con documentos ilustrativos de los beneficios de dos plantas de gran valor económico: la corteza de quina y la canela silvestre, intitulada: “Expedición Científica en la América Septentrional”, más conocido como Las Representaciones (1763-1764), se envió al Rey Carlos III. La respuesta a Las Representaciones, nunca  llegó. O mejor dicho, la Real Cédula y su contenido favorable para la empresa, llegó veinte años después, en virtud de la Real Cédula del 1° de noviembre de 1783;[4] donde el Virrey Antonio Caballero y Góngora estimaba que puesto que ya habían visitado estos extensos lares el alemán Alexander Von Humboldt y su colega francés Aimé Bonpland, resultaba conveniente que el corpus físico de Nueva Granada fuera estudiado por científicos españoles, para no quedar atrás en este tipo de investigaciones. Por ello, “…nombró el primero de abril de 1783 y sin autorización real una comisión científica provisional con el nombre de Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada de la que nombró a Mutis director”.[5] 

En 1772, a los cuarenta años, Mutis fue ordenado sacerdote. Un año más tarde de su ordenación sacerdotal, el virrey Messia de la Cerda había concluido su mandato e invitó a Mutis a regresar a España, pero éste desea continuar en Nueva Granada; ahora con sus tres roles bien internalizados en su persona: médico, naturalista y sacerdote. Para el sabio gaditano, el estudio y la observación de la naturaleza era una forma de apreciar la existencia de Dios y también una manera de continuar la labor divina, en el microcosmos peculiar en el cual él debió desempeñarse. Finalmente, este mismo año, arribó a Nueva Granada el nuevo virrey Manuel de Guirior, quien se llevó muy bien con Mutis. 

En marzo de 1808 una gripe  -como la llamaríamos hoy-  lo pone en la antesala de la muerte y le obliga a tomar todos los resguardos para la continuación de su obra científica. Entre tales medidas sugirió dividir las responsabilidades de la expedición botánica: su sobrino Sinforoso Mutis Consuegra quedaría encargado de la parte botánica, Francisco José de Caldas asumiría la conducción de las investigaciones en lo referente a la astronomía y zoología. Y  Salvador Rizo debería hacerse cargo de  las ilustraciones y de la Dirección de la Escuela de Dibujo. El 11 de septiembre de 1808, murió a la edad de 76 años de un ataque de apoplejía,[6]  rodeado del cariño de sus amigos y discípulos.

Sus contactos científicos 

El puerto de Cádiz, durante el Siglo de La Ilustración, era en uno de los lugares más cosmopolitas del Viejo Mundo y un punto obligado  para las transacciones del comercio indiano. Era la puerta de la península hacia las Indias. Y  por ello, era un buen lugar para los contactos científicos de Mutis. En efecto, en los años 1753 y siguientes, de regreso en Cádiz, éste entabló una grata relación profesional con el médico Pedro Fernández de Castilla, con quien comparten tanto sus pacientes como el vivo interés por asistir a las demostraciones anatómicas en el Hospital Real.[7]  Más tarde en esta misma ciudad-puerto, conoció a Jorge Juan, quien influyó notoriamente sobre Mutis. Por ello, cuando Jorge Juan  instauró en 1755 la Asamblea Amistosa Literaria, entidad  donde se reunían destacados científicos, Mutis asistió  a las sesiones donde compartió con científicos tales como: Luis Godin -quien había participado con Jorge Juan en la medición del Meridiano en el Virreynato del Perú-, José Carbonell -Bibliotecario y maestro de idiomas- y Pedro Virgili -Director del Colegio de Cirujanos Navales-, entre otros. Aquí se leían disertaciones de historia, geografía,  física, matemática y otras disciplinas y se discutían nuevos inventos y aplicaciones de la ciencia en medicina, salubridad, agricultura, industria, construcción naval y diversas otras áreas. Esto es mutatis mutandis, el equivalente a las preocupaciones de la  Royal Society, en este mismo período. Mutis asistía también a la Real Academia de Ciencias de Madrid, absorbiendo toda la información astronómica, física y matemática, que le era posible; en especial el conocimiento y aplicaciones de las teorías de Newton y Copérnico. 

También en Madrid, desde 1757, Mutis interactuó con el Director del Jardín Botánico del Soto de Migas Calientes, José Quer y Martínez, fundado por Real Orden de Fernando VI sólo hacía un par de años antes. El jardín tenía una pequeña biblioteca y los herbarios estaban clasificados de acuerdo a los criterios de Joseph Pitón de Tournefort; empero, Mutis no compartía la postura antilinneana de Quer y su nomenclatura para la clasificación de especímenes de la flora. En todo caso, no enganchó nunca con discusiones al respecto y únicamente luego de su arribo al Nuevo Mundo, expresó epistolarmente su desacuerdo con Quer, pero… a Linneo; en donde además, aprovechó de criticar algunos de los tomos de la última obra de  José Quer: Flora española, o historia de las plantas que se crían en España y que constituía la primera historia de las plantas que se daban en España.[8]

Con el sucesor de Quer en el Jardín del Soto de Migas Calientes, Miguel Barnades, que reconocía a Linneo como verdadero maestro, Mutis congenió mucho más y también profundizó un poco más su formación botánica. Miguel Barnades era en la práctica, el difusor de la taxonomía  linneana en España y un connotado botánico que indujo a Mutis a concentrarse en la botánica y que finalmente gatilló en la psiquis de Mutis, para que éste aceptara el puesto de médico para atender al nuevo Virrey de Nueva Granada. Ello con la esperanza de conocer la naturaleza vernácula de dicha posesión de la Corona española.[9] Y una vez en Nueva Granada la relación Mutis-Barnades continuó gratamente por vía epistolar. 

Otro personaje con el que Mutis se relacionó y con quien logró decantar  una gran amistad, fue con Jacobo Gahn, cónsul sueco en Cádiz, quien además era un naturalista autodidacta y aficionado. Gahn actuó también como puente entre Mutis y los intelectuales suecos, contribuyendo así, indirectamente en la retroalimentación de las comunidades científicas  de la época. 

Además de los  autores mencionados que se relacionaban con Mutis, hay que considerar la estrecha y afectuosa relación epistémica y epistolar mantenida entre Mutis y Karl Linneo, durante 17 años (1761-1778). Y con otros sabios europeos a quienes Mutis les envío colecciones, plantas, semillas y bosquejos de flores y plantas que le valieron grandes elogios y su pertenencia a la Academia de Estocolmo y a otras sociedades europeas.[10]

La relación científica y afectiva entre Mutis y Karl Linneo fue muy provechosa para ambos; así por ejemplo, al primero le permitió insertarse en la red de discípulos y conocidos de Linneo, quienes también le enviaban plantas, semillas, informaciones y notas al sabio sueco. Y a su vez, Mutis recibió de Linneo y otros, un reconocimiento internacional que se tradujo en la denominación de algunas plantas con su nombre, como es el caso de la Musita. Pero por sobre todo, lo más importante es que gracias a esta relación, Mutis pudo contar con un referente científico para compartir sus puntos de vista y sentirse participando de una tarea en común; esto es, la inserción de los especímenes desconocidos de Nueva Granada a la ciencia universal. Y para Linneo, esta amistad le significó contar con otro corresponsal más para su red de intelectuales, que desde América lo actualiza con especímenes y notas botánicas. La amistad del sabio gaditano con Linneo,  surgió de una manera casual. Como hemos dicho, Linneo enviaba a sus discípulos a diferentes países como corresponsales e informantes, con el propósito de buscar nuevos especímenes de la flora europea. Entre éstos figuran Logie y Klas Alströmer, quienes visitaron el puerto de Cádiz dentro de su amplio itinerario de herborización por Europa. Es aquí pues donde Mutis los conoció y principió la conexión, y en este contexto, Mutis remitió luego a Linneo algunos ejemplares que había recolectado en los cerros de Paracuellos durante su permanencia en Madrid. Por su parte, Logie y Klas  Alströmer, regalaron a Mutis algunas publicaciones recientes de Linneo: el Sistema Naturae, publicado en 1759 en Estocolmo; la  Philosophia Botanica  (1751) y el  Iter Hispanicum (1758). Tales obras, sumadas al Species Plantarum (1753), también del mismo autor, le serían más tarde de gran ayuda al sabio gaditano. 

Por tanto, dada la estrecha amistad entre Mutis y Linneo, no resulta extraño que éste último denomine a un género florístico, con el apellido de su colega gaditano: Mutisa. A este respecto, recuérdese algunas variedades de las Mutisa que aparecen en las obras de Linneo, v. gr.: “Syngenesia Poligamia Frustanea. Mutisia.” Gen. pl. 1165. tom. vi. p. 565. I. Mutisia Clematide. Receptáculo desnudo: vilano plumoso: caliz cilindrico, apiñado: corolillas del radio entre ovales y oblongas: y las del disco hundidas en tres partes.”[11] 

Las colecciones remitidas por Mutis a Suecia, incluían referentes disecados, muchas láminas a color y algunas notas. Más tarde, con el material aportado por Mutis,  Linneo publicó  varios trabajos tanto  en su Segunda Mantissa del Systema Natural, como también en el Supplementum. En dichas obras, nuevamente es frecuente observar la referencia a Mutis, tal como lo exige la parsimonia de las diagnosis especializadas sobre especímenes de la flora. 

Por supuesto que otro contacto científico altamente relevante para Mutis fue su encuentro con Alexander Von Humboldt, con quien el sabio gaditano había sido muy generoso, pues lo recibió y acomodó a él y a su acompañante Aimé Bonpland en una casa contigua a la suya y les aportó una amplia información sobre la flora y fauna neogranadina en general, e incluso le mostró y le explicó las notas más relevantes de cientos de sus dibujos ya terminados, que a la fecha de su encuentro con Humboldt ya eran más de 2.000 ilustraciones;[12] también le regaló a este sabio alemán, cientos de láminas de plantas neogranadinas.[13] En rigor, secuelas positivas para Mutis de esta vinculación sólo la recibió  algunos años después, por ejemplo cuando Humboldt publicó su obra Plantas Equinoxiales colectadas en México, en la Isla de Cuba, etc. (1808-1809).

Mutis y su aporte científico

Intentar determinar el aporte de Mutis al desarrollo de la ciencia universal, no resulta una tarea fácil, por la diversidad de aportaciones disciplinarias que nos ha legado y por su participación en diversas disciplinas. Empero, lo que sí esta claro, es que este autor es un típico exponente de los científicos ilustrados que se caracterizaban por dominar amplios espectros del saber científico de su tiempo. Es por tanto, un científico de la Ilustración en América por antonomasia, como Hipólito Unanue en Perú o Miguel Larreynaga en Centroamérica.[14] Su saber cubre la matemática, la medicina, la inmunología, la astronomía, la taxonomía, la botánica, la mineralogía, la historia natural en general y la ecología entre otras disciplinas. A continuación, se presenta una selección de sus aportes cognoscitivos en las disciplinas ya mencionadas, para comprender mejor su mirada y su praxis científica ilustrada.  

Medicina 

Sabemos que Mutis dio su examen para Bachiller en Medicina el 2 de mayo de 1755 y que luego en julio de 1757, se presentó ante el Real Protomedicato, en Madrid, para rendir su examen que lo habilitó como médico cirujano; tal como ya lo hemos indicado con antelación. En rigor, su ejercicio de la medicina profesional se desarrolló en dos mundos: primero en España y luego en Nueva Granada. Así, recordemos que sus primeros trabajos médicos los realizó en el Hospital de Marina de Cádiz y en el Hospital General de Madrid. El primero de ellos  poseía además un extenso jardín con plantas europeas y exóticas, que les servía a Mutis y a los otros médicos, como fuente de farmacopea práctica. Y en relación a la estadía de Mutis en el Hospital de Madrid, sabemos que la alternaba con visitas sistemáticas al Jardín Botánico de Migas Calientes.[15] 

Más tarde en 1782 ya en Nueva Granada, durante la epidemia de viruela, lo encontramos trabajando como médico y difundiendo algunos procedimientos prácticos para paliar las dolencias de los pacientes y para evitar el contagio;[16] y a comienzos de 1783, sugirió formalmente organizar una cruzada para la inoculación de la vacuna contra esta epidemia.[17] Y luego, para enfrentar la lepra elefancíaca, que a la fecha estaba muy extendida en Nueva Granada, solicitó a las autoridades que comisionen a especialistas para determinar el tipo de aceite de palma que se usaba en África para calmar los dolores de esta última enfermedad.[18] Todo lo cual es un hito relevante para el desarrollo de la medicina social en América. Su visión como médico no se agotó simplemente en prevenir las epidemias, sino que fue más allá, y sugirió un vasto plan de modernización de la profesión y un aumento en el control de los que la ejercían. Mutis planteaba la conveniencia de realizar visitas aleatorias a hospitales y cárceles y controlar los títulos extranjeros, dado que en las colonias españolas eran muy escasos los médicos con formación académica y los pacientes simplemente eran atendidos por rivalidados o cirujanos formados en la mera práctica, o por parteras, o por boticarios aficionados o por simples sangradores.[19] En este contexto por tanto, se comprende que se presentaban muchos pseudocientíficos y falsos médicos[20] y de aquí la preocupación de Mutis. 

Botánica y taxonomía 

La formación botánica de Mutis y de historia natural en general, se remonta a sus estudios in situ en el Jardín Botánico del Soto de Migas Calientes, los cuales son complementados luego en Nueva Granada por métodos autodidactos.[21] Aquí en Madrid, Mutis además de su trabajo como médico de la Corte, dirigió la Cátedra de Anatomía del Hospital General, y continuó con sus estudios de botánica, en el Jardín Botánico del Soto de Migas Calientes desde 1757 a a 1760; en esta etapa y para estos avatares contó con el apoyo del botánico Don Miguel de Barnades.[22]  Entre los autores que le sirvieron de modelo explicativo para el estudio de las ciencias de la vida y de las ciencias físicas, Mutis consideró los trabajos de física de Newton, los estudios médicos y botánicos de Boerhaave y las clasificaciones de Linneo.  

Desde el momento de su llegada al Virreinato, Mutis se perfiló claramente como botánico; en efecto, se preocupó por formar un herbario, por encontrar variedades de la quina y por realizar una expedición botánica con apoyo de la Corona Española; por ello, a un poco más de un año de su arribo, como se ha mencionado, Mutis solicitó permiso al Rey para iniciar una expedición científica, en 1763. La que finalmente se inició dos décadas después, como ya adelantáramos. José Celestino Mutis quedó como Director y el presbítero y naturalista  Eloy Valenzuela, fue nombrado 2do director; a su vez, los pintores  Don Joaquín Gutiérrez y Don Pablo Antonio García, quedaron también como miembros de la Expedición; la cual se estableció en La Mariquita hasta su traslado a Santafé de Bogotá, en 1791.[23] El interés de Mutis por la quina y su deseo de encontrar distintas especies de esta planta, continuó en esta etapa y lo instó a designar o comisionar a algunos de sus colaboradores, en especial a fray Diego de García, para determinar en qué sitios se encontraba y qué posibilidades económicas podía ofrecer. Mutis, por su parte, estudió las características y virtudes terapéuticas de diversas variedades de la quina. Y justamente en relación a las quinas, recordemos además que Mutis nos ha legado su ensayo el “El Arcano de la Quina revelado a beneficio de la humanidad” publicado por entregas en el Papel Periódico de Santafé de Bogotá.[24] Más tarde, en 1809, salió a la luz la Historia de los árboles de la quina, editada por su sobrino Sinforoso Mutis, donde se daba cuenta de todas las especies de este referente botánico,[25] tan significativo para la medicina y para el comercio farmacológico de la época. 

El núcleo central del trabajo botánico de Mutis, se nutrió de sus estudios de las obras de Löfling, Linneo, Barnades, Alströmer y Boerhaave entre otros, tal como señaláramos cuando dimos cuenta de los contactos científicos del sabio gaditano. También fueron muy importantes los conocimientos empíricos que le entregaron los campesinos en relación a las plantas de la región y a otros referentes autóctonos y que Mutis supo rescatar. Este criterio de considerar el conocimiento popular, también se observa en este mismo período, en el trabajo taxonómico de Juan Ignacio Molina en el Reyno de Chile, y más tarde también en Claudio Gay, pero ya en el Chile republicano.[26]   

Los estudios botánicos en general y los taxonómicos en especial del sabio gaditano, en su tiempo, estaban descollando como conocimientos importantes pues formaban parte de las denominadas “ciencias útiles”, junto a los estudios de agricultura, contabilidad, comercio, matemática y otros, y en este sentido eran muy relevantes para la población del Nuevo Mundo. Esto, puesto que  a través de un adecuado conocimiento del mundo orgánico de las colonias españolas en América, sumado a una adecuada política científica de la Corona, se podía mejorar la calidad de vida de los habitantes,  al mismo tiempo que se contaba con elementos teóricos para “sanear el medioambiente y acrecentar los bienes materiales necesarios para el bienestar de la sociedad.”[27] 

Y nada más para formarnos una idea de la impresionante cantidad de especímenes florísticos que clasificó y/o estudió este sabio gaditano, recordemos por ejemplo: que nos ha legado un herbario de aproximadamente 20.000 plantas y más de 5.000 ilustraciones de plantas  novogranadinas, un vasto semillero y una amplia colección de maderas y minerales.[28] A lo anterior, hay que adicionarle su cuidadosa diagnosis de centenares de plantas; entre las cuales recordemos por ejemplo, un género de plantas que denomina Barnadesia spinosa que observó en su viaje de Cartagena a Mompox y de la cual él mismo nos ha legado un dibujo.[29] O de la Pentandria, que la describió en estos términos: “Pentandria. Corolla campaniformis tubulata lymbo quinquefido reflexo. Stilus unicus. Stigma obtusum….. nux… orbicularis. Latius in descriptione.”[30] 

Uno de los puntos fuertes de su trabajo taxonómico, como hemos adelantado, corresponde al estudio e identificación de nuevos tipos del género cinchona. En efecto, el propio Mutis dejó de manifiesto en su trabajo “El Arcano de la Quina revelado a beneficio de la humanidad”, que él ha estudiado siete variedades de quinas; también sugiere aquí tener mucho cuidado con los autores que señalan haber descubierto en Nueva Granada supuestas variedades de cinchona no conocidas; ello puesto que él y sus colaboradores habían recorrido el territorio y habían determinado ya casi todas las variedades de este género. Y justamente dentro del universo de las variedades de cinchona que identificó el sabio gaditano, recuérdese que realizó la diagnosis de la quina amarilla: la cinchona cordifolia y le envió un espécimen de esta variedad  a Linneo.[31] 

También identificó y estudió nuevas especies de portulaca, convulvulus, malpigia, solanum, Bijao rosario, Bidens scandes, Sidas, Lotus, Bombax aculeatus, Aristoloquia y Cephaelis;[32] y el veso Viverra mapurito y el Zarcillejo (Chaetogastra canescens) que tiene el mérito de ser la primera planta pintada por los miembros de la Expedición Botánica;[33] entre tantas y tantas otras, que no podemos consignar en un mero capítulo de libro.  

Pero Mutis no solamente se dedicó a recolectar plantas, hierbas y semillas y a realizar diagnosis de las mismas, sino que también realizó diversos estudios sobre la vigilia y el sueño de las plantas. En dicho trabajo va comparando como despiertan y/o como asumen el sueño diversas plantas, tales como las Tiandras, las Exandras y las Commelinas, entre otras, y al respecto va indicando minuciosamente como se van presentando los pétalos, el cáliz, las corolas y otras partes de las flores indicadas, al ojo del observador experimentado.[34] 

Y por supuesto, estudios botánicos tan completos sobre referentes florísticos endógenos o exógenos propios del universo neogranadino, llevaron aparejados estudios sobre la química y la estructura de sus objetos de estudio, como por ejemplo sobre la quina y otros, tal como lo ha señalado Saladino García, entre otros.[35] E incluso también, en tanto la quina era un elemento utilizado como sustancia medicamentosa, Mutis se vio obligado a indicar la preparación de la quina y la proporción de los otros componentes que finalmente van a constituir el remedio propiamente tal; tal como ha quedado de manifiesto en uno de los números del Papel periódico de Santafé de Bogotá.[36] 

Pero si queremos presentar una sinopsis de sus trabajos taxonómicos, hay que tener presente que su esfuerzo de clasificación no se centraba solo en identificar especímenes florísticos, de plantas o de hierbas; sino que también realizó diagnosis de peces, aves, coleópteros y otros referentes. Así, recuérdese que ya de partida, en el viaje de España hacia Colombia, en la nave La Castilla en 1760, venía identificando diversos referentes bióticos. Entre éstos por ejemplo, algunas aves tales como  ciertos tipos de pelícanos (familia Pelicanae), o algunos tipos de gaviotas, del género Laurus; o peces como la barracuda (Sphyraena), o insectos de la familia  Panorpidae, como el Panorpa pelágica o el Pyrophurus noctilucos, por mencionar algunos, tal como han venido destacando Bernal Villegas y Gómez Gutiérrez.[37] Y así continuó Mutis luego en 1761, ya en Nueva Granada, por ejemplo en su viaje por el río Magdalena, donde identificó a decenas de tipos de aves y de peces cuyo hábitat es justamente este río; con razón uno de los documentos de estudio que nos ha legado el sabio gaditano se titula: Catálogo de los pájaros y peces del río Magdalena.[38] En rigor, esta notable preocupación taxonómica ilustrada continuó cuando contó formalmente con su equipo de dibujantes y pintores, al constituirse la Expedición Botánica; a quienes les exigió pintar diversos mamíferos, aves y peces que encontraran a su paso. Y su esfuerzo en este sentido se comprende aún más, cuando observamos que Humboldt describió a un tipo de pez andino -el denominado “pez capitán”- tipificándolo como Eremophilus mutisii (1805),[39] como un manifiesto homenaje a Mutis. También, sabemos que Mutis durante un tiempo se dedicó a estudiar a las hormigas y a las termitas, observando cuidadosamente sus terromonteros y midiendo sus alturas.[40] 

Como corolario de todos estos trabajos sostenidos por más de 25 años, en 1807, envió a las autoridades políticas de la Corona Española su magno trabajo: Flora de Bogotá. Empero, España estaba en una situación política muy difícil y la ciencia no era la prioridad, por tanto, el trabajo quedó arrumbado en los archivos del Jardín de Plantas de Madrid.[41] 

Ecología 

Por supuesto que Mutis ni sus pares estaban conscientes de una ecología como es entendida ahora, toda vez que esta voz fue empleada por primera vez por el zoólogo alemán Ernst Haeckel (1869). Empero, Mutis al igual que otro sabios ilustrados como A. J. Cavanilles o Manuel de Aguirre, que van dejando atrás las concepciones fijistas y estáticas de la tierra,[42] sí percibía a la naturaleza como un universo dinámico que es vulnerado por la acción humana, e intuía claramente la idea central de lo que hoy sabemos que estudia la ecología: el equilibrio y conservación del medio ambiente, y en este sentido, hay que tener presente que Mutis en las notas que escribía a los miembros de su equipo técnico en relación al acopio de quinas, dejaba muy en claro que por ningún motivo debía destruirse totalmente el árbol, sino más bien “…cortar con hacha a una vara de altura de sus raíces: y de este modo queda proporcionado a retoñar, ocupando un lugar útil en el monte para la posteridad.”[43] 

Este tipo de sugerencias era muy frecuente en las cartas y notas de Mutis a su personal. Lo propio realizaba para preservar vastas áreas verdes; v. gr. a este respecto recordemos que Mutis escribió una carta a un funcionario público de su época en  que apuntaba a la conservación de ciertas zonas en Santafe de Bogotá: Justamente el breve ensayo se intituló: “Preservación de las zonas verdes en Bogotá” y aquí principiaba llamando la atención sobre la necesidad de superar la suciedad e inmundicia que afean las calles y contaminan el aire, y clamaba por una urgente limpieza y aseo de las calles por parte de los propios vecinos, para que se aboquen “a la sencilla pensión de barrer el suelo de su respectivo reciento, limpiándolo de los excrementos, basuras y escombros, en que consiste la sanidad y decoro de la capital;”[44]  y luego sugería no cortar la grama y las plantas menudas de Santafé de Bogotá para que dicha tala no afecte al equilibrio entre el corpus físico y la salud de la población.[45] 

Matemática y astronomía 

Otra faceta destacable en Mutis es su pasión por la matemática, la física y la astronomía; en especial cabe destacar que el sabio gaditano, casi recién llegado a Santafé de Bogotá, se enfrascó en una confrontación contra el sistema de enseñanza escolástica de las matemáticas, que se daba en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, donde dictó clases entre 1762-1767. En efecto, como astrónomo, nuestro sabio gaditano, tenía muchos y actualizados conocimientos de las matemáticas de su tiempo; por ello no es extraño que en marzo de 1762, sea Mutis quien inaugure el curso de matemáticas en el Colegio Mayor de Nuestra señora del Rosario. Así, en su discurso inaugural,  enfatizó en la utilidad de esta ciencia como base de la filosofía experimental, destacando que es la utilidad de una ciencia lo que más obliga a cultivarla con algún empeño y justamente a su juicio era la matemática la que más utilidad ha aportado a lo largo de los siglos.[46]  Y luego, en otro momento de su discurso, señalaba que “el camino está ya abierto en nuestros días y son imponderables los aumentos que ha recibido la física por el grande Newton, y sus esclarecidos secuaces Gravesande, Munschenbroek y Nollet, entre otros igualmente acreedores a las mayores alabanzas.”[47] Lo anterior, es claramente una afirmación de principios que deja de manifiesto que en su cátedra, lo que primará será la matemática y física newtoniana.

Y este asentamiento de la matemática y física newtonianas, continuó durante sus próximos años de docencia en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Así en 1764, nuevamente lo encontramos enfatizando en la conveniencia de seguir estos estudios para comprender adecuadamente los efectos naturales y sus causas, pues desarrollar la física para abordar “…cuestiones sin ninguna importancia, como se ha cultivado generalmente por el dilatado espacio de veinte siglos, se mira ya como una tierra ingrata que sólo produce malezas y espinas”[48] y por ello recalcaba que la física experimental que Newton representa, es la que viene haciendo “de día en día mayores progresos, introduciéndose en todas las ciencias y las artes”[49].

Y luego señala que Newton “…enriqueció tanto las matemáticas con sus profundas meditaciones cuanto es fácil de conocer por el nuevo lustre que les dio.”[50] Y así sucesivamente, va dejando de manifiesto el mayor alcance epistémico de la física newtoniana y su mayor rango de utilidad, al mismo tiempo que va mencionando las obras de Newton.  En suma, un claro rayado de cancha para colegas y alumnos. Tales confrontaciones epistémicas y metodológicas en relación a la enseñanza de la física y de la matemática seguirán en los próximos años, pero Mutis, apoyado en la protección de los virreyes Pedro Messia de la Cerda, Manuel Guirior y Manuel Antonio Flores,[51] siguió con sus reformas curriculares para dejar atrás la enseñanza de la filosofía escolástica y asentar la filosofía experimental. 

En astronomía, recuérdese que al erigirse  el Observatorio de Santafé de Bogotá en 1802, Mutis es designado director de la entidad y esto es un reconocimiento cabal al trabajo sistemático del sabio gaditano y también a la importancia que él ha logrado darle a este saber, dentro del modelo de la ciencia ilustrada y utilitarista que Mutis representa.  Ello es la máxima expresión de asentamiento de la disciplina de la astronomía en el Nuevo Reino de Granada y en toda América central y meridional; en especial si tenemos presente que para esta fecha, en muchos otros países de la Corona española, aun falta mucho para que cuenten con una entidad científica de esta naturaleza. 

Mineralogía y metalurgia 

Entre los años 1766 a 1770, Mutis se incorporó a una compañía privada para explorar las minas de plata de San Antonio en la Montuosa Baja, zona cerca a Pamplona. Se trasladó en 1766 en compañía de Pedro Ugarte con quién había hecho sociedad minera.  Esta empresa fracasó debido a su ignorancia metalúrgica. Mientras Clemente Ruiz, un enviado suyo, viajó a Suecia para aprender nuevos conocimientos metalúrgicos.  Entre 1777 y 1782 estuvo en las minas del Sapo, en las proximidades de Ibagué. En ambos intentos fracasó económicamente, aunque introdujo, junto con su socio Juan José D'Elhuyar, el método de amalgamación para la extracción de la plata. En suma, Mutis contribuyó a la modernización de la minería en el Virreinato, tanto en los aspectos de producción, con nuevas técnicas de explotación, como en los de industrialización, con novedosas formas de empresas mineras. 

El trabajo en las minas logró alternarlo con la   recolección de algunos observables botánicos de su interés. A partir de 1770, luego de abandonar las minas, Mutis  regresó a Santafé de Bogotá. Pero cuando asumió la Dirección de la Expedición Botánica, y tras decidir asentar las bases científicas y operativas de la misma en la ciudad de La Mariquita, rodeada  por las montañas del Quindío y próxima al río Magdalena; volvió a realizar tareas de prospección minera. En efecto, el virrey Antonio Caballero y Góngora le solicitó buscar terrenos metalíferos ricos en mercurio, por ello y durante un tiempo Mutis recorrió las regiones del Quindío y obtuvo algunas muestras de sulfuro de mercurio que ofreció a la autoridad política de Nueva Granada. Al parecer, finalmente no se continuó con la fase siguiente de implantación del laboreo, puesto que no se ubicaron las vetas madres.[52] 

Como se ha podido observar, la producción científica de Mutis cubre diversas disciplinas y se desplaza entre la educación superior, la historia natural, las ciencias vinculadas a las ciencias de la vida, la astronomía, la medicina, la matemática y la  técnica, entre tantas otras. Estos campos del saber, en rigor los fue desarrollando en torno a  su praxis centrada en dos ejes temáticos: como el difusor de la ciencia moderna en Nueva Granada y como el principal buscador de lo identitario de la naturaleza neogranadina. 

Hacia una conclusión 

La obra del sabio gaditano, fue un pilar muy significativo para el desarrollo de la ciencia en Nueva Granada primero y más tarde para la joven República de Colombia; en rigor, sus logros científicos específicos actuaron como un puente entre la ciencia Ilustrada y los albores de la ciencia de lo que hoy es Colombia. En esencia, podemos colegir que Mutis cumplió un importante papel en la construcción de la ciencia neogranadina al pensar y articular la Expedición Botánica por una parte y al actuar como difusor del conocimiento ya alcanzado desde esta región de América para insertarlo al corpus científico universal. También actuó como embajador o gestor de redes de intelectuales y de científicos; tanto por tener que buscar, estructurar y orientar a los pintores, dibujantes, botánicos, técnicos y otros científicos miembros de la Expedición Botánica; cuanto por el fluido intercambio de conocimientos, obras y referentes botánicos con los más destacados científicos de su época. 

Por otra parte, creemos que su trabajo en general, muestra dos etapas: La primera de ellas, alude a la consolidación de la ciencia moderna identificada con el paradigma de las tesis copernicanas y newtonianas que le tocó defender y asentar en Nuevagranada. Y la segunda, se identifica claramente con la praxis de una ciencia útil que busca lo vernáculo y lo identitario in situ para asentar lo peculiar novogranadino en la ciencia universal. Ello, en virtud de la Expedición Botánica que pensó, esperó, articuló y puso en marcha; aportando así, un perfil cualitativo y epistémico nuevo de la ciencia en los orígenes de la actual Colombia. Un verdadero pivote para el proceso de construcción de la ciencia no sólo en Colombia, sino para todas las emergentes  comunidades científicas de América.


* Los autores agradecen algunas sugerencias bibliográficas complementarias aportadas por el profesor Patricio Leyton A., de la PUCCH, Stgo., Chile.

[1] Rueda Enciso, José Eduardo. s/f. Mutis José Celestino. Gran Enciclopedia del Círculo de Lectores, Tomo I, Biografías en: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/biografías/mutijose.htm. [Consulta: 06-07-2014] 

[2] Cf. Rueda Enciso, José Eduardo. s/f.: Mutis José Celestino; op. cit. Y también en: Knudsen, Hans-Peter: “Presentación”, en: Bernal V., Jaime y  Gómez G., Alberto: A Impulsos de una Rara Resolución. El Viaje de José Celestino Mutis al Nuevo Reino de Granada, 1760-1763; Pontificia Universidad Javeriana y U. del Rosario, Bogotá; 2010; p. 13.

[3] Cf. Martín, M. Paz: Celestino Mutis, Historia 16 e Ediciones Quórum, Madrid, 1987; pp.15 y 150.

[4] Cf. Fonnegra, Gabriel: Mutis y la Expedición Botánica, El Áncora editores, Bogotá, 2008; p.153. Los lectores interesados en conocer el detalle de la Real Cédula que designa a Mutis Director de la Expedición y las características administrativas de la misma, pueden consultar por ejemplo: Vezga, Florentino: La Expedición Botánica, Ed. Minerva, Bogotá, Colombia, 1936; pp. 26-28.

[5] Martín, M. Paz; op. cit.; p.56.

[6] Cf. Rueda Enciso, José Eduardo. s/f.: Mutis José Celestino; op. cit.

[7] Martín, M. Paz: Celestino Mutis; op. cit.;  p.13. 

[8] Vd. Quer, José: Flora española, o historia de las plantas que se crían en España (6 vol.) (1762-1784). Impr. de Joaquín Borrachina, Madrid.  

[9] Cf. Del Pino  D., Fermín: “América y el desarrollo de la ciencia española en el Siglo XVIII: Tradición, Innovación y Representaciones a propósito de Francisco Hernández”,  en: La América Española en la Época de las luces; Edic. Cultura Hispánica, Madrid, 1988;  p.135.

[10] Cf. Martín, M. Paz: Celestino Mutis; op. cit.;  pp. 40, 46, 57 y 151. 

[11] Linneo, Karl: Sistema de los vegetales. Resumen de Don Antonio Paláv y Verdéra, Segundo catedrático en el Real Jardin Botánico de Madrid, Imprenta Real, Madrid, 1788; p. 507.

[12] Cf. Ibáñez, Pedro M.: Las Crónicas de Bogotá  y sus inmediaciones, Bogotá, 1981; p. 193.

[13] Cf. Ramírez, Alex: “La etnobotánica latinoamericana en la obra de Humboldt”, en: Zea, Leopoldo y Magallón, Mario: El Mundo que encontró Humboldt, Instituto Panamericano de Geografía e Historia,  Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1999; p.93.

[14] Los lectores interesados en conocer en profundidad  los aportes de estos sabios ilustrados, pueden consultar:   García Cáceres, Uriel: La Magia de Unanue, Fondo Edit. del Congreso del Perú, Lima, Perú; 2010. Y Saldivia M., Zenobio: Una Aproximación al Desarrollo de la Ciencia en Nicaragua, Bravo y Allende Editores, Stgo., Chile, 2008.

[15] Cf. Gómez D., Nicolás: “Madrid. Siglo XVIII de Austrias y Borbones”, en: Bernal V., Jaime y  Gómez G., Alberto: A Impulsos de una Rara Resolución. El Viaje de José Celestino Mutis al Nuevo Reino de Granada 1760-1763; op. cit.; p. 32.

[16] Cf. Vezga, Florentino: La Expedición Botánica; op. cit.; p.37.

[17] Martín, M. Paz; op. cit.; pp. 55-56.

[18] Cf. Vezga, Florentino; op. cit.; p.37.

[19]  Cf. Knudsen, Hans-Peter: “Presentación”, en: Bernal V., Jaime y  Gómez G., Alberto: A Impulsos de una Rara Resolución. El Viaje de José Celestino Mutis al Nuevo Reino de Granada, 1760-1763; op. cit.; p. 13.

[20] Cf. Peset, José Luis: “José Celestino Mutis y las etapas de la ciencia novogranadina”,  La Ciencia Española en Ultramar, Ateneo de Madrid, Madrid, 1991; p. 180.

[21] Rueda Enciso, José Eduardo. s/f.: Mutis José Celestino; op. cit.

[22] Cf. Martín, M. Paz: Celestino Mutis; op. cit.; p. 14.

[23] Cf. Ibáñez, Pedro M.: Las Crónicas de Bogotá  y sus inmediaciones; op. cit.; p. 158.

[24] Este trabajo fue publicado por secciones en el Papel Periódico de Santafé de Bogotá (dirigido por Manuel del Socorro Rodríguez) a partir del N°89 del 10 de mayo de 1793, hasta el N°129, del 14 de Febrero de 1794.

[25] Cf. Martín, M. Paz: Celestino Mutis; op. cit.; pp.11-12.

[26] Al respecto puede consultarse Saldivia, Zenobio: “El abate Juan Ignacio Molina y el saber Ilustrado”, Rev. Creces Vol. 16, N°9, Stgo., Chile, 1998; pp. 42 y ss. Y también del mismo autor en: La Visión de la Naturaleza en tres científicos del siglo XIX en Chile: Gay, Domeyko y Philippi; Ed. U. de Santiago de Chile, Stgo., Chile;  2003; pp. 53 y ss.

[27] Figueroa, Marcelo F.: “Botanizar y herborizar la flora americana. Mutis, Gómez Ortega y el Inventario Ilustrado español del S. XVIII”, en: http://eh.net/XIIICongress/cd/papers/60Figueroa49.pdf [Consulta: 08-05-2014].

[28] Cf. Caldas, Francisco José de: “Nota Biográfica. Artículo necrológico del señor José Celestino Mutis”, Semanario del Nuevo Reino de Granada, Santafé de Bogotá, N°37.

[29] Cf. Bernal V., Jaime y  Gómez G., Alberto: A Impulsos de una Rara Resolución. El Viaje de José Celestino Mutis al Nuevo Reino de Granada, 1760-1763; Pontificia Universidad Javeriana y U. del Rosario, Bogotá; 2010; p. 111.

[30] Cf. Martín, M. Paz: Celestino Mutis; op. cit.; pp. 113-114.

[31] Cf. Vezga, Florentino: La Expedición Botánica; op. cit.; p. 98.

[32] Cf. Martín, M. Paz: Celestino Mutis; op. cit.; pp. 30-36 y 144.

[33] Cf. Vezga, Florentino: La Expedición Botánica; op. cit.; p. 41.

[34] Ibídem.; pp. 120 y ss. Y también en Fonnegra, Gabriel: Mutis y la Expedición Botánica, El Áncora editores, Bogotá, 2008;   p.128 y ss.

[35] Cf. Saladino García, Alberto: Ciencia y Prensa durante la Ilustración latinoamericana; U. Autónoma del Estado de México, México; 1996;  pp. 218 y ss.

[36] Vd. Mutis, José Celestino: “El Arcano de la Quina revelado a beneficio de la humanidad”, Papel periódico de Santafé de Bogotá, 1793.

[37] Cf. Bernal V., Jaime y  Gómez G., Alberto: A Impulsos de una Rara Resolución. El Viaje de José Celestino Mutis al Nuevo Reino de Granada, 1760-1763; op. cit.; pp. 73 y ss. 

[38] Ibídem.; pp. 151 y ss.

[39] Cf. Mujica, José Iván et al.: “Peces del Valle Medio del Río Magdalena, Colombia”, Rev. Biota Colombiana, U. Nacional de Colombia e Instituto Humboldt, Vol. 7 (1), Bogotá; 2006; p. 24.

[40] Cf. Vezga, Florentino: La expedición Botánica; op. cit; p. 100.

[41] Cf. Núñez Uricolchea, José María: Memoria sobre el sabio Naturalista español Don José Celestino Mutis; op. cit.; p. 75.

[42] Cf. Urtega, Luis: La Tierra esquilmada. Las ideas sobre la conservación de la naturaleza en la cultura española del siglo XVIII, Edic. del Serbal S.A. (Barcelona)  y del Consejo superior de Investigaciones Científicas (Madrid), 1987; pp. 31 y ss.

[43] Mutis, J.C.: Nota Remitida al Comandante de Barina, D. Fernando Mijares, el 25 de abril de 1790; citado más ampliamente por Martín, M. Paz: Celestino Mutis; op. cit.;  pp. 136 y ss.

[44] Fonnegra, Gabriel: Mutis y la Expedición Botánica, El Áncora editores, Bogotá, 2008;   p. 213 y ss.

[45] Ibídem.; p. 216.

[46] Cf. Mutis, José Celestino: “Discurso pronunciado en la apertura del curso de matemáticas en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario”, 13 de marzo de 1762. Citado más ampliamente por Fonnegra, Gabriel; op. cit.; p. 27.

[47] Ibídem.; p.33.

[48] Cf. Mutis, José Celestino: “Elementos de la filosofía natural que contienen los principios de la física demostrados por las matemáticas y confirmados con observaciones y experiencias dispuestos para instruir a la juventud en la doctrina de la filosofía newtoniana en el real Colegio del Rosario de Santa Fé de Bogotá en el Nuevo Reino de Granada” (1764). Citado más ampliamente por Fonnegra, Gabriel; op. cit.; p. 39.

[49] Ibídem.

[50] Ibídem.; p. 47.

[51] Vezga, Florentino; op. cit.; p.86.

[52] Cf. Vezga, Florentino; op. cit.; p.36.

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Zenobio Saldivia M. y Carolina Gatica M.
Universidad Tecnológica Metropolitana, Santiago, Chile. 

Algunos antecedentes

A través de la historia podemos encontrar un sinfín de teorías que apoyan la premisa de que la mujer es inferior al hombre, pero estas teorías no son más que eso, no pasan más allá del puro planteamiento y cuando se tratan probar como un hecho biológico, sólo se terminan empleando características socioculturales para justificar el por qué la mujer ha mantenido un rol inferior al del hombre durante los diferentes siglos, cayendo en la repetición de estas teorías como si se tratasen de arquetipos universales o dogmas.

Esta situación es algo trascendental, que va más allá del lenguaje, lugar o período histórico, y deja de manifiesto que la mujer ha sido continuamente relegada a los roles pasivos dentro de la sociedad, mientras que los hombres mantienen un rol activo. En las sociedades un poco más desarrolladas como por ejemplo en la cultura helénica clásica, el rol activo se traduce en términos de la participación en educación y en el ejercicio de la reflexión. Así, dichas teorías asociadas a la inferioridad y pasividad femenina, sentaron las bases para privar a las mujeres de la educación formal; tanto de la educación elemental en un comienzo, como posteriormente de educación universitaria. Es más, aún aquellas escasas féminas que contaban con el privilegio de recibir algún tipo de educación, debían esconder sus conocimientos en la esfera pública y sólo emplearlos en el ámbito privado, como si se tratara de una deshonra.  Todo lo cual, tuvo la catastrófica consecuencia de que las mujeres, prácticamente se consideraron como entes extraños y que no eran parte del genio inventivo humano. Actualmente sin embargo, desde el ámbito de la historia de las ciencias, la presencia de la mujer está siendo rescatada. En efecto desde los años ochenta del siglo XX, se nota fuertemente una nueva mirada sobre la participación de la mujer en ciencias; probablemente hayan influenciado para  este giro interpretativo, los trabajos de Evelyn Keller y de Ruth Bleier.[1]

Desde el Renacimiento en adelante se observa que, los movimientos que abogan por la educación de la mujer comienzan a tomar cada vez más fuerza; pero así como existen férreas defensoras y defensores de este derecho,  hay también grandes detractores, muchos de los cuales basaron sus alegatos en la teoría del griego Aristóteles.

Según Aristóteles, y según la opinión griega en general, la mujer era un hombre incompleto y casi un animal inferior por ello quedaba relegada a una condición de sumisión. En su libro Historia de los animales Aristóteles profundiza sobre esto, por ejemplo señala que la pubertad en las mujeres se produce a los catorce años y se observa “el abultamiento de los pechos y las llamadas menstruaciones rompen; se trata de un flujo de sangre parecido al de un animal recién sacrificado”.[2] Y más adelante agrega: “…el flujo menstrual en las mujeres es abundantísimo, superior al de las demás  hembras  de cualquier otro animal”.[3] Esto es, una identificación indirecta con el comportamiento de seres inferiores, desde el punto de vista biológico.

Lo anterior es curioso puesto que ya Platón en su libro La República había expresado:

- "Por tanto, si empleamos a las mujeres en las mismas tareas que a los hombres, menester será darles también las mismas enseñanzas.
- Sí.
- Ahora bien, a aquéllos les fueron asignadas la música y la gimnástica.
- Sí.
-P or consiguiente, también a las mujeres habrá que introducirlas en ambas artes, e igualmente en lo relativo a la guerra; y será preciso tratarlas de la misma manera”.[4]

Esto que describe Platón es algo completamente contrario a la percepción cultural de la polis griega, puesto que es un planteamiento sumamente revolucionario para aquel tiempo. Los griegos si bien eran un pueblo democrático y participativo, tenían limitaciones sociales para las mujeres, por ejemplo, no podían ejercer el derecho a ser escuchadas, debido a que no eran consideradas como ciudadanas, puesto que esto únicamente era reservado para los hombres. Las mujeres en esta cultura, además de pasar gran parte de sus vidas recluidas -por ser consideradas seres inferiores- no debían recibir educación. Ello era el sentir popular.

Pitágoras, por otro lado, también era partidario, al igual que Platón, de la educación para la mujer, puesto que en su escuela recibía a estudiantes mujeres, pero dado que toda la producción de la escuela se firmaba bajo el nombre de Pitágoras no fue posible identificar las autorías personales femeninas dentro del conjunto de la obra pitagórica.

Aunque estos dos grandes hombres abogaron por la educación de las mujeres, la cultura helénica en general, ubicaba a la mujer en segundo lugar. Sin embargo, nos han llegado algunos nombres de científicas célebres, como por ejemplo Hipatia y Aglaonice. Así la primera, más conocida como Hipatia de Alejandría, nació en el año 370 d.C., hija del filósofo y matemático Teón de Alejandría, quien deseaba que su hija llegará a ser un ser humano perfecto; esto es seguramente a lo que hoy asociamos con una educación integral que incluya conocimientos de humanidades y de ciencias. Hipatia se movió en un medio de profesores y filósofos que interactuaban en el Museo de Alejandría, incluso fue su directora probablemente alrededor del 400 d.C. Entre sus trabajos científicos recordemos aportes en algebra y también en aritmética; justamente escribió un comentario sobre la aritmética de Diofanto, escribió también diversos libros sobre geometría de las cónicas de Apolonio. Participó con su padre en la revisión y edición de los Elementos de Geometría de Euclides; también escribió un Canon de Astronomía y confeccionó una revisión de las Tablas Astronómicas de Ptolomeo; además se dedicó a la enseñanza de la matemática, la filosofía y la astronomía de su tiempo. Lamentablemente murió el año 415 d.C. asesinada cruelmente por una turba de cristianos.                   

Por su parte Aglaonice era astrónoma y fue capaz de predecir eclipses lunares; tales circunstancias no eran gratas para los griegos del género masculino pues la aplicación de conocimientos matemáticos y astronómicos referentes a la observación de los cielos, era considerada propiedad exclusivamente masculina.

Lo anterior parece ser una constante en la historia, pues cuando una mujer en las distintas épocas lograba sortear todas las barreras que se le colocaban para educarse y adquirir algún tipo de conocimiento que los hombres no poseían, éstos no la consideraban su igual. Ello porque aceptar este plano de cosas iría en contra de su visión de mundo, por lo que a menudo sacaban a relucir el argumento de que eran hechiceras o brujas, lo cual alcanzó su cima  durante la edad media donde una gran cantidad de mujeres murieron producto de esta creencia.

Mujeres y medicina

En cuanto a la medicina, las mujeres han jugado un rol crucial en el desarrollo de ésta disciplina, pues han sido ellas las que tradicionalmente se han encargado del cuidado de los enfermos del grupo familiar, además mediante el continuo contacto con la naturaleza fueron aprendiendo las propiedades de diversas plantas y hierbas, saberes que se transmitieron de generación en generación y muchos de estos conocimientos perduran hasta nuestros días. Por eso no es extraño encontrar cientos de ejemplos de curanderas o sanadoras en las diferentes culturas a lo largo de la historia, que ilustran lo anterior. Pero siempre eran asociadas con la medicina de carácter ritual o de carácter vulgar, puesto que al momento de institucionalizarse la profesión médica, las mujeres dejan de ser consideradas como iguales, siendo la Grecia clásica un vivo ejemplo de esto, sobre todo con la llegada de la medicina hipocrática y la difusión de la labor de la Escuela Médica de Cos. Dicha entidad aúna al primer grupo de científicos del cual poseemos sus obras completas. Existen cerca de treinta tratados, agrupados bajo el titulo de Colección Hipocrática. Esta incluye obras de Hipócrates y de los miembros de su escuela; versa sobre anatomía, fisiología, cirugía y terapéutica. Entre las obras que componen la colección, están el tratado de Esculapio. Los recursos terapéuticos de los médicos hipocráticos eran principalmente la cirugía, la dieta y el ejercicio. El médico griego Hipócrates (460-370 a. c), nacido en la isla de Cos, es considerado el padre de la medicina. Se le atribuyen más de cincuenta obras, pero desgraciadamente se sabe poco de su biografía. Se estima que estudió con Demócrito y que realizó algunos viajes; entre estos, a Egipto. Visualiza la enfermedad como algo puramente físico, y para revertirla privilegia la dieta y la limpieza.[5]

Agnódice de Atenas

En la Antigua Grecia, con la aparición de la filosofía existe un cambio de paradigma, surge el pensamiento científico y la búsqueda de una explicación racional para los diversos fenómenos. Ésta nueva forma de explicar el mundo también alcanza a la práctica de la medicina, dejando ya de considerarse a la enfermedad como un castigo de los Dioses sino como un desequilibrio entre los diferentes humores que componen el cuerpo humano (sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema), ésta teoría impuesta por Hipócrates permanecerá vigente durante 2.000 años.

En este contexto es célebre la historia de Agnódice, una aristócrata ateniense, quien desafiando las dificultades que hemos venido comentando en cuanto al ejercicio de la medicina por parte de las mujeres, a pesar de todo se las ingenió para ejercer la medicina. Por ello se disfrazó como hombre para ingresar a estudiar medicina en Alejandría con el famoso médico Herófilo, quien es considerado el primer anatomista dado su gran trabajo con la disección de cuerpos humanos.

Una vez concluidos sus estudios vuelve a su natal Atenas y comienza a ejercer su profesión manteniendo su disfraz de hombre y, solamente revelándose como mujer frente a sus pacientes, fue tal el éxito de Agnódice, que desató los celos de sus colegas, los cuales la llevaron frente al tribunal de Atenas, aduciendo que era un “corruptor” de mujeres. Frente al tribunal Agnódice revela que en realidad es una mujer, por lo que es sentenciada a muerte. Al enterarse de esto sus pacientes, mujeres de la aristocracia, se presentaron en el juicio y enfrentaron a sus maridos, amenazándolos con morir ellas también si la condena de Agnódice era llevada a cabo. Por lo cual el tribunal tuvo que revocar la sentencia a Agnódice y permitirle continuar con la práctica de la medicina, esta vez sin necesidad de un disfraz. 

A continuación presentamos un extracto tomado del libro Fábulas de Cayo Julio Higino, donde se menciona la historia de Agnódice:

“Cierta muchacha llamada Agnódice deseó aprender la medicina y tan vehemente fue su deseo que se cortó los cabellos al modo de los hombres, y se confió a la enseñanza de un cierto Herófilo. Después de aprender la medicina, al enterarse de que una mujer estaba sufriendo en su vientre, acudió a ella. Como ésta no quería confiarse a Agnódice por estimar que se trataba de un hombre, ésta se levantó la túnica y mostró que era una mujer; y así las iba curando. Cuando los médicos vieron que ellos no eran admitidos en presencia de las mujeres, comenzaron a acusar a Agnódice, porque decían que se trataba de un hombre depilado y corruptor de mujeres, y que ellas se hacían pasar por enfermas. Habiéndose reunido los areopagitas por este motivo, comenzaron a condenar a Agnódice. Ésta se levantó la túnica ante ellos y mostró que era mujer. En ese momento los médicos empezaron a acusarla con más fuerza. Por ello entonces las mujeres más distinguidas se presentaron en el juicio y dijeron: «Vosotros no sois esposos sino enemigos, porque condenáis a la que nos devuelve la salud». En ese momento los atenienses enmendaron la ley para que las mujeres libres pudieran aprender el arte de la medicina”. [6] 

Otras mujeres médicas en la antigua Grecia

Dentro de la mitología Griega se puede encontrar una diversidad de mujeres y diosas relacionadas con el  arte de la medicina, por ejemplo, en La Ilíada de Homero se menciona a Agameda hija de  Augías, rey de Élide de quien se dice que conoce las virtudes de todas las hierbas medicinales. Pero no es hasta el siglo IV a.c. donde encontramos una clara referencia a las mujeres médicas. Phanostrate (350 a.c. de Acarnes, Ática) fue la primera médica griega de la cual se tiene registro, puesto que en el epitafio de su tumba es recordada como partera y médica; esto nos permite concluir que en ese período ya se realiza una diferenciación entre estas ocupaciones, y que Phanostrate ofrecía además otros servicios aparte de atender los partos de mujeres que le valieron el título de médica[7].

Por su parte, Artemisia II, reina de Caria fue una importante yerbera de la antigüedad, elogiada por celebres personajes como Teofrasto, Estrabón y Plinio. Se le atribuye el crédito por el uso del ajenjo para tratar diferentes enfermedades[8].

La evidencia sugiere que algunas mujeres realizaron contribuciones originales a la medicina, pero estas se fueron perdiendo a través de siglos de plagio y confusión sobre la autoría. Por ejemplo Pitias de Aso, la esposa de Aristóteles, fue una bióloga y embrióloga griega, la cual durante su luna de miel en  Mitiline, se dedicó, junto con su esposo, a recolectar toda clase de especímenes vivientes. Se cree que ésta investigación de su cónyuge, habría contribuido en la escritura de algunos textos aristotélicos como Sobre la generación de los animales e Historia de los animales, pero el nombre de Pitias no figura en ninguno de estas obras[9].

Otro ejemplo de mujeres interesadas por la medicina pero ya fuera del período histórico de la Grecia clásica, sino más bien del período helenístico, es el caso de Metrodora, quien fue una ginecóloga y cirujana griega (probablemente existió entre los años 200-400 d.c.), la cual escribió un tratado Sobre las enfermedades y los cuidados de las mujeres[10]. Este texto es considerado el compendio medico más antiguo escrito por una mujer, y por muchos años fue atribuido a un hombre llamado Metrodorus, pues no se podía concebir que una mujer fuera la autora de este texto[11].

Según Holt N. Parker,  el tratado mencionado de Metrodora, comienza con una declaración general sobre el útero como fuente de la mayoría de las enfermedades de las mujeres. Luego trata las condiciones generales del útero: primero, un capítulo teórico y clínico bastante extenso sobre la inflamación; luego supuración, durezas (hoy miomas), cáncer, secreciones, hemorragias, prolapsos, frialdad, e inflación del útero. Posteriormente sigue una sección sobre enfermedades causadas por humedad excesiva: hidropesía, limpieza de úlceras, y recetas para restaurar la apariencia de la virginidad. A continuación se refiere a los métodos para ayudar a la concepción, curas para la esterilidad y tres recetas para la anticoncepción. Estas recetas contienen algunos elementos mágicos, aunque no hay hechizos ni oraciones. Le sigue una breve sección sobre el parto, que cubre la terapia con medicamentos para facilitar el nacimiento. Posteriormente un grupo de recetas mágicas: varias pruebas de fertilidad y virginidad, afrodisíacos y pociones de amor, todos los cuales eran una parte estándar de la medicina en ese entonces. Luego trata las enfermedades de las mamas e incluye a los cosméticos como parte regular de la medicina. El texto de Metrodora termina con recetas de incienso, un ingrediente común en muchos preparativos de medicamentos[12].

La forma en que se estructura su obra guarda semejanza con la de un libro de texto de medicina ginecológica  moderna y se ve muy influenciada por el corpus hipocrático.

Otra médica del período helenístico, de la cual se tiene registro es Antiochis de Tlos (s. I d. c.), hija del reconocido médico Diodoto, ésta probablemente comenzó sus estudios junto a su padre[13]. Sin embargo, fue capaz de hacerse un nombre por sí misma en las artes médicas, lo que le valió el reconocimiento del concejo de Tlos, así como de su gente, todo lo cual permitió que se erigiera una estatua en su honor en la ciudad de Licia[14] 

Palabras finales

Por todo lo anterior, tal como hemos visto la mujer sólo recientemente está participando en las comunidades científicas contribuyendo a la par con los exponentes del género masculino. Desde el punto de vista de la historia de las ciencias es altamente relevante los nuevos estudios que develan a las mujeres científicas olvidadas y/o postergadas por sus colegas del género masculino. Y en el caso de las mujeres médicas del mundo griego, tales como Hipatia, Agnodice, Metrodora entre otras, hay que reconocer que sus contribuciones fueron altamente importantes desde una doble perspectiva: tanto como por los logros en relación al conocimiento de los órganos y funciones del aparato reproductor femenino, como también desde el punto de vista filosófico y social por defender ante una cultura esencialmente masculina, la capacidad de reflexionar, investigar y realizar una praxis médica específica.            



[1] Cf. Keller, Evelyn Fox: Reflections on gender and science, New Haven, 1985. Y Bleier, Ruth: Feminist aproaches to science, Elmsford, New York, 1986.

[2][2] Cf. Aristóteles: Historia de los animales, Ed. Akal clásica, Madrid, 1990, p. 380.

[3] Ibídem.; p. 385.

[4] Platón: La República, Alianza Editorial, Madrid, 2005. 

[5] Cf. Saldivia M., Zenobio: En Torno a los albores de la Ciencia, Central de Publicaciones, Utem, Stgo.; 1994;  p.19.

[6]   Cayo, Julio Higino: Fábulas, Ediciones Akal, Madrid, 2008; p. 185.

[7] Parker, Holt N.: “Women Doctors in Greece, Rome, and the Byzantine Empire”. En: Furst, Lilian R.: Women Healers and Physicians: Climbing a Long Hill, University Press of Kentucky, Lexington, 1997; p. 133.

[8] Achterberg, Jeanne: Woman as Healer, Shambhala Publications, Boston, 1991, en línea en: https://books.google.cl/books?id=7X8SAgAAQBAJ&lpg=PP1&dq=Achterberg%2C%20Jeanne.%20Woman%20as%20Healer&hl=es&pg=PT48#v=onepage&q=artemsia&f=false [Fecha de consulta: 19-12-2017].

[9] Ogilvie, M. y Harvey, J. D.: The Biographical Dictionary of Women in Science: L-Z, Taylor & Francis, Nueva York, 2000; p. 1062, en línea en: https://books.google.cl/books?id=LTSYePZvSXYC&lpg=PA1444&hl=es&pg=PA1062#v=onepage&q&f=false ; [Fecha de consulta: 19-12-2017]. 

[10] Gregory, T y Markos, S: “Aspasia and Cleopatra Metrodora, Two Majestic Female Physician – Surgeons in the Early Byzantine Era”, Journal of Universal Surgery, Vol. IV, N°3, 2016; p. 1-2.

[11] Achterberg, Jeanne: Woman as Healer, Shambhala Publications, Boston, 1991, en línea en: https://books.google.cl/books?id=7X8SAgAAQBAJ&lpg=PP1&dq=Achterberg%2C%20Jeanne.%20Woman%20as%20Healer&hl=es&pg=PT48#v=onepage&q=artemsia&f=false [Fecha de consulta: 19-12-2017].

[12] Parker, Holt N.: “Women Doctors in Greece, Rome, and the Byzantine Empire”. En: Furst, Lilian R.: Women Healers and Physicians: Climbing a Long Hill, University Press of Kentucky, Lexington, 1997; pp. 138–140.

[13] Irving, Jennifer: “Restituta: The Training Of The Female Physician”, Melbourne Historical Journal, Vol. XL, N° 2, feb. 2012; p. 50, en línea en: http://journal.mhj.net.au/index.php/mhj/article/view/706 [Fecha de consulta: 02-01-2018]

[14] Parker, Holt N.: “Women Doctors in Greece, Rome, and the Byzantine Empire”. En: Furst, Lilian R.: Women Healers and Physicians: Climbing a Long Hill, University Press of Kentucky, Lexington, 1997; p. 134

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Zenobio Saldivia M.

Resumen: Se analiza la visión de la naturaleza que nos han dejado los viajeros y científicos que visitaron el Archipiélago de Chiloé durante los siglos XVIII y XIX, y se destaca el asombro que sobre ellos ejerció dicha región y el impacto que las peculiaridades de la gea, flora y fauna de Chiloé, tuvieron en la prosa científica de los sabios ilustrados y en los del siglo XIX.

  1. Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile.

Palabras claves:  Chiloé, científicos ilustrados, científicos decimonónicos, naturaleza. 

Abstract:

It analized of the nature’ vision that they have us the travellers and scientists during the XVIII and XIXth centuries over the archipelago of Chiloé, and emphatized the dread that over them he done this country and the impact of the particulary way of the earth, vegetal and animal kingdon of Chiloé; it had in the scientific prose of the wise illustrated and the XIXth century. 

Key words: Chiloé, wise illustrated, XIX century, nature. 

Algunos antecedentes

En la actualidad, la preocupación intelectual por la Isla Grande de Chiloé y por el archipiélago como un todo, ha trascendido desde la tradicional inquietud por las características geográficas y de su cuerpo físico, hasta nuevas lecturas interpretativas que se articulan con los tópicos más recientes de la cultura en general; llegando así, a convertirse en un objeto de estudio, de conversación y de análisis inagotables que se desplazan desde el ámbito de la mitología, de la literatura, del turismo, de la religiosidad, de la geopolítica, de la meteorología, de la ecología y de los desafíos tecnológicos que ofrece para su conexión con el continente, entre otros. Chiloé siempre ha estado rodeado de un misterio que atrae a muchas personas; pero esta atracción que provoca en los espíritus sensibles, no es sólo de ahora, sino de siempre. Al parecer, la conjunción de una serie de factores que comprometen su raigambre histórica y cultural, su naturaleza peculiar que se expresa en la abundancia de su flora y fauna inserta en un medio geográfico distante de los lugares más urbanizados, un clima inhóspito y lluvioso, sumado a la pasividad  e idiosincrasia de los lugareños; generó en otras épocas, un universo de mitos y leyendas que llegaron hasta el corazón de la metrópolis española y despertó el ansia cognoscitiva de viajeros y científicos europeos. 

Para los que no la conocen, Chiloé es una isla y un archipiélago, cuya ubicación geográfica se sitúa aproximadamente entre los grados 41 y 43 de latitud Sur. A ella han arribado durante La Colonia, no sólo los personeros públicos y militares interesados en la extensión del imperio español; sino también innumerables científicos, viajeros y exploradores. Todos ellos  experimentaron una  fascinación por el archipiélago y se esforzaron en expresarla a través de sus cometidos de acción o en sus discursos científicos. Justamente las peculiaridades de la preocupación científica y el argumento que explica esa sugestión  que ha despertado en estos sabios y viajeros, es lo que se pretende dar cuenta en esta comunicación. 

Para ello, se analizan los principales viajes que se han realizado entre los siglos XVIII y XIX en la región y las consecuencias de los mismos, en especial para la comunidad científica nacional e internacional; destacando además  algunos  aspectos geopolíticos, pero sobre todo nos concentraremos en los incrementos taxonómicos y en la visión de la naturaleza de Chiloé que nos han legado los viajeros y científicos del período indicado en el epígrafe. 

Chiloé, principal centro  de las exploraciones geográficas en el siglo XVIII

Chiloé fue avistada en febrero de 1540 por Alonso de Camargo y descubierta  en 1553 por Francisco de Ulloa, a partir de entonces no ha dejado de despertar curiosidad, ambiciones, inquietudes y trabajos de carácter científico o de importancia geopolítica. Hacia allá zarparon expediciones militares con el propósito de reforzar la seguridad del Reino de Chile. Y también expediciones misioneras, principalmente de los jesuitas, quienes se instalaron en Chiloé a partir de 1608, con mucha decisión y con el deseo de convertir a los infieles habitantes de aquellas islas al cristianismo, y de paso, contribuir al mejor sometimiento de los naturales a la Corona Española. 

Durante el siglo XVII, la bibliografía referente a Chiloé, da cuenta de  algunos viajeros y  cronistas  que aluden a las  propiedades de la naturaleza y la sociedad chilotas, tales como las referencias que realizan Alonso de Ovalle, Diego de Rosales y otros; o las excursiones de algunos aventureros o navegantes audaces, que se desplazan desde Castro hacia las regiones de Chiloé continental  en busca de la Ciudad de Los Césares; tales como Juan García Tao, en 1620. Empero  en esta comunicación, se persigue concitar la atención del lector, en los acontecimientos científicos y exploratorios, más significativos de  los siglos XVIII y XIX. 

Chiloé y los viajeros ilustrados 

Durante el siglo XVIII, la época de los grandes periplos de la ciencia ilustrada, Chiloé era objeto de interés de los corsarios y de las potencias de la época, constituyendo un tema de gran preocupación para la Corona Española, cuyas autoridades agudizaban su imaginación para asegurar la posesión del archipiélago y de la región austral en general. Por esto, no es extraño que en 1766, el archipiélago de Chiloé, que ya en dos ocasiones había sido saqueado por los corsarios holandeses, fuera segregado de la Capitanía General de Chile y colocado bajo dependencia directa del virrey del Perú Don Manuel de Amat y Junient.[1] 

 Entre los exploradores y viajeros que arribaron y se  internaron en la Isla Grande de Chiloé o de Chilhué  -como la llamaban todavía los nativos durante este siglo- se ubican algunos sacerdotes con inquietudes naturalistas y de exploración, tales como Francisco Menéndez, que realiza dos exploraciones a la zona, en 1783 y  en 1786; o José García durante los años de 1766 y 1767; o pilotos como Cosme Ugarte, durante los años de 1767 y 1768, o Francisco Hipólito Machado en 1768; o el ingeniero delineador, Lázaro de Ribera en 1778; o los cartógrafos y marinos como José Manuel de Moraleda i Montero, Alejandro Malaspina y otros. 

El ingeniero y alférez de fragata, José de Moraleda i Montero, por ejemplo; se destaca no solo por su larga  permanencia en la región y porque visita en distintos períodos el archipiélago; sino también por la agudeza y completitud de sus observaciones. Estos viajes, le son comisionados ora por el Rey de España, ora por el Virrey del Perú y obedecían a la necesidad de  levantar mapas de los puertos, identificar las  bahías e islas del archipiélago, y determinar el estado de las fortificaciones existentes; tareas todas que le son asignadas a este oficial, además de otras más específicas propias del ámbito científico y militar. Si se observa el derrotero del diario de navegación de Moraleda, se aprecia que divisó a la  isla de Chiloé el 13 de Noviembre de 1786 y él  lo relata así:  “Al mediodia quedamos con toda vela en vuelta del SE1/4 S., viento SO. Fresquito, tiempo acelajado i marejada del viento. A las 7 se aferraron los juanetes por un chubasco de poco agua; así continuamos, i a las 6 de la mañana nos pusimos al S1/4 SE. i se largaron los juanetes. El rumbo navegado en esta singladura ha sido  S 42° 36’ E., distancia 901/3 millas, diferencia de latitud 66.8’ i de meridiano 61’. Observé en 41° 30’, i por tener solo 2’ de diferencia al norte de la estima no hago coreccion i me considero en lonjitud de 298° 58’, por cuyo punto queda demorándome la punta de Huechucucui, que es la mas N O. de la isla de Chiloé, al E 51/2°  S., distancia de 601/2 leguas”.[2] 

Si bien lo más relevante de su aporte al conocimiento del archipiélago, se da en el plano de las cartas náuticas, en la ubicación geográfica de islas e islotes del archipiélago, detallando y describiendo minuciosamente hasta los requeríos, los  bancos de arena  existentes y los probables fondeaderos entre la derrota de San Carlos a las diversas islas del archipiélago; principalmente por el lado oriental de la isla de Chiloé y en el estudio de los vientos y mareas de la zona; también realiza observaciones orográficas, hidrográficas, sociológicas, económicas  y geopolíticas sobre  Chiloé. Por ejemplo, en cuanto a la orografía de Chiloé, señala: “La elevación mayor del terreno está en la medianía de la costa del oeste, próxima al mar i, en mi concepto, se alcanzará a ver, en tiempo claro, de quince a diez  i seis leguas de distancia; en esta altura se levan algo mas dos cerros contiguos, a quienes llaman las Tetas de Cucao, i son el objeto mas notable de toda la isla para reconocimiento de ella y de la situación en que se está cuando se tienen a la vista.”[3] Su trabajo se hace extensivo a la descripción de las características meteorológicas de la región, a especificar las dificultades propias de los derroteros de una isla a otra, o de estas con el puerto de San Carlos o con la ciudad de Santiago de Castro. Y por cierto, un rol importante que cumple además Moraleda, es el de ir determinando o corrigiendo la latitud y longitud de las islas, puertos y pueblos de la zona. Por ejemplo a la actual ciudad de Castro, le asigna esta ubicación: “La ciudad de Santiago de Castro, capital de la provincia, está situada en la costa occidental del estero, por latitud de 42º 43’ i longitud de 303º 39’, sobre una bella i espaciosa meseta, que en la alta mar queda hecha una especie de península formada por el rio Gamboa, que la baña por los lados de occidente i mediodia i el esterito de Tenten por el lado oriente”.[4] 

En cuanto a las observaciones que realiza Moraleda sobre la flora y fauna, estas siempre van acompañadas de un afán pragmático y utilitarista, de acuerdo a la tendencia que está tomando la historia natural y la ciencia ilustrada en general, en las dos últimas décadas del siglo XVIII; esto es el paradigma de contemplación de la naturaleza con énfasis utilitaristas y mercantiles. Ello es comprensible toda vez que en este período en las metrópolis europeas se expande la revolución industrial y se produce el fenómeno de los periplos de exploración científica y militar de las potencias de la época sobre América y Oceanía, principalmente. Luego, en este contexto en que se desenvuelve Moraleda, sus descripciones sobre los exponentes vernáculos son fuertemente influenciadas por dichos cánones, y trasuntan un claro patrón axiológico eurocéntrico. Por ejemplo, al dar cuenta de los peces  de Chiloé  expresa su molestia porque no se aprovechan todos los recursos y porque los lugareños no saben faenarlos apropiadamente; señala: “ Tal cual raro sujeto se aplica algo a ella, pero sin los útiles necesarios para verificarla abundante, con prontitud, ni conocimientos  para salarla i curarla de forma que dure sin inutilizarse, como el abadejo, tollo o cazon, i otros; los que destinan aquí al efecto son el róbalo i las sardinas, que son excelentes i abundan bastante; del primero benefician cosa de cincuenta a sesenta quintales, el que se pierde pronto por falta de sal y se seca, i de las sardinas ciento i cincuenta mil poco mas o menos, la que por esceso de seca al humo pierde mui pronto su aprecio; son de tan buena calidad i tamaño que pueden competir con las famosas de nuestra Galicia vieja i se dan solo en esta provincia”.[5] 

Por su parte, el ingeniero delineador Lázaro de Ribera, arriba a la isla de Chiloé en 1778, comisionado por el Virrey del Perú Don Manuel de Guirior; con el propósito de explorar el archipiélago y determinar los lugares y mecanismos de defensa más apropiados  ante una eventual invasión extranjera. Luego de cuatro años de trabajos y recorridos por las islas y los vericuetos  del archipiélago, regresa al Perú y publica su obra: Discurso que hace el alferez D. Lázaro de la Ribera sobre la provincia de Chiloé. En ella da cuenta de la situación geográfica de la provincia, de los recursos naturales de la misma;  así como de la situación de  la población, de la proyección económica de la región; y por cierto, de los lugares más estratégicos para los emplazamientos militares y las condiciones que deberían cumplir los mismos. 

Con respecto a la ubicación geográfica, Ribera presenta en estos términos a la isla: “La isla grande de Chiloé tomada desde su punta de Guapacho, la más avanzada al norte, hasta la de Quilán al sur, tiene 45 leguas de largo, i un ancho, por donde mas de 12, estendiéndose del setentrion al mediodia desde los 41° 48’ hasta los 44° 3’. Su lonjitud tomada del meridiano de Tenerife es de 302° 39’. Por el setentrion termina con el canal Remolinos formado por el continente i la isla.  Por el mediodia con el golfo de los Guafos i archipiélago de Guaitecas. Por el oriente con el golfo de Ancud, i por el occidente con la vasta estension del  mar Pacífico”.[6] 

En cuanto a los recursos de la flora y fauna que ofrece el archipiélago ante sus ojos, Ribera queda asombrado por la abundancia y diversidad de los especimenes. Tanto es así, que el lector tiene la impresión de que la vieja idea de la cornucopia de la abundancia que prima en la prosa de los cronistas del siglo XVII y en algunos viajeros del siglo de la Ilustración, hubiera quedado disminuida y fuera de contexto histórico al compararla con la visión que entrega  Ribera sobre la existencia de los exponentes orgánicos de la isla. V. gr., en cuanto a los peces y mariscos, el autor acota: “Dudo que en parte alguna de nuestro globo se dé mas pescado i marisco que en las costas de Chiloé. Bastará decir para prueba de su abundancia que en muchas ocasiones se ve en las playas multitud de pescados que varan huyendo de sus contrarios. La sardina y el róbalo se multiplican al infinito. Es necesario verlo para creerlo”. [7] 

Y más adelante agrega: “Es digno de admiración el número prodigioso de mariscos, de varias especies, que se halla en las playas i peñas. El que tiene que viajar por las orillas del mar, no puede dispensarse de ir pisando por un empedrado de mariscos. Los que abundan mas son los picos, choros, quilmagues, erizos, cholgas i almejas.”[8] Similares expresiones de asombro, se observa en su prosa, cuando alude a los referentes de la flora de la gran isla; en especial cuando señala que en la provincia se pueden encontrar hasta veintiocho tipos distintos de maderas útiles; entre estos: el arrayán, el alerce, el avellano, el ralral, el ciprés, la luma y el laurel; maderas todas que son enviadas al Virreinato del Perú, en forma de tablas, cuartones y botavaras.  

Y con respecto al motivo central de su viaje; esto es, la asesoría geográfica y militar para encontrar los mejores lugares donde emplazar baterías y levantar torreones defensivos en la región; sugiere desechar  la hipótesis de montar una cadena de fortificaciones, pues ello demandaría un enorme gasto de mantención y no se justificaría, toda vez que a su juicio, bastaría con montar unos 4 a 6 cañones en las proximidades del puerto de San Carlos. Y sugiere además, aumentar la dotación de fusileros, porque ellos se pueden desplazar fácilmente a los distintos peñones de la isla  sin ser vistos, debido a la espesa vegetación, y  así bien protegidos pueden dar cuenta de los enemigos.  Ribera lo expresa en estos términos: “No hay remedio: el enemigo que intente desembarcar en Chiloé sufrirá inevitablemente el peligro más funesto de la guerra: que es verse metido entre tres o cuatro fuegos aun antes de pisar la tierra, porque la fusilería puede avanzar al abrigo de los bosques hasta la orilla del mar, sin ser descubierta por los enemigos.”[9] Empero, sus observaciones no se agotan allí, e incluyen ciertas sugerencias para potenciar el comercio de la provincia; entre estas: construir cuatro buques y entregárselos a los nativos e isleños, para que éstos  no dependan de los intermediarios y puedan así vender sus productos directamente en Lima. De lo anterior, resultaría un mayor circulante con el cual los isleños podrían tributar directamente en metálico al Virrey del Perú. Además, sugiere un aumento de la dotación de la fuerza militar de 393  a 604 hombres en armas, pero racionalizando mejor los sueldos.[10] Ello permitiría un mayor dinamismo comercial y social en la región.

El sacerdote Francisco Menéndez, por su parte, realiza dos viajes a Chiloé con pretensiones exploratorias y de difusión de la fe cristiana. El primero en 1783 y el otro en 1786; las observaciones realizadas en  los mismos, nos han llegado tardíamente; toda vez que los diarios originales del fraile, son estudiados y difundidos en nuestro país, a partir de fines del siglo XIX, gracias a los esfuerzos de compilación y análisis que realiza acerca de estos documentos, Francisco Fonck. En estos viajes, Menéndez cumpliendo el cometido asignado por el Comisario de Misiones Jesuitas, con asiento en Lima, emprende el viaje al archipiélago con la cédula real para la fundación de las villas de Chonchi y de Caylin.[11] Una lectura de los diarios de Menéndez, nos permite observar que el religioso, muestra una  visión de la naturaleza de Chiloé  que incluye datos geográficos, descripciones e impresiones  sobre los ríos, lagos y ventisqueros del archipiélago. Y es posible colegir que dicha mirada trasunta un fuerte sentimiento de soledad atribuido a los lugareños, además de una notoria  pobreza conque identifica a los mismos. Esta imagen de nativos pobres y sumisos  que paradójicamente viven en un mundo abundante de especimenes de flora y fauna regionales; es una constante que se observa en casi todos los exploradores, científicos y viajeros que pisan suelo en el archipiélago, en los siglos XVIII y XIX. Por ello, no resulta extraño que participen  también de esta  imagen, Moraleda, Ribera, Malaspina, Darwin, Gay y tantos otros. 

Una de las primeras impresiones de la flora chiloense, Menéndez la verbaliza en estos términos: “Despues que dimos fondo se aseguró el bastimento y la piragua. La gente hizo sus albarcas para el monte, y el dia siguiente salieron diez hombres  a abrir el camino, y al otro dia volvieron a media tarde. Todo el monte es de cañas, quilas o colehues, robles y Laureles. Ay tambien tepuales, y en particular uno que está luego que se sale de aquí, y muchos árboles caidos”. [12] 

Y más adelante señala: “Continuamos el camino al Leste: encontramos una ciénaga llena de Alerces y cipreses pequeños y un rio caudaloso que baja de una barranca de la Cordillera y forma un salto que pone miedo. Este salto está en un recodo y no se ve, hasta que se va acabando de vadear, pero se oye el ruido que hace”.[13]   

Las citas anteriores, ilustran por tanto, parte de la visión de la naturaleza de Chiloé del padre Menéndez y nos permiten percibir la abundancia de los bosques nativos y la fuerza de los recursos hídricos de la región, conque la observó el sacerdote.

Desde el punto de vista del imaginario de la época cabe señalar también que muchos contemporáneos de Menéndez, le atribuyeron a estos viajes un carácter exploratorio que tenía por finalidad descubrir la Ciudad de Los Césares; entre estos el ingeniero y navegante Moraleda, del cual ya hablamos, y también lo entendían así los baquianos acompañantes del sacerdote y la población nativa en general de la isla.[14] Los historiadores  de las ciencias deberán pronunciarse al respecto, pues todavía se dan opiniones encontradas, con respecto a la motivación principal de los  viajes del  religioso e incluso en cuanto a la cantidad de las excursiones del mismo.                

 Alejandro Malaspina y su paso por Chiloé 

El estudioso e investigador italiano Alejandro Malaspina, nacido en Lunigiana, es contratado en 1788 por la Corona Española, para organizar una expedición científica. Entre los objetivos que debía alcanzar, estaban: el estudio  de los derroteros más adecuados para surcar los mares que hacían el comercio con las Indias; el estudio y levantamiento de cartas para el uso de los navíos españoles. También estaban entre sus cometidos, la realización de observaciones antropológicas, el estudio de las características del medio natural, informar sobre la marcha de la economía y el análisis de la situación  política y social de las diversas colonias  de la América Española y de las posesiones de la Corona en general. Alejandro Malaspina parte de Cádiz el 30 de julio de 1789 con dos fragatas nuevas: La Descubierta y La Atrevida y regresa a este  mismo puerto, luego de cinco años, en 1794. 

La expedición estaba compuesta  por un numeroso cuerpo de oficiales, escogidos cuidadosamente  tanto  por sus conocimientos náuticos como técnicos; así, habían entre ellos varios ingenieros, hidrógrafos, cartógrafos, astrónomos, dibujantes, naturalistas y otros científicos, e incluso un pintor que se incorpora en Panamá en 1791.[15] Malaspina se encargó, además, de seleccionar previamente los “instrumentos y obras científicas solicitadas al extranjero para uso exclusivo de los expedicionarios”.[16] Entre los científicos participantes, se destacan Luis Neé, Tadeo Haenke y Antonio de Pineda; quienes bajo la tutela de Malaspina, se dedican con pasión durante el viaje, a explorar y estudiar las vicisitudes de la costa del Pacífico y los accidentes de la costa del Chile colonial, y de regiones del interior del país; cuyos informes son una contribución a la ciencia natural y al desarrollo de la geográfica y otras ciencias de la tierra en Chile. Justamente durante su paso por Chile, realizan observaciones taxonómicas, mineralógicas, hidrográficas, meteorológicas y astronómicas, en regiones como La Serena, Valparaíso, Quillota, Petorca, Concepción, Chiloé y La Patagonia. 

Al llegar a Chiloé, Malaspina se maravilla con el paisaje y toma nota de los valiosos estudios realizados por el naturalista y científico José de Moraleda i Montero, quien con antelación había realizado diversos trabajos cartográficos, hidrográficos y de historia natural en general, en la zona, y quien continuará con nuevos estudios  en diversas visitas a la región luego del paso de la expedición de Malaspina. 

En rigor, en la Isla de Chiloé, dentro del equipo de Malaspina, se destaca Antonio de Pineda quien realiza descripciones taxonómicas y dibujos de muchos exponentes de la flora y fauna regional; entre estos trabajos recuérdese la descripción de peces como la lisa de Chiloé (Gallio nimus chiloensis), el róbalo y otros. También dibuja y describe algunas  aves como la denominada pico de chiloé (gaviota chiloense), el gorrión cenizo (Columba palumbus chiloensis), el cormorán blanquinegro y otros. Por su parte, Luis Neé se dedica a clasificar especimenes de la flora chilota, principalmente por los alrededores de San Carlos; esto es, la actual ciudad de Ancud. Entre los referentes descriptos por Neé, recordemos por ejemplo a la rosácea: rubus radicans; o a un exponente de la familia de las violáceas como la viola Rubella, o a una planta trepadora como la Supra Arbores, así como a distintos tipos de helechos y lileáceas. Su estilo taxonómico es esencialmente linneano, más bien breve, conciso; incluye la denominación en latín , alguna referencia bibliográfica y eventualmente el nombre vernáculo; v. gr. al dar cuenta de la rosácea mencionada que se encontraba sobre los árboles podridos y en todos los montes de San Carlos, señala:

Rubus radicans.

“Rubus radicans, Cav. Icon. Vol.V.Tab.”

Rosaceae (Rubuns),estolonífera de hojas pinnadas y foliolos redondeados. Flores en largos pedúnculos con cáliz de cinco sépalos y corola de cinco pétalos  blancuzcos  y  dos frutos en sorosis.  Detalle del cáliz, flor y androceo”.[17]   

Científicos en el Chiloé decimonónico 

Indudablemente esa preocupación científica por la isla de Chiloé, continúa con el advenimiento del siglo XIX; ya sea gracias a las visitas y exploraciones de viajeros, o con los cometidos expresos de los trabajos realizados por  los sabios contratados por el gobierno de Chile, como es el caso de Gay. O en virtud de las tareas  de reconocimiento de los  oficiales navales, como los trabajos de los profesionales e hidrógrafos  de la Armada de Chile, en especial a partir de la creación de la Oficina Hidrográfica de la Armada, desde 1874, dirigida por Francisco Vidal Gormaz;[18] o como resultado del interés particular de algunas comisiones científicas de varios países; como por ejemplo la Comisión del Pacífico Sur (1862- 1866), organizada por España, entre otros. Empero, aquí concentraremos nuestra atención en el esfuerzo de Darwin y en el de Gay, en la región. 

La percepción  de Darwin 

Darwin visita la isla de Chiloé en dos ocasiones, en 1834, y en 1835.  En la primera visita el Beagle  ancla en San Carlos en el mes de Junio, procedente del estrecho de Magallanes, y podría decirse que casi de inmediato Charles Darwin queda prendado de la fuerza y belleza de la naturaleza de Chiloé. Inicia una serie de incursiones y recorridos por la isla para recabar algunos especimenes, principalmente de la flora y clasificarlos en la tranquilidad de su camarote, con apoyo bibliográfico, de acuerdo a la parsimonia científica  de la taxonomía. Al realizar el trayecto de San Carlos a Castro, queda  impresionado porque el camino en toda su extensión era principalmente de troncos. El lo relata en estos términos: “En un principio, se suceden colinas y valles, pero a medida que nos aproximamos a Castro se presenta el terreno más llano. El camino es por sí mismo muy curioso: en toda su longitud, a exepción de algunos trozos anchos, consiste en grandes tarugos de madera, unos anchos y colocados longitudinalmente, y otros transversales muy estrechos.  En verano no está muy malo este camino, pero en invierno, cuando la madera  se pone resbalosa con la lluvia, es muy difícil viajar”. [19] 

Seguramente, a nosotros como contemporáneos  también nos causa extrañeza esta técnica, pero desde la perspectiva de las condiciones climáticas de la isla, dada su alta pluviosidad, es comprensible que buscaran un recurso duradero y barato, y que al mismo tiempo fuera resistente al peso de las carretas, así que en las primeras décadas del siglo XIX,  parte de los bosques comenzaron a ceder para transformarse en praderas, quedando sus troncos  en los pantanos, perfilando así los primeros caminos de la isla. Otra parte importante del bosque nativo, en las próximas décadas, será presa del fuego de los roces, en busca de nuevas praderas. 

Darwin  no sólo realiza descripciones de la flora y fauna endógena de la región, que son más bien conocidas, gracias a los trabajos de Villalobos y Yudilevich; también realiza numerosas observaciones geológicas, geomorfológicas, paleontológicas y de conquiliología; tal como se puede apreciar al leer su  Jeolojía de  América Meridional, aparecida en 1846. En ella la presencia de Chiloé en los campos de estudio señalados, es manifiesta; v. gr., en cuanto a la formación geológica de la isla de Huafo, escribe: “Esta isla se halla entre los grupos de Chonos i Chiloé;  tiene  cerca  de  800 piés  de  altura i  quizas posee un núcleo de rocas metamórficas. Los estratos que examiné constaban de areniscas de grano fino, lodosas, con fragmentos de lignita y concreciones de arenisca calcárea.”[20] Y para formarnos una idea de sus preocupaciones por la conquiliología  observemos un pasaje en que además plantea la hipótesis de la emergencia de las islas de Chiloé a partir de levantamientos marinos: “Hemos demostrado también que el suelo negro y turbososo en que se hallan aglomeradas las conchas a una altura de 350 piés en Chiloé, contenía muchos pequeños fragmentos de animales marinos. Estos hechos son dignos de mención porque demuestran que terrenos a primera vista parecen de naturaleza puramente terrestre, deben su oríjen en parte principal al mar.”[21]  Así, Darwin continúa con sus observaciones sobre conchas fosilizadas de gastrópodos, moluscos, mitílidos y otros. Y da cuenta también, de la formación volcánica de Chiloé, distinguiendo la formación orográfica de la costa oriental compuesta principalmente de grava y estratos de arcillas endurecidas y areniscas volcánicas. La parte norte de  la isla, a su vez, estaría compuesta de una formación volcánica de  500 a 700 pies de espesor, en estratos de diversas  lavas.[22]  Chile le debe mucho a Darwin, no sólo porque su sistematización del universo biótico de Chiloé contribuye a completar la taxonomía empezada por Gay, desde 1830 en el país; sino también porque sus explicaciones geológicas, morfológicas, de la isla, pasan a ser un referente  relevante para el posterior desarrollo de las  ciencias de la tierra en Chile.                                                                                                                                                             

La Visión de Claudio Gay 

Claudio Gay, botánico francés que arriba al país en 1828, es uno de los primeros taxonomistas que logra sistematizar el universo biótico del Chile decimonónico, tal como queda de manifiesto luego de la publicación de su magna obra: Historia física y política de Chile de 26 volúmenes. Dicho trabajo permite a la comunidad científica nacional e internacional conocer los distintos referentes de la flora y fauna nacionales y da una idea de las posibilidades a futuro que ofrece la naturaleza del país. En el pensamiento de Gay, la presencia de Chiloé es doblemente relevante. Por una parte, porque  en los distintos tomos de la Sección de Botánica así como también en la de Zoología aparecen descriptos rigurosamente los especimenes vernáculos de la región que el mismo capturó, vio y sistematizó durante el transcurso del año 1836, siguiendo los cánones taxonómicos  de la época; pero también porque es uno de los pocos científicos decimonónicos que percibe a Chiloé como un reservorio para el desarrollo de la ciencia nacional; esto es, que concibe el archipiélago como un punto geográfico equivalente a un laboratorio viviente,  para el ejercicio de la observación y para el  estudio e incremento de la ciencia natural. Es una sugerencia de ejecutar una política científica con énfasis regional, que incluya el traslado de los científicos y de sus instrumentos a la región; ello es parte de la fascinación de la naturaleza que ejerce Chiloé en la psiquis del naturalista galo. 

En cuanto a focalizar la atención de la comunidad científica en Chiloé, Gay lo plantea en estos términos: “Si, al contrario, el gobierno tiene algun dinero que gastar para ese género de trabajo, que haga explorar el sur de la provincia de Chiloé. Es en esos parajes, todavía muy poco conocidos, donde verdaderamente se puede hacer descubrimientos en provecho de las Ciencias Naturales y de la Geografía”.[23] 

La lista de exponentes de la flora y fauna chiloense que Gay describe e incorpora a la ciencia universal, es enorme; pero recordemos al menos que entre los mamíferos del archipiélago clasifica al pudú, denominándolo  como cervus pudú  e incluyéndolo por tanto, entre los exponentes de los ciervos; corrigiendo así la tipificación asignada en la sistematización de Molina, que lo había descrito como un tipo de caprino. Clasifica otros mamíferos de la zona, entre estos, un tipo de zorro, (Canis fulvipes) y al lobo marino como Otaria porcina; entre los moluscos, identifica al pholas chiloensis, vulgarmente denominado “comes”. Entre los hirudinidos, identifica diversos tipos de sanguijuelas típicas de la isla. 

Y en el ámbito de los observables de la flora regional; identifica al bromus mango, un tipo de gramínea -ya desaparecido de la isla- que según  Gay los indios “la cultivaban para su alimento”.[24]  O un tipo de arbusto espinoso que se daba en la orilla de los bosques, ramus difussus., o un tipo de trebol que se daba en las orillas de los riachuelos de la isla: Trifolium rivale; entre las rosáceas que le llamaron la atención en la isla; describe a la acaena ovalofolia, vulgarmente denominada “cadillo”; así como la “yerba de plata”, Potentilla anserina. Y destaca con asombro a plantas que crecen en los peñascos como la Tilloea chiloensis, y la colobanthus  quitensis.; por nombrar sólo a algunos exponentes vernáculos.[25] Y sistematiza para la ciencia universal, también a algunos peces, como por ejemplo el aspidophorus chiloensis, que lo pescaban los indios para los miembros de la expedición de Fitz Roy. [26]

A manera de ilustración, traigamos a presencia su estilo de discurso científico, por ejemplo al dar cuenta del pudú y del lobo marino. Para el primer caso señala:

Cervus pudu

C.parvus, breviceps, vinaceo-rufescens; facie brevi; sino lacrymali mediocri; dentibus lanariis superioribus exiguis; cauda subnutla; longitudo corporis vix 2 ped.

C.PUDU Gerv., Ann. des Sc., nat., feb. de 1830- C. HUMILIS, Proc., 1830- MAZAMA PUDU Rafin- CAPRA PUDU mol.- OVIS PUDU Gmel.

Vulgarmente Venado y entre los indios Pudú ó Puudu

Animal bastante cachigordete, sostenido por piernas débiles, y solamente de dos piés y tres pulgadas de largo. La cabeza es gruesa, Sus colores son casi uniformes: es generalmente bermejo, finalmente jaspeado sobre la mayor parte de su  cuerpo de un bermejo más vivo..... Los pelos no son muy gruesos ni largos, pero  quebradizos, de  mediana longitud,  y no afectan la disposición espiral propia de muchos animales del género ciervo....:Longitud del cuerpo y la cabeza, 2 piés y 3 pulgadas; de las orejas, 2 pulgadas y media; altura, 1 pié. 

....estos lindos animales, bastante conocidos en las provincias meridionales, desde la de Cauquenes hasta la de Chiloé. Viven en pequeños rebaños en medio de las cordilleras, ocupados en alimentarse y evitar a los enemigos por medio de su velocísima carrera.[27] 

Y con respecto al otro mamífero, Gay acota: 

Otaria porcina

O. dentibus incisoribus superioribus sex; caninis remotioribus, conicis, maximis; corpore fusco cinnamomeo; subtus pallidiore; extrimitatibus nudisculis, nigrescentisbus; pedum posteriorum digittis tribus, intermediis unguiculatis, appendicibus longis linearibus terminatis.

O. PORCINA Desmar., Mam.., p.252- O. FLAVESCENS? Poepp. Front Not. 1829, N° 529-O.MOLINAE Les., Dic. Class., O ULLOAE? Tschudi, Mamm. Cons. Per.- PHOCA PORCINA Mol.

Vulgarmente Lobo de mar o Toruno, y Lame ó Uriñe entre los indios.

Cuerpo algo anguloso en los costados, de un bruno canela, mas pálido por bajo, y de seis á siete pulgadas de largo. Cabeza redonda; ojos grandes; orejas pequeñas y cónicas; boca rodeada de bigotes de un blanco sucio, muy derechos y espesos. Cuellorobusto, con la piel colgando ó plegada por bajo. Piés negruzcos, glabros y arrugados. Cola muy corta, no teniendo apenas  mas que una pulgada de largo. 

...Estos animales son sumamente útiles, puesto que los machos dan hasta cuatro galones de aceite y las hembras cerca de dos, con el cual se alumbran en las tiendas, particularmente en Chiloé, y casi todos los habitantes del campo no tienen otro de que servirse, llenando una candileja, en la que ponen una mecha, y colocándola en seguida en uno de los rincones de la habitación.[28] 

A Manera de Conclusión   

Chiloé, desde el punto de vista de la historia natural, como reservorio del mundo orgánico, genera un verdadero  desafío  para la tarea taxonómica y de sistematización en general; proceso que en Chile se inicia a partir de la década del treinta del siglo XIX, con la contratación de Gay. La identificación y clasificación de los referentes de la flora y fauna chiloense, marcó un hito significativo en la evolución y aplicación de la ciencia en Chile, en tanto objeto de estudio para  completar la radiografía del cuerpo físico del país.  Llama la atención en todo caso, que  los resultados de la información  científica  obtenida por los taxonomistas sobre Chiloé sea mucho más inmediata que la información especializada obtenida por los representantes de las ciencias de la tierra y algunos naturalistas, que estudian por ejemplo la zona centro y norte del país. Así Gay, recorre Chiloé en 1836 y sus resultados son enviados a través de informes al gobierno, casi de inmediato; y la comunidad científica, por su parte, comienza a recibirlos desde 1844, con la publicación de los distintos tomos de la Historia física y política de Chile Y la zona norte, principalmente sobre el Desierto de Atacama,  se obtiene recién en 1860, con la obra de Philippi: Viage al desierto de Atacama. Sin embargo, ante los ojos de  los empresarios de la época,  Chiloé pareció ser invisible, puesto que a pesar de contar con información científica de los recursos de la zona, no se interesaron por extender sus nacientes industrias al archipiélago. Tal vez eso contribuyó a mantener el encanto y el misterio de la región.  Por otra parte, queda claro que la biodiversidad de Chiloé y la policromía de sus formas, no fue indiferente para ninguno de los científicos que la exploraron; por ello, es posible observar que  muchos dejaron expresamente consignada su admiración por los referentes vernáculos de la flora y fauna del archipiélago. 

La comunidad científica internacional del Siglo de la Ilustración, principalmente los sabios  dependientes de la Corona Española, están en deuda con Chiloé; ello porque durante dicho período fue un verdadero laboratorio viviente para explorar, observar, describir e incorporar referentes a la  taxonomía,  a la botánica, a la zoología, a las ciencias de la vida y de la tierra en general. Y lo propio acontece durante el siglo XIX, pero comprometiendo específicamente a la joven Republica de Chile, porque su biodiversidad y su naturaleza peculiar hidrográfica, constituyen un eje importante de la consolidación de la ciencia decimonónica nacional, usualmente  olvidado. 

Bibliografía consultada 

Berríos, M. y Saldivia, Zenobio: Claudio Gay y la Ciencia en Chile, Bravo y Allende Editores, Stgo., 1995.

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Gay, Claudio: Historia física y política de Chile;  Sec. Zoología, T. I, Impr. de Maulde et Renou; Paris, 1847.

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Botánica en la expedición de Malaspina.1789-1794, Real Jardín Botánico y Comisión

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Izquierdo A., Guillermo: “Don Francisco Vidal Gormáz, vida y obra.” Separata del Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Nº 88, Stgo., 1974.

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Saldivia, Zenobio: La visión de la Naturaleza en tres Científicos del siglo XIX en Chile:

Gay, Domeyko y Philippi, Ed. Usach, Stgo., 2003.

Villalobos, Sergio: La aventura chilena de Darwin; Ed. A. Bello, Stgo., 1974. 

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[1] Cf. Cavada, Francisco J.: Chiloé y los chilotes, Impr. Universitaria, Stgo., 1914; p. 9.

[2] Moraleda i Montero, José de: Esploraciones jeograficas e hidrograficas , 1786, 1787 i 1788, en: Barros Arana, Diego: Esploraciones jeograficas e hidrograficas de José de Moraleda i Montero, Stgo., Impr. Nacional., 1888, p. 16. 

[3] Ibídem.; p. 146.

[4] Ibídem.; p. 160.

[5] Ibídem.; pp. 211, 212.

[6] Ribera, Lázaro de: Discurso que hace el alferez  don Lázaro de Ribera , sobre la provincia de Chiloé, p.4., en: Anrique R., Nicolas: Cinco relaciones jeográficas e hidrográficas que interesan a Chile; Imprenta Elseveriana, Stgo., 1897.

[7] Ibídem.; p. 6.

[8] Ibídem.; p. 7.

[9]   Ibídem.; p. 57.

[10] Ibídem.; pp. 33 y 42 respectivamente.

[11] Fonck, Francisco: Viajes de Fray Francisco Menendez a la cordillera, Comisión  de Carlos F. Niemeyer, Valparaíso, 1896; p. 4.

[12] Ibídem.; pp. 26, 27.

[13] Ibídem.; p.  29.

[14] Cf. Fonck, Francisco; op. cit.; pp.4, 6 y 7.

[15] Cf. Destéfani, Laurio H.: “La gran expedición  española de Alejandro Malaspina (1789-1794)”; Boletín de la Academia Nacional de la Historia; Vol.: LXII-LXIII; Bs. Aires, 1989-1999; p. 203.

[16] Higueras, María Dolores: “El marino ilustrado y las expediciones científicas”, en: La Botánica en la expedición de Malaspina.1789-1794, Real Jardín Botánico y Comisión Quinto Centenario, Ed. Turner, Madrid,1989; p. 24. 

[17] La botánica en la expedición de Malaspina; op. cit., pp. 170-171.

[18] Cf. Izquierdo A., Guillermo: “Don Francisco Vidal Gormaz, vida y obra.” Separata del Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Nº 88, Stgo., 1974; p. 61.

[19] Villalobos, Sergio: La aventura chilena de Darwin; Ed. A. Bello, Stgo., 1974; p. 67.

[20] Darwin, Charles: Jeolojía de la América Meridional, Trad. a partir de la 2da edición de 1876, a cargo de Alfredo Escuti Orrego; Impr. Cervantes, Stgo., 1906; p. 200. 

[21] Ibídem., p. 64.

[22] Ibídem., Cf. pp. 200, 201, 202.

[23]Feliú Cruz, Guillermo:  “Perfil de un sabio: Claudio Gay a través de su correspondencia”; en : Stuardo Ortiz, Carlos y  Feliú Cruz, Guillermo Vida de Claudio Gay. 1800-1873, T. II, Editorial Nascimiento, Stgo., 1973;  p. 44. 

[24] Ibídem., T. I., p. 285.

[25] Gay, Claudio: Historia física y política de Chile;  Sec. Botánica, T. II, Impr. de Fain y Thunot, Paris, 1846; p. 532.

[26] Gay, Claudio: Historia física y política de Chile;  Sec. Zoología, T. II, Impr. de Maulde et Renou; Paris, 1848, pp. 174,175.

[27]Gay, Claudio: Historia física y política de Chile;  Sec. Zoología, T. I, Impr. de Maulde et Renou; Paris, 1847; pp. 158-159.     

[28] Ibídem.; pp.74,75. 

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Tomás Cipriano de Mosquera y sus aportes científicos

Zenobio Saldivia M.  y Maryorie Maya G.

El hombre, su familia y su formación

Tomás Cipriano de Mosquera nació en Popayán el día miércoles 26 de septiembre de 1798. Fue el sexto de diez hermanos, muchos de los cuales se han destacado en la historia de Colombia: Joaquín María por ejemplo, llegó a ser presidente de la Gran Colombia, sucesor de Bolívar; a su vez, Manuel María fue un ilustre diplomático; también Manuel José, que fue arzobispo de Santafé de Bogotá. Tomás Cipriano era el segundo hijo varón de José Joaquín María Mosquera Figueroa y Arboleda y de María Manuela Arboleda y Arrechea.[1] La familia Mosquera era de raigambre aristocrática, pues entre sus antepasados figuraban hombres públicos y destacados militares; entre éstos el capitán Cristóbal de Mosquera y Figueroa. Y su primo Francisco de Mosquera que había sido gobernador de Popayán en 1564 y casado con una hija de Belalcázar. También Francisco Arboleda Salazar y su hijo Francisco Antonio Arboleda Hurtado; Cristóbal de Mosquera y Figueroa IV y sus tíos paternos, Marcelino y el doctor Joaquín Mosquera Figueroa, oidor de la Real Audiencia de Santa Fe y Regente de España. Así pues, por su estirpe, esta familia ocupaba una posición privilegiada en la comunidad popayanesa del siglo XVIII; no solo por la prestancia de las personalidades citadas, sino también por su añejo origen español particularmente por la línea Figueroa, Suero Fernández y Teresa, y cuyo linaje a su vez se remontaba hasta los años en que los pueblos cristianos del Mediterráneo -ya asentados en España- se convirtieron al catolicismo y enfrentaron a los moros.[2]

De Tomás Cipriano en sus primeros años, se sabe que era parte de una gran familia aristocrática, como ya se ha señalado. Su hermano mayor fue enviado a Santafé de Bogotá a los 18 años a estudiar derecho, dejando a Tomás Cipriano a los cinco o seis años de edad como hijo interino en una familia de tres mujeres y dos infantes.[3]

Su primera formación académica la recibió de sus progenitores, continuándola luego en la Escuela pública de Joaquín Basto, de donde regresó al hogar a raíz de un incidente disciplinario. En este contexto, sus padres decidieron retirar a Tomás Cipriano y lo dejaron bajo la tutela del maestro Luna. En las postrimerías del coloniaje, tutores privados enseñaban a los niños de élite payanesa las primeras letras, nociones de aritmética, grandes dosis de religión y algo de idiomas extranjeros. Tomás Cipriano, se destacó por ser un alumno inquieto, petulante, incorregible, indisciplinado y díscolo. No está claro el número de años de instrucción formal que tuvo Tomás Cipriano, pero si sabemos que su formación intelectual fue interrumpida a fines de 1813 y a principios de 1814 por la epopeya de la independencia. La formación académica fue interrumpida por la emigración forzada de don José Joaquín María Mosquera y su familia al norte, con motivo de los disturbios entre las fuerzas españolas y los republicanos durante la insurrección contra el virrey  Amar y Borbón en Santafé de Bogotá; Tomás Cipriano cursó después latinidades en el Real Colegio Seminario, pero no terminó sus estudios superiores. El joven estudiante se rodeaba de republicanos ardientes guiados por el rector del seminario, José Félix de Restrepo, quien reunía a todos los que se mostraban con una animadversión al régimen colonial. Aunque Tomás Cipriano nunca volvió a estudiar formalmente, había aprendido a leer y a escribir, y de joven su padre le insistió mucho en que tratara de mejorar su ortografía y caligrafía. No se sabe con certeza cuales fueron los textos que marcaron a fuego su formación intelectual, pero sí sabemos que la familia Mosquera-Arboleda apreciaba mucho los libros. Su cuñada y prima hermana María Josefa Mosquera y Hurtado, tenía una biblioteca que Hamilton admiró mucho y sus hermanos menores le encargaron libros cuando estuvo en Cartagena. El acopio de textos de la biblioteca personal que Tomás Cipriano de Mosquera logró formar a lo largo de su vida, al parecer, correspondió a una de las más completas existentes en Colombia en las primeras décadas del siglo XIX; por tanto, podemos colegir que Mosquera era un hombre con muchas inquietudes intelectuales. Además, dominaba medianamente el inglés, francés e italiano.[4]

Tomás Cipriano de Mosquera se casó en primeras nupcias con su prima hermana Mariana Arboleda y Arroyo, y en segundas, con María Ignacia Arboleda. A causa de las secuelas que le dejó un tiro en la mandíbula sufrido en la defensa de Barbacoas en 1824, se ganó el apelativo de "Mascachochas", por la cantidad de muecas y los ruidos que hacía al hablar.

Sus contribución científica 

En rigor, su tributo científico a nuestro juicio tiene dos vías relevantes. Por un lado están las contribuciones indirectas que en virtud de su condición de Presidente de la República -en sus distintos períodos- incidieron en la marcha técnica, educacional y científica del país, y por otro lado, están las obras que escribió como autor en disciplinas tales como: matemática, geografía, cartografía, cosmografía e historia  por ejemplo. Y justamente estos dos carriles de contribuciones, serán los ejes de nuestro acopio para respaldar la contribución científica que ha legado a Colombia y a América toda.

Su contribución desde la presidencia

En relación a los aportes técnico-científicos propiciados por Mosquera para la joven República de Colombia, se destacaron varias obras de importancia que en su tiempo, a mediados del Siglo XIX, impactaron en la educación, la industria y la ciencia nacional; entre éstas: 

En educación durante su primer período gubernativo (1844-1849), implementó diversas mejoras en los niveles básico, medio y de la enseñanza universitaria. Así por ejemplo en relación a la enseñanza elemental, recordemos que formuló la Ley de Márquez del 9 de mayo de 1846, que eximió de los servicios local y militar a los maestros de escuela primaria como un estímulo para la formación de un universo de profesores instructores. Y por otra parte, ya en 1849, el gobierno de Mosquera había instaurado escuelas normales en gran parte de las provincias de Nueva Granada y las había dotado de libros, mapamundis y otros implementos. [5]

El sistema de educación secundaria, si bien no tuvo grandes cambios curriculares recibió a un par de profesores franceses contratados por el gobierno (1846), para enseñar matemática y física. Y al final del gobierno de Mosquera, los alumnos de enseñanza media que en 1845 eran 742, se habían incrementado a 1809 para 1849.[6] Pero los mayores logros en este ámbito acontecieron en los niveles de la enseñanza media y universitaria. En efecto, recuérdese en este plano que en 1846 la Universidad de Santafé de Bogotá logró construir un anfiteatro anatómico con ayuda gubernativa y además importó de Europa todo el equipo médico necesario para los estudios de medicina.[7]

En el plano de las ciencias aplicadas, contrató al arquitecto Thomas Reed para que proyectara y dirigiera la construcción del edificio para la sede del Congreso Nacional (El Capitolio). También tomó las medidas necesarias para darle forma al proyecto de navegación a vapor por el río Magdalena, para lo cual se crearon dos compañías, La Nacional de Santa Marta para la navegación del Magdalena y la Compañía de Cartagena, para la navegación por vapor del Magdalena y Dique, ambas con capital granadino reforzado con capital extranjero. También, Tomás Cipriano de Mosquera durante su primer gobierno (1844-1849), instruyó a su ministro Lino de Pombo para que instaurara el sistema métrico decimal en Colombia, y por ello este ministro se aprestó a introducir la decimalización en la reforma monetaria para corregir el desorden existente en las operaciones relacionadas con el mercado nacional y con las exportaciones,[8] pero no logró aplicarse masivamente y hubo una fuerte resistencia para extender el uso de este sistema entre los agentes económicos y políticos de las regiones. En rigor, la adopción oficial del sistema métrico decimal en Colombia acontecerá algunos años después, en 1853.[9] 

Mosquera y Arboleda era un hombre culto y estudioso, preocupado por el conocimiento de la ciencia, la historia, la geografía, la cartografía y la cultura en general, materias a las que dedicó buena parte de su vida. Esta preocupación personal se tradujo en dos obras importantes sobre la geografía de Colombia y unos cuantos artículos científicos, que analizaremos en su momento, en el marco de su condición de autor. Volviendo a sus aportes como Presidente, recuérdese además que en enero de 1848 instaló el Instituto Caldas, en Santafé de Bogotá, con la asistencia y participación de las personas más destacadas de la cultura, la industria, la política y la Iglesia; la finalidad de este instituto era fomentar la cultura, la administración pública, los trabajos científicos, las comunicaciones y el desarrollo del país en general. De esta entidad surgió la iniciativa de los trabajos corográficos encomendados más tarde al coronel Agustín Codazzi. Mosquera también se preocupó de organizar la nomenclatura urbana de Bogotá, impulsó el estudio cartográfico de Nueva Granada.  

También, motivado por su política de libre comercio y su precoz afán de independizar el Estado de la iglesia, o al menos del gobierno, Mosqueda y Arboleda decretó en septiembre de 1845, algunas reformas a la ley orgánica de universidades, posibilitando una cierta liberalización mínima de la enseñanza universitaria; lo que implicó a su vez, por ejemplo, que se aborden las ideas de Jeremy Bentham, vinculadas como se sabe al ideal filosófico, moral y arquitectónico del panóptico en las cárceles, lo que era para su tiempo, una notoria expresión de progreso arquitectónico y moral.

Además recordemos también que propició el  primer censo del período republicano. El 31 de marzo de 1849 Mosquera entregó la presidencia a José Hilario López, y se separó de la vida pública por algunos años. (Tomás Cipriano de Mosquera en http://web.presidencia.gov.co/asiescolombia/presidentes/09.htm)

En relación a la educación nuevamente, recordemos que en 1867 durante su cuarto mandato, Mosquera y Arboleda funda el Instituto Nacional de Artes y Oficios integrados por el colegio Militar y la Escuela Politécnica. Mosquera y Arboleda se propuso crear la Universidad de los Estados Unidos de Colombia, pero no lo logró porque fue depuesto en mayo de 1867 (SÁNCHEZ Y SALAZAR, 2002) por su propio comandante del ejército, general Santos Acosta. Se exilió en Lima por los siguientes tres años, durante los cuales escribió un libro titulado Cosmogonía (1868). Esto es, un estudio sobre los diversos sistemas de la creación del universo, que comentaremos en su momento.

Sus  aportes como científico individual

Tras aquellos avatares políticos de su primera etapa como Presidente de la República, viajó a Nueva York para dedicarse a los negocios de la familia y creó allí una casa comercial llamada Mosquera Herrán Ltda., con oficinas en Panamá, Nueva York y Washington. La casa comercial quebró. De esta época es la redacción y primera publicación (traducida al inglés) de su Memoria sobre geografía física y política de Nueva Granada, dedicada a la Sociedad Geográfica de Nueva York. 

Carta de la República de la Nueva Granada, conforme a su última división política. Tomás Cipriano de Mosquera. (1852) New York, Theodor Dwight. 42 x 59 cm.  Archivo General de la Nación. Bogotá.

Basándose en el mapa que comprendía Venezuela, Nueva Granada y Ecuador, realizado por Agustín Codazzi e incluido en el Atlas físico y político de la República de Venezuela (1840), Tomás Cipriano de Mosquera se centró en la corrección de varios aspectos de esta carta como el dibujo de la Costa Pacífica, la dirección de las cordilleras, el curso de algunos ríos y los límites del territorio granadino. El área del Pacífico y en particular la zona sur-occidental del país, era una de las más conocidas por el autor. En efecto, ella era prácticamente su área natural de movimientos pues aquí se ubica Popayán, su ciudad natal. Específicamente sobre la Costa del área del Pacífico, es indispensable recordar que cuando era su gobernador, Tomás Cipriano de Mosquera elaboró en 1825 el Mapa geográfico de la Provincia de Buenaventura en el Departamento del Cauca. Este mapa cubre el sur-occidente del país entre el río Cauca y el Pacífico y entre la desembocadura el Río Baudó al norte y el puerto de Tumaco al sur. (DUQUE, 2008) 

Mapa geográfico de la Provincia de Buenaventura en el Departamento del Cauca.  

Al contrastar ambos mapas: el de Agustín Codazzi como soporte principal y el firmado por Tomás Cipriano de Mosquera, es notoria la transformación en el dibujo de la Costa Pacífica en éste último. En él se observa mayor detenimiento en el dibujo de las islas e islotes de la región, lo que seguramente proviene del conocimiento directo de la zona por el autor; algo que a su vez, ha dejado plasmado en el mapa de 1825 que se acaba de mencionar. Las modificaciones en la dirección de las cordilleras -principalmente la central y la oriental- y en el curso de algunos ríos -ante todo el Magdalena-, las hace a partir de las medidas de latitud y longitud tomadas personalmente y cotejadas con los cálculos hechos previamente por Francisco José de Caldas y Alejandro de Humboldt. Un listado de las medidas tomadas por Mosquera en aproximadamente 159 lugares del país, aparece en el “Cuadro de la posición geográfica de muchos lugares de la República de Nueva Granada, su temperatura media, altura sobre el nivel del mar y nombre del que ha hecho las observaciones”. 

De otra parte, al comparar los mapas de José Acosta (1847) y de Tomás Cipriano Mosquera (1852) referentes al territorio nacional, queda claro que el primero buscó mayor rigurosidad en el trazado de la geografía física al relacionar el mayor número de fuentes e incluir medidas astronómicas de autores como Fidalgo, Humbodlt, Boussingault y Roulin. Por su parte, Mosquera enfatizó los espacios desde una perspectiva ideológica y política, lo que se expresa en el hecho de que resalta de sobremanera los límites políticos de la Nueva Granada. La diferencia en las fuentes utilizadas y en los énfasis puestos por cada mapa, hace que los límites del sur y sur-oriente del país, principalmente con Ecuador, Perú y Brasil, resulten distintos en cada documento. Así, en la carta de Tomás Cipriano de Moraleda los límites se extienden hacia el sur del río Putumayo, hasta el Río Solimoes o Amazonas. Por su parte en el mapa de Acosta, el límite está puesto precisamente en el Río Putumayo, desde donde se traza una línea imaginaria hasta unirla con el Río Caquetá y, a partir de ese punto, se da una curva en dirección nor-oriental hasta el río Negro. Por tanto, tal como lo ha destacado Duque, queda claro que cada uno de los mapas propone una lectura diferente principalmente con respecto a los límites del territorio nacional en estas regiones.[10]

Las inquietudes científicas de Mosquera no sólo se reflejan en sus estudios históricos, geográficos y cartográficos, sino que también han quedado de manifiesto en los títulos y reconocimientos que le otorgaron distintas sociedades científicas latinoamericanas y europeas; v. gr.: miembro honorario de la Sociedad de Agronomía de París, corresponsal del Instituto Histórico y Geográfico del Brasil y miembro fundador de la Sociedad Real de Antigüedades del Norte de Dinamarca, entre otros. Su labor científica individual corresponde al acopio de sus numerosas observaciones y apuntes que hacía durante sus viajes y campañas militares. Y de los estudios comparativos que realizó a partir de las diversas lecturas de las obras de geógrafos, astrónomos, botánicos, naturalistas y mineralogistas en boga en su tiempo; fundamentalmente de los trabajos de la Expedición Botánica y de los escritos de algunos científicos europeos. (Tomás Cipriano de Mosquera en http://web.presidencia.gov.co/asiescolombia/presidentes/09.htm)

 (https://sites.google.com/site/grancol1819/bio/mosquera-y-arboleda-tomas-cipriano-de)

Más tarde, una vez terminada la guerra civil de 1876-1877 con el triunfo del gobierno liberal sobre el alzamiento clerical-conservador, una vez consumado el triunfo el general y avezado estadista que ya llegaba a los 80 años, viajó a Honda y allí abordó uno de aquellos vapores que eran uno de sus más valiosas herencias. De Cartagena se trasladó a Panamá donde pasó varios meses de descanso; durante este período en agosto de 1877, su segunda esposa María Ignacia Arboleda, concibió un nuevo hijo del general de que naciera el dos de junio de 1878 en Popayán y recibiera el nombre de José Bolívar en homenaje al libertador. Era el mes de enero de 1878 cuando el General llegó junto con su señora a Buenaventura, de donde siguió a Cali para dirigirse a Popayán.  Allí llegó en marzo y de inmediato se desplazó a su hacienda en Coconuco, su salud declinaba en cuerpo y alma. En el mes de octubre de 1878 ya su salud estaba muy precaria. El día 7 de octubre  en la mañana,  le sobrevino un derrame cerebral y falleció.[11]

Hacia una conclusión

Mosquera no siempre es visto como científico ni por los historiadores de la ciencia latinoamericana ni por los propios historiadores de la ciencia en Colombia. Sin embargo, ahí están sus aportes que fueron el resultado directo de las dos vías que hemos mencionado: su actividad como Presidente y como estudioso solitario. A nuestro juicio, sus trabajos si bien fueron asistemáticos y discontinuos, contribuyeron a estructurar y complementar adecuadamente el cuadro científico de la República de Colombia de las décadas del cuarenta  al setenta del Siglo del Progreso; principalmente en las áreas de la geografía, la cartografía, la cosmografía y otras. También llama la atención el delta humano y las características en que se originaron los esfuerzos científicos de este político y científico, pues si bien no tuvo una preparación académica formal, logró insertarse por la consolidación de la comunidad científica colombiana, gracias a su propia constancia de autodidacta y por el estudio que realizó de los sabios de su tiempo. Y principalmente por estar imbuido del deseo de dejar una obra científica que marque la presencia geográfica de Colombia en América y en Europa. 

Bibliografía

  1. CASTRILLÓN ARBOLEDA, Diego. 1979. Tomás Cipriano de Mosquera. Litografía Arco, Bogotá.  327
  2. ----------------------------------------.1994. Tomás Cipriano de Mosquera. Biografía, Editorial Planeta, Colombia, p.723
  3. DUQUE, Lucía. Territorio Nacional, cartografía y poder en la Nueva Granada (Colombia) a mediados del siglo XIX.  http://alhim.revues.org/2907#tocto1n2
  4. IRIARTE, Alfredo. 2003. Muertes legendarias. Editorial Intermedios Bogotá Colombia.  Capitulo VII.  El Gran General gana en Coconuco sus últimas batallas. Pág. 121-125.
  5. LOFSTROM, William. 1996. La vida íntima de Tomás Cipriano de Mosquera (1798-1830).  ANCORA, EDITORES, BOGOTÁ, Pág. 253
  6. MELO, Jorge Orlando. Historia de la Ciencia en Colombia. en http://www.jorgeorlandomelo.com/hisciencia.htm
  7. Presidente de la nueva Granada. Tomás Cipriano de Mosquera en http://web.presidencia.gov.co/asiescolombia/presidentes/09.htm
  8. Tomás Cipriano de Mosquera y Arboleda.https://sites.google.com/site/grancol1819/bio/mosquera-y-arboleda-tomas-cipriano-de
  9. TORRES SÁNCHEZ, Jaime y SALAZAR, Luz Amanda. 2002. Introducción a la Historia de la Ingeniería y la educación en Colombia.  Universidad Nacional de Colombia. Pág.225.

[1] Cf. Castrillón A., Diego: Tomás Cipriano de Mosquera, Litografía Arco, Bogotá, 1979. p.5.

[2] Ibídem.; pp. 13 y ss.

[3] Ibídem.; p.6.

[4] Cf. Lofstrom, William:  La vida íntima de Tomás Cipriano de Mosquera (1798-1830), 1996,  Ancora Editores, Bogotá; pp. 48-49.

[5] Cf. León Helguera, J.: “La Educación durante el Primer Gobierno de Mosquera: 1845-1849”; (Traducido por Enrique Hoyos Olier)

[6] Ibídem.

[7] Ibídem.

[8] Cf. Arboleda, Luis Carlos: “Introducción del Sistema Métrico Decimal  en Colombia a mediados del Siglo XIX” en: I CEMAYC, Primer Congreso de Educación Matemática de América Central y del Caribe, 6 al 8 de Noviembre, 2013, Sto. Domingo, República Dominicana. En línea en: http://www.centroedumatematica.com/memorias-icemacyc/Conferencia_paralela,_Arboleda.pdf. [Fecha de consulta: 17-12-2014].

[9] Ibídem.

[10] Cf. Duque, Lucía: Territorio Nacional, cartografía y poder en la Nueva Granada (Colombia) a mediados del siglo XIX, 2008. En: http://alhim.revues.org/2907#tocto1n2. ;

[11] Cf. Iriarte, Alfredo: Muertes legendarias. Editorial Intermedios Bogotá, 2003; pp.121 y ss. 

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Un romántico olvidado en Nicaragua

Zenobio Saldivia M.

                                                          Prof. Visitante, I.H.N.; UCA, Nicaragua. 

Durante el siglo XIX, muchos viajeros, naturalistas, exploradores e ingenieros, recorrieron Centroamérica y específicamente muchas regiones de Nicaragua; entre estos Carl Bovallius, Julius Froebel, Williams Well, Orlando Roberts, E. G. Squier y Thomas Belt, por ejemplo. Este último, ingeniero, geólogo, explorador y viajero, viajó por Austria, Rusia y Oriente. En América visitó Brasil, Nicaragua, México y EE.UU. Según sus biógrafos llega a Nicaragua en febrero de 1868, por el San Juan y se dedica a explorar el país durante cinco años. Su visión del cuerpo físico de Nicaragua ha quedado consignada  en la publicación: The naturalist in Nicaragua (London, 1874). 

Dicha obra  es significativa todavía hoy,  por la enorme fuerza de su prosa romántica, conque logra mostrar a sus lectores, una visión de la flora y fauna nicaragüenses y que  consigue concitar nuestra atención y despertar sentimientos de asombro por la forma en que presenta a los referentes orgánicos de dicho país; por ejemplo, a lepidópteros como la morphos y la helicónida, o a escarabajos como el desmiphora fasciculata, o a hormigas como la pequeña ecidon predator, o a la guerrera eciton hamata, o a los tucanes como el ramphaustus tocard; que en conjunto con los  demás especimenes de la  sistematización de Belt, aparecen como insertos en una exuberante naturaleza, en plena interacción con todo el universo orgánico; matizadas además con una rica policromía y destacando claramente algún rasgo relevante de cada uno de ellos en su prosa. Su discurso es rico en descripciones, en colorido, y sobre todo llama la atención, porque se  alcanza un equilibrio entre los sentimientos del observador, como simple sujeto y el científico que pretende detener y consignar por la vía de la designación taxonómica, los distintos especimenes de la flora y fauna nicaragüenses. Por ejemplo, al describir a un tipo de mariposas señala: “Estas mariposas eran en su mayoría diferentes especies de Callidryas, amarillas y blancas, mezcladas con las especies rojas y cafés  de Timetes, que al ser perturbados se levantan en una masa giratoria. Sobre el terreno parecen un ramillete y cuando se alzan simulan una fuente de flores”. Lo anterior, es un trozo típico de la literatura romántica de los viajeros y exploradores que recorren América, en los cuales el romanticismo está presente doblemente: primero como forma de vida, en tanto sus tareas  científicas o de simple exploración,  son  motivadas por  el  mero  gusto de viajar  y  de estar  en  contacto con  la vastedad y las sorpresas que ofrece  un universo orgánico y un medio social diferente y extraño a sus costumbres; medios que lo obligan  a ratos a la soledad y al aislamiento, pero que también le dan la oportunidad para seguir su impulso estético: buscar la belleza en la naturaleza inexplorada de Nicaragua y otros países de Centroamérica. 

En este contexto, el  romanticismo de Belt se expande también a su prosa, en sus observaciones y descripciones de los referentes vernáculos, o al dar cuenta de las costumbres de los nativos y lugareños; o bien, al mostrar las distintas formas de interacción entre el medio natural y el social, en el cual se percibe claramente que  los nativos y sus costumbres, así como  la flora y fauna en que se desenvuelven, es considerado como un todo; como un paisaje humano, natural y social, como un cuadro de costumbres, a la manera de Humboldt.  El asombro que despiertan  los observables en el ánimo del científico, es una tónica constante en sus descripciones, tal como se puede apreciar al leer las vicisitudes previas al arribo a la actual ciudad de Matagalpa: “...mientras cabalgábamos; vimos robles y pinos enteramente por colgantes festones, con aspecto de musgos grises, de la Tillandsia usneesis o “barba de viejo”. No había ramita que no estuviera agobiada por un fleco colgante, de hasta seis pies de largo  que  simulaba  un  velo  gris meciéndose al viento, y que daba a los árboles una extraña y venerable apariencia. Cabalgar fue un placer después de la detención en Matagalpa; cada cosa era fresca y nueva para mí. El aspecto de la región, los árboles, matas y flores, los pájaros y los insectos, el aromático perfume de los pinos, todo reclamaba mi atención a cada minuto”. 

            El trozo anterior, nos permite observar  las características  señaladas como propias de la prosa  de Belt;  aquí  se percibe el fuerte asombro del explorador ante una naturaleza expansiva y emergente, la abundancia de exponentes del mundo orgánico, el uso de la tipología taxonómica en boga; así como también, una clara sensibilidad para captar la belleza del paisaje y el placer que siente el explorador en ello. Son algunas de las expresiones del romanticismo de Belt. 

Así, el autor va construyendo una prosa que presenta y explica un mundo de abundancia y de biodiversidad, en el que se insertan alegremente  los tanágridos,  los tucanes, los “congos”, las “barbas de viejo”, las enredaderas, los helechos, los escarabajos, el cedro, las mariposas, los jabalíes, las luciérnagas, los chagüites, las garzas blancas, los marjales, los jacanás, los lagartos, las palmeras y los pinos; por una parte. Y por otra, en el mismo universo de flora y fauna, va introduciendo a las hermosas nativas morenas  con sus pechos desnudos y colgantes, lavando la ropa o moliendo el maíz; y a los niños, también desnudos y jugando ora entre ellos ora con animales domésticos; o bien a los chontaleños detrás de su ganado, a los indios reparando sus chozas, a los bongueros con sus pértigas, desplazándose a través del Río San Juan. 

Es una primera mirada del cuerpo físico y social del país; por cierto parcial; pero es aún una lectura de la naturaleza en que no está  todavía el afán pragmático y utilitarista; el énfasis por unir vida, naturaleza y explotación capitalista, que ya en esta época se observa en el trabajo de otros ingenieros y naturalistas que recorren el país con la pretensión de obtener informaciones más exactas para materializar el proyecto político y económico del Canal transoceánico. Aquí, en la prosa de Belt, ese sueño no atraviesa la descripción y referencias del medio biótico. Sólo hay una mirada propia de un romanticismo tardío, entendido como un conjunto de valores literarios que trasuntan una tendencia hacia la obtención de la verdad, según el ideario de Humboldt y Goethe. 

La visión de la naturaleza nicaragüense  de Belt, por tanto, es poética, delicada; muestra un universo vasto, exuberante, policromático y dinámico, en el cual los elementos orgánicos e inorgánicos están en una proporción adecuada para la biodiversidad y la interacción del hombre con el medio; pero no es un mundo que se ofrece a los empresarios, como sucede más tarde con Lèvy, al dar cuenta de los recursos de Nicaragua, o como acontece en la prosa de muchos estudiosos de la historia natural y de viajeros de fines del siglo decimonono, que exploran los  territorios de América Meridional. La visión de Belt presenta un mundo para los ojos, para deleite de los sentidos; para contemplar, para gozar y para elevarse  a  la contemplación y  la  búsqueda  de  la felicidad. Así, más que un trozo de naturaleza dividida, segmentada entre porciones orgánicas o mineralógicas y estandarizada para la transformación y la explotación industrial, el discurso de Belt es un enfoque romántico. Una mirada que va  casi a contrapelo de otras visiones paralelas que - como señaláramos- ya en esta época (1874), se dan fuertemente motivadas  en torno al ideario del Canal transoceánico, y que  cubren a los medios gubernativos y a  culturales del país, con un sinfín de informes, precios, distancias, costos y maquinarias e implementos, sobre  esta franja de tierra aprisionada entre el Pacífico y el Atlántico y con una elite obsesionada por la construcción de un canal que no llega, pero que se desplaza entre el imaginario colectivo, a través de la diplomacia, de la política y de la economía nicaragüenses de las últimas décadas del siglo XIX. 

Actualmente, llama la atención que fuera de la memoria histórica consignada en algunas escasas obras sobre Belt y su presencia en Nicaragua, como por ejemplo la traducción de la obra de Belt: El naturalista en Nicaragua; que realiza Jaime Incer Barquero  en 1976 y del cual hemos tomado las citas aquí empleadas; no existe la misma pasión y alegría que tuvo el autor para contemplar el cuerpo físico de Nicaragua, con obras que hablen en profundidad del trabajo de este viajero naturalista. Tanto es así, que en una investigación social realizada durante los años 1954-1955, por Guerrero y Soriano de Guerrero, que tenía por objeto lograr nuevos antecedentes  sobre la estadía del naturalista en el país, a partir de la tradición oral en algunas regiones del país; no tuvo ninguna retroalimentación.  

La imagen y la labor de Belt, quedó así, tragada por la selva de la naturaleza y por la selva del olvido. Es una amnesia lamentable que desde la academia se desea revertir, como una forma de reivindicar la romántica obra de este autor.

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Zenobio Saldivia M. Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile.  

Resumen: Se analiza la visión  de la naturaleza que nos han dejado los viajeros y científicos que visitaron el Archipiélago de Chiloé durante los siglos XVIII y XIX, y se destaca el asombro que sobre ellos ejerció dicha región, y el impacto que las peculiaridades de la gea, flora y fauna de Chiloé, tuvieron en la prosa científica de los sabios ilustrados y en los del siglo XIX. 

Abstract: It analized of the nature’ vision that they have us the travellers and scientists during the XVIII and XIXth centuries over the archipelago of Chiloé, and emphatized the dread that over them he done this country and the impact of the particulary way of the earth, vegetal and animal kingdon of Chiloé; it had in the scientific prose of the wise illustrated and the XIXth century. 

Key words: Chiloé, wise illustrated, XIX century, nature. 

Algunos antecedentes

En la actualidad, la preocupación intelectual por la Isla Grande de Chiloé y por  el archipiélago como un todo, ha trascendido desde la tradicional inquietud por las características geográficas  y de su cuerpo físico, hasta nuevas lecturas interpretativas que se articulan con los tópicos más recientes de la cultura en general; llegando así, a convertirse en un objeto de estudio, de conversación y de análisis inagotables que se desplazan desde el ámbito de la mitología, de la literatura, del turismo, de la religiosidad, de la geopolítica, de la meteorología, de la ecología  y de los desafíos tecnológicos que ofrece para  su conexión con el continente, entre otros.  Chiloé siempre ha estado rodeado de un misterio que atrae a muchas personas; pero esta atracción que provoca en los espíritus sensibles, no es sólo de ahora, sino de siempre.  Al parecer, la conjunción de una serie de factores que comprometen su raigambre histórica y cultural, su naturaleza peculiar que se expresa en  la abundancia de su  flora y fauna inserta en un medio geográfico distante de los lugares más urbanizados, un clima inhóspito y lluvioso, sumado a la pasividad  e idiosincrasia de los lugareños; generó en otras épocas, un universo de mitos y leyendas que llegaron hasta el corazón de la metrópolis española y despertó el ansia cognoscitiva de viajeros y científicos europeos. 

Para los que no la conocen, Chiloé es una isla y un archipiélago, cuya ubicación geográfica se sitúa  aproximadamente entre los grados 41 y 43 de latitud Sur. A ella han arribado durante  La Colonia, no sólo los personeros públicos y militares interesados en la extensión del imperio español; sino también innumerables científicos, viajeros y exploradores. Todos ellos  experimentaron una  fascinación por el archipiélago y se esforzaron en expresarla a través de sus cometidos de acción o en sus discursos científicos. Justamente las peculiaridades de la preocupación científica y el argumento que explica esa sugestión  que ha despertado en estos sabios y viajeros, es lo que se pretende dar cuenta en esta comunicación. 

Para ello, se analizan los principales viajes que se han realizado entre los siglos XVIII y XIX  en la región y las consecuencias de los mismos, en especial para la comunidad científica nacional e internacional; destacando además  algunos  aspectos geopolíticos, pero sobre todo nos concentraremos en los incrementos taxonómicos y en la visión de la naturaleza de Chiloé que nos han legado los viajeros y científicos del período indicado en el epígrafe. 

Chiloé, principal centro  de las exploraciones geográficas en el siglo XVIII 

Chiloé fue avistada en febrero de 1540 por Alonso de Camargo y descubierta  en 1553 por Francisco de Ulloa, a partir de entonces no ha dejado de despertar curiosidad, ambiciones, inquietudes y trabajos de carácter científico o de importancia geopolítica. Hacia allá zarparon expediciones militares con el propósito de reforzar la seguridad del Reino de Chile. Y también expediciones misioneras, principalmente de los jesuitas, quienes se instalaron en Chiloé a partir de 1608, con mucha decisión y con el deseo de convertir a los infieles habitantes de aquellas islas al cristianismo, y de paso, contribuir al mejor sometimiento de los naturales a la Corona Española. 

Durante el siglo XVII, la bibliografía referente a Chiloé, da cuenta de  algunos viajeros y  cronistas  que  aluden a las  propiedades  de la naturaleza y la sociedad chilotas, tales como las referencias que realizan  Alonso de Ovalle, Diego de Rosales y otros; o las excursiones de algunos aventureros o navegantes audaces, que se desplazan desde Castro hacia las regiones de Chiloé continental  en busca de la Ciudad de Los Césares; tales como Juan García Tao, en 1620. Empero  en esta comunicación, se persigue concitar la atención del lector, en los acontecimientos científicos y exploratorios, más significativos de  los siglos XVIII y XIX. 

Chiloé y los viajeros ilustrados 

Durante el siglo XVIII, la época de los grandes periplos de la ciencia ilustrada, Chiloé era objeto de interés de los corsarios y de las potencias de la época, constituyendo un tema de  gran preocupación para la Corona Española, cuyas autoridades agudizaban su imaginación para asegurar la posesión del archipiélago y de la región austral en general. Por esto, no es extraño que en 1766, el archipiélago de Chiloé, que ya en dos ocasiones había sido saqueado por los corsarios holandeses, fuera segregado de la Capitanía General de Chile y colocado bajo dependencia directa del virrey del Perú Don Manuel de Amat y Junient.[1] 

 Entre los exploradores y viajeros que arribaron y se  internaron en  la Isla Grande de Chiloé o de Chilhué  -como la llamaban todavía los nativos durante este siglo-  se ubican algunos sacerdotes con inquietudes naturalistas y de exploración, tales como Francisco Menéndez, que realiza dos exploraciones a la zona, en 1783 y  en 1786; o José García durante los años de 1766 y 1767; o pilotos como Cosme Ugarte, durante los años de 1767 y 1768, o Francisco Hipólito Machado en 1768; o el ingeniero delineador, Lázaro de Ribera en 1778; o los cartógrafos y marinos como José Manuel de Moraleda i Montero, Alejandro Malaspina y otros. 

El ingeniero y alférez  de fragata, José de Moraleda i Montero, por ejemplo; se destaca no solo por su larga  permanencia en la región y porque visita en distintos períodos el archipiélago; sino también por la agudeza y completitud de sus observaciones. Estos viajes, le son comisionados ora por el Rey de España, ora por el Virrey del Perú y obedecían a la necesidad de  levantar mapas de los puertos, identificar las  bahías e islas del archipiélago,  y determinar el estado de las fortificaciones existentes; tareas todas que le son asignadas a este oficial, además de otras más específicas propias del ámbito científico y militar. Si se observa el derrotero del diario de navegación de Moraleda, se aprecia que divisó a la  isla de Chiloé el 13 de Noviembre de 1786 y él  lo relata así:  “Al mediodia quedamos con toda vela en vuelta del SE1/4 S., viento SO. Fresquito, tiempo acelajado i marejada del viento. A las 7 se aferraron los juanetes por un chubasco de poco agua; así continuamos, i a las 6 de la mañana nos pusimos al S1/4 SE. i se largaron los juanetes. El rumbo navegado en esta singladura ha sido  S 42° 36’ E., distancia 901/3 millas, diferencia de latitud 66.8’ i de meridiano 61’. Observé en 41° 30’, i por tener solo 2’ de diferencia al norte de la estima no hago coreccion i me considero en lonjitud de 298° 58’, por cuyo punto queda demorándome la punta de Huechucucui, que es la mas N O. de la isla de Chiloé, al E 51/2°  S., distancia de 601/2 leguas”.[2] 

Si bien lo más relevante de su aporte al conocimiento del archipiélago, se da en el plano de las cartas náuticas, en la ubicación geográfica de islas e islotes del archipiélago, detallando y describiendo minuciosamente hasta los requeríos, los  bancos de arena  existentes y los probables fondeaderos entre la derrota de San Carlos a las diversas islas del archipiélago; principalmente por el lado oriental de la isla de Chiloé y en el estudio de los vientos y mareas de la zona; también realiza observaciones orográficas, hidrográficas, sociológicas, económicas  y geopolíticas sobre  Chiloé. Por ejemplo, en cuanto a la orografía de Chiloé, señala: “La elevación mayor del terreno está en la medianía de la costa del oeste, próxima al mar i, en mi concepto, se alcanzará a ver, en tiempo claro, de quince a diez  i seis leguas de distancia; en esta altura se levan algo mas dos cerros contiguos, a quienes llaman las Tetas de Cucao, i son el objeto mas notable de toda la isla para reconocimiento de ella y de la situación en que se está cuando se tienen a la vista.”[3] Su trabajo se hace extensivo a la descripción de las características meteorológicas de la región, a especificar las dificultades propias de los derroteros de una isla a otra, o de estas con el puerto de San Carlos o con la ciudad de Santiago de Castro. Y por cierto, un rol importante que cumple además Moraleda, es el de ir determinando o corrigiendo la latitud y longitud de las islas, puertos y pueblos de la zona. Por ejemplo a la actual ciudad de Castro, le asigna esta ubicación: “La ciudad de Santiago de Castro, capital de la provincia, está situada en la costa occidental del estero, por latitud de 42º 43’ i longitud de 303º 39’, sobre una bella i espaciosa meseta, que en la alta mar queda hecha una especie de península formada por el rio Gamboa, que la baña por los lados de occidente i mediodia i el esterito de Tenten por el lado oriente”.[4] 

En cuanto a las  observaciones que realiza Moraleda sobre la flora y fauna, estas siempre van acompañadas de un afán pragmático y utilitarista, de acuerdo a la tendencia que  está tomando la historia natural y la ciencia ilustrada en general, en las dos últimas décadas del siglo XVIII; esto es el paradigma de contemplación de la naturaleza con énfasis utilitaristas y mercantiles. Ello es comprensible toda vez que en este período en las metrópolis europeas se expande la revolución industrial y se produce el fenómeno de los periplos de exploración científica y militar de las potencias de la época sobre América y Oceanía, principalmente. Luego, en este contexto en que se desenvuelve Moraleda, sus descripciones sobre los exponentes vernáculos son fuertemente influenciadas por dichos cánones, y trasuntan un claro patrón axiológico eurocéntrico. Por ejemplo, al dar cuenta de los peces  de Chiloé  expresa su molestia porque no se aprovechan todos los recursos y porque los lugareños no saben faenarlos apropiadamente; señala: “ Tal cual raro sujeto se aplica algo a ella, pero sin los útiles necesarios para verificarla abundante, con prontitud, ni conocimientos  para salarla i curarla de forma que dure sin inutilizarse, como el abadejo, tollo o cazon, i otros; los que destinan aquí al efecto son el róbalo i las sardinas, que son excelentes i abundan bastante; del primero benefician cosa de cincuenta a sesenta quintales, el que se pierde pronto por falta de sal y se seca, i de las sardinas ciento i cincuenta mil poco mas o menos, la que por esceso de seca al humo pierde mui pronto su aprecio; son de tan buena calidad i tamaño que pueden competir con las famosas de nuestra Galicia vieja i se dan solo en esta provincia”.[5] 

Por su parte, el ingeniero delineador Lázaro de Ribera, arriba a la isla de Chiloé en 1778, comisionado por el Virrey del Perú Don Manuel de Guirior; con el propósito de explorar el archipiélago y determinar los lugares y mecanismos de defensa más apropiados  ante una eventual invasión extranjera. Luego de cuatro años de trabajos y recorridos por las islas y los vericuetos  del archipiélago, regresa al Perú y publica su obra: Discurso que hace el alferez D. Lázaro de la Ribera sobre la provincia de Chiloé. En ella da cuenta de la situación geográfica de la provincia, de los recursos naturales de la misma;  así como de la situación de  la población, de la proyección económica de la región;  y por cierto, de los lugares más estratégicos para los emplazamientos militares y las condiciones que deberían cumplir los mismos. 

Con respecto a la ubicación geográfica, Ribera presenta en estos términos a la isla: “La isla grande de Chiloé tomada desde su punta de Guapacho, la más avanzada al norte, hasta la de Quilán al sur, tiene 45 leguas de largo, i un ancho, por donde mas de 12, estendiéndose del setentrion al mediodia desde los 41° 48’ hasta los 44° 3’. Su lonjitud tomada del meridiano de Tenerife es de 302° 39’. Por el setentrion termina con el canal Remolinos formado por el continente i la isla.  Por el mediodia con el golfo de los Guafos i archipiélago de Guaitecas. Por el oriente con el golfo de Ancud, i por el occidente con la vasta estension del  mar Pacífico”.[6] 

En cuanto a los recursos de la flora y fauna que ofrece el archipiélago ante sus ojos, Ribera queda asombrado por la abundancia y diversidad de los especimenes. Tanto es así, que el lector tiene la impresión de que la vieja idea de la cornucopia de la abundancia que prima en la prosa de los cronistas del siglo XVII y en algunos viajeros del siglo de la Ilustración, hubiera quedado disminuida y fuera de contexto histórico al compararla con la visión que entrega  Ribera sobre la existencia de los exponentes orgánicos de la isla. V. gr., en cuanto a los peces y mariscos, el autor acota: “Dudo que en parte alguna de nuestro globo se dé mas pescado i marisco que en las costas de Chiloé. Bastará decir para prueba de su abundancia que en muchas ocasiones se ve en las playas multitud de pescados que varan huyendo de sus contrarios. La sardina y el róbalo se multiplican al infinito. Es necesario verlo para creerlo”. [7] 

Y más adelante agrega: “Es digno de admiración el número prodigioso de mariscos, de varias especies, que se halla en las playas i peñas. El que tiene que viajar por las orillas del mar, no puede dispensarse de ir pisando por un empedrado de mariscos. Los que abundan mas son los picos, choros, quilmagues, erizos, cholgas i almejas.”[8] Similares expresiones de asombro, se observa en su prosa, cuando alude a los referentes de la flora de la gran isla; en especial cuando señala que en la provincia se pueden encontrar hasta veintiocho tipos distintos de maderas útiles; entre estos: el arrayán, el alerce, el avellano, el ralral, el ciprés, la luma y el laurel; maderas todas que son enviadas al Virreinato del Perú, en forma de tablas, cuartones y botavaras.  

Y con respecto al motivo central de su viaje; esto es,  la asesoría geográfica y militar  para encontrar los mejores lugares donde  emplazar  baterías y levantar torreones defensivos en la región; sugiere desechar  la hipótesis de montar una cadena de fortificaciones, pues ello demandaría un enorme gasto  de mantención y no se justificaría, toda vez  que a su juicio, bastaría con montar unos 4 a 6 cañones en las proximidades del puerto de San Carlos. Y sugiere además, aumentar la dotación de fusileros, porque ellos se pueden desplazar fácilmente a los distintos peñones de la isla  sin ser vistos, debido a la espesa vegetación, y  así bien protegidos pueden dar cuenta de los enemigos.  Ribera lo expresa en estos términos: “No hay remedio: el enemigo que intente desembarcar en Chiloé sufrirá inevitablemente el peligro más funesto de la guerra: que es verse metido entre tres o cuatro fuegos aun antes de pisar la tierra, porque la fusilería puede avanzar al abrigo de los bosques hasta la orilla del mar, sin ser descubierta por los enemigos.”[9] Empero, sus observaciones no se agotan allí, e incluyen ciertas sugerencias para potenciar el comercio de la provincia; entre estas: construir cuatro buques y entregárselos a los nativos e isleños, para que éstos  no dependan de los intermediarios y  puedan así vender sus productos directamente en Lima. De lo anterior, resultaría un mayor circulante con el cual los isleños podrían tributar directamente en metálico al Virrey del Perú. Además, sugiere un aumento de la dotación  de la fuerza militar de 393  a 604 hombres en armas, pero racionalizando mejor los sueldos.[10] Ello permitiría un mayor dinamismo comercial y social en la región.  

El sacerdote Francisco Menéndez, por su parte, realiza dos viajes a Chiloé con pretensiones exploratorias y de difusión de la fe cristiana. El primero en 1783 y el otro en 1786; las observaciones realizadas en  los mismos, nos han llegado tardíamente; toda vez que los diarios originales del fraile, son estudiados y difundidos en nuestro país, a partir de fines del siglo XIX, gracias a los esfuerzos de compilación y análisis que realiza acerca de estos documentos, Francisco Fonck. En estos viajes, Menéndez cumpliendo el cometido asignado por el Comisario de Misiones Jesuitas, con asiento en Lima, emprende el viaje al archipiélago con la cédula real para la fundación de las villas de Chonchi y de Caylin.[11] Una lectura de los diarios de Menéndez, nos permite observar  que el religioso, muestra una  visión de la naturaleza de Chiloé  que incluye datos geográficos, descripciones  e  impresiones  sobre los ríos, lagos y ventisqueros del archipiélago. Y es posible colegir que dicha mirada trasunta un fuerte sentimiento de soledad atribuido a  los lugareños,  además de una notoria  pobreza conque identifica a los mismos. Esta imagen de nativos pobres y sumisos  que paradójicamente viven en un mundo abundante de especimenes de flora y fauna regionales; es una constante que se observa en casi todos los exploradores, científicos y viajeros que pisan suelo en el archipiélago, en los siglos XVIII y XIX. Por ello, no resulta extraño que participen  también de esta  imagen, Moraleda, Ribera, Malaspina, Darwin, Gay y tantos otros. 

Una de las primeras impresiones de la flora chiloense, Menéndez la verbaliza en estos términos: “Despues que dimos fondo se aseguró el bastimento y la piragua. La gente hizo sus albarcas para el monte, y el dia siguiente salieron diez hombres  a abrir el camino, y al otro dia volvieron a media tarde. Todo el monte es de cañas, quilas o colehues, robles y Laureles. Ay tambien tepuales, y en particular uno que está luego que se sale de aquí, y muchos árboles caidos”. [12] 

Y más adelante señala: “Continuamos el camino al Leste: encontramos una ciénaga llena de Alerces y cipreses pequeños y un rio caudaloso que baja de una barranca de la Cordillera y forma un salto que pone miedo. Este salto está en un recodo y no se ve, hasta que se va acabando de vadear, pero se oye el ruido que hace”.[13]  

Las citas anteriores, ilustran por tanto, parte de la visión de la naturaleza de Chiloé del padre Menéndez y nos permiten percibir la abundancia de los bosques nativos y la fuerza de los recursos hídricos de la región, conque la observó el sacerdote.

Desde el punto de vista del imaginario de la época cabe señalar también que muchos contemporáneos de Menéndez, le atribuyeron a estos viajes un carácter exploratorio que tenía por finalidad descubrir la Ciudad de Los Césares; entre estos el ingeniero y navegante Moraleda, del cual ya hablamos, y también lo entendían así los baquianos acompañantes del sacerdote y la población nativa en general de la isla.[14] Los historiadores  de las ciencias deberán pronunciarse al respecto, pues todavía se dan opiniones encontradas, con respecto a la motivación principal de los  viajes del  religioso e incluso en cuanto a la cantidad de las excursiones del mismo.

 Alejandro Malaspina y su paso por Chiloé 

El estudioso e investigador italiano Alejandro Malaspina, nacido en Lunigiana, es contratado en 1788 por la Corona Española, para organizar una expedición científica.  Entre los objetivos que debía alcanzar, estaban: el estudio  de los derroteros más adecuados para surcar los mares que hacían el comercio con las Indias; el  estudio y levantamiento de cartas para el uso de los navíos españoles. También estaban entre sus cometidos, la realización de observaciones antropológicas, el estudio de las características   del medio  natural, informar sobre la marcha de la economía y  el análisis de la situación  política y social de las diversas colonias  de la América Española y de las posesiones de la Corona en general. Alejandro Malaspina parte de Cádiz el 30 de julio de 1789 con dos fragatas nuevas: La Descubierta y La Atrevida y regresa a este  mismo puerto, luego de cinco años, en 1794. 

La expedición estaba compuesta  por un numeroso cuerpo de oficiales, escogidos cuidadosamente  tanto  por sus conocimientos náuticos como técnicos; así, habían entre ellos varios ingenieros, hidrógrafos, cartógrafos, astrónomos, dibujantes, naturalistas y otros científicos, e incluso un pintor que se incorpora en Panamá en 1791.[15] Malaspina se encargó, además, de seleccionar previamente los “instrumentos y obras científicas solicitadas al extranjero para uso exclusivo de los expedicionarios”.[16] Entre los científicos participantes, se destacan Luis Neé,  Tadeo Haenke y Antonio de Pineda; quienes bajo la tutela de Malaspina, se dedican con pasión durante el viaje, a   explorar  y estudiar las vicisitudes de la costa del Pacífico y los accidentes de la costa del Chile colonial, y de regiones del interior del país; cuyos informes son una contribución a la ciencia natural y al desarrollo de la  geográfica y otras ciencias de la tierra en Chile. Justamente durante su paso por Chile, realizan observaciones taxonómicas, mineralógicas, hidrográficas, meteorológicas y astronómicas,  en regiones como La Serena, Valparaíso, Quillota, Petorca, Concepción, Chiloé y La Patagonia.  

Al llegar a Chiloé, Malaspina se maravilla con el paisaje y toma nota de los valiosos estudios realizados por el naturalista y científico José de Moraleda i Montero, quien con antelación había realizado diversos trabajos cartográficos, hidrográficos y de historia natural en general, en la zona, y quien continuará con nuevos estudios  en diversas visitas a la región luego del paso de la expedición de Malaspina. 

En rigor, en la Isla de Chiloé, dentro del equipo de Malaspina, se destaca Antonio de Pineda quien realiza descripciones taxonómicas y dibujos de muchos exponentes de la flora y fauna regional; entre estos trabajos recuérdese la descripción de peces como la lisa de Chiloé (Gallio nimus chiloensis), el róbalo y otros. También dibuja y describe algunas  aves como la denominada pico de chiloé (gaviota chiloense), el gorrión cenizo (Columba palumbus chiloensis), el cormorán blanquinegro y otros. Por su parte, Luis Neé se dedica a clasificar especimenes de la flora chilota, principalmente por los alrededores de San Carlos; esto es, la actual ciudad de Ancud. Entre los referentes descriptos por Neé, recordemos por ejemplo a la rosácea: rubus radicans; o a un exponente de la familia de las violáceas como la viola Rubella, o a una planta trepadora como la Supra Arbores, así como a distintos tipos de helechos y lileáceas. Su estilo taxonómico es esencialmente linneano, más bien breve, conciso; incluye la denominación en latín , alguna referencia bibliográfica y eventualmente el nombre vernáculo; v. gr. al dar cuenta de la rosácea mencionada que se encontraba sobre los árboles podridos y en todos los montes de San Carlos, señala:

Rubus radicans

“Rubus radicans, Cav. Icon. Vol.V.Tab.”

Rosaceae (Rubuns),estolonífera de hojas pinnadas y foliolos redondeados. Flores en largos pedúnculos con cáliz de cinco sépalos y corola de cinco pétalos  blancuzcos  y  dos frutos en sorosis.  Detalle del cáliz, flor y androceo”.[17]   

Científicos en el Chiloé decimonónico 

Indudablemente esa preocupación científica por la isla de Chiloé, continúa con el advenimiento del siglo XIX; ya sea gracias a las visitas y exploraciones de viajeros, o con los cometidos expresos de los trabajos realizados por  los sabios contratados por el gobierno de Chile, como es el caso de Gay. O en virtud de las tareas  de reconocimiento de los  oficiales navales, como los trabajos de los profesionales e hidrógrafos  de la Armada de Chile, en especial a partir de la creación de la Oficina Hidrográfica de la Armada, desde 1874, dirigida por Francisco Vidal Gormaz;[18] o como resultado del interés particular de algunas comisiones científicas de varios países; como por ejemplo la Comisión del Pacífico Sur (1862- 1866), organizada por España, entre otros. Empero, aquí concentraremos nuestra atención en el esfuerzo de Darwin y en el de Gay, en la región. 

La percepción  de Darwin 

Darwin visita la isla de Chiloé en dos ocasiones, en 1834, y en 1835.  En la primera visita el Beagle  ancla en San Carlos en el mes de Junio, procedente del estrecho de Magallanes, y podría decirse que casi de inmediato Charles Darwin queda prendado de la fuerza y belleza de la naturaleza de Chiloé. Inicia una serie de incursiones y recorridos por la isla para recabar algunos especimenes, principalmente de la flora y clasificarlos en la tranquilidad de su camarote, con apoyo bibliográfico, de acuerdo a la parsimonia científica  de la taxonomía. Al realizar el trayecto de San Carlos a Castro, queda  impresionado porque el camino en toda su extensión era principalmente de troncos. El lo relata en estos términos: “En un principio, se suceden colinas y valles, pero a medida que nos aproximamos a Castro se presenta el terreno más llano. El camino es por sí mismo muy curioso: en toda su longitud, a exepción de algunos trozos anchos, consiste en grandes tarugos de madera, unos anchos y colocados longitudinalmente, y otros transversales muy estrechos.  En verano no está muy malo este camino, pero en invierno, cuando la madera  se pone resbalosa con la lluvia, es muy difícil viajar”. [19] 

Seguramente, a nosotros como contemporáneos  también nos causa extrañeza esta técnica, pero desde la perspectiva de las condiciones climáticas de la isla, dada su alta pluviosidad, es comprensible que buscaran un recurso duradero y barato, y que al mismo tiempo fuera resistente al peso de las carretas, así que en las primeras décadas del siglo XIX,  parte de los bosques comenzaron a ceder para transformarse en praderas, quedando sus troncos  en los pantanos, perfilando así los primeros caminos de la isla. Otra parte importante del bosque nativo, en las próximas décadas, será presa del fuego de los roces, en busca de nuevas praderas. 

Darwin  no sólo realiza descripciones de la flora y fauna endógena de la región, que son más bien conocidas, gracias a los trabajos de Villalobos y Yudilevich; también realiza numerosas observaciones geológicas, geomorfológicas, paleontológicas y de conquiliología; tal como se puede apreciar al leer su  Jeolojía de  América Meridional, aparecida en 1846. En ella la presencia de Chiloé en los campos de estudio señalados, es manifiesta; v. gr., en cuanto a la formación geológica de la isla de Huafo,  escribe: “Esta isla se halla entre los grupos de Chonos i Chiloé;  tiene  cerca  de  800 piés  de  altura i  quizas posee un núcleo de rocas metamórficas. Los estratos que examiné constaban de areniscas de grano fino, lodosas, con fragmentos de lignita y concreciones de arenisca calcárea.”[20] Y para formarnos una idea de sus preocupaciones por la conquiliología  observemos un pasaje en que además plantea la hipótesis de la emergencia de las islas de Chiloé a partir de levantamientos marinos: “Hemos demostrado también que el suelo negro y turbososo en que se hallan aglomeradas las conchas a una altura de 350 piés en Chiloé, contenía muchos pequeños fragmentos de animales marinos. Estos hechos son dignos de mención porque demuestran  que terrenos a primera vista parecen de naturaleza puramente terrestre, deben su oríjen en parte principal al mar.”[21]  Así, Darwin continúa con sus observaciones sobre conchas fosilizadas de gastrópodos, moluscos, mitílidos y otros. Y da cuenta también, de la formación volcánica de Chiloé, distinguiendo la formación orográfica de la costa oriental compuesta principalmente de grava y estratos de arcillas endurecidas y areniscas volcánicas. La parte norte de  la isla, a su vez, estaría compuesta de  una formación volcánica  de  500 a 700 pies de espesor, en estratos de diversas  lavas.[22]  Chile le debe mucho a Darwin, no sólo porque su sistematización del universo biótico de Chiloé contribuye a completar la taxonomía empezada por Gay, desde 1830 en el país;  sino también porque sus explicaciones geológicas, morfológicas, de la isla, pasan a ser un referente  relevante para el posterior desarrollo de las  ciencias de la  tierra  en Chile.

La Visión de Claudio Gay 

Claudio Gay, botánico francés que arriba al país en 1828, es uno de los primeros taxonomistas que logra sistematizar el universo biótico del Chile decimonónico, tal como queda de manifiesto luego de la publicación de su magna obra: Historia física y política de Chile de 26 volúmenes. Dicho trabajo permite a la comunidad científica nacional e internacional conocer los distintos referentes de la flora y fauna nacionales y da una idea de las posibilidades a futuro que ofrece la naturaleza del país.  En el pensamiento de Gay, la presencia  de Chiloé es doblemente relevante. Por una parte, porque  en los distintos tomos de la Sección de Botánica así como también en la de Zoología aparecen descriptos rigurosamente los especimenes vernáculos de la región que el mismo capturó, vio y sistematizó durante el transcurso del año 1836, siguiendo los cánones taxonómicos  de la época; pero también porque es uno de los pocos científicos decimonónicos que percibe a Chiloé como un reservorio para el desarrollo de la ciencia nacional; esto es, que concibe el archipiélago como un punto geográfico equivalente a un laboratorio viviente,  para el ejercicio de la observación y para el  estudio e incremento de la ciencia natural. Es una sugerencia de ejecutar una política científica con énfasis regional, que incluya el traslado de los científicos y de sus instrumentos a la región; ello es parte de la fascinación de la naturaleza que ejerce  Chiloé en la psiquis del naturalista galo. 

En cuanto a focalizar la atención de la comunidad científica en Chiloé, Gay lo plantea en estos términos: “Si, al contrario, el gobierno tiene algun dinero que gastar para ese género de trabajo, que haga explorar el sur de la provincia de Chiloé. Es en esos parajes, todavía muy poco conocidos, donde verdaderamente se puede hacer descubrimientos en provecho de las Ciencias Naturales y de la Geografía”.[23] 

La lista de exponentes de la flora y fauna chiloense que Gay describe e incorpora a la ciencia universal, es enorme; pero recordemos al menos que entre los mamíferos del archipiélago clasifica  al pudú, denominándolo  como cervus pudú  e incluyéndolo por tanto, entre los exponentes de los ciervos; corrigiendo así la tipificación asignada en la sistematización de Molina, que lo había descrito como un tipo de caprino. Clasifica otros    mamíferos de la zona, entre estos, un tipo de zorro, (Canis fulvipes) y al lobo marino  como Otaria porcina; entre los moluscos, identifica al pholas chiloensis, vulgarmente denominado “comes”. Entre los hirudinidos, identifica diversos tipos de sanguijuelas típicas de la isla. 

Y en el ámbito de los observables de la flora regional;  identifica al bromus mango, un tipo de gramínea -ya desaparecido de la isla- que según  Gay los indios “la cultivaban para su alimento”.[24]  O un tipo de arbusto espinoso que se daba en la orilla de los bosques, ramus difussus., o un tipo de trebol que se daba en las orillas de los riachuelos de la isla: Trifolium rivale; entre las rosáceas que le llamaron la atención en la isla; describe a la acaena ovalofolia, vulgarmente denominada “cadillo”; así como la “yerba de plata”, Potentilla anserina. Y destaca con asombro a plantas que crecen en los peñascos como la Tilloea chiloensis, y la colobanthus  quitensis.; por nombrar sólo a algunos exponentes vernáculos.[25] Y sistematiza para la ciencia universal, también a algunos peces, como por ejemplo el  aspidophorus chiloensis, que lo pescaban los indios para los miembros de la expedición de Fitz Roy. [26]

A manera de ilustración, traigamos a presencia su estilo de discurso científico, por ejemplo al dar cuenta del pudú y del lobo marino. Para el primer caso señala:

Cervus pudu

C.parvus, breviceps, vinaceo-rufescens; facie brevi; sino lacrymali mediocri; dentibus lanariis superioribus exiguis; cauda subnutla; longitudo corporis vix 2 ped.

C.PUDU Gerv., Ann. des Sc., nat., feb. de 1830- C. HUMILIS, Proc., 1830- MAZAMA PUDU Rafin- CAPRA PUDU mol.- OVIS PUDU Gmel.

Vulgarmente Venado y entre los indios Pudú ó Puudu

Animal bastante cachigordete, sostenido por piernas débiles, y solamente de dos piés y tres pulgadas de largo. La cabeza es gruesa, Sus colores son casi uniformes: es generalmente bermejo, finalmente jaspeado sobre la mayor parte de su  cuerpo de un bermejo más vivo..... Los pelos no son muy gruesos ni largos, pero  quebradizos, de  mediana longitud,  y no afectan la disposición espiral propia de muchos animales del género ciervo....:Longitud del cuerpo y la cabeza, 2 piés y 3 pulgadas; de las orejas, 2 pulgadas y media; altura, 1 pié. 

....estos lindos animales, bastante conocidos en las provincias meridionales, desde la de Cauquenes hasta la de Chiloé. Viven en pequeños rebaños en medio de las cordilleras, ocupados en alimentarse y evitar a los enemigos por medio de su velocísima carrera....[27] 

Y con respecto al otro mamífero, Gay acota: 

Otaria porcina

O. dentibus incisoribus superioribus sex; caninis remotioribus, conicis, maximis; corpore fusco cinnamomeo; subtus pallidiore; extrimitatibus nudisculis, nigrescentisbus; pedum posteriorum digittis tribus, intermediis unguiculatis, appendicibus longis linearibus terminatis.

O. PORCINA Desmar., Mam.., p.252- O. FLAVESCENS? Poepp. Front Not. 1829, N° 529-O.MOLINAE Les., Dic. Class., O ULLOAE? Tschudi, Mamm. Cons. Per.- PHOCA PORCINA Mol.

Vulgarmente Lobo de mar o Toruno, y Lame ó Uriñe entre los indios.

Cuerpo algo anguloso en los costados, de un bruno canela, mas pálido por bajo, y de seis á siete pulgadas de largo. Cabeza redonda; ojos grandes; orejas pequeñas y cónicas; boca rodeada de bigotes de un blanco sucio, muy derechos y espesos. Cuellorobusto, con la piel colgando ó plegada por bajo. Piés negruzcos, glabros y arrugados. Cola muy corta, no teniendo apenas  mas que una pulgada de largo.... 

...Estos animales son sumamente útiles, puesto que los machos dan hasta cuatro galones de aceite y las hembras cerca de dos, con el cual se alumbran en las tiendas, particularmente en Chiloé, y casi todos los habitantes del campo no tienen otro de que servirse, llenando una candileja, en la que ponen una mecha, y colocándola en seguida en uno de los rincones de la habitación...[28] 

A Manera de Conclusión   

Chiloé, desde el punto de vista de la historia natural, como reservorio del mundo orgánico, genera un verdadero  desafío  para la tarea taxonómica y de sistematización en general; proceso que en Chile se inicia a partir de la década del treinta del siglo XIX, con la contratación de Gay. La identificación y clasificación de los referentes de la flora y fauna chiloense, marcó un hito significativo en la evolución y aplicación de la ciencia en Chile, en tanto objeto de estudio para  completar la radiografía del cuerpo físico del país.  Llama la atención en todo caso, que  los resultados de la información  científica  obtenida por los taxonomistas sobre Chiloé sea mucho más inmediata que la información especializada obtenida por los representantes de las ciencias de la tierra y algunos naturalistas, que estudian por ejemplo la zona centro y norte del país. Así Gay, recorre Chiloé en 1836 y sus resultados son enviados a través de informes al gobierno, casi de inmediato; y la comunidad científica, por su parte, comienza a recibirlos desde 1844, con la publicación de los distintos tomos de la Historia física y política de Chile Y la zona norte, principalmente sobre el Desierto de Atacama,  se obtiene recién en 1860, con la obra de Philippi: Viage al desierto de Atacama. Sin embargo, ante los ojos de  los empresarios de la época,  Chiloé pareció ser invisible, puesto que a pesar de contar con información científica de los recursos de la zona, no se interesaron por extender sus nacientes industrias al archipiélago. Tal vez eso contribuyó a mantener el encanto y el misterio de la región.  Por otra parte, queda claro que la biodiversidad de Chiloé y la policromía de sus formas, no fue indiferente para ninguno de los científicos que la exploraron; por ello, es posible observar que  muchos dejaron expresamente consignada su admiración por los referentes vernáculos de la flora y fauna del archipiélago. 

La comunidad científica internacional del Siglo de la Ilustración, principalmente los sabios  dependientes de la Corona Española, están en deuda con Chiloé; ello porque durante dicho período fue un verdadero laboratorio viviente para explorar, observar, describir e incorporar referentes a la  taxonomía,  a la botánica, a la zoología, a las ciencias de la vida y de la tierra en general. Y lo propio acontece durante el siglo XIX, pero comprometiendo específicamente a la joven Republica de Chile, porque su biodiversidad y su naturaleza peculiar hidrográfica, constituyen un eje importante de la consolidación de la ciencia decimonónica nacional, usualmente  olvidado. 

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Botánica en la expedición de Malaspina.1789-1794, Real Jardín Botánico y Comisión

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Izquierdo A., Guillermo: “Don Francisco Vidal Gormáz, vida y obra.” Separata del Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Nº 88, Stgo., 1974.

Moraleda i Montero, José de: Esploraciones jeograficas e hidrograficas , 1786, 1787 i 1788, en: Barros Arana, Diego: Esploraciones jeograficas e hidrograficas de José de Moraleda i Montero, Stgo., Impr. Nacional., 1888.

Ribera, Lázaro de: Discurso que hace el alferez  don Lázaro de Ribera , sobre

la provincia de Chiloé, p.4., en : Anrique R., Nicolas: Cinco relaciones jeográficas e hidrográficas que interesan a Chile; Imprenta Elseveriana, Stgo., 1897.

Saldivia, Zenobio: La visión de la Naturaleza en tres Científicos del siglo XIX en Chile:

Gay, Domeyko y Philippi, Ed. Usach, Stgo., 2003.

Villalobos, Sergio: La aventura chilena de Darwin; Ed. A. Bello, Stgo., 1974. 

Este artículo es posible bajarlo también en:

http://revistanhyg.cl/wp-content/uploads/2018/06/43-63.pdf

 

[1] Cf. Cavada, Francisco J.: Chiloé y los chilotes, Impr. Universitaria, Stgo., 1914; p. 9.

[2] Moraleda i Montero, José de: Esploraciones jeograficas e hidrograficas , 1786, 1787 i 1788, en: Barros Arana, Diego: Esploraciones jeograficas e hidrograficas de José de Moraleda i Montero, Stgo., Impr. Nacional., 1888, p. 16. 

[3] Ibídem.; p. 146.

[4] Ibídem.; p. 160.

[5] Ibídem.; pp. 211, 212.

[6] Ribera, Lázaro de: Discurso que hace el alferez  don Lázaro de Ribera , sobre la provincia de Chiloé, p.4., en: Anrique R., Nicolas: Cinco relaciones jeográficas e hidrográficas que interesan a Chile; Imprenta Elseveriana, Stgo., 1897.

[7] Ibídem.; p. 6.

[8] Ibídem.; p. 7.

[9]   Ibídem.; p. 57.

[10] Ibídem.; pp. 33 y 42 respectivamente.

[11] Fonck, Francisco: Viajes de Fray Francisco Menendez a la cordillera, Comisión  de Carlos F. Niemeyer, Valparaíso, 1896; p. 4.

[12] Ibídem.; pp. 26, 27.

[13] Ibídem.; p.  29.

[14] Cf. Fonck, Francisco; op. cit.; pp.4, 6 y 7.

[15] Cf. Destéfani, Laurio H.: “La gran expedición  española de Alejandro Malaspina (1789-1794)”; Boletín de la Academia Nacional de la Historia; Vol.: LXII-LXIII; Bs. Aires, 1989-1999; p. 203.

[16] Higueras, María Dolores: “El marino ilustrado y las expediciones científicas”, en: La Botánica en la expedición de Malaspina.1789-1794, Real Jardín Botánico y Comisión Quinto Centenario, Ed. Turner, Madrid,1989; p. 24. 

[17] La botánica en la expedición de Malaspina; op. cit., pp. 170-171.

[18] Cf. Izquierdo A., Guillermo: “Don Francisco Vidal Gormaz, vida y obra.” Separata del Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Nº 88, Stgo., 1974; p. 61.

[19] Villalobos, Sergio: La aventura chilena de Darwin; Ed. A. Bello, Stgo., 1974; p. 67.

[20] Darwin, Charles: Jeolojía de la América Meridional, Trad. a partir de la 2da edición de 1876, a cargo de Alfredo Escuti Orrego; Impr. Cervantes, Stgo., 1906; p. 200. 

[21] Ibídem., p. 64.

[22] Ibídem., Cf. pp. 200, 201, 202.

[23]Feliú Cruz, Guillermo:  “Perfil de un sabio: Claudio Gay a través de su correspondencia”; en : Stuardo Ortiz, Carlos y  Feliú Cruz, Guillermo Vida de Claudio Gay. 1800-1873, T. II, Editorial Nascimiento, Stgo., 1973;  p. 44. 

[24] Ibídem., T. I., p. 285.

[25] Gay, Claudio: Historia física y política de Chile;  Sec. Botánica, T. II, Impr. de Fain y Thunot, Paris, 1846; p. 532.

[26] Gay, Claudio: Historia física y política de Chile;  Sec. Zoología, T. II, Impr. de Maulde et Renou; Paris, 1848, pp. 174,175.

[27]Gay, Claudio: Historia física y política de Chile;  Sec. Zoología, T. I, Impr. de Maulde et Renou; Paris, 1847; pp. 158-159.     

[28] Ibídem.; pp.74,75. 

 

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Zenobio Saldivia M.

  1. Tecnológica Metropolitana, Stgo.,Chile. 

Con el epígrafe mencionado y alusivo al viejo sueño de la unidad de las ciencias, se persigue analizar y dar cuenta del reciente trabajo de los destacados académicos mexicanos: Alberto Saladino García y Graciela Zamudio Varela, quienes indirectamente además de desbrozar aspectos de la marcha de la ciencia y de la historia de las ideas de su país en el ensayo que estudiaremos a continuación, tocan además del tema de la colaboración y el contacto entre las humanidades y las ciencias, el trascendente espíritu holístico de los exponentes de estos saberes. Así, el libro: Científicos y Humanistas en la Historia de México, de Alberto Saladino García y Graciela Zamudio Varela (Coordinadores), Ed. Historiadores de las Ciencias y las Humanidades, A. C., México, 2017, 148 páginas, nos ilustra adecuadamente al respecto.

El texto en comento, articula la obra de diversos exponentes de las ciencias y las humanidades analizados por académicos de vasta trayectoria, quienes, coordinados por Saladino y Zamudio, abordan analíticamente la labor científica y cultural de preclaros humanistas y científicos cuidadosamente elegidos; algunos del siglo XVIII, otros  del siglo decimonono y algunos de comienzos del siglo XX en México. Así por ejemplo, en cuanto a autores del Siglo de la Ilustración destaquemos a Juan José Eguiara y Eguren, cuya obra y su legado es presentada por Saladino Garcia, quien luego de dar cuenta de los aspectos biográficos de Eguiara, explica detalladamente la tarea de organizar y desarrollar la Bibliotheca Mexicana, la primera enciclopedia escrita en el continente americano, que asumió este personaje con lo cual sentó las bases de la producción intelectual del México dieciochesco y la insertó en la cultura del Nuevo Mundo, enfatizando Eguiara claramente que los autores presentados en esta enciclopedia, eran mexicanos y mexicanas, adelantándose así en su época, al uso de estas voces.

También en cuanto al siglo XVIII, se destaca el capítulo de Silvia Torres Alamilla, quien analiza la vasta obra científica de José Ignacio Bartolache, sabio polímata que abordó en su época temas de historia natural, de física, matemática y medicina entre otras, y quien se esforzó por difundir la importancia de la matemática por ser una ciencia que entrega conocimientos ciertos porque su método “es exactísimo y rigurosísimo para hallar y enseñar las verdades incógnitas”, y en medicina se destacó por organizar un plan para combatir la viruela en su época.

En cuanto a exponentes del siglo XIX, los académicos Lucero Morelos Rodríguez y Ana Lilia Sabas, se concentran en traer a presencia  los aportes científicos de tres generaciones de la familia Bustamante oriunda de Guanajuato, y tras de aclarar la secuencia genealógica de los miembros de esta familia, destacan los estudios y contribuciones científicas de los mismos. Entre éstos destacan a Miguel Bustamante y Septién quien se dedicó a la historia natural y a los estudios de zoología y botánica y a publicar sobre estos temas en revistas científicas de la Ciudad de México. También los autores destacan a José Pío de la Luz Silviano (hijo de Benigno Bustamante), quien se orientó a la docencia académica en  el área de la botánica, en el Colegio de Minería de México y en la Escuela Nacional de Agricultura y se insertó en numerosas Comisiones Científicas y Literarias del México decimonónico. Y así continúan los autores hasta   llegar a la tercera generación de los descendientes de esta familia marcada por el sino del estudio y la ciencia.

Por su lado la autora Graciela Zamudio Varela, nos trae a presencia los logros de  los hermanos Alfredo y Eugenio Dugès, quienes si bien nacieron y estudiaron en Francia, durante su permanencia en México, dejaron un legado que marcó un hito en la ciencia nacional. Así Alfredo Dugé, por ejemplo, ya titulado de médico, se asentó en  México  y se dedicó a ejercer la medicina pero pronto la historia natural lo apasionó interesándose principalmente en la flora y fauna de México, en especial de la región de Guanajuato. Y siguió luego con los estudios de reptiles y batracios de México.  Y un derrotero similar dejó Eugenio Dugés, quien también con su título de médico se asentó en México y luego de un período de ejercicio de esta profesión se interesó por los referentes orgánicos de México, publicando en relación a estos temas en revistas científicas de México y Europa.

A su vez, el investigador Adolfo Olea Franco, se concentra en estudiar la producción científica del humanista Alfonso L. Herrera y del médico Daniel Vergara López. Así, Olea Franco, tras dilucidar los aspectos humanos y las vicisitudes laborales de estos intelectuales, analiza cuidadosamente el texto: La vie sur les hauts plateaux. Influence de la pression barométrique sur la constitution et le développement des êtres  organisés. (1889); destacando lo novedoso de la obra en relación a cuestionamientos sobre  la aplicación de la fisiología en las alturas, o en cuanto a destacar la capacidad de las plantas y de los organismos en general, para adaptarse a ambientes nuevos.

Por su parte, los autores Irma Escanill-Herrera y José Omar Moncada Maya, analizan la conducción y el aporte científico realizado en la UNAM, desde sus respectivos períodos como conductoras del Instituto de Geografía de esta casa de estudios superiores. Para ello dan cuenta de la historia del Instituto, de sus hitos más relevantes comenzando con su fundación en 1934, las cátedras dictadas en relación a las ciencias de la tierra y sus expositores más relevantes, hasta llegar a la asunción de las colegas femeninas en la dirección de este Instituto, quienes lo estuvieron conduciendo durante durante treinta y cuatro años, entre 1943 y 1977. Todo un acontecimiento de primacía académica femenina mucho antes que el tema del género descollara en nuestras universidades latinoamericanas.

A su vez, el capítulo de la académica Martha Rosas Vilchis, aborda el tema de la Planificación Urbana en México, destacando principalmente la labor de Carlos Contreras Elizondo y Estefanía Chávez de Ortega, para lo cual analiza la trayectoria de estos arquitectos y busca correlatos y convergencias entre los mismos, en sus tareas de intervención del medio; destaca la autora que estos profesionales han entregado propuestas arquitectónicas y urbanísticas más racionales y holísticas; para evitar un mero crecimiento desbordante y azaroso de las ciudades, sino que llamaron la atención sobre la conveniencia de generar políticas públicas que integraran la vivienda, el entorno, la sanidad y el ordenamiento urbano de las industrias, y que sobre todo cautelaran el centro histórico de las ciudades de México.

Y el capítulo del investigador Rafael Guevara Fefer, se centra en la labor del historiador y fisiólogo José Joaquín Izquierdo, como puente de intercambio científico entre EE.UU. y México; para ello el autor analiza los viajes de este científico mexicano y los trabajos para observar los métodos norteamericanos para la producción de vacunas y para conocer los estímulos y características de trabajo de las ciencias biomédicas en general. Y de este modo el autor va destacando como la hegemonía norteamericana en la actividad científica arriba a México.

Por lo anterior, desde Chile, destacamos el esfuerzo de estos investigadores que se dedican a la historia de las ideas y a la historia de la ciencia de México, y en especial, aplaudimos la organización y estructura del texto coordinado por Saladino García y Zamudio Varela. Esta obra es un claro ejemplo de las luces que nos aportan desde México estos académicos para desvelar esfuerzos cognitivos olvidados de preclaros sabios y científicos de nuestra América, por la marcha del eurocentrismo.

Stgo., Chile/Julio/2018.

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Zenobio Saldivia M

U. Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile.

Resumen

Se analiza la noción de “juego lingüístico” utilizada frecuentemente por Wittgenstein en sus obras vinculadas tanto a la primera etapa de su filosofía, denominada Primer Wittgenstein, como a la segunda o “Segundo Wittgenstein”. A partir de las propiedades y características de la categoría mencionada, se proyecta su estilo de reflexión en la sociedad contemporánea como un nuevo campo de objeto de estudio de la filosofía que atraviesa la lingüística, la filosofía de la ciencia y las tecnologías de la comunicación.

¿Para qué usa Wittgenstein la noción de juego lingüístico?

En los círculos de la filosofía de la ciencia, Ludwing Joseph Johann Wittgenstein (1889-1951), es conocido como un filósofo críptico, hermético y apasionado de sus ideas; las mismas aluden a temas que interesan a la lingüística y a la filosofía del lenguaje y han llamado la atención por su originalidad, aunque no siempre se han difundido e interpretado adecuadamente. Sólo recientemente se están conociendo nuevos aspectos de su vida, así como de su obra y su pensamiento en general. (Kranenber, 1999; p.8)

Entre las obras de este autor que han llegado a nuestro idioma, se ubican el Tratado lógico filosófico (Tractatus lógico philosophicus), el ensayo: Investigaciones filosóficas y los Cuadernos azul y marrón. En ellos plantean audaces y enigmáticas tesis, alusivas al sentido de las frases, a la correlación entre imágenes lenguaje y mundo, a la significación del lenguaje, al uso de las reglas en el mismo y temas afines. Con razón Gellner sostiene que el pensamiento de Wittgenstein, oscila entre una prosa que da cuenta al mismo tiempo de los límites del mundo y de una prédica de silencio sobre tales deslindes. (Gellner, 1998; p.195) Su estilo de discurso se parece mucho –mutatis mutandis– a los aforismos que formulaba Heráclito; toda vez que ambos son como estructuraciones o formulaciones que dejan pensando sostenidamente al lector, por las aparentes paradojas o categorías conceptuales que en ellas se emplean.

La idea de filosofía en este autor austriaco, es equivalente al desarrollo de un juego intelectual, que focaliza la atención en los argumentos que se transmiten por el lenguaje; así, conocer la filosofía es entrar a un universo de “juegos de lenguaje”, en el cual hay que desplazarse entre conceptos, entre la semántica y la sintaxis de las palabras, entre un marco público y privado del uso de las mismas. Ello no es extraño, toda vez que su filosofía es esencialmente filosofía del lenguaje.

Justamente, en el plano de las inquietudes lingüísticas, uno de los temas de interés de Wittgenstein, corresponde a la noción “juego lingüístico”. Tópico que es observable dentro del conjunto de trabajos que se ha dado en llamar su Segunda Filosofía . Continúa así con su reflexión previa a 1930, sobre el significado de las palabras. Pero, esta vez, utiliza dicha noción, para sostener nuevos argumentos relativos al significado como algo público; por tanto, no circunscrito solamente al ámbito proposicional, su primera aproximación al tema.

Los argumentos tendientes a explicar el significado lingüístico como algo público, como resultado del uso de una comunidad determinada critican tanto a las tesis de los empiristas, que sostienen que el significado lingüístico es una imagen mental, como a la propia tesis correspondiente a su primer periodo: “Sólo se puede preguntar por el significado de una palabra en el contexto de la proposición”.

Sin embargo, para analizar con detención las diversas instancias en que el filósofo vienés utiliza la noción que comentamos, es conveniente distinguir previamente sus dos períodos de trabajo analítico; esto es, los períodos que los biógrafos identifican con los rótulos de “Primer Wittgenstein” y “Segundo Wittgenstein” respectivamente.

Primera filosofía o 'primer Wittgenstein'

Se designa así al conjunto de investigaciones que tratan de obtener una construcción lógica del mundo, partiendo de las funciones de verdad; tal como lo expresa en su Tractatus lógico-philosophicus. Obra que también está ligada al eje central de su filosofía: la reflexión sobre el significado de las proposiciones.

En está primera etapa Wittgenstein sostiene que las proposiciones complejas tienen significado por su construcción extensionalista, que vincula lenguaje y mundo; esto es, que poseen un valor veritativo y que además están compuestas de elementos básicos que poseen un valor de verdad o falsedad. Tales elementos últimos, no pueden seguir dividiéndose ad infinitum; sostiene entonces, para completar sus argumentos, la Teoría de la imagen pictórica del significado de las proposiciones elementales; la cual en sus líneas más gruesas, afirma que hay una coordinación isomórfica entre dos sistemas o universos, donde cada componente dentro de un universo corresponde a otro del otro universo y viceversa. Si hay correspondencia total entre ambos sistemas, entonces es una imagen verdadera; lo contrario acontece cuando la imagen no es isomórfica.

Segunda Filosofía o “Segundo Wittgenstein”

Se denomina así al conjunto de trabajos desarrollados principalmente a partir de las Investigaciones Filosóficas, donde sostiene que no es posible aceptar la hipótesis de que nuestro lenguaje ordinario en gran parte no tenga significado, y que hay que referirse a él tal como se nos presenta.

Hay aquí un estudio profundo de la vinculación del significado de las palabras con los objetos que estas designan, conectado con el paralelo entre las palabras definibles y los objetos compuestos. Dicho en otros términos, si las palabras son definidas o no, deben su significación a dos instancias del lenguaje: a la parte inorgánica; es decir, al manejo propiamente tal de los 3 signos lingüísticos; y por otra, a la parte orgánica; esto es, a la comprensión de tales signos, a la interpretación del hablante. Para que se dé el significado deben existir previamente objetos no definidos.

Sus estudios se basan principalmente en un análisis de la gramática de las expresiones, y es en este cuerpo de ideas donde utiliza con frecuencia la noción de juego lingüístico.

Juego lingüístico.

Esta noción implica un alejamiento de la idea del lenguaje como cálculo; concepto original de los formalistas y del Primer Wittgenstein. El formalismo no se preocupa por el significado que puedan tener los símbolos matemáticos, si no que concibe el lenguaje matemático como un simple ordenamiento formal, con el cual es posible jugar, pero precisando previamente los puntos de partida, los axiomas y las reglas que permitan la creación de nuevas figuras o teoremas. Y si las reglas se cumplen adecuadamente se evitarían las contradicciones.

El Segundo Wittgenstein, por su parte, abandona la idea de que el lenguaje es portador de significado por la exactitud del mismo; es decir, de una imagen del lenguaje exacto como base del lenguaje en general, en donde todo tipo de lenguaje -incluido el ordinario- es portador de significado sólo en tanto parta de presupuestos tomados de un metalenguaje u otro lenguaje considerando más exacto. Para ello abandona las nociones que previamente le habían servido para defender la idea del lenguaje como cálculo; entre estas, por ejemplo, las que señala en el Tractatus:

  1. Que las palabras son definibles por la existencia de componentes lingüísticos últimos, que serían signos no definidos que posibilitan la definición.
  2. Que el lenguaje es más perfecto en la medida que se aproxima al ideal del lenguaje exacto.

La primera noción, la refuta haciendo referencia a ejemplos, especialmente a la palabra juego; para esto demuestra que no es posible definir las propiedades esenciales de dicho término; esto es, las propiedades que tengan en común todos los juegos o las actividades que nosotros denominamos así. Luego, no hay una definición básica y unitaria que posibilite aplicarlas a los distintos definiens de otros juegos particulares, puesto que las aparentes propiedades universales tales como entretención, creación y otras; no necesariamente se cumplen en los diferentes juegos. El propio Wittgenstein señala al respecto:

“Tenemos tendencia a pensar que tiene que haber algo común, digamos a todos los juegos, y que esa propiedad común es la justificación de que se aplique el término general “juego” a los distintos juegos; ya que los juegos forman una familia, cuyos miembros tienen aire de familia. Algunos de ellos tienen la misma nariz, otros las mismas cejas y otros el mismo modo de andar, y estas semejanzas se superponen. La idea de que un concepto general es una propiedad común de sus casos particulares está conectada con otras ideas primitivas y demasiado simples de la estructura del lenguaje.” (Wittgenstein, 1976; p.45).

“Juego” no tiene pues, ninguna significación unitaria. En todo caso resulta cómodo pensar que todos los juegos deberían tener una propiedad unitaria. El uso del lenguaje cotidiano, en virtud de la interacción social, muestra que éste es diverso, cambiante y que queda abierto a la cognición y a las emociones, a la construcción de nuevas significaciones; después de todo el lenguaje es sólo una porción más de lo real. “Pero es la parte que buscamos, es la parte que necesitamos, es la parte que conocemos” (Gumucio, 1997, p.5) para dar cuenta del mundo. Luego, no podemos atribuirle a este concepto, ninguna nota relevante que sea válida para todos los casos.

Ahora, con respecto a la noción de “juego lingüístico” propiamente tal, el filósofo austriaco señala la relevancia que le asigna a la misma, tal como se puede apreciar ya en las primeras páginas de sus Cuadernos azul y marrón: “En el futuro llamaré su atención una y otra vez sobre lo que denominaré juegos de lenguaje. Son modos de utilizar signos, más sencillos que los modos en que usamos los signos de nuestro altamente complicado lenguaje ordinario”. (Wittgenstein, 1976; p. 44).

Por otra parte, apoyándose en esta noción, Wittgenstein pretende fundamentar la tesis según la cual las palabras tienen un significado que ha sido conferido por los sujetos. Por ello señala más adelante en la misma obra: “Quiero que recuerden ustedes que las palabras tienen los significados que nosotros les hemos dado; y nosotros les damos significados mediante explicaciones”. (Wittgenstein, 1976; p.56).
La cita alude a la relación lenguaje- hablante y expresa que las palabras tienen el significado que el uso les asigna; es decir, que este es público y que se manifiesta mediante las explicaciones de las mismas que nos dan las definiciones, dentro de un determinado medio social y cultural. Luego, los distintos juegos, incluidos los juegos del lenguaje, tienen, pues, en común un determinado uso, un punto de partida social.

Ahora, volvamos a la segunda idea que Wittgenstein abandona: que el lenguaje es tanto mejor cuanto más se aproxime a un lenguaje exacto. Desde esta perspectiva, vemos que dicho planteamiento, implica, entre otras exigencias, que cada palabra debe seguir ciertas reglas básicas y que las reglas tienen que ser establecidas en forma definitiva y categórica.

El Segundo Wittgenstein rechaza tales nociones indicando que, en principio, nada está fijo para siempre en el lenguaje; no hay, según él, ningún objeto que sea el depositario fundamental del significado. La propia noción de “juego lingüístico”, implica una cierta relajación con respecto a las reglas, pero no una total despreocupación, al contrario, según el autor del Tractatus, debemos preocuparnos por precisar lo que es una regla, y la manera como nosotros aprendemos semejante regla y, sobre todo, por lo que entendemos por comprensión correcta de una expresión.

El proceso de aprendizaje de reglas es considerado en el ámbito sociológico-cultural y lingüístico, como reacciones colectivas: “Recuérdese que, en general, nosotros no usamos el lenguaje conforme a reglas estrictas, ni tampoco se nos ha enseñado por medio de reglas estrictas. Por otro lado, nosotros, en nuestras discusiones, comparamos constantemente el lenguaje con un cálculo que se realiza de acuerdo con reglas exactas. Es éste un modo muy unilateral de considerar el lenguaje. De hecho, nosotros usamos muy raramente el lenguaje como tal cálculo. Pues no sólo no pensamos en las reglas de utilización –definiciones, etc.- mientras estamos usando el lenguaje, sino que, cuando se nos pide que indiquemos tales reglas, en la mayoría de los casos, no somos capaces de hacerlo”. (Wittgenstein, 1976; p.54).

Ahora, para aclarar lo que significa comprensión correcta de una expresión y para describir lo que significa comprensión correcta, Wittgenstein nos remite nuevamente al medio socio–cultural, donde está el pilar de los juegos lingüísticos, los cuales, como ya hemos visto, se van configurando plenamente en el uso. Al respecto, resulta muy oportuno el comentario de Von Savigny: “Cual sea el comportamiento de nuestra comprensión correcta, lo decide la reacción de la comunidad lingüística que establece un determinado comportamiento como comprensión correcta. Frente a una determinada situación, vale una determinada conducta como la conducta, de alguien que ha entendido correctamente la expresión; el que hace la expresión en esta situación, crea con ello una situación en la que vale que aquella expresión sea entendida de ésta y no de otra manera. Por esto se ha dicho algo con significado y no porque haya intencionado algo. Sólo se puede intencionar y decir algo cuando existe una comprensión correcta, sancionada por la comunidad lingüística acerca de lo que se dice, un “juego lingüístico”, una “forma de vida”. (Von Savigny, 1974; 73).

Wittgenstein usa también implícitamente la noción de juego lingüístico para precisar las ideas referentes a las interconexiones entre imágenes y experiencias en general, con la expresión de determinados sucesos mentales, por una parte, y por otra, para describir las vinculaciones entre la mente como instancia de retención y depósito de recuerdos de experiencias e imágenes, y la expresión de pensamientos sobre estas últimas. V. gr.: “La falta que tendemos a cometer en todo nuestro razonamiento sobre estas materias es la de pensar que imágenes y experiencias de todo tipo –estrechamente conectada unas con otras en algún sentido, tienen que estar presentes en nuestra mente de modo simultáneo. Si cantamos una melodía que sabemos de memoria o el alfabeto, las notas o las letras parecen estar enganchadas y cada una parece llevar tras ella a la siguiente, como si fuesen una sarta de perlas que está en una caja y al sacar una perla ya sacase también la que sigue”. (Von Savigny, 1974; p.70).

En esta analogía, la noción que nos interesa no está dicha expresamente, pero se aprecia la idea de juego en la conexión de palabras, de cadenas de palabras. Así, la sarta de perlas, representa el universo de palabras que saldrían de nuestra mente como de una caja en la que están guardadas todas las experiencias e imágenes. La analogía le permite entonces criticar la confusión habitual entre lo que es la expresión de un determinado suceso mental y una mera hipótesis sobre el mecanismo o funcionamiento de la mente.

Lo anterior, es únicamente un corte analítico dentro del universo de la reflexión del filósofo austriaco, pero es de esperar que el lector perciba con ello, que Wittgenstein nos ha dejado un mensaje; independientemente de los antagonismos y simpatías que despierta su estilo de reflexión; está indicando un derrotero, un foco de trabajo filosófico que nos recuerda al desaparecido Círculo de Viena, que concebía la filosofía como el resultado del análisis formalizante, o de la aplicación de la lógica para una revisión de los criterios de validez de los métodos y de la supuesta coherencia de la prosa científica. Esto nos debe hacer pensar que dentro de los roles de filosofía contemporánea, no sólo están las tareas éticas, axiológicas y metafísicas, que de ordinario asociamos con la filosofía; sino también, el de analizar los asertos de los discursos científicos y entre estos, no sólo los de las ciencias naturales, sino también el de las ciencias formales como la lingüística y otras. Y en una sociedad globalizada que descansa en la comunicación como punto de soporte relevante en su ordenamiento tecnológico, ello no es una tarea menor. Esta fase del desarrollo tecnológico Wittgenstein no alcanzó a vivirla, pero justamente en este contexto de la primacía de la información, si le hubiera tocado existir, su noción de “juego de lenguaje” habría tenido que considerar nuevas variables del lenguaje: la superposición de conceptos e íconos. Hoy, cuando el sujeto entra al espacio cibernético por ejemplo, a través de la Internet, el usuario siente una nueva dimensión del lenguaje, que alude a la posibilidad que este ofrece en cuanto a desarrollar desde sí mismo una estructura simplificada de entradas y salidas para arribar a nuevos posibles. Uno está consciente que es el mismo lenguaje de símbolos y conceptos que nos ha permitido habérnosla con la realidad; pero éste aparece volcado a fases puramente operativas y calculantes, en virtud de reglas pre-establecidas que conduzcan más fácilmente a lo que el individuo contemporáneo quiere: acceder a la información. Tal vez por este derrotero, hay que re-pensar las ideas de filósofo austriaco; pero ello será motivo de otro análisis debidamente acotado.

Bibliografía

Gellner, Ernest: 1998: “Tractatus sociológico-philosophicus”, en: Cultura, identidad y política, Editorial Gedisa, Madrid.

Gumucio, Rafael: 1997 : “De la ciencia como género literario”, Diario El Mercurio, Stgo., 8 de Junio.

Kranenberg, Joke Klein: 1999. “Las confesiones de Wittgenstein”, Diario El Mercurio, Stgo. , 24-Oct.
Trevijano E., Manuel: 1994. “El círculo de Viena”, en: En torno a la ciencia, Editorial Técnos, Madrid.
Von Savigny, Eike: 1974. Filosofía analítica, Editorial Sur, Bs. Aires.

Wittgenstein, Ludwing: 1974. Cuadernos azul y marrón, Editorial Técnos, Madrid.

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El positivismo lógico

Zenobio Saldivia Maldonado

Algunos Antecedentes

Usualmente se denomina “positivismo lógico” a la corriente filosófica interesada en aclarar el problema de la significación, valiéndose del análisis lógico del lenguaje. Los orígenes de esta tendencia presentan dos hitos importantes dignos de considerar. Por una parte, podemos hablar del origen más inmediato de esta escuela, la cual se sitúa en las primeras décadas del siglo XX; más exactamente, en el año 1923. En efecto, en este mismo año, en Viena, Moritz Schilck funda el denominado Circulo de Viena, una agrupación de intelectuales de distintas disciplinas, tanto científicas como humanistas, que utilizan principalmente el análisis formalizante como método de trabajo. Y este es justamente el punto de contacto con la lógica simbólica.  Por otra, es posible hablar de la raigambre decimonónica del positivismo lógico; esto es, los antecedentes que se remontan  a la obra Cours de Philosophie positive (1830-1842) y a otros trabajos de Augusto Comte, en Francia, fundador del positivismo, como una corriente filosófica, cultural y científica, que se caracteriza por enfatizar la importancia del método y del conocimiento científico. Comte es el fundador de la sociología científica y uno de los más grandes impulsores de la idea del progreso, como télos de la ciencia y como instrumento de regeneración moral de la sociedad.

La tónica del positivismo clásico o positivismo comtiano, es su peculiar visión de la historia individual y social, como una marcha ascendente hacia la consolidación de una mentalidad definitivamente científica. Así, Comte divide la marcha histórica en tres grandes estadios: el teológico, el metafísico y el positivo. En el primero, el hombre se caracteriza porque busca una explicación, tanto de su propia conducta como también acerca de los procesos físicos y naturales, en base a la acción de ciertas deidades o entes afines. En el estadio metafísico el ser humano concentra sus explicaciones acerca de la realidad en entidades metafísicas; tales como la idea, la substancia, fuerzas inmanentes y otras. En el último hito evolutivo de la historia, la explicación sobre todos los fenómenos y acerca de los objetos del mundo, se centra en la ciencia y en la inteligencia de sí mismo.(1)

Más tarde, en 1929, con  la publicación del Manifiesto del Círculo de Viena, prácticamente se consolida dicha entidad académica y el movimiento del positivismo lógico o neopositivismo, adquiere una cierta institucionalización que comienza a apreciarse en el aparecimiento de diversas publicaciones y trabajos académicos. Estos, versan en su mayoría, en torno a la construcción de un método común a todas las ciencias que permita consignar o expresar la comprensión de las relaciones de los objetos de estudio de cada una de las disciplinas, a la manera del viejo sueño de Leibniz, conocido como ars combinatoria.  Dicho método de  los exponentes del Círculo de Viena, se basaría en un sistema de signos lógicos  que darían la certeza a los que lo utilicen, de estar en posición de argumentos válidos, sin errores lógicos y sin vinculaciones directas con los pseudoproblemas filosóficos.

Entre los miembros del Círculo de Viena, figuraron destacados matemáticos, tales como Gustav Berman y Kurt Gödel, físicos como Phillips Frank, sociólogos como Otto Neurath, o historiadores como por ejemplo Victor Kraft. Y entre los filósofos que frecuentaron este grupo se destacan Rudolf Carnap, Alfred Ayer, Bertrand Russell, Hans Reichenbach, Carl Hempel y otros. (2)

 Teoría del conocimiento

Desde el punto de vista de la Teoría del Conocimiento, es posible observar que la tarea del positivismo lógico, se enmarca en las preocupaciones de la filosofía kantiana. Esto significa que los exponentes del mismo, abordan el problema de la aprehensión cognitiva y la relación entre el sujeto y el objeto en dicho proceso; con la salvedad de que en Kant el interés se centra en la experiencia y en las características del entendimiento. Y en la corriente del positivismo lógico, el foco de interés gnoseológico se plantea como una confrontación entre la lógica y la experiencia.

En cuanto a la manera de organizar la comprensión del mundo, en Kant depende de nuestra subjetividad, y en cambio en el caso de los neopositivistas, depende de la construcción racional; es decir, de una formalización lógica de las nociones epistemológicas que dan cuenta de la realidad.

Wolfe Mays, en una ponencia presentada al primer Simposio Internacional de Epistemología Genética, en Ginebra, en 1956, clarifica otros elementos propios de la confrontación entre Kant y los positivistas lógicos: “Ha habido un desplazamiento desde los antiguos tipos de epistemología  – como por ejemplo la contenida en la obra de Kant, con su interés en la naturaleza del tiempo y del espacio, las categorías del número, de la causalidad, etc.-  hasta los problemas  de índole bastante diferente, como la identidad de significación (sinonimia), la analiticidad y la sinteticidad, la comprensión y la extensión, la verdad semántica, los modos material y formal del discurso, etc. En suma, este tipo de filosofía se ocupa más bien de la epistemología, de la lógica formal y de la naturaleza del lenguaje” (3)

 La búsqueda de la unidad de las ciencias

Los miembros del Círculo de Viena estaban firmemente persuadidos de que todos los enunciados científicos podían reducirse a un lenguaje universal. Este anhelo filosófico que pretende alcanzar una misma formalización para los distintos contenidos científicos, implica al menos, dos aspectos relevantes. Por una parte, una concepción de la ciencia entendida como un gran corpus unificado, con un lenguaje idéntico y con un mecanismo similar para la notación de los discursos de cada disciplina. Esto es, el lado metodológico del propósito. Por otra parte, este objetivo, alude a la idea de que no hay distintos tipos de ciencia, sino una sola que tendría diversos objetos de estudio para cubrir así las tareas científicas: predecir, comprender y explicar los hechos del mundo. Lo anterior corresponde al aspecto epistemológico de la tarea de los positivistas lógicos.

Así, los exponentes de esta doctrina, en virtud de su praxis sistemática están compartiendo el viejo anhelo de Leibniz de construir una lengua universal o ars combinatoria, propuesto en el siglo XVII. En efecto, la labor de los positivistas lógicos, por tanto, es un intento de continuar con la búsqueda de ese lenguaje que con una sola notación formalizada, pueda describir y explicar los fenómenos del universo. Consecuentes con este propósito, realizaron sus reuniones de trabajo en Viena, durante los inicios de la década del treinta del siglo XX, y siguieren luego en Chicago, en EE.UU., desde 1838, cuando algunos de sus miembros tuvieron dificultades con el régimen nazi. Justamente, a partir de este año, inician la publicación de la International Enciclopedy of Union Science (Enciclopedia Internacional de la Ciencia Unificada).  Obra que pasa a constituirse en un aporte original y relevante de los filósofos de la ciencia y de los lógicos matemáticos; quienes encuentran aquí el marco apropiado para presentar sus tesis sobre los análisis formalizantes del lenguaje y acerca de los enunciados protocolares.

El análisis lógico del lenguaje

El fundamento teórico del positivismo lógico es el mismo del empirismo clásico, sostenido por Hume, Mill y otros; cuyas tesis hacen descansar la ciencia en la experiencia sensible. Uno de los intentos del empirismo inglés, fue por ejemplo, delimitar estrictamente lo que es el lenguaje científico y lo que corresponde al lenguaje metafísico. El positivismo lógico del siglo XX continúa este esfuerzo, pero ahora, con el auxilio del método del análisis lógico del lenguaje, que es utilizado por autores como  Carnap (La Construcción lógica del mundo), Whitehead y Russell (Principia Matemática), Frege (lógica y semántica) y Wittgenstein (Tractatus lógico-philosophicus).

Lo anterior, deja de manifiesto que los simpatizantes del  positivismo lógico, enfatizan el análisis formalizante para estudiar los discursos científicos. Para esta tarea que podríamos llamar de “supervisión metodológica”, recurren al auxilio de la lógica matemática, en especial en lo referente a delimitar cuales discursos son científicos y cuales son metafísicos. Para ello, parten del hecho de que las proposiciones  de las ciencias formales son tautológicas y que por tanto, en si mismas no expresan ningún conocimiento sobre la realidad, pero posibilitan el conocimiento del mundo al proporcionar el rigor y  la claridad  para  la verificación de los enunciados provenientes de la experiencia.  Así, el conocimiento científico, sería aquel que viene dado por las proposiciones lógicas o por proposiciones que son verificables por la experiencia. Esto es lo que se denomina el Principio de la exigencia de la verificación, o Significación por la verificación.

A su vez, el conocimiento metafísico, vendría dado por aquellas proposiciones que no pueden ser consideradas ni como verdaderas ni como falsas. Las mismas son denominadas proposiciones sin sentido, porque carecen de toda significación y no explicitan algo del mundo; son pseudoproblemas. El análisis lógico de las proposiciones metafísicas, continúa buscando la significación incluso hasta en los componentes estructurales últimos del discurso, esto es, en las palabras. Así, los positivistas lógicos observan que también muchas de estas estructuras básicas, carecen de sentido porque no tienen un referente que soporte la exigencia de la verificación; v. gr.,  conceptos como “nada”, “dios” y otros similares;  serían pseudoconceptos. Y lo propio sucede con aseveraciones como por ejemplo “los ángeles están en el cielo” o “la belleza es dulce”; serían enunciados inverificables  y por tanto corresponderían a la metafísica.

Los seguidores de esta escuela, sostienen que la tarea de la filosofía no es la de solucionar los problemas científicos, sino más bien analizarlos, para lograr una elucidación de los mismos.(4) En este sentido, la labor filosófica  resulta equivalente a un análisis semántico y sintáctico de la prosa científica; a un sostenido análisis de las vinculaciones entre lo que expresa el lenguaje y la realidad. Es el triunfo de la filosofía del lenguaje y una instancia de presentación en sociedad de los filósofos de la ciencia.

El sentido de una proposición sobre el mundo descansa como hemos visto, en el procedimiento de verificación; así, si hay un procedimiento experimental para verificar un enunciado cualesquiera, entonces es posible determinar su verdad o su falsedad, y de este modo, puede quedar incluido en la prosa científica; de lo contrario, se trataría de  proposiciones sin sentido.

 Positivismo y empiria

El positivismo, al igual que otras corrientes filosóficas como el psicologismo y el sensualismo, comparte la opinión que sostiene que las ciencias empíricas se reducen a percepciones sensoriales; lo cual significa que las ciencias darían cuenta de los acontecimientos del mundo, a través de nuestras experiencias vitales. Por ello, por ejemplo Carnap, en su libro La construcción lógica del mundo, argumenta que el conocimiento que podemos adquirir sobre la naturaleza y la sociedad, es reductible a las experiencias elementales del sujeto cognoscente. Esto es equivalente a sostener que la base del conocimiento radica en un fenomenalismo del sujeto. Inserto en esta perspectiva, el conocimiento científico, mediante sus enunciados, solo podría sostener algo acerca de los hechos del mundo, a través de nuestras experiencias sensoriales. Esta base empírica, fenomenalística, del conocimiento científico, centraría los criterios de validación de los enunciados en la experiencia individual del sujeto, en su propio aparataje perceptivo. Al respecto Popper señala más tarde: “Por el sentimiento inmediato de convicción que lleva consigo podemos distinguir el enunciado verdadero -aquél que está de acuerdo con la experiencia-  del falso  -que no lo está-. La ciencia no es más que un intento de clasificar y describir este conocimiento perceptivo, estas experiencias inmediatas de cuya verdad no podemos dudar: es la presentación sistemática de nuestras convicciones inmediatas.” (5)

En la cita precedente, Popper destaca muy bien el reducido alcance epistemológico de un conocimiento científico que posea una base de esta naturaleza; esto es, que en tales condiciones, la ciencia quedaría enmarcada en una tarea de clasificación y ordenación de nuestras experiencias sensoriales y no se extendería más allá de las convicciones subjetivas.

Otra de las críticas más serias que a menudo se les plantea  a los positivistas lógicos, es la siguiente: si se aplica a la prosa científica la exigencia de la verificación, el marco que posibilita la aplicación del procedimiento en cuestión, es el conjunto de sensaciones que podemos tener en un presente determinado. En este contexto, ¿cómo es posible el conocimiento?, puesto que la realidad sólo es percibida en instantes fugaces, entonces ¿cómo podríamos dar cuenta del mundo?, toda vez que cuando se intenta elucidar un acontecimiento determinado, el mismo ya se ha producido antes de que se haya agotado la enunciación del mismo. (6)

 Las cláusulas protocolarias

Al suponer que las proposiciones científicas, son posibles de reducir a elementos estructurales últimos que tienen correspondencia con la experiencia, se pretende asegurar una descripción objetiva del mundo. Wittgenstein, en su primer período filosófico, sostiene por ejemplo en el Tractatus lógico-philosophicus, que las proposiciones de un lenguaje determinado son portadoras del significado por la exactitud del mismo; exactitud que vendría dada por la vinculación entre lenguaje y mundo, a través del valor veritativo de las proposiciones y en virtud de los componentes proposicionales más elementales que también poseen un valor de verdad o falsedad. Esto quiere decir que es posible la obtención de un lenguaje exacto, un lenguaje basado en las reglas del cálculo lógico, al cual podrían reducirse todos los lenguajes científicos. De este modo, desde el ámbito proposicional, se contaría con un instrumento lógico y lingüístico para servir al propósito de la verificación de los enunciados de la ciencia.

Los enunciados de la ciencia, formulados en este lenguaje exacto, son considerados como un cálculo lógico, donde cada palabra debe cumplir con ciertas reglas básicas que quedan establecidas en forma definitiva. Leyes de este tipo, existen en el Begriffschft de Wittgenstein y en los Principia mathemática de Whitehead y Russell. Sin embargo, por ejemplo el primero de estos autores, en su segundo período filosófico, abandona tales nociones y argumenta a favor de la tesis que sostiene que el significado es algo público y que las reglas lingüísticas son aprendidas en el contexto socio-cultural, como reacciones colectivas.(7)

Ahora, volviendo nuevamente al problema de la correspondencia entre lenguaje y mundo, Carnap por su parte, estima que la forma de hablar del lenguaje científico no sería acerca de los hechos, sino de las “cláusulas”. La prosa científica sería por tanto, “un modo formalizado de hablar” y el lenguaje ordinario, un “modo material de hablar”.(8) Neurath, a su vez, estima que no hay desde el lenguaje ordinario, un punto de partida seguro para la construcción de un lenguaje que reúna a las explicaciones de las ciencias particulares, puesto que las cláusulas protocolarias pueden ser admitidas o no, en un lenguaje discursivo.(9)

Desde el punto de vista de la metodología empleada por el positivismo lógico, es conveniente tener presente que el mismo era inductivista; esto significa que parte del supuesto de que los procedimientos lógicos permiten obtener el sentido de las proposiciones universales, partiendo a su vez de la obtención del sentido de las proposiciones particulares.(10)

Lo anterior, sitúa a los positivistas lógicos en una posición de plena confianza en el método inductivo como forma de trabajo científico, pero no pueden resolver la legitimidad de los enunciados inductivos, no proporcionan una validez lógica para tales enunciados. Así, no logran superar el problema de la inducción; es decir, la imposibilidad de conocer algo con certeza sobre el mundo, puesto que cualquier enunciado que formulemos a partir de la vía inductiva, trasciende lo objetivo y lo efectivamente comprobado en su afán de alcanzar un enunciado universal. Lo propio les acontece a estos filósofos de la ciencia, con el problema de los universales, puesto que no es posible reducir los conceptos universales empleados en nuestros enunciados del lenguaje ordinario, a distintas clases de experiencias sensoriales, toda vez que esta es única y se agota en la vivencia sensorial.(11)

Lo que quedó del movimiento

Si bien la partida de este tipo de trabajos del medio académico y filosófico, en la segunda década del siglo veinte, fue muy auspiciosa y en sus inicios despertó la simpatía de mucho exponentes de la ciencia y la filosofía, principalmente de los alemanes, austriacos, ingleses y norteamericanos, entre otros. El movimiento no logró sus más ansiados proyectos. Consolidó la filosofía de la ciencia y delimitó algunos de los campos de interés de esta disciplina, fortaleció el  análisis semántico y del discurso en  general. Avanzó notablemente en cuanto a notaciones de lógica simbólica y al estudio de las proposiciones. Además  sus exponentes consiguen un “profundo análisis de las ciencias empíricas investigando que era la causalidad, la inducción, las leyes científicas y la relación entre los términos teóricos y términos empíricos”. (12 ) Empero no lograron formular la lengua universal que permitiera dar cuenta de la ciencia como un todo unificado, tampoco pudieron resolver el problema de la inducción como base del criterio de la verificación por la experiencia. Y muchos menos pudieron demostrar que los sistemas lógicos son siempre coherentes y completos, pues justamente Gödel, uno de los integrantes del  Círculo de Viena, formula el teorema homónimo que deja asentado que es imposible demostrar todas las formulas dentro de un sistema lógico-matemático.

Empero, los  avances que alcanzaron  e incluso  las limitaciones a que se enfrentaron, en su conjunto, nos dejan un saldo cualitativo favorable. Consolidan disciplinas tales como  la filosofía de la ciencia,  la lógica matemática, la semántica y la sintaxis del lenguaje. En suma, muestran un nuevo objeto de estudio que hoy está de moda: el análisis del discurso.

Citas y notas:

  1. Cf. Estrella, Jorge: “Cosmovisión del positivismo”, Rev. de Filosofía, U. de Chile, Stgo., Vol. XV, Nº1, 1977, pp. 80-81.
  2. Cf. Malherbe, J.F.: “Le scientisme du Cercle de Vienne”, Revue Philosophique de Louvian, Louvain, Aôt, 1974, p. 563.
  3. Mays, Wolfe: “Lógica y lenguaje en Carnap”, en: Piaget, Jean et al.: Psicología, lógica y comunicación, Ed. Nueva  Visión, Bs. Aires, 1957, p. 127.
  4. Cf. Malherbe, J.F.; op. cit., p. 566.
  5. Popper, Karl: La lógica de la investigación científica, Ed. Técnos, Madrid, 1971; p. 90.
  6. Cf. Estrella, Jorge: “Cosmovisión del positivismo”; op. cit., p. 88.
  7. Cf. Wittgenstein, L.: Cuadernos azul y marrón. Ed. Técnos, Madrid, 1976; pp. 44-45 y 54-56.
  8. Cf. Popper; op. cit., p. 91.
  9. Ibidem.; p. 92.
  10. Cf.  Popper, op. cit.; pp.27-28 y 90.
  11. Ibidem.; p. 90.
  12. Trevijano E., Manuel: “El Círculo de Viena”, En torno a la ciencia, Ed. Técnos, Madrid, 1994; p. 44.
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(*) Conferencia magistral, leida en la Universidad Ada Byron, Chincha, Ica, Perú, el 9 de agosto de 2013, con motivo de la entrega al autor del grado de Dr. Honoris Causa.

Zenobio Saldivia M.

U. Tecnológica Metropolitana,  Stgo., Chile

Algunos antecedentes

Uno  de los temas que ha persistido en el tiempo y que emana en las nuevas miradas interpretativas para la comprensión de lo esencial cualitativo de nuestro continente, es justamente el de la “identidad Latinoamérica”. Ello no es extraño, pues dicha búsqueda tiene su lógica inmanente toda vez que la pregunta alude al núcleo, a lo esencial, a lo más relevante de lo que pudiera ser esa mezcla de historia,  cultura  y humanidad, que sabemos que existe pero que nos es muy difícil de cohesionar verbalmente. Así, si bien hay claridad en cuanto a que efectivamente lo latinoamericano es el meollo de una filosofía y cultura  propiamente americanas o más ampliamente, “latinoamericanas”, e intuimos una eventual  latinoamericaneidad,  y que por tanto, estimamos que descubriendo  las notas relevantes de dicha categoría; se debería arribar a un corpus significativo que sintetice lo antropológico, histórico, social, axiológico y cultural peculiar de los habitantes de  nuestro continente y de nuestras pueblos. Ello no ha dado los frutos esperados, y seguimos insertos en la tarea de siglos en la cual han estado inmersos los filósofos, los historiadores, los literatos y los intelectuales en general.

Algunos, han destacado la conveniencia de analizar los aspectos históricos y filosóficos de esta preocupación, asignándole un estatuto de relevancia que le ha permitido asentar dicha inquietud, como un tópico legítimo de la filosofía universal; v. gr., los trabajos de de José Vasconcelos, tales como la Raza cósmica, o los de Leopoldo Zea, tales como La Filosofía Americana como Filosofía sin más, entre otros, se orientan en dicha dirección.

Otros, han tocado efectivamente algo o mucho de lo característico de la manera de ver el mundo del hombre americano, por ejemplo, desde el plano discursivo y literario de nuestra praxis como latinoamericanos, como en el caso del colombiano Gabriel García Márquez en Cien años de Soledad; quien se centra en una prosa fantástica o mágica que habla entre líneas de la identidad latinoamericana, de su naturaleza bullente y de sus contradicciones sociales, u Octavio Paz, cuando analiza detenidamente el sentido histórico del pueblo mexicano en el Laberinto de la soledad, o del peruano José María Arguedas, a quien tuve el honor de conocer como estudiante de primer año de filosofía en 1969, en la U. de Chile, sede Valparaíso, cuando nos hablaba de algunas de sus obras tales como Yawar Fiesta y Los Ríos Profundos, o del indígena, de sus dialectos y de las sierras; o del también peruano Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, que en sus novelas habla de la historia y de la sociedad peruana, así como en otras alude a la amazonía peruana, entre tantos otros.

También, han buscado la identidad latinoamericana, desde su universo centrado en lo estético, obsesionados por encontrar la belleza y nuevos aspectos no debidamente considerados, diversos pintores; como por ejemplo los mexicanos David Siqueiros (1896-1974) o Diego Rivera (1886-1957), entre otros, quienes persiguieron detectar la particular relación del nativo con sus tierras, o con lo que queda de ellas, con sus exponentes florísticos y sus expresiones costumbristas, con su locus y con su tempus. Por eso no es extraño que en los años setenta y ochenta del siglo XX, por ejemplo, también se principie a analizar esta temática  desde la sociología e incluso desde la praxis académica del diseño; así, desde la primera disciplina emergen temas tales como la eventual participación de la mujer en el sistema productivo, en la educación superior y en la investigación científica. Y desde el diseño, aparecen propuestas que ilustran, grafican y difunden modelos estéticos que dan cuenta de la naturaleza americana, de los picos andinos, de los lagos centroamericanos, de las estepas de la Patagonia, de las flores típicas de la Amazonía, o de una presencia de rostros de mujeres, hombres y niños morenos, con sus atuendos típicos y en interacción con su medio local o regional.[1] En todos estos ámbitos, la directriz parece ser la búsqueda de las peculiares condiciones del contexto social del hombre latinoamericano, de sus valores y de sus sentimientos, del entramado de su cultura y de las etnias nativas con relación al entorno natural y a las metrópolis urbanas del continente.

En efecto, es un aporte más y dinamiza el estado de la cuestión, pero ¿dónde encontramos la mirada globalizante, analítica y vasta que cubra todo el horizonte de lo cualitativo y de lo denotativo de dicho tópico? Al parecer debemos conformarnos por ahora con aproximaciones, con nuevos aspectos, con complementos para las aristas que están en construcción explicativa. Es que no resulta fácil abordar lo que muchos han pensado y no hemos podido cerrar. Aquí, nos encontramos –mutatis mutandis- como los historiadores que están conscientes de que la categoría de periodificación “época contemporánea”, está totalmente sobrepasada, o fatigada como dirían algunos, pero no han encontrado el nuevo rótulo deseado, y por tanto, siguen con la anterior o proponen otras que no logran aun el consenso y que se diluyen en un caos de tendencias. Así, la cuestión de la identidad latinoamericana, hoy, en virtud de la crisis de los paradigmas y en vistas de la popularización de las tesis epistemológicas de Feyerabend, que propician “el todo vale” para la obtención de nuevas y satisfactorias explicaciones en los distintos campos del saber;[2] parece ser que ha estimulado nuevos caminos de búsqueda entre los intelectuales. Lo anterior, ha posibilitado  al menos, descorrer el velo ideológico tradicional, caracterizado por las distintas tesis eurocentristas que se habían decantado muy bien en la prosa académica o científica latinoamericana, desde el Siglo del Progreso hasta mediados del siglo XX, pero que luego de este período, la historiografía y la filosofía toman conciencia de que en diversos campos del saber, el discurso de aproximación para dilucidar el tópico “identidad latinoamericana”, estaba imbuido y matizado de criterios formales, de cánones y de resabios ideológicos europeos. Por ello, Saldaña, desde México, habla de la necesidad de una “vigilancia epistemológica”[3] para los campos de la epistemología y de la historia de las ciencias, tanto para ponerse en guardia frente a posturas que más bien diluyen el análisis y lo debilitan, cuanto para encontrar una metodología o una perspectiva audaz y pertinente que apunte al núcleo de lo identitario.

Algunas Miradas interpretativas

Primero fue la conquista, el encuentro de dos mundos, la instancia donde el europeo se inserta asombrado en el Nuevo Mundo con una naturaleza desconocida y con salvajes que hay que dominar y doblegar, y los nativos ven hombres barbados con sacerdotes acompañantes que quieren cristianizar. Es el inicio de la mirada europea sobre América. Son las luchas de un nuevo Flandes Indiano, las luchas en las Indias Occidentales y en las tierras de ultramar.

Luego, en el siglo XVIII, la política y la ciencia europeas parecen unirse en cuanto aun nuevo interés por el continente  americano. Es el período de las grandes expediciones europeas hacia América, o las circunnavegaciones con propósitos botánicos, mineralógicos y geopolíticos. En esta centuria, lo americano pensado desde Europa, es la vastedad y peculiaridad de una flora que ofrece infinitas posibilidades a la farmacopea y a la medicina europeas, es la riqueza mineralógica de un territorio donde extraer más oro y más plata. América es percibida así, como un lugar que incluye universos infinitos, tierras incógnitas, o un vasto mar del sur, una instancia para ordenar especímenes, para actualizar cartografías y perfilar nuevos derroteros navales.

Y desde el siglo XIX, o más bien, desde fines del Siglo de la Ilustración, con el  inicio del viaje de Humboldt, en 1799, emerge otra vez la identidad americana focalizada en el interés científico por los nativos y por la diagnosis de la flora y fauna que se abre como una caja de sorpresas a la comunidad científica internacional; primero con Humboldt, luego con D’orbigny, Darwin y otros, quienes  concentran el interés de los europeos hacia lo americano en la visión de la naturaleza, en el conocimiento objetivo de su gea, de su flora y fauna,  y  en alcanzar una mejor comprensión de la identidad mestiza y de las etnias existentes. Pero ello no redundó en un cabal conocimiento de lo americano; más bien,  casi podría decirse que esta labor queda cortada o trunca, pues con el advenimiento de las jóvenes repúblicas y la emancipación de la Corona Española, desde 1824, gracias a la batalla de Ayacucho,  la cuestión de la identidad americana, más bien se bifurca  enmarañada entre los nuevos temas de la agenda pública y las nuevas corrientes o tendencias que barnizan al continente: entre estas, primero el romanticismo y luego el liberalismo y el positivismo, que hacen más complejo  la autognosis cultural y el encuentro con la imagen de lo identitario.

Empero, algo de lo identitario americano es entendido y defendido desde América, es la gesta independentista, América es a hora un continente que se conoce como soberano e independiente de la Corona Española y principian los primeros esfuerzos culturales para rescatar lo identitario en las jóvenes repúblicas. V.gr. En Venezuela los esfuerzos de Bolívar, en 1821, para crear el supra estado de la Gran Colombia, que unía las repúblicas actuales de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador, por contar con una naturaleza, una historia y lances en común. O en Chile en los años cuarenta, cuando se perciben los esfuerzos metodológicos de Lastarria para escribir la historia alejados de los criterios colonialistas e hispánicos y encontrar así lo auténticamente chileno y americano. O los trabajos de Bello en poesía,  en ecuación superior o en ámbito normativo. O en Perú, por ejemplo en 1862, Mateo Paz Soldan  con sus estudios sobre la geografía de la República del Perú, realizando una impresionante tarea exploratoria por el cuerpo físico de Perú, identificando millares de referentes inorgánicos y dilucidando los accidentes de las distintas regiones del país;  logra conciliar los requerimientos científicos de asentar en la ciencia universal, los exponentes de la gea y determinar la latitud y longitud de los mismos y otras características peculiares, debidamente cuantificadas, con los requerimientos pragmáticos de los gobernantes de mediados del siglo XIX, que perseguían difundir adecuadamente las nociones de geografía, estadística y economía en el sistema educacional peruano de la época,[4]  en fin…

En nuestros tiempos, las miradas sobre lo identitario latinoamericano, son muchas, recordemos principalmente a Rojas Mix, quien en obras tales como Los Cien Nombres de América, y América Imaginaria, difunde las tradicionales visiones europeas exacerbadas de mitos e invita a repensarnos como continente y como universo de culturas con una historia en común. Hirshbein por su parte, sugiere que los ensayos latinoamericanistas vienen mostrando la cuestión de la identidad como una forma de autoafirmación cultural frente a Europa. Y señala que en este sentido, autores como Bello, Bolívar, Miranda y otros, intentaban en sus trabajos reflexionar sobre lo específicamente americano, buscaban las categorías más apropiadas  para  pensarse  a  sí  mismos, para   pensar  a  América, como distinta a Europa y poder así dar cuenta de la particular realidad latinoamericana, dentro de una cierta dirección romántica durante gran parte del siglo XIX. Ello sería un ejemplo de esfuerzo de orientación hacia la búsqueda de la identidad a través del ensayo. Ello continuaría en la ensayística venezolana más contemporánea con los trabajos de autores como Briceño Iragorren y Picón Salas, quienes entre otros, buscan la autoafirmación de lo nacional, de lo regional y de lo esencialmente americano, oponiéndose así al imperialismo y a otros cánones de orientación europeas.[5]

Arroyo, por su parte, sugiere que para encontrar un camino de búsqueda de lo latinoamericano, del pensamiento específicamente latinoamericano, urge superar una serie de obstáculos tales como la periodización en historiografía, las tendencias estructuralistas y pragmáticas y las dificultades semánticas e ideológicas, entre otros, llegando incluso a sostener que “…el problema es no sólo epistemológico, sino en cierta forma genético ya que no podemos desprendernos de una parte de nuestra propia naturaleza.”[6] Y que por tanto, para dejar atrás el enfoque europeizante, sería deseable encauzar los estudios con orientaciones hacia la sustitución de la herencia cultural sociológica eurocéntrica, terminar con el binomio cultura/naturaleza, reunificar orgánicamente las ciencias sociales, tomar más en cuenta a la mujer como actor social, o superar la confrontación nosotros-alteridad y pensarnos más como una colectividad en su dinamismo.[7]

Una nueva mirada: la perspectiva de la Historia  de la ciencia

En rigor, en los Congresos y Seminarios Latinoamericanistas, la apertura a nuevos posibles ha quedado de manifiesto  desde  hace bastante tiempo, y los exponentes por lo general, aluden constantemente a la necesidad de buscar nuevas categorías de análisis para la interpretación de los eventos en los campos de estudio vinculados a temas latinoamericanos. Esto se percibe en lo referente a dejar atrás la tesis del eurocentrismo como modelo y guía de análisis, que ya adelantáramos, o en cuanto a reorientar la formulación de preguntas en los temas de las disciplinas históricas y ciencias sociales; así como también en cuanto a propiciar un reordenamiento metodológico, o tender hacia  el desarrollo de equipos interdisciplinarios para abordar temas de la cultura. Y en este marco de inquietudes, se ha propuesto también, una apertura crítica hacia nuevos modelos  y hacia la construcción de futuros paradigmas. Como es imposible recordar todos estos encuentros, mencionemos al menos los siguientes: el III Congreso Internacional: “A. Latina y el Caribe: más allá de los 500 años Solar-Chile, Stgo, 1991; el VIII Congreso de la Federación Internacional de Sociedades de Estudio sobre A. Latina y el Caribe, FIEALC, U. de Talca, Talca, 1997; o las IV Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana, 1999, en el Cuzco, Perú; o el VII Seminario Internacional en Cs. Sociales y Humanidades, Instituto de Estudios Avanzados, (IDEA), U. de Santiago de Chile, 2001. Y en todos ellos se destacan trabajos vinculados directamente con el tema de la identidad latinoamericana y queda de manifiesto el reconocimiento del eurocentrismo como eje de los análisis de las distintas disciplinas humanas y sociales en  nuestro continente.

Ahora bien, desde la perspectiva de la historia de la ciencia en América Latina, sólo muy recientemente están tomando cuerpo estudios sobre el devenir científico de los países de América, orientados a determinar las características y variables  peculiares que han incidido en la construcción de la episteme en nuestros países.  Este fenómeno se observa a partir de las últimas tres décadas, principalmente con el impulso de estudiosos en México primero, y luego en Perú, Argentina, Brasil y Colombia. Justamente México lleva la primacía en este tipo de investigaciones, tal como se puede apreciar tanto por la cantidad de congresos de Historia de la ciencia que allí se realizan, cuanto por la presencia de revistas especializadas como por ejemplo: Cuadernos Americanos, o Quipú, revista de historia de la ciencia y la tecnología. En Chile, sólo en la última década podemos hablar de expresiones propias de un ejercicio de este campo historiográfico. Si revisamos el discurso y contenidos temáticos de los trabajos en la historiografía vinculada a estudios sobre la ciencia en América, se percibe claramente la presencia de la tesis del eurocentrismo; v. gr. al considerar que la ciencia en nuestros países es más bien un traspaso de la ciencia europea y que dicho proceso se da casi en bloque con los métodos, categorías y criterios taxonómicos esencialmente europeos, para el estudio de la flora y fauna de los referentes orgánicos en América Meridional y América Central. Hoy, sabemos muy recientemente, que en dichos procesos hubo una influencia externa a la comunidad científica, tales como la fuerza de las  tendencias culturales del período, principalmente romanticismo y positivismo, en muchos países de América; al menos en Chile y Nicaragua, esto ha sido analizado en trabajos recientes por este servidor público que se congratula por estar hoy con Uds.[8] Por tanto, la  ciencia en los diversos países de América ha ido perfilándose a partir de campos distintos del saber, v. gr. en Chile su fase institucional está fuertemente comprometida con las ciencias de la vida, especialmente la taxonomía. En cambio -a manera de ilustración- en Nicaragua, dicho proceso se da a la par con el desarrollo de las ciencias de la tierra; ello por el imaginario cultural decimonónico, que estimaba posible la construcción de un canal transoceánico por ese país, luego la cartografía, la geografía y la geología fueron unas de las primeras ciencias en mostrar y aplicar sus conocimientos y acrecentar dichos corpus cognitivos con los nuevos referentes geográficos que los exploradores fueron describiendo en  dicho país.[9]

Hacia una nueva propuesta

En este contexto, estimamos que es posible contribuir a la búsqueda de la identidad latinoamericana, desde el ámbito de la Historia de las Ciencias, pero a partir de esfuerzos centralizados que eviten la dispersión y racionalicen mejor los recursos administrativos y académicos: Así, por ejemplo podríamos crear Centros Inter-univesitarios de Estudios del Pensamiento Latinoamericano, en nuestros países, de carácter interdisciplinario, para reunir en ellos a destacados investigadores, interesados en aplicar parcialmente la metodología constructivista piagetana para  incrementar el acervo cognitivo en disciplinas como la sociología, la psicología evolutiva, la psicología infantil, la antropología, la historia de la ciencia, la epistemología, los estudios multiculturales y otros.[10] Los mismos estarían orientados exclusivamente hacia la apropiación cognitiva que permita  incrementos en todo lo referente a la comprensión y desenvolvimiento de la realidad social, cultural y científica de América Latina, desde las áreas ya mencionadas.

Lo anterior, permitiría sumarnos a los esfuerzos provenientes de  la historia, de la filosofía y de la literatura en su eterna búsqueda de lo identitario latinoamericano. Ello, puesto que al dar cuenta de las variables que hayan incidido en la construcción de la ciencia en nuestros países,  -sobre todo desde una perspectiva externalista de las ciencias- necesariamente saldrán las particularidades, las dificultades que ofrecía esta naturaleza, lo vernáculo regional, lo que no se daba en Europa, por ejemplo cuando se hacían las radiografías de lo viviente. Y si a tales investigaciones les aplicamos cortes cronológicos y diacrónicos centrados en categorías significativas tales como “naturaleza”, “vida”, “progreso”;  podemos así determinar la diversidad de nuestro entorno natural y/o enfatizar en la significación histórica y cultural  latinoamericana, enfatizando por tanto las conexiones de estos exploradores y científicos que recorrieron el cuerpo físico de América con los exponentes de la clase política del período, o con el papel de los gobiernos locales en la consolidación y orientación de la ciencia en nuestro continente, o determinar la interfaz de estos científicos con otros agentes sociales, y examinar así, cuanto de la consolidación de la episteme en América tuvo de europeo, cuanto de decisión política, de azar o de una interacción con los grupos socialmente organizados del  período, y privilegiar así, una historia de las ciencias, externalista, realista y con énfasis social. Trabajos así orientados, deberían  aportar nuevos visos interpretativos hacia la génesis de la cultura latinoamericana, hacia la búsqueda de lo identitario.

En el análisis del discurso aplicado a la prosa de científicos decimononos en el caso de Chile, por ejemplo, en los trabajos de científicos como Gay, Domeyko y Philippi; se percibe una fuerte presencia de los criterios europeizantes, sobre todo en lo referente a la aproximación metodológica frente a los observables que van siendo clasificados por estos autores; como así también en lo referente a los cánones de belleza y de los factores que a juicio de los mismos son proclives para la obtención del ideal decimonónico consistente en la obtención del progreso. Por ejemplo en cuanto a lo metodológico, los referentes orgánicos o inorgánicos, son vistos como algo externo, que queda frente al hombre y que urge sistematizarlo; esto es, una expresión de la tesis europeizante que divide el universo  en la dicotomía: hombre-naturaleza, y que por cierto estos científicos repiten en su aproximación al objeto de estudio. Algo similar ocurre en cuanto al ideario del progreso por ejemplo; este es entendido como un télos que se alcanzará con la dominación de la naturaleza y con acantonamiento o residencia de los individuos en una  región  no explotada. Y  para el cumplimiento de tales requisitos, se estimaba la presencia del verdor, de los bosques y de la humedad, como algo sin lo cual no hay progreso; por ejemplo  así lo señala Philippi, en cuanto a sus referencias sobre el desierto de Atacama[11]  

Por lo anterior, queda claro que estos trabajos orientados hacia la reconstrucción de la génesis de la ciencia en los países e América,  contribuyen indirectamente tanto para el campo de las historia de la ciencia como para el reordenamiento de variables a considerar por parte de los investigadores interesados en temas latinoamericanistas, y en especial en tópicos de la historia de las ciencias en América. Lo primero, en tanto permite observar que los paradigmas explicativos tradicionales utilizados en historia de la ciencia en América, encierran dentro de sus postulados relevantes, efectivamente, la tesis del eurocentrismo, en tanto es Europa el modelo comparativo y la vara de medida del desarrollo científico, metodológico o de cualquier otra expresión cognoscitiva que se tiene presente por parte del historiador para dar cuenta de tal o cual corpus o discurso científico, sea de las ciencias de  la vida, de las ciencias de la tierra, o incluso de las ciencias sociales. Los resultados de la apropiación científica en los países de América tradicionalmente se comparan con los estándares y criterios europeos, dejando de lado las variables que vinculan tales procesos de institucionalización con la cultura o la praxis social que pudieran mostrar una orientación peculiar, un énfasis metodológico novedoso, o una alusión al conocimiento vernáculo, o alguna peculiaridad del trabajo in situ, ocasionada por la naturaleza de la región o del lugar,  por ejemplo; entre tantos aspectos que pueden reconstruir el marco epistémico decimonónico de instauración de la ciencia en las repúblicas de las jóvenes repúblicas de América.

Luego, al dejar atrás las tesis maduradas desde el hemisferio norte, nos ponemos en guardia a la hora de analizar los discursos científicos de los autores y científicos decimonónicos acotados en nuestras investigaciones, como también  en cuanto al análisis de la literatura científica complementaria del hito en el cual  se esté investigando la marcha científica de tal o cual país latinoamericano. En suma, la discusión anterior nos permite  superar una cierta ingenuidad metodológica en cuanto a aceptar de facto los procedimientos de clasificación y conocimiento de lo vernáculo en los países de América.

Un campo metodológico poco utilizado, para abordar el tema de la identidad y que no se ha divulgado mucho aún, en disciplinas como la historiografía y la historia de las ciencias; es justamente el de estudiar  la marcha histórica de la ciencia en nuestros países y el de determinar las fases y peculiaridades de las mismas, pero sin desvincular el análisis de los marcos epistémicos y culturales en los cuales estos procesos de consolidación de la episteme, se generaron y evolucionaron. Y ello, al mismo tiempo que se consideran ciertas categorías o criterios constructivistas propios de la epistemología genética, como complemento al análisis hasta arribar a un comprensión acerca de cómo se llegó a las nuevas estructuras cognitivas.[12]  

Por tanto, desarrollar investigaciones que apunten a una compresión del devenir científico latinoamericano, con énfasis en la búsqueda de estructuras cognitivas, insertos en el marco de la interdisciplinariedad de los Centros Inter-universitarios de Pensamiento latinoamericano, que hemos sugerido, posibilitaría una comprensión de los aspectos más relevantes que han incidido en la consolidación de la episteme en América y contribuiría a determinar como éstos procesos propios del desenvolvimiento científico, han estado comprometidos con el imaginario colectivo de nuestros países, con percepciones sociales de lo que en su tiempo se entendía por “lo nacional”, por “lo propio”, por la identidad republicana decimonónica, y en suma, por tanto; de la identidad latinoamericana en el cual dichos constructos se perfilaron y se constituyeron en institución social.

Gracias. Muchas gracias.

 


[1] Cf. Saldivia, Zenobio: “Epistemología, progreso y Diseño”, en: Rev. Constancias de Diseño, Nº4, Utem, Stgo., p.37.

[2] Vd. Feyerabend, Paul: Contra el método, Ariel, Barcelona, 1981.

[3] Cf. Saldaña, Juan José: “Nuevas tendencias en la historia latinoamericana de las ciencias”, Cuadernos Americanos, Vol. 2, Nº38, México, 1993; p. 74.

[4] Cf. Paz Soldan, Mateo: Geografía del Perú, Librería de Fermín Didot Hermanos, Hijos y Cia., Paris, 1862.

[5] Cf. Hirshbein, Cesia Ziona: “El ensayo como forma literaria del pensamiento venezolano:¿Qué significa que la cuestión de la identidad sea la clave del pensamiento latinoamericano contemporáneo?” VII Seminario Internacional en Ciencias Sociales y Humanidades, Usach., Stgo., Enero 2001; pp. 4,5,6.

[6] Arroyo Pichardo, Graciela: “Obstáculos y necesidades de un pensamiento latinoamericano para el siglo XXI”. VII Seminario Internacional en Ciencias Sociales y Humanidades, Usach., Stgo., Enero 2001, p.2.

[7] Cf. Arroyo Pichardo, Graciela; op. cit.; pp. 3,4,5,6,7.

[8] Vid. Saldivia, Z.: La visión de la naturaleza en tres tres científicos del Siglo XIX en Chile. Gay, Domeyko y Philippi;  Usach, Stgo., Enero 2003. Y Una Aproximación al desarrollo de la ciencia en Nicaragua, Bravo y Allende Editores, Stgo., 2009.

[9] Cf. Saldivia, Zenobio: Una Aproximación al Desarrollo de la Ciencia en Nicaragua; op. cit.

[10] Para el detalle y desglose de esta propuesta, es posible leer: “¿Qué puede aportar Piaget a A. Latina?”, en: Saldivia, Z.: Jean Piaget, su Epistemología y su Obsesión por el Conocimiento, Edic. Universidad Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile, 2008.

[11] Philippi, R. A.; Viage al desierto de Atacama,(1853-1854), Librería de Eduardo Antón, Halle, Sajonia, 1860.

[12] Vd. por ejemplo: Berríos, M. y Saldivia, Z. : Claudio Gay y la ciencia en Chile, Bravo y Allende Editores, Stgo., 1995. Y también: “La epistemología constructivista y la historia de las ciencias en América Latina”,  Estudios Latinoamericanos Solar, Stgo., 1998, pp. 121-125.

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Zenobio Saldivia Maldonado

Introducción

Hoy día es muy frecuente el uso de la noción “paradigma” en las comunidades científicas, tanto en el ámbito de las ciencias naturales como en el campo de las ciencias sociales; casi podría decirse que su utilización se ha extendido a nuevas áreas jamás  sospechadas por los propios gestores de la noción en comento, y a juzgar por la repetición casi mecánica del concepto, en muchos medios de comunicación; es evidente que su uso se ha popularizado y tanto  los exponentes de las comunidades científicas como los  académicos y hombres públicos, la utilizan con frecuencia. ¿Pero que entendemos, por dicho concepto?

Independientemente de definiciones más especializadas, como las de Thomas Kuhn y otros, que analizaremos en su momento, los paradigmas constituyen esquemas que involucran conceptos epistemológicos, teóricos, normativos, operativos  y metodológicos, y en su conjunto posibilitan la existencia de reglas y otros supuestos de la actividad de  las comunidades científicas. En rigor, un paradigma es un conjunto de compromisos  básicos, principalmente axiológicos, instrumentales y metodológicos que son compartidos y respetados por los miembros de una comunidad científica. Dichos paradigmas, en el universo de las ciencias sociales, prácticamente ocupan una posición intermedia entre las concepciones generales, propuestas por las distintas escuelas filosóficas y los diseños de investigación-evaluación utilizados en los diversos estudios sociales.

Ahora bien, si partimos de un supuesto como el que sustenta el epígrafe de esta comunicación; es decir si otorgamos el estatuto de factum  indubitable, acerca de que la epistemología actúe como un supra paradigma de la psicología, entonces queda de manifiesto que ésta queda subsumida dentro de un marco teórico interesado por los principios antropológicos y los criterios de validación del conocimiento de dicha disciplina. Empero, no sólo en cuanto a los criterios de validación del conocimiento aportado por la psicología, sino que también en el plano simplemente lógico, es, inevitable pensar en la posibilidad de que la epistemología  sea un paradigma directriz de la psicología, puesto que esta joven disciplina no puede abstenerse de los grandes principios del pensamiento, de las leyes que rigen la intelección humana. Por ello, entonces, estamos obligados a traer a presencia las virtudes que dejen de manifiesto que la epistemología actúa como eje revisor o crítico de la psicología, desde el punto de vista de los fundamentos de ésta última.

La epistemología como se sabe, es una disciplina que estudia la génesis, el desarrollo y los resultados del conocimiento científico. Es una ciencia que estudia a la ciencia. Por tanto, apunta a un análisis cualitativo y holístico sobre la ciencia, sobre los aspectos normativos de ésta, principalmente sobre los criterios de validez de la apropiación cognoscitiva de la ciencia. Este tipo de preocupaciones por cierto, alude al análisis de tópicos de carácter metodológico, a los aspectos vinculados a los supuestos últimos de la validez y de la objetividad de los conocimientos que va recabando la ciencia en general y la psicología en particular; y en general focaliza también la atención sobre el cuerpo de reglas y procedimientos que la ciencia, como estructura operativa y como institución, utiliza para cumplir su tarea: nombrar, describir, explicar y predecir. Y por cierto, en el caso de la psicología, habría que agregar también, revertir, en el bien entendido de que la psicología principalmente de la conducta, puede revertir conductas negativas o de autoagresión de un sujeto, por ejemplo.

Entonces, ¿cómo una ciencia que tiene por objeto de estudio, la vastedad del universo cognoscitivo de la episteme, puede constituirse en paradigma de la psicología?  Nuestra hipótesis es la siguiente: no es que la epistemología por ser un mega universo disciplinario, sea  el paradigma de la psicología; sino mas bien, es por la condición de marco teórico, lógico, metodológico y filosófico imprescindible, centrado en el análisis de conceptos, es que la epistemología le permite a la psicología, contar con un acopio de análisis y enfoques críticos sobre las principales categorías en que descansa esta disciplina. Así, nociones tales  como  la  idea de explicación científica, la objetividad, los criterios de validez, y otras, como se ha señalado con antelación, son pensados también en la psicología. Y en  este sentido, la comunidad de los estudiosos de la conducta, queda así con la posibilidad de aplicar estos cuestionamientos y otros que emerjan de la propia creatividad del psicólogo, a los conceptos, y a la estructura argumentativa en general de algunos paradigmas específicos vigentes en su propio campo disciplinario. Ello, con el objeto de encontrar un rango mínimo de certezas en la tarea de explicar los fenómenos de la conducta de las personas.

Es en este marco de interpretación, por tanto, es donde debemos preguntarnos acerca de las virtudes o bondades de la epistemología. Y situados desde esta perspectiva, queda claro una primera propiedad de la epistemología: su carácter de actuar como un reservorio filosófico; esto es que cumple con el rol sintetizador de los distintos saberes y formas discursivas y significa que está en condiciones de sintetizar el conocimiento que fluye de las distintas áreas de la cultura; esto es, como un espacio intelectual, como un gran  cuerpo de ideas, o -metafóricamente hablando- una tierra nueva y distante con otra flora y otra fauna que abre horizontes al profesional de la psicología. Ello se comprende toda vez que la epistemología en tanto ciencia que se estudia a sí misma, también ha ido recibiendo los aportes de nuevos constructos explicativos sobre la idea de ciencia y acerca de la validez en que descansa  esta forma de ejercicio de la racionalidad. Esto ofrece nuevas perspectivas para el autoanálisis de la  propia psicología en lo referente a la consistencia de su quehacer, en cuanto a una mirada crítica de la validez de sus instrumentos, o en cuanto a una reactualización de sus nociones tradicionales como personalidad, normalidad, conducta y otras.

Epistemología y revoluciones científicas

El gran difusor del concepto de paradigma, en el sentido utilizado en ciencias, es Thomas S. Kuhn, quien en su obra The Structure of Scientific Revolutions (1ra Edición, 1962, Chicago), lo utiliza para dar cuenta de una o más realizaciones científicas pasadas, que alguna comunidad científica particular reconoce  durante cierto tiempo como fundamento teórico- práctico de todo su quehacer  posterior. El mismo autor, sin embargo, le atribuye más tarde otros significados; entre estos, los siguientes: considerarlo como un marco teórico que posibilite la elección de problemas y  la selección de técnicas con las cuales analizar a los mismos. En algunas ocasiones, incluso parece darle al término en cuestión un sentido muy amplio, como una visión general del mundo. En otras, parece presentarlo como un conjunto de valores, métodos y técnicas de la actividad científica. En el mismo libro, pero en una segunda edición, Kuhn reconoce la imprecisión terminológica del concepto y sugiere entenderlo como “matriz disciplinaria”. En otro lugar, sugiere entenderlo como “un logro científico fundamental, que incluye una teoría y alguna aplicación ejemplar a los resultados de la experimentación y la observación”.(1)

De tales acepciones queda claro que la idea de paradigma en este autor, apunta a la participación de los miembros de una determinada comunidad científica en una misma estructura teórica, en una idéntica constelación de compromisos del grupo, y en un determinado universo de ejemplos de resolución de problemas presentados en una disciplina. En este sentido, según Kuhn, no habría un solo paradigma propio de la comunidad científica internacional, sino varios que pueden estar siendo utilizados en los distintos campos, e incluso en una misma disciplina, como una especie de corpus de apoyo para la resolución de los problemas. Pero lo más relevante de esta concepción de Kuhn, es que los paradigmas no están fijos, sino que están en un proceso de transición. El cambio generalizado en la comunidad científica, de un paradigma por otro, constituye una revolución científica y marca un nuevo hito en el desarrollo de la ciencia en general.

Los paradigmas guían a los miembros de la comunidad científica, en su tarea rutinaria de la ciencia normal, indicando los caminos de acción y posibilitando la identificación y la interpretación de reglas que pueden abstraerse de la práctica en que están insertos. El paradigma específico que adquiere una comunidad científica mediante la preparación previa, les proporciona las reglas del juego y describe los elementos constitutivos con los que se ha de jugar. (2) Ahora, si hacemos extensivo estas nociones al ámbito de la psicología, entonces podemos colegir que Kuhn estaría recordando a los profesionales de la psicología, que éstos cuentan ya con diversos modelos explicativos que les proporcionan cierta confianza en la búsqueda de la anhelada validez, para asumir la tarea de observar y explicar las conductas individuales;  entre estos el psicoanálisis, el gestaltismo, el conductismo, el constructivismo, la logoterapia y otros. Por cierto, la noción de paradigma en el sentido kuhniano, no puede valorar o determinar la supremacía de uno sobre otros, toda vez que ello sería equivalente a  homologar énfasis distintos del comportamiento humano, a emparentar resultados observables distintos de los individuos, o  a concentrarnos en motivaciones personales distintas.

Por otra parte, si se pretende privilegiar un modelo explicativo propio de la psicología y atribuirle al mismo un alcance explicativo mayor y que sea factible de aplicar en la mayoría de las tareas de la psicología;  caemos en el riesgo de un reduccionismo epistemológico, puesto que las categorías centrales constitutivas de un modelo explicativo y que forman su eje directriz, no necesariamente son válidas  para  explicar las conductas de sujetos determinados con su particular realidad personal y sus propias vivencias históricas y sociales. Así, las categorías de “vida onírica”, “asociación libre de ideas”, y otras propias del psicoanálisis; no serían las más apropiadas para la conducción de un análisis de ciertos conflictos de un sujeto que tenga escasa fantasía y que de ordinario no recuerda sus sueños.

Empero ello podría ser el complemento de un proceso de análisis de las dificultades interpersonales, que pudiera tener un sujeto; en el cual el especialista, dentro de un proceso de terapia amplio y emergente, frente a un sujeto imaginativo, con una rica vida interior y de alto nivel intelectual; emplee el diálogo, el análisis de los sueños, estados de trance y algún fármaco como un ansiolítico u otros. Lo anterior pretende ilustrar como un modelo  en psicología clínica, tiene una cierta fuerza que radica en su consistencia interna y un alcance explicativo que depende tanto de la realidad personal del  observador como del observado, así como de la confianza que despierta entre sus pares, la utilización del mismo. Por otra parte, del ejemplo precedente, se desea colegir también que es perfectamente factible la convivencia de distintos paradigmas en una disciplina, especialmente en ciencias de la conducta; sin que ello signifique la depredación de otro o de los otros en boga.

Por cierto, dentro del universo de enfoques sobre la ciencia hay también posiciones radicalizadas y muy críticas sobre la forma de adquisición de los conocimientos; es el caso de Paul Feyerabend y su conocida tesis: “todo vale en el conocimiento científico”, popularizada a partir de la publicación de su texto: Contra el Método. Para este autor, en síntesis, la denominada racionalidad científica en que descansa el método científico, con sus cánones  y     parsimonia obligatoria, no corresponde a un espíritu verdaderamente crítico y pluralista que debería existir en el proceso de investigación científica, y que por tanto, esa forma tradicional de ejercer la racionalidad científica, no es el pilar en el que descansan los nuevos descubrimientos. Ello, toda vez que para Feyerabend, el conocimiento nuevo sólo se alcanza, justamente cuando los científicos se alejan de los elementos constitutivos del paradigma en uso en una disciplina y de una  identificación con el éxito y el progreso científico; esto es  cuando audazmente abandonan los procedimientos, métodos, reglas, criterios y valoraciones, propias del ámbito de la justificación dentro de la investigación científica. A su juicio, la aprehensión cognoscitiva acontece más bien al recurrir a una metodología que va más allá del paradigma vigente en las distintas ciencias particulares, y que permita arribar a  nuevas teorías sobre el fenómeno o sobre el objeto de estudio  específico; probando así, caminos insospechados, hipótesis aparentemente descabelladas, procedimientos alternativos de inducción y contraindución, y en general recurriendo a cualquier procedimiento que la imaginería del observador sea capaz de construir. De aquí  su expresión: “todo vale”. Por eso, dentro de la serie de ejemplos históricos con los que pretende ilustrar su tesis, recuerda a la revolución copernicana o el atomismo griego.

Y confronta también los estilos de trabajos de astrónomos y físicos para dejar de manifiesto que no usaban todos una metodología uniforme: “Ni Galileo, ni Kepler, ni Newton utilizaban métodos específicos bien definidos. Son más bien eclécticos, oportunistas. Naturalmente cada individuo tiene un estilo de investigación que da a sus trabajos una cierta unidad; pero el estilo cambia de un individuo a otro y de un área de investigación a otra.” (3) Así como también señala que los astrónomos de formación escolástica por ejemplo, se negaban a usar el telescopio y cuando los menos, procuraban utilizarlo, no veían nada; no veían las manchas solares, no veían las protuberancias de la luna, ni las lunas de Júpiter.(4) Lo anterior es comprensible, puesto que  estos astrónomos estaban enfrentando los observables a partir del antiguo paradigma  geocéntrico de Ptolomeo, y no desde el punto de vista de un Modelo heliocéntrico, como el que sostenían Copérnico y Galileo. Y por otra parte, es comprensible también dicha situación, toda vez  que  tal  como  hoy sabemos, cualquier instrumento científico requiere entrenamiento previo, requiere un acucioso dominio previo para interpretar adecuadamente los puntos, líneas, contornos y centros  de focalización de los ángulos o perspectivas desde donde se aborda al observable.

Lo rescatable para la psicología en este caso, es justamente la conveniencia de no cerrarse a la pluralidad de enfoques; puesto que después de todo, el psicólogo contemporáneo no puede olvidar que la biodiversidad comienza en las sencillas interrelaciones de las amebas, protozoos y otros seres vivos y termina hasta donde sabemos, en las complejas e infinitas posibilidades de reacción conductual de los seres humanos. Y si esto funciona en el ámbito biológico, con mayor razón en el ámbito de la vida privada y de las conductas individuales. De manera que la crítica de Feyerabend a la confianza extrema en el paradigma vigente, es un recordatorio, o un llamado a la tolerancia y a la mesura, en lo referente a la explicación de ciertos comportamientos, que puedan proporcionarnos los profesionales que trabajan con personas; puesto que si bien todos compartimos los niveles biológico, social y psicológico, de los que habla Itzighon, para dar cuenta de la realidad; (5)sin embargo, cada uno de nosotros  ha construido sus dos últimos niveles con diferentes circunstancias y peculiaridades, que nos llevan finalmente a estructurar nuestra unicidad y a  ser el que somos. Por tanto, es de esperar que el profesional de la psicología, sea justamente un exponente de los trabajadores sociales, o un tipo de servidor público, que se caracterice por dar explicaciones  cuidadosas, no apresuradas y que sin romper su compromiso científico y ético, le permita ir más allá del paradigma específico que en este  momento pueda estar en boga y logre el adecuado equilibrio de su  oficio que se desliza entre los criterios de amplitud de las humanidades y la objetividad de la ciencia.

Por su parte, esta comunicación quedaría escindida si no analizáramos e interpretáramos la obra piagetana, o al menos, parte de ella; toda vez que   Piaget desde el punto de vista de la psicología  ha jugado un doble rol: como  psicólogo y como epistemólogo y sus contribuciones provenientes de ambas áreas, han fortalecido la base empírica y teórica de ésta disciplina y le han dejado también un nuevo paradigma: el constructivismo. Este modelo explicativo, probabilístico, y dialéctico; no deja de asombrarnos; tanto por su ductibilidad, su flexibilidad y su riqueza dialéctica, así como por su persistencia en el tiempo. Este es el constructivismo o constructivismo piagetano, que entre sus características presenta claras aristas de actuar como un corpus metodológico o un conjunto de  procedimientos operativos para el estudio del conocimiento ontogenético y filogenético; dicho corpus, se nutre a su vez, de las categorías y teorías que le  aporta la epistemología genética, disciplina  que actúa como fundamento teórico, empírico e institucional y con la cual se fusiona en su ámbito de aplicación.

Piaget define la epistemología genética como “el estudio de la constitución de los conocimientos válidos” (6) o como “una disciplina que estudia el paso de un conocimiento de menor validez a otro de mayor validez” (7). En este sentido la epistemología genética aborda el estudio de las condiciones de validez   formal (la estructura lógica de los conocimientos) y las condiciones de hecho (las acciones específicas), relativas tanto al aporte del sujeto como del objeto en la estructuración del conocimiento. En la práctica, esta disciplina ya consolidada como institución social desde 1955, actúa como una ciencia abarcadora y posee un vasto rango explicativo. Incluye entre sus objetos de estudio; la génesis y evolución del conocimiento individual y el origen y desenvolvimiento del conocimiento científico; como también, en tanto cuerpo teórico, incluye  las distintas nociones y teorías que Piaget ha formulado para explicar el desarrollo  del conocimiento.

Entre estas, la Teoría del isomorfismo biología lógica, la teoría de la equilibración, la Teoría evolutiva de la inteligencia y la teoría del Círculo de las ciencias. Y en la práctica, utiliza el método de la psicogénesis y el método histórico crítico, sumado a la colaboración interdisciplinaria. Con estos elementos en su conjunto, la epistemología genética actúa entonces como una supradisciplina, tanto  por su fundamentación teórica y su apoyo empírico y actúa también  como  paradigma directriz para el trabajo en las distintas áreas de la psicología, de las ciencias de la conducta en general, e incluso en los campos de la historia de las ciencias, e historia de las ideas y en biología y otras, que quedan ubicadas dentro de lo que hoy se denomina “ciencias cognitivas”.

En rigor, la epistemología genética centra la atención en la génesis de los conocimientos y en todo el proceso de formación de los mismos, para delimitar los estadios evolutivos de acuerdo a la presencia y dominio de determinadas estructura lógico-matemáticas, que  deberían acontecer en dichas fases.     Desde el punto de vista de la  epistemología genética  el conocimiento es un proceso verificable, y justamente el mismo, entonces es posible de verificar experimentalmente o de observar lo  que se deduce en los procesos 1ógicos; es decir, un resultado, un punto al que se llega. En el caso del sujeto, el resultado observable son sus procedimientos operatorios que muestran el dominio de determinadas estructuras 1ógico matemáticas. Por tanto, se trata de un paradigma que privilegia las estructuras, o más exactamente el proceso de construcción de estructuras inserto en la evolución cognoscitiva individual o de un cuerpo científico. Piaget lo expresa en estos términos: “…si todo conocimiento es siempre un devenir que consiste en pasar de un conocimiento menor a un estado más completo y eficaz, resulta claro que de lo que se trata es de conocer dicho devenir y de analizarlo con la mayor exactitud posible.” (8)

Desde este punto de vista, por tanto, se concibe el desarrollo del conocimiento como un proceso que incluye estadios en permanente construcción, donde cada situación previamente conectada a otra anterior, está pronta a transformarse en un nuevo período evolutivo de mayor riqueza cognoscitiva. Y parte de un supuesto previo que podemos considerar como un factum evolutivo; esto es que si un sujeto alcanza un determinado hito evolutivo y el dominio de las estructuras lógico operativas de dicho período, necesariamente tiene que pasar al siguiente, que lo deja en una nueva situación de mayor equilibrio y riqueza cognitiva para adaptarse al medio y para asimilar del mismo los elementos más apropiados para su mejor interacción con el medio y con los otros. Así, siempre dentro de una marcha ascendente hacia el progreso y el mayor equilibrio, entendido éste como un nivel de mayor dominio de estructuras operativas y conductuales que adquiere el sujeto para enfrentar los nuevos posibles. Luego, desde la perspectiva constructivista piagetana, todo el proceso de elucidación del desenvolvimiento cognitivo y los observables previamente seleccionados y que concitan la atención del investigador, para su   análisis posterior; apunta a las estructuras. Así, la tarea de los psicólogos situados en las distintas áreas de su profesión, imbuidos del paradigma constructivista, sería equivalente a una tarea sistemática que apunte a explicar la génesis y el dinamismo de las estructurasen los individuos o en los cuerpos disciplinarios.

Lo anterior, permite comprender porqué este Modelo explicativo del desarrollo cognitivo, es conocido también como un Modelo de equilibrio aplicado al desarrollo mental, o como una concepción del equilibrio en el desarrollo. (9) Se denomina así, puesto que da cuenta del proceso de intercambio continuo de un organismo con su medio, caracterizado por constantes interacciones sujeto – objeto que posibilitan los diversos estadios de equilibrio y las diferencias cualitativas entre dichos estadios.

Por tanto, se observa que este paradigma, tiende a la explicación global del desenvolvimiento del conocimiento y su máxima pretensión es organizar los fundamentos científicos de dicha forma de aprehensión. En este sentido, la epistemología piagetana, continúa la labor de la epistemología tradicional y sigue siempre en su campo delimitado de trabajo, la investigación de la marcha cognoscitiva; Popper, también reconoce este tema como el leit motiv de la epistemología; al respecto señala: “… el problema central de la epistemología ha sido siempre y sigue siéndolo, el del aumento del conocimiento. Y el mejor modo de estudiar el aumento del conocimiento es el estudio del conocimiento científico.” (10) Así, este Modelo  considera que al dar cuenta de las estructuras lógico–matemáticas que participan en la inteligencia se puede llegar a la estructura del mundo, previa colaboración de las ciencias experimentales.

En la actualidad, las investigaciones en ciencias sociales tienden a seguir algunos de estos significados aquí analizados, en el empleo de la noción de paradigma. Claro está, en todo caso, que los distintos estudiosos de las disciplinas sociales, muestran algunas correlaciones entre sí y también algunas divergencias en cuanto al empleo de dicho término. De este modo, la función final de la investigación social varía en su énfasis, dependiendo del paradigma al cual se adscriben consciente o inconscientemente los  investigadores. Más recientemente, el término “paradigma” se populariza aún más, con la difusión del vídeo “Descubriendo el futuro” (1984), del futurólogo Joel Barkel; quien, presentando amenamente diversos ejemplos de innovaciones tecnológicas e industriales, tales como los relojes digitales y la fotocopiadora, lo hace extensivo al ámbito tecnológico, al campo de la industria, de la mercadotecnia y de la gestión empresarial en general; que se habrían implantado en el mercado internacional, como consecuencia de la audacia en la introducción de una novedad en el procedimiento o en los campos mencionados; empero como este sentido escapa a los intereses de los profesionales de psicología, nos limitamos sólo a dar cuenta de su existencia.

Una noción de paradigma más vinculada a la función de la investigación social, tendiente a la comprensión y explicitación de la realidad, la encontramos por ejemplo en Briones: Un paradigma es una concepción del objeto de estudio de una ciencia, de los problemas generales a estudiar, de la naturaleza de sus métodos y técnicas, de la información requerida y, finalmente, de la forma de explicar, interpretar o comprender los resultados de la investigación realizada.(11). Aquí se atribuye un fuerte énfasis a la interpretación de los resultados, ámbito en el cual de ordinario en ciencias sociales, queda abierto a lecturas disímiles frente a un mismo fenómeno social; lo cual es muy frecuente en estudios sociológicos e históricos.

La función final en rigor, se centra en el nivel de conocimiento que se desea alcanzar. Así por ejemplo, desde la perspectiva del paradigma marxista, la función final de la investigación social es explicar la estructura y las leyes del desarrollo de la sociedad y en este contexto la casuística  que se estudie en psicología tendría principalmente su génesis en las particularidades de la interacción estructura y superestructura de la sociedad. Y si se considera el paradigma analítico-explicativo la función final de la investigación social sería la obtención de una descripción y explicación  de  la dinámica social. Y si se considera el paradigma cualitativo-interpretativo, la función última de la investigación social sería principalmente  la interpretación de la conducta del individuo en sociedad. Lo anterior, es conveniente tenerlo presente para cualquier estudio de carácter social, toda vez que la descripción y explicación que un autor logre alcanzar sobre la realidad social, estará por tanto comprometido con el Modelo explicativo utilizado, constituyendo  así una aproximación entre teoría-hipótesis hechos, que puede ser más o menos alcance explicativo que otras, pero nunca será la definitiva.

Conclusión

Tal vez el uso exacerbado que hoy se hace de la noción de paradigma, en los distintos campos, incluso más allá de las ciencias sociales; nos recuerde justamente eso: que la validez de la explicación que podamos obtener sobre un campo acotado, en este caso la psicología, tiene alcance sólo dentro de los conceptos básicos implícitos de la teoría elegida.

Generalmente también,  la preocupación por el tema de los paradigmas, trae a la discusión interrogantes que son de clara naturaleza epistemológica (principalmente de índole metodológico – descriptivo) y que sobrepasan los limites de los acotados campos científicos. En general son preguntas como las siguientes ¿qué criterios utilizan los científicos para elegir una teoría y abandonar otra?, ¿por qué medios las ciencias obtienen el conocimiento?, ¿cuál es la noción de verdad en ciencias?, y otras referentes por ejemplo a la clasificación,  y a los aspectos éticos de las ciencias. Extrapolando esas inquietudes bien podemos preguntarnos, acerca de los criterios que usan los psicólogos para abandonar una teoría (por ejemplo conductista o gestaltista), y privilegiar un enfoque rogeriano u holístico, por ejemplo. Tales cuestiones no son  posibles de responder únicamente desde el terreno de los hechos, o de la casuística del ejercicio de la profesión del psicólogo, o de la simple armazón teórica de la psicología como disciplina social y experimental. Por tanto, se requiere de un análisis epistemológico amplio, o de una metateoría sobre el aparataje cognitivo de las ciencias, por así decirlo. Y aquí otra vez, está la epistemología como norte para el psicólogo contemporáneo.

Por lo anterior, se estima que la epistemología, como disciplina, está  vigente como otro camino más, para la búsqueda y comprensión de la validez del conocimiento específico aportado por la psicología y para la interpretación del mismo, inserto en el dominio del conocimiento universal. Está también para recordarles a los psicólogos y a otros profesionales vinculados a las ciencias de la conducta, que si bien son los métodos científicos los que nos  proporcionan objetividad, tal objetividad no es algo interno a los mismos.  La objetividad no está en los métodos; está en los “informes” acerca de los hechos que estos nos proporcionan, es a partir de aquí donde  resulta la armonía universal en la comunidad científica como ya lo señalara en su tiempo  Poincaré. (12)

Notas:

1. Cf. Kuhn, Thomas S.: “Los paradigmas científicos”; Barnes, B. et al.: Estudios Sociales de la Ciencia, Alianza Editorial, Madrid, 1980., p.89.

2. Ibídem., p.94.

3. Cf. Feyerabend, Paul: Contra el método, Ariel, Barcelona, 1981; p. 48.

4. Ibídem.; p.49.

5. Cf. Itzigsohn, José et al. : Estudios sobre psicología y psicoterapia, Ed. Proteo, Bs. Aires, 1984, p.87.

6. Cf. Piaget, Jean: Logique et connaissance scientifique, Gallimard, París, 1967; p.6.

7. Ibídem.;

8. Piaget, Jean: Psicología y epistemología, Ariel, Barcelona, p. 13

9. Cf. Flavell: La psicología evolutiva de Jean Piaget, Paidós, Bs. Aires, 1968; p. 37.

10. Popper, K.: La lógica de la investigación científica, Técnos, Madrid, 1971; p. 16.

11. Cf. Briones A., Guillermo: “Epistemología de la investigación”, Módulo I, Curso Educación a distancia: Métodos y Técnicas avanzadas de investigación aplicadas a la educación y a las Cs. Sociales., Stgo., 1989.

12. Poincaré, Henri: La valeur de la science, Flamarión, parís, 1970; p.184

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