FILOSOFÍA

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Zenobio Saldivia M.
U. Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile.

Introducción

La noción “edad contemporánea”, pretende por un lado, abrir y cerrar cronológicamente el último plexo histórico; por otro, persigue estandarizar cognoscitiva y culturalmente un contexto dinámico del género homo, en su propia marcha histórica. Pero ¿logra efectivamente ambos cometidos? Las otras categorías conceptuales que delimitan los restantes grandes períodos históricos, expresan una significación demarcatoria bien definida cronológicamente, para cubrir universos de tiempos y eventos ya totalmente decanta- dos; en este sentido, son elementos teóricos que fijan y cierran trozos de la marcha histórica en sus aspectos cuantitativos y cualitativos. Y por tanto, no se agotan en una mera cuantificación cronológica, sino que también llevan implícita, en el plano cualitativo, por el factum de la denominación que cada período sugiere ya a priori, un marco cultural y axiológico definido para estos otros hitos.
Pero la noción “edad contemporánea”, ya sea en su rol cuantitativo o cualitativo, ¿cómo puede cerrar lo que aún está inacabado? Es cierto que la categoría que analizamos denota una apertura de tiempo y de acción, como producto de la asignación cronológica que le corresponde por definición: 1789; empero, esta abertura conlleva una dificultad y una pretensión.

Época Contemporánea: su enorme extensión cronológica

Lo primero, alude al hecho de que si bien desde la perspectiva de la marcha histórica, una asignación cronológica de poco más de dos siglos es una extensión breve y reducida para construir una explicación de lo que en dicho período hubieren ejecutado los hombres, y por tanto, no debería pre-sentar mayores dificultades; el inconveniente está en lo que cualitativamente sucede en dicho lapso de tiempo. Así, sabemos que en este período los cambios ocurridos en la sociedad, y los que están acaeciendo en estos momentos; han sido y son tantos y tan profundos, que han dejado o están dejando una impronta que todavía no logramos definir ni explicar a cabalidad. Y por otra parte, los sucesos están tan encima de nosotros que no alcanzamos a decantarlos debidamente; además, nosotros, en tanto participamos de un presente histórico que queda incluido en un corte artificial, que tiene principio cronológico pero que carece aún de cierre temporal -según la última categoría de periodización- somos doblemente actores y espectadores del devenir histórico que hay que explicitar. Entonces, no resulta difícil comprender que puntos como los señalados, constituyen el corpus de la dificultad que se hace ostensible al emplear la noción “edad contemporánea”.
Así, eventos políticos tan cercanos, como la destrucción de las torres gemelas en Nueva York (Septiembre del 2001), o acontecimientos económicos como la crisis asiática y la depresión rusa, que acontecieron ambos en 1998; o sucesos de carácter científico más distantes, como la expedición cien- tífica del naturalista Alexander von Humboldt a América (1799-1804); o los juicios político-ideológicos formulados por José de Maistre, quien en 1793 expresa públicamente que en las logias de Francia hay una mayoría de masones revolucionarios pero que ellos no son los responsables de la violencia desatada por ejemplo; son todos eventos que situados dentro de la lógica de la división histórica vigente, requieren también de un análisis no sólo como eventos históricos en sí mismos, sino como formando parte de un universo de acciones y de ideas sustantivas dentro de un mismo período.
Así, en este caso, el modelo explicativo historiográfico vigente, nos obliga a considerarlos como formando parte de una misma era histórica: la Edad Contemporánea. Lo precedente, nos recuerda que el conjunto de acontecimientos que encierra la categoría de periodificación en comento, incluye avatares de naturaleza muy distinta; y si bien, ello no es un óbice para la reconstrucción histórica, indica claramente un desafío, una constante a que se ve enfrentado el estudioso interesado en el discurso historiográfico; y en especial, al utilizar la categoría que se refiere a la última lonja de división histórica, para otorgar unidad de sentido a eventos tales como los mencionados.
Ahora, como el contenido semántico de la noción “edad contemporánea”, alude a un estadio inacabado dentro de la marcha histórica; las valoraciones continúan expresándose sin darnos un marco referencial fijo como para aprehender la fisonomía propia del período; para encontrar ese entramado básico que nos permita comprender las formas de vida, las visiones de mundo o las realidades sociales y políticas de esta era que se encuentra en pleno desenvolvimiento. Dicha situación, tiene que ver con una falta de distanciamiento del historiador frente a las acciones y a los discursos de la época, lo que claramente dificulta el encuentro de una primacía de la semasiología del período; esto es, de la posibilidad de encontrar un cúmulo cognitivo y axiológico esencial, altamente relevante, que interprete coherentemente tanto el plano de la praxis como el ámbito espiritual, valorativo o cultural de esta etapa, para que luego, una vez supuestamente identificado dicho genio oculto de esta era; baste la simple denominación de la categoría de división histórica, para que salte en la reconstrucción histórica, o en la interacción dialógica de los especialistas, el espíritu de la época. Luego, si se pretende comparar la fisonomía peculiar de cada era, a partir tópicos cualitativos considerados esenciales para cada uno; se estarían confrontando tres hitos o universos históricos ya cerrados en el tiempo, con una cuarta clase que es sólo una porción de una era; porción significativa, pero porción al fin y al cabo porque continúa abierta.
En rigor, todavía no es posible hacer tales confrontaciones globalizantes entre los contenidos ideológicos y culturales significativos de las restantes categorías de periodización y la noción “edad contemporánea”. Esto se comprende porque la noción categorial que nos interesa, en tanto enuncia un hito que no posee una demarcación cronológica de cierre, en la práctica de los cometidos historiográficos, es como si no tuviera fondo. Y al ser justamente la última y no estar totalmente decantada, se produce una curiosa paradoja: por un lado, sucede que justamente en esta era se ha logrado la máxima capacidad de dominio sobre la naturaleza y acerca de la comprensión de los fenómenos del universo, que el hombre ha alcanzado. Y corresponde también, a un hito en que se cuenta con infinitos recursos científicos y tecnológicos para recabar información, que van desde las fuentes bibliográficas tradicionales hasta los documentos, las imágenes, los discursos y los medios propios del mundo virtual y cibernético abierto a partir de los o Así, aunque se formulen desde el presente, nuevas teorías sobre las causas o consecuencias de uno o más acontecimientos relevantes que quedan insertos en tal o cual hito histórico -salvo el que denota la categoría “edad contemporánea”- nuestro intelecto percibe dicha etapa histórica como irreversiblemente detenida en el pasado.
Lo propio acontece si se llegan a descubrir pruebas de la participación de nuevos actores sociales vinculados a una gesta en particular; o si se adquiere algún conocimiento de eventos acaecidos en las anteriores etapas de la marcha histórica o incluso, si se realizan audaces interpretaciones sobre una consecuencia específica de un hito evolutivo previo a la categoría histórica que nos interesa. Siempre, en todos estos casos, nuestra percepción intelectual incorpora estas adquisiciones cognoscitivas como algo perteneciente a universos ya fenecidos; como algo propio de un pasado irreversible. Y es entonces, a partir de esta operación, que internalizamos las nuevas estructuras explicativas.

Época contemporánea e inconmensurabilidad

Por otra parte, al historiador le pesan también, tanto el factum de la inconmensurabilidad como el de la finitud; el primero, toda vez que no puede cubrir la universalidad del accionar humano, y por ende, debe limitarse a una selección. La visión de una forma historiográfica omniabarcadora, que dé cuenta de todos los fenómenos en que ha participado el hombre es una ilusión y un imposible lógico; esto, porque no tenemos ni la capacidad necesaria para cubrir tal derrotero, ni contamos con las fuentes documentarias relevantes para dar cuenta de los sucesos de muchos estadios de la marcha histórica. E incluso, en el supuesto extra-histórico de que existiera tal acopio de material y se contara con una meganarración que explicitara todo lo acaecido; tampoco estaríamos en condiciones de leerla, conocerla, o internalizar- la conscientemente; ni siquiera en varias generaciones; éste es el otro factum, el de la finitud, porque los avatares del ser humano continúan, y éste, en tanto es un ser histórico y temporal, no puede pasarse siempre únicamente en la mera contemplación del pretérito, sino también en vivir, en hacer historia en el presente, o acerca de lo presente, pues no es eterno ni puede trascender el tiempo en términos físicos. En este sentido, Karl Jaspers es muy sabio cuando señala que: “La totalidad de la historia, en suma, no se presenta verazmente en una visión ni como realidad ni como sentido.” La salida está pues, en la delimitación, en la selección; con ello se mantiene el eterno diálogo del hombre con otros tiempos, y por tanto, consigo mismo. Así, en esta continua tarea de traer una y otra vez nuevas reconstrucciones históricas, se va uniendo el pasado y presente y se hace posible la comprensión de la gesta histórica; empero ello no puede hacerse alejado totalmente de lo real, de lo concreto, y debe contar con conceptos generalizadores. Y entre estos, las categorías de periodificación.
En este contexto, los individuos interesados en algún tipo de estudio histórico y que estemos insertos en el último plexo histórico; intentamos romper ese determinismo a que se aludía con los facta de la temporalidad y la finitud, y queremos penetrar un poco a la fuerza en el marco bullente y dinámico de otras épocas, con la ayuda de todos los procedimientos histórico-metodológicos que hemos desarrollado o de los que seamos capaces de inventar. Entre estos recurrimos por ejemplo: al análisis crítico, a la interpretación audaz, al empleo de conceptos categoriales, a la confrontación documentaria, a la formulación de hipótesis, o al uso de modelos explicativos; para obtener así, las claves mínimas que nos permitan la anhelada reconstrucción histórica.
Empero, el concepto categorial “edad contemporánea”, lleva implícito una aporía, pues su denominación sugiere un límite impredecible que corta y no corta el presente. En efecto, si bien indica un corte histórico y cronológico para el inicio del período; este concepto sólo logra perfilar un contorno connotativo y denotativo para el universo abierto social, político y cultural, que continúa en plena expansión, totalmente vivo e inacabado. Justamente, por su pretensión de acotar un tiempo que se hace extensivo hasta el presente, continúa absorbiendo tácitamente en el marco de su significación, todas las adquisiciones cognoscitivas que logra el ser humano y va potenciando de este modo su denotación. Esto se repite así, cada vez que traemos a presencia la categoría en cuestión.
Por otra parte, como la noción que nos interesa, ha estado empleándose para tipificar cronológicamente a estas dos últimas centurias y pico, entonces pretende cumplir una función demarcatoria dentro del espacio-tiempo en que interactuamos como seres humanos. Esto parece legítimo, toda vez que es menester atender debidamente a la satisfacción de las necesidades de análisis diacrónicos y sincrónicos, acerca de otros grandes períodos históricos o de instantes vinculados al desenvolvimiento de nuestra propia era. Y esta última, en su condición de objeto de estudio; ora como un todo, ora como porciones significativas de la misma, también es permeable al análisis -o cuando menos- debería tener un marco temporal delimitado para eventuales interpretaciones que permitan acercarnos a nuestra autognosis.
En este sentido, la noción “edad contemporánea”, obedecería al mismo propósito operativo que las otras categorías de periodificación: delimitar un universo, esbozar un inicio y un final de la praxis humana, en un tiempo y espacio acotado; esto es, instalar ciertos hitos cronológicos convencionales que sirvan de base al discurso historiográfico. Tales cortes artificiales, facilitan la atención del historiador para seleccionar determinadas actuaciones individuales o colectivas relevantes, dentro del sinnúmero de expresiones de la praxis humana que connota per definens el período, y frente a las cuales tiene que elegir para lograr la síntesis explicativa. Por otra parte, dentro del discurso historiográfico; el empleo de estos hitos, contribuye a precisar mejor el tiempo cronológico en que tales eventos seleccionados efectivamente sucedieron, y del cual o de los cuales, se está realizando el proceso de formulación de interrogantes y la obtención de relaciones. Todo lo cual, conducirá finalmente a la anhelada inteligibilidad, a la coherencia significativa que logre vertebrar los sucesos escogidos por el autor; arribando así, a una explicación original sobre los acontecimientos, dentro de la lógica de lo posible que permiten estos parámetros metodológicos convencionales.
Así, aunque el concepto categorial “edad contemporánea”, no satisface totalmente las exigencias demarcatorias y a pesar de que posee un doble estándar como hemos visto, y a pesar de que muchos autores se rebelan contra ellas porque la consideran una de las últimas expresiones del racionalismo tradicional en la disciplina, continúa vigente en la comunidad de historiadores. Está ahí como parte del aparato historiográfico, para colaborar en el análisis y explicación de las tendencias más generales observables en la fracción de tiempo que encierra por definición. En todo caso, tal como ya hemos señalado y como se verá más adelante con detención; un acuerdo explícito, o al menos tácito para su uso, no existe en la actualidad como algo plenamente generalizado o institucionalizado, y muchos intentan obtener la explicación histórica a partir de la denominación de sus propias categorías; pero no son más que eso, intentos que no logran el consenso entre los espíritus de la comunidad de historiadores y de los cientistas sociales en general.

¿Un nuevo hito es posible?

Ahora, en el supuesto de que la comunidad de historiadores y los miembros de comunidades afines, decidan implantar un nuevo hito de periodificación, necesitarían sólidos argumentos teórico-filosóficos y criterios específicos tendientes a facilitar la presentación de la reconstrucción histórica. ¿Qué parámetros van a emplear para tipificar a esta nueva época emergente?, ¿primará la tendencia a nuclear el devenir en torno a la actividad política?, como ha sido la tónica en la historiografía, ¿o tal vez el énfasis gire alrededor de una línea histórico-economicista que esté más de acuerdo con el mundo globalizado?, ¿o tal vez el epígrafe esperado denote un fuerte interés en seguir el desenvolvimiento científico, pro historia de las ciencias por ejemplo?, ¿o quizás se aprecie la primacía de un discurso moralizante?... en fin; cualesquiera sean los criterios seleccionados, los problemas serán numerosos y muy complejos.
Lo anterior, ilustra algunas de las dificultades existentes para encontrar un nombre apropiado a la nueva época histórica -cuya identificación cualitativa y temporal- permitiría desprenderse del uso desmesurado, vago e inconstante que se hace en la actualidad de la noción categorial “edad con- temporánea”, tanto en los círculos historiográficos como en el discurso comunicacional en general.
Para arribar a un nuevo epígrafe que goce del consenso de los especialistas, parece ser necesario cubrir adecuadamente las necesidades de la tríada: - locus - tempus - explanandum - que de ordinario se emplea sin decirlo en el discurso historiográfico. El primer término, alude a un aspecto puramente cuantitativo y demarcatorio; el segundo, es cuantitativo y cualitativo; y el último, es esencialmente cualitativo. Así, el locus es una invariante historiográfica que sugiere la determinación del lugar geográfico en que acontece tal o cual evento significativo de la praxis del ser humano. Ello, porque cualquier agente histórico, está inmerso en un contexto espacial y geográfico, como parte de nuestra peculiar condición biológico-antropológica como simple ser humano; y es en este sentido, que contribuye a dar un corte a los períodos históricos.
Lo anterior, alude a la imposibilidad que momentáneamente manifiesta la historiografía actual, para encontrar un exergo que exprese un corre- lato más feliz entre la denominación del último hito histórico vigente y el universo efectivo de acciones, creaciones, pensamientos y eventos humanos aún en curso, que éste debiera cubrir por definición. La dificultad se comprende, si tenemos presente que tal denominación debe cumplir un rol operativo integrador; es decir, satisfacer desde luego el nivel de exigencia del discurso historiográfico; pero también -en cuanto a su fundamentación- no puede alejarse de la lógica, de la semántica, de la filosofía, o y de las ciencias humanas en general, entre otros requerimientos. Empero, lo más cualitativo del período, parece descansar en su propia dinámica; esto es, en la velocidad, en la diversidad y en la extrema complejidad con que se suceden los acontecimientos. En este contexto ¿por qué no intentar la colaboración interdisciplinaria para encontrar ese soplo perdido y oculto del período? Después de todo, esta época presenta una gigantesca cantidad de eventos, de producciones intelectuales, de novedades, de incrementos materiales, de interacciones y de una mentalidad en gestación muy diferente a las anteriores. Por tanto, se entiende entonces que a los gestores del discurso historiográfico, les cueste dar con la esencia vital del período; se comprende que se les haga difícil encontrar un nódulo cualitativo desde el cual cobren sentido los ejes interpretativos para esta franja histórica en la cual estamos inmersos.
En dicho estado de cosas, la mirada interdisciplinaria haría más factible la determinación de los rasgos del mundo que se desea cerrar. Así, cuestiones tales como los hábitos lingüísticos, la extensión cognoscitiva, el mundo axiológico, las preocupaciones histórico-literarias por el género, la diversidad cultural, los eventos políticos, la dinámica de la comunidad científica, o la imaginería del tipo de hombre peculiar que hemos construido con nosotros mismos en este lapso de tiempo; entre otros tópicos provenientes de disciplinas como las que hemos mencionado con antelación, podrían contribuir a encontrar los grandes centros temáticos, a sacar a presencia el perfil subsumido en lo ignoto. Así, análisis paralelos en estas disciplinas podrían actuar entonces, como un denominador común, que ayudarían a su vez al encuentro de la designación categorial más apropiada para la era que nos interesa.
La falta de acuerdo intersubjetivo, es pues, la principal dificultad para decirle adiós a la categoría “época contemporánea”; esto no quiere decir que no se pueda alcanzar la intersubjetividad para este punto, sólo indica que no se han encontrado los fundamentos filosóficos, lógicos y principalmente históricos y sociológicos, claramente convincentes para obtener el punto cronológico de cierre de la época en la cual estamos insertos. Después de todo, han sido los propios historiadores los que en su propia praxis y consensuadamente, aceptaron los epígrafes de periodización vigentes; ello a través del uso masificado y de la repetición sistemática, por tanto, también es perfectamente posible, que estén llanos a aceptar una nueva demarcación adecuadamente fundamentada.

Uso poco claro entre Tiempos Modernos y Época Contemporánea

En el discurso cotidiano, para aludir a los elementos cognoscitivos o culturales propios de la época contemporánea; se utilizan indistintamente, con cierta frecuencia, tanto la voz compuesta “tiempos modernos” como la categoría denominada “época contemporánea”. Este fenómeno socio-cultural parece estar vinculado a su vez, con una práctica muy extendida de falacias de vaguedad y ambigüedad en el uso del concepto “moderno”. En el lenguaje escrito por ejemplo, podemos encontrar millares de errores de este tipo que ilustran lo anterior. Así, en una revista de difusión científica se lee: “En estado consciente, un enfermo medieval podía soportar que le extrajeran una muela, incluso que le amputaran un miembro para salvarle la vida, pero el hombre moderno, ni siquiera es capaz de imaginar aquellos tormentos. La medicina operatoria hoy es impensable sin la anestesia.”
La cita anterior, muestra como el concepto “moderno”, aquí es utilizado como análogo a “contemporáneo”, pues el texto alude claramente a una adquisición cognoscitiva de la medicina: la anestesia. Y sabemos por la historia de las ciencias, que esta comienza a ser utilizada por J.Y. Simpson a partir de 1847 (anestesia con cloroformo); esto es, en plena época contemporánea, según las categorías de periodización vigente.
Y en el ámbito de los historiadores, la confusión también está presente, por ejemplo Paul Johnson publica Tiempos Modernos: La Historia del siglo XX desde 1917 hasta la década de los 80. Entonces como debemos interpretar este epígrafe? Si los contenidos interpretados corresponden a lo que los historiadores denominan Época Contemporánea?
Otros hablan de Posmodernidad para incluir los sucesos de esta época, por ejemplo Frederic Jameson, que estudia la lógica cultural del capitalismo; Morales Moya, que estudia la narración histórica en autores como Paul Ricoer, o Agapito Maestre, en su texto: Modernidad Historia y Política.
Y en el plano de los medios comunicacionales, los ejemplos son numerosos, veamos: En la Enciclopedia Encarta, se lee: Cuadros Familiares de la Era Moderna: La era moderna abarca los rápidos cambios, económicos, políticos y sociales de los siglos XIX y XX. Esta colección de pinturas desde 1784 hasta 1948, demuestra que las transformaciones que se produjeron en la época quedaron reflejadas en los movimientos artísticos de este período.
También en la vida diaria, se utiliza la voz “moderno”, por ejemplo, con el propósito de ofrecer a una masa consumidora una serie de productos considerados como dinámicos, novedosos, portátiles, fáciles o prácticos; es decir, como algo muy opuesto a objetos o cosas antiguas, añosas, obsoletas, toscas, pesadas o mecánicas. Así, en ciertos programas televisivos, se habla de “vestimenta moderna”, para dar cuenta de los vestidos utilizados por las modelos en sus últimas exposiciones. Tales prendas, por lo general, son extremadamente audaces en el diseño y en la capacidad de transparencia de los mismos, para mostrar mejor la anatomía femenina, y corresponden ora a fibras sintéticas tales como: nylon, polyester, dralón, prolén, vinylón, poliamida, spandex y otras; o bien a fibras artificiales de origen celulásico como la viscosa y el rayón, entre otras. Los ejemplos anteriores, por tanto; nos permiten apreciar como en el discurso habitual de muchos medios de comunicación, se manifiesta explícitamente la idea de que nosotros, los sujetos contemporáneos del Siglo XXI, somos los modernos y los que participamos de la modernidad. Se olvida así, que ya los hombres cultos de fines del dieciocho, se sentían modernos porque su ideario ilustrado, concebía la razón como la base absoluta para la comprensión de todos los fenómenos de la naturaleza y la sociedad, y porque la misma principiaba a criticar no sólo los juicios de las autoridades tradicionales y consagradas; sino también al fundamento mismo de tales potestades. E incluso un siglo antes, ya filósofos como René Descartes, Francis Bacon y otros, se sentían tan modernos como los mencionados. El primero por ejemplo, construye su sistema filosófico a partir de unos pocos axiomas rigurosos, como un método geométrico y con dichas reglas estima lograr la comprensión de las cosas por la confianza en la subjetividad; la res cogitans permanece ajena a la res extensa, con lo cual todas las verdades pueden deducirse de la razón. Esta nueva convicción defendida por Descartes, y da paso al desarrollo de la idea de modernidad según la mayoría de los autores. Y en el caso de Francis Bacon, también es considerado uno de los exponentes de la idea de modernidad, porque se percata de la enorme proyección del método experimental
Ahora bien, ¿si ya los miembros de la elite intelectual y científica del siglo XVII se conciben como modernos, entonces por qué nosotros también nos autocalificamos así, más de trescientos años después?; o bien, ¿si ya los ilustrados de fines del siglo XVIII se percibían a sí mismos como modernos?,¿porque nosotros que estamos entrando al tercer milenio también? y si a su vez, los líderes políticos y militares de la América del Siglo XIX también se sentían plenamente partícipes de los tiempos modernos ¿por qué nosotros hacemos lo propio? ¿Acaso no somos contemporáneos? Así, ¿Por qué existe tanta confusión y ambigüedad en el uso de esta categoría?
Nuestra hipótesis es que esto es el resultado de una práctica historiográfica que no contó con un riguroso análisis previo ni de los historiadores ni de los filósofos, en especial estos últimos porque han trabajado muy poco la noción compuesta: época contemporánea. Fue un olvido y un error.

Conclusiones

1. Los hitos de periodificación cumplen en la historiografía, un rol operativo análogo al que desempeñan los principios lógicos. Estos últimos sirven de soporte para toda clase de demostraciones lógicas, matemáticas o deductivas en general; pero ellos son indemostrables racional o empíricamente, pues toda demostración formal parte de la aceptación de tales principios. La historia, es pues, inevitablemente la reconstrucción inteligible de períodos.
2. La explicación histórica sin algún tipo de periodificación resultaría inabarcable para nuestra inteligibilidad; pues así como el lenguaje está compuesto de silencios y palabras, la síntesis histórica, necesita también ciertos cortes equivalentes a los silencios del lenguaje, para que éstos actúen como referentes demarcatorios de universos que encierran contenidos antropológicos, sociales políticos, axiológicos o cognoscitivos, entre otros; pues el todo, la marcha global de la historia en su devenir mismo, es una invariante que no puede cubrir el discurso histórico. Luego, los cortes de periodificación contribuyen a la búsqueda de sentido de los acontecimientos previamente seleccionados por el investigador, al delimitar grandes trozos del quehacer humano que facilitan así la explicación de los mismos.
3. En el caso del último hito demarcatorio, se hace cada vez más difícil su uso, porque la propia significación primigenia propuesta por los especialistas dentro de la comunidad de estudiosos de la historia, ha llegado a sus límites máximos cronológicos y cualitativos posibles, y porque en el marco social, dicha categoría ha sido desbordada más allá de su sentido tradicional, debido al empleo confuso, amplio, exacerbado, ambiguo y tergiversado que se hace de la misma; principalmente en el discurso comunicacional y en el lenguaje cotidiano.
4. La cuestión de la periodización, y en especial el fundamento teórico para la utilización o no de tales nociones si bien es un tema de interés obligado en ciencias humanas y en ciencias sociales, es también un tópico de claro contenido epistemológico, propio de la filosofía de las ciencias. Por tanto, el análisis del mismo como problema teórico, se abre ahora a nuevas disciplinas, a las humanidades y a la interdisciplinariedad en general, trascendiendo el marco tradicional y exclusivo de la historiografía.
5. La comunidad de historiadores no ha facilitado las cosas para la debida comprensión del significado de la noción “edad contemporánea”, en cuanto a su uso en los círculos cultos, ni en aquellos relativamente bien informados. Y en segundo término, también los exponentes de la filosofía actual, han dejado solos a los historiadores al no abordar en profundidad el examen ni la crítica de la categoría en comento, como parte de grandes sistemas metafísicos, que puedan servir como antecedentes sobresalientes para fundamentar la conveniencia de abandonar el uso del epígrafe actualmente vigente, o para instaurar un rótulo nuevo.
6. La historiografía está en una crisis epistémica pues aún no ha cambiado el paradigma vigente sobre el último hito histórico, pero cada vez hay más voces que sugieren la conveniencia de encontrar un nuevo marco de periodificación. Los cambios de paradigma son más frecuentes en los momentos de crisis sobre los fundamentos filosóficos de una disciplina, o sobre la efectividad de la metodología tradicional de la misma; o mejor dicho, cuando una ciencia particular alcanza un nivel superior de autocrítica epistemológica.
7. El concepto categorial “edad contemporánea” está implícitamente amenazado de abandono, puesto que por un lado es prácticamente imposible que se mantenga en uso, en virtud del agotamiento de la intención semántica producto de la simple inercia de su prolongación en el tiempo. Por otro, porque lo esencial de su denominación y de su referencia, la alusión a una homogeneidad axiológica, o a una cierta unidad de estructuras de pensamiento, ha sido sobrepasado por la propia praxis de nuestro actual período.

Bibliografía empleada
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