ENSAYOS

Zenobio Saldivia M. Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile.  

Resumen: Se analiza la visión  de la naturaleza que nos han dejado los viajeros y científicos que visitaron el Archipiélago de Chiloé durante los siglos XVIII y XIX, y se destaca el asombro que sobre ellos ejerció dicha región, y el impacto que las peculiaridades de la gea, flora y fauna de Chiloé, tuvieron en la prosa científica de los sabios ilustrados y en los del siglo XIX. 

Abstract: It analized of the nature’ vision that they have us the travellers and scientists during the XVIII and XIXth centuries over the archipelago of Chiloé, and emphatized the dread that over them he done this country and the impact of the particulary way of the earth, vegetal and animal kingdon of Chiloé; it had in the scientific prose of the wise illustrated and the XIXth century. 

Key words: Chiloé, wise illustrated, XIX century, nature. 

Algunos antecedentes

En la actualidad, la preocupación intelectual por la Isla Grande de Chiloé y por  el archipiélago como un todo, ha trascendido desde la tradicional inquietud por las características geográficas  y de su cuerpo físico, hasta nuevas lecturas interpretativas que se articulan con los tópicos más recientes de la cultura en general; llegando así, a convertirse en un objeto de estudio, de conversación y de análisis inagotables que se desplazan desde el ámbito de la mitología, de la literatura, del turismo, de la religiosidad, de la geopolítica, de la meteorología, de la ecología  y de los desafíos tecnológicos que ofrece para  su conexión con el continente, entre otros.  Chiloé siempre ha estado rodeado de un misterio que atrae a muchas personas; pero esta atracción que provoca en los espíritus sensibles, no es sólo de ahora, sino de siempre.  Al parecer, la conjunción de una serie de factores que comprometen su raigambre histórica y cultural, su naturaleza peculiar que se expresa en  la abundancia de su  flora y fauna inserta en un medio geográfico distante de los lugares más urbanizados, un clima inhóspito y lluvioso, sumado a la pasividad  e idiosincrasia de los lugareños; generó en otras épocas, un universo de mitos y leyendas que llegaron hasta el corazón de la metrópolis española y despertó el ansia cognoscitiva de viajeros y científicos europeos. 

Para los que no la conocen, Chiloé es una isla y un archipiélago, cuya ubicación geográfica se sitúa  aproximadamente entre los grados 41 y 43 de latitud Sur. A ella han arribado durante  La Colonia, no sólo los personeros públicos y militares interesados en la extensión del imperio español; sino también innumerables científicos, viajeros y exploradores. Todos ellos  experimentaron una  fascinación por el archipiélago y se esforzaron en expresarla a través de sus cometidos de acción o en sus discursos científicos. Justamente las peculiaridades de la preocupación científica y el argumento que explica esa sugestión  que ha despertado en estos sabios y viajeros, es lo que se pretende dar cuenta en esta comunicación. 

Para ello, se analizan los principales viajes que se han realizado entre los siglos XVIII y XIX  en la región y las consecuencias de los mismos, en especial para la comunidad científica nacional e internacional; destacando además  algunos  aspectos geopolíticos, pero sobre todo nos concentraremos en los incrementos taxonómicos y en la visión de la naturaleza de Chiloé que nos han legado los viajeros y científicos del período indicado en el epígrafe. 

Chiloé, principal centro  de las exploraciones geográficas en el siglo XVIII 

Chiloé fue avistada en febrero de 1540 por Alonso de Camargo y descubierta  en 1553 por Francisco de Ulloa, a partir de entonces no ha dejado de despertar curiosidad, ambiciones, inquietudes y trabajos de carácter científico o de importancia geopolítica. Hacia allá zarparon expediciones militares con el propósito de reforzar la seguridad del Reino de Chile. Y también expediciones misioneras, principalmente de los jesuitas, quienes se instalaron en Chiloé a partir de 1608, con mucha decisión y con el deseo de convertir a los infieles habitantes de aquellas islas al cristianismo, y de paso, contribuir al mejor sometimiento de los naturales a la Corona Española. 

Durante el siglo XVII, la bibliografía referente a Chiloé, da cuenta de  algunos viajeros y  cronistas  que  aluden a las  propiedades  de la naturaleza y la sociedad chilotas, tales como las referencias que realizan  Alonso de Ovalle, Diego de Rosales y otros; o las excursiones de algunos aventureros o navegantes audaces, que se desplazan desde Castro hacia las regiones de Chiloé continental  en busca de la Ciudad de Los Césares; tales como Juan García Tao, en 1620. Empero  en esta comunicación, se persigue concitar la atención del lector, en los acontecimientos científicos y exploratorios, más significativos de  los siglos XVIII y XIX. 

Chiloé y los viajeros ilustrados 

Durante el siglo XVIII, la época de los grandes periplos de la ciencia ilustrada, Chiloé era objeto de interés de los corsarios y de las potencias de la época, constituyendo un tema de  gran preocupación para la Corona Española, cuyas autoridades agudizaban su imaginación para asegurar la posesión del archipiélago y de la región austral en general. Por esto, no es extraño que en 1766, el archipiélago de Chiloé, que ya en dos ocasiones había sido saqueado por los corsarios holandeses, fuera segregado de la Capitanía General de Chile y colocado bajo dependencia directa del virrey del Perú Don Manuel de Amat y Junient.[1] 

 Entre los exploradores y viajeros que arribaron y se  internaron en  la Isla Grande de Chiloé o de Chilhué  -como la llamaban todavía los nativos durante este siglo-  se ubican algunos sacerdotes con inquietudes naturalistas y de exploración, tales como Francisco Menéndez, que realiza dos exploraciones a la zona, en 1783 y  en 1786; o José García durante los años de 1766 y 1767; o pilotos como Cosme Ugarte, durante los años de 1767 y 1768, o Francisco Hipólito Machado en 1768; o el ingeniero delineador, Lázaro de Ribera en 1778; o los cartógrafos y marinos como José Manuel de Moraleda i Montero, Alejandro Malaspina y otros. 

El ingeniero y alférez  de fragata, José de Moraleda i Montero, por ejemplo; se destaca no solo por su larga  permanencia en la región y porque visita en distintos períodos el archipiélago; sino también por la agudeza y completitud de sus observaciones. Estos viajes, le son comisionados ora por el Rey de España, ora por el Virrey del Perú y obedecían a la necesidad de  levantar mapas de los puertos, identificar las  bahías e islas del archipiélago,  y determinar el estado de las fortificaciones existentes; tareas todas que le son asignadas a este oficial, además de otras más específicas propias del ámbito científico y militar. Si se observa el derrotero del diario de navegación de Moraleda, se aprecia que divisó a la  isla de Chiloé el 13 de Noviembre de 1786 y él  lo relata así:  “Al mediodia quedamos con toda vela en vuelta del SE1/4 S., viento SO. Fresquito, tiempo acelajado i marejada del viento. A las 7 se aferraron los juanetes por un chubasco de poco agua; así continuamos, i a las 6 de la mañana nos pusimos al S1/4 SE. i se largaron los juanetes. El rumbo navegado en esta singladura ha sido  S 42° 36’ E., distancia 901/3 millas, diferencia de latitud 66.8’ i de meridiano 61’. Observé en 41° 30’, i por tener solo 2’ de diferencia al norte de la estima no hago coreccion i me considero en lonjitud de 298° 58’, por cuyo punto queda demorándome la punta de Huechucucui, que es la mas N O. de la isla de Chiloé, al E 51/2°  S., distancia de 601/2 leguas”.[2] 

Si bien lo más relevante de su aporte al conocimiento del archipiélago, se da en el plano de las cartas náuticas, en la ubicación geográfica de islas e islotes del archipiélago, detallando y describiendo minuciosamente hasta los requeríos, los  bancos de arena  existentes y los probables fondeaderos entre la derrota de San Carlos a las diversas islas del archipiélago; principalmente por el lado oriental de la isla de Chiloé y en el estudio de los vientos y mareas de la zona; también realiza observaciones orográficas, hidrográficas, sociológicas, económicas  y geopolíticas sobre  Chiloé. Por ejemplo, en cuanto a la orografía de Chiloé, señala: “La elevación mayor del terreno está en la medianía de la costa del oeste, próxima al mar i, en mi concepto, se alcanzará a ver, en tiempo claro, de quince a diez  i seis leguas de distancia; en esta altura se levan algo mas dos cerros contiguos, a quienes llaman las Tetas de Cucao, i son el objeto mas notable de toda la isla para reconocimiento de ella y de la situación en que se está cuando se tienen a la vista.”[3] Su trabajo se hace extensivo a la descripción de las características meteorológicas de la región, a especificar las dificultades propias de los derroteros de una isla a otra, o de estas con el puerto de San Carlos o con la ciudad de Santiago de Castro. Y por cierto, un rol importante que cumple además Moraleda, es el de ir determinando o corrigiendo la latitud y longitud de las islas, puertos y pueblos de la zona. Por ejemplo a la actual ciudad de Castro, le asigna esta ubicación: “La ciudad de Santiago de Castro, capital de la provincia, está situada en la costa occidental del estero, por latitud de 42º 43’ i longitud de 303º 39’, sobre una bella i espaciosa meseta, que en la alta mar queda hecha una especie de península formada por el rio Gamboa, que la baña por los lados de occidente i mediodia i el esterito de Tenten por el lado oriente”.[4] 

En cuanto a las  observaciones que realiza Moraleda sobre la flora y fauna, estas siempre van acompañadas de un afán pragmático y utilitarista, de acuerdo a la tendencia que  está tomando la historia natural y la ciencia ilustrada en general, en las dos últimas décadas del siglo XVIII; esto es el paradigma de contemplación de la naturaleza con énfasis utilitaristas y mercantiles. Ello es comprensible toda vez que en este período en las metrópolis europeas se expande la revolución industrial y se produce el fenómeno de los periplos de exploración científica y militar de las potencias de la época sobre América y Oceanía, principalmente. Luego, en este contexto en que se desenvuelve Moraleda, sus descripciones sobre los exponentes vernáculos son fuertemente influenciadas por dichos cánones, y trasuntan un claro patrón axiológico eurocéntrico. Por ejemplo, al dar cuenta de los peces  de Chiloé  expresa su molestia porque no se aprovechan todos los recursos y porque los lugareños no saben faenarlos apropiadamente; señala: “ Tal cual raro sujeto se aplica algo a ella, pero sin los útiles necesarios para verificarla abundante, con prontitud, ni conocimientos  para salarla i curarla de forma que dure sin inutilizarse, como el abadejo, tollo o cazon, i otros; los que destinan aquí al efecto son el róbalo i las sardinas, que son excelentes i abundan bastante; del primero benefician cosa de cincuenta a sesenta quintales, el que se pierde pronto por falta de sal y se seca, i de las sardinas ciento i cincuenta mil poco mas o menos, la que por esceso de seca al humo pierde mui pronto su aprecio; son de tan buena calidad i tamaño que pueden competir con las famosas de nuestra Galicia vieja i se dan solo en esta provincia”.[5] 

Por su parte, el ingeniero delineador Lázaro de Ribera, arriba a la isla de Chiloé en 1778, comisionado por el Virrey del Perú Don Manuel de Guirior; con el propósito de explorar el archipiélago y determinar los lugares y mecanismos de defensa más apropiados  ante una eventual invasión extranjera. Luego de cuatro años de trabajos y recorridos por las islas y los vericuetos  del archipiélago, regresa al Perú y publica su obra: Discurso que hace el alferez D. Lázaro de la Ribera sobre la provincia de Chiloé. En ella da cuenta de la situación geográfica de la provincia, de los recursos naturales de la misma;  así como de la situación de  la población, de la proyección económica de la región;  y por cierto, de los lugares más estratégicos para los emplazamientos militares y las condiciones que deberían cumplir los mismos. 

Con respecto a la ubicación geográfica, Ribera presenta en estos términos a la isla: “La isla grande de Chiloé tomada desde su punta de Guapacho, la más avanzada al norte, hasta la de Quilán al sur, tiene 45 leguas de largo, i un ancho, por donde mas de 12, estendiéndose del setentrion al mediodia desde los 41° 48’ hasta los 44° 3’. Su lonjitud tomada del meridiano de Tenerife es de 302° 39’. Por el setentrion termina con el canal Remolinos formado por el continente i la isla.  Por el mediodia con el golfo de los Guafos i archipiélago de Guaitecas. Por el oriente con el golfo de Ancud, i por el occidente con la vasta estension del  mar Pacífico”.[6] 

En cuanto a los recursos de la flora y fauna que ofrece el archipiélago ante sus ojos, Ribera queda asombrado por la abundancia y diversidad de los especimenes. Tanto es así, que el lector tiene la impresión de que la vieja idea de la cornucopia de la abundancia que prima en la prosa de los cronistas del siglo XVII y en algunos viajeros del siglo de la Ilustración, hubiera quedado disminuida y fuera de contexto histórico al compararla con la visión que entrega  Ribera sobre la existencia de los exponentes orgánicos de la isla. V. gr., en cuanto a los peces y mariscos, el autor acota: “Dudo que en parte alguna de nuestro globo se dé mas pescado i marisco que en las costas de Chiloé. Bastará decir para prueba de su abundancia que en muchas ocasiones se ve en las playas multitud de pescados que varan huyendo de sus contrarios. La sardina y el róbalo se multiplican al infinito. Es necesario verlo para creerlo”. [7] 

Y más adelante agrega: “Es digno de admiración el número prodigioso de mariscos, de varias especies, que se halla en las playas i peñas. El que tiene que viajar por las orillas del mar, no puede dispensarse de ir pisando por un empedrado de mariscos. Los que abundan mas son los picos, choros, quilmagues, erizos, cholgas i almejas.”[8] Similares expresiones de asombro, se observa en su prosa, cuando alude a los referentes de la flora de la gran isla; en especial cuando señala que en la provincia se pueden encontrar hasta veintiocho tipos distintos de maderas útiles; entre estos: el arrayán, el alerce, el avellano, el ralral, el ciprés, la luma y el laurel; maderas todas que son enviadas al Virreinato del Perú, en forma de tablas, cuartones y botavaras.  

Y con respecto al motivo central de su viaje; esto es,  la asesoría geográfica y militar  para encontrar los mejores lugares donde  emplazar  baterías y levantar torreones defensivos en la región; sugiere desechar  la hipótesis de montar una cadena de fortificaciones, pues ello demandaría un enorme gasto  de mantención y no se justificaría, toda vez  que a su juicio, bastaría con montar unos 4 a 6 cañones en las proximidades del puerto de San Carlos. Y sugiere además, aumentar la dotación de fusileros, porque ellos se pueden desplazar fácilmente a los distintos peñones de la isla  sin ser vistos, debido a la espesa vegetación, y  así bien protegidos pueden dar cuenta de los enemigos.  Ribera lo expresa en estos términos: “No hay remedio: el enemigo que intente desembarcar en Chiloé sufrirá inevitablemente el peligro más funesto de la guerra: que es verse metido entre tres o cuatro fuegos aun antes de pisar la tierra, porque la fusilería puede avanzar al abrigo de los bosques hasta la orilla del mar, sin ser descubierta por los enemigos.”[9] Empero, sus observaciones no se agotan allí, e incluyen ciertas sugerencias para potenciar el comercio de la provincia; entre estas: construir cuatro buques y entregárselos a los nativos e isleños, para que éstos  no dependan de los intermediarios y  puedan así vender sus productos directamente en Lima. De lo anterior, resultaría un mayor circulante con el cual los isleños podrían tributar directamente en metálico al Virrey del Perú. Además, sugiere un aumento de la dotación  de la fuerza militar de 393  a 604 hombres en armas, pero racionalizando mejor los sueldos.[10] Ello permitiría un mayor dinamismo comercial y social en la región.  

El sacerdote Francisco Menéndez, por su parte, realiza dos viajes a Chiloé con pretensiones exploratorias y de difusión de la fe cristiana. El primero en 1783 y el otro en 1786; las observaciones realizadas en  los mismos, nos han llegado tardíamente; toda vez que los diarios originales del fraile, son estudiados y difundidos en nuestro país, a partir de fines del siglo XIX, gracias a los esfuerzos de compilación y análisis que realiza acerca de estos documentos, Francisco Fonck. En estos viajes, Menéndez cumpliendo el cometido asignado por el Comisario de Misiones Jesuitas, con asiento en Lima, emprende el viaje al archipiélago con la cédula real para la fundación de las villas de Chonchi y de Caylin.[11] Una lectura de los diarios de Menéndez, nos permite observar  que el religioso, muestra una  visión de la naturaleza de Chiloé  que incluye datos geográficos, descripciones  e  impresiones  sobre los ríos, lagos y ventisqueros del archipiélago. Y es posible colegir que dicha mirada trasunta un fuerte sentimiento de soledad atribuido a  los lugareños,  además de una notoria  pobreza conque identifica a los mismos. Esta imagen de nativos pobres y sumisos  que paradójicamente viven en un mundo abundante de especimenes de flora y fauna regionales; es una constante que se observa en casi todos los exploradores, científicos y viajeros que pisan suelo en el archipiélago, en los siglos XVIII y XIX. Por ello, no resulta extraño que participen  también de esta  imagen, Moraleda, Ribera, Malaspina, Darwin, Gay y tantos otros. 

Una de las primeras impresiones de la flora chiloense, Menéndez la verbaliza en estos términos: “Despues que dimos fondo se aseguró el bastimento y la piragua. La gente hizo sus albarcas para el monte, y el dia siguiente salieron diez hombres  a abrir el camino, y al otro dia volvieron a media tarde. Todo el monte es de cañas, quilas o colehues, robles y Laureles. Ay tambien tepuales, y en particular uno que está luego que se sale de aquí, y muchos árboles caidos”. [12] 

Y más adelante señala: “Continuamos el camino al Leste: encontramos una ciénaga llena de Alerces y cipreses pequeños y un rio caudaloso que baja de una barranca de la Cordillera y forma un salto que pone miedo. Este salto está en un recodo y no se ve, hasta que se va acabando de vadear, pero se oye el ruido que hace”.[13]  

Las citas anteriores, ilustran por tanto, parte de la visión de la naturaleza de Chiloé del padre Menéndez y nos permiten percibir la abundancia de los bosques nativos y la fuerza de los recursos hídricos de la región, conque la observó el sacerdote.

Desde el punto de vista del imaginario de la época cabe señalar también que muchos contemporáneos de Menéndez, le atribuyeron a estos viajes un carácter exploratorio que tenía por finalidad descubrir la Ciudad de Los Césares; entre estos el ingeniero y navegante Moraleda, del cual ya hablamos, y también lo entendían así los baquianos acompañantes del sacerdote y la población nativa en general de la isla.[14] Los historiadores  de las ciencias deberán pronunciarse al respecto, pues todavía se dan opiniones encontradas, con respecto a la motivación principal de los  viajes del  religioso e incluso en cuanto a la cantidad de las excursiones del mismo.

 Alejandro Malaspina y su paso por Chiloé 

El estudioso e investigador italiano Alejandro Malaspina, nacido en Lunigiana, es contratado en 1788 por la Corona Española, para organizar una expedición científica.  Entre los objetivos que debía alcanzar, estaban: el estudio  de los derroteros más adecuados para surcar los mares que hacían el comercio con las Indias; el  estudio y levantamiento de cartas para el uso de los navíos españoles. También estaban entre sus cometidos, la realización de observaciones antropológicas, el estudio de las características   del medio  natural, informar sobre la marcha de la economía y  el análisis de la situación  política y social de las diversas colonias  de la América Española y de las posesiones de la Corona en general. Alejandro Malaspina parte de Cádiz el 30 de julio de 1789 con dos fragatas nuevas: La Descubierta y La Atrevida y regresa a este  mismo puerto, luego de cinco años, en 1794. 

La expedición estaba compuesta  por un numeroso cuerpo de oficiales, escogidos cuidadosamente  tanto  por sus conocimientos náuticos como técnicos; así, habían entre ellos varios ingenieros, hidrógrafos, cartógrafos, astrónomos, dibujantes, naturalistas y otros científicos, e incluso un pintor que se incorpora en Panamá en 1791.[15] Malaspina se encargó, además, de seleccionar previamente los “instrumentos y obras científicas solicitadas al extranjero para uso exclusivo de los expedicionarios”.[16] Entre los científicos participantes, se destacan Luis Neé,  Tadeo Haenke y Antonio de Pineda; quienes bajo la tutela de Malaspina, se dedican con pasión durante el viaje, a   explorar  y estudiar las vicisitudes de la costa del Pacífico y los accidentes de la costa del Chile colonial, y de regiones del interior del país; cuyos informes son una contribución a la ciencia natural y al desarrollo de la  geográfica y otras ciencias de la tierra en Chile. Justamente durante su paso por Chile, realizan observaciones taxonómicas, mineralógicas, hidrográficas, meteorológicas y astronómicas,  en regiones como La Serena, Valparaíso, Quillota, Petorca, Concepción, Chiloé y La Patagonia.  

Al llegar a Chiloé, Malaspina se maravilla con el paisaje y toma nota de los valiosos estudios realizados por el naturalista y científico José de Moraleda i Montero, quien con antelación había realizado diversos trabajos cartográficos, hidrográficos y de historia natural en general, en la zona, y quien continuará con nuevos estudios  en diversas visitas a la región luego del paso de la expedición de Malaspina. 

En rigor, en la Isla de Chiloé, dentro del equipo de Malaspina, se destaca Antonio de Pineda quien realiza descripciones taxonómicas y dibujos de muchos exponentes de la flora y fauna regional; entre estos trabajos recuérdese la descripción de peces como la lisa de Chiloé (Gallio nimus chiloensis), el róbalo y otros. También dibuja y describe algunas  aves como la denominada pico de chiloé (gaviota chiloense), el gorrión cenizo (Columba palumbus chiloensis), el cormorán blanquinegro y otros. Por su parte, Luis Neé se dedica a clasificar especimenes de la flora chilota, principalmente por los alrededores de San Carlos; esto es, la actual ciudad de Ancud. Entre los referentes descriptos por Neé, recordemos por ejemplo a la rosácea: rubus radicans; o a un exponente de la familia de las violáceas como la viola Rubella, o a una planta trepadora como la Supra Arbores, así como a distintos tipos de helechos y lileáceas. Su estilo taxonómico es esencialmente linneano, más bien breve, conciso; incluye la denominación en latín , alguna referencia bibliográfica y eventualmente el nombre vernáculo; v. gr. al dar cuenta de la rosácea mencionada que se encontraba sobre los árboles podridos y en todos los montes de San Carlos, señala:

Rubus radicans

“Rubus radicans, Cav. Icon. Vol.V.Tab.”

Rosaceae (Rubuns),estolonífera de hojas pinnadas y foliolos redondeados. Flores en largos pedúnculos con cáliz de cinco sépalos y corola de cinco pétalos  blancuzcos  y  dos frutos en sorosis.  Detalle del cáliz, flor y androceo”.[17]   

Científicos en el Chiloé decimonónico 

Indudablemente esa preocupación científica por la isla de Chiloé, continúa con el advenimiento del siglo XIX; ya sea gracias a las visitas y exploraciones de viajeros, o con los cometidos expresos de los trabajos realizados por  los sabios contratados por el gobierno de Chile, como es el caso de Gay. O en virtud de las tareas  de reconocimiento de los  oficiales navales, como los trabajos de los profesionales e hidrógrafos  de la Armada de Chile, en especial a partir de la creación de la Oficina Hidrográfica de la Armada, desde 1874, dirigida por Francisco Vidal Gormaz;[18] o como resultado del interés particular de algunas comisiones científicas de varios países; como por ejemplo la Comisión del Pacífico Sur (1862- 1866), organizada por España, entre otros. Empero, aquí concentraremos nuestra atención en el esfuerzo de Darwin y en el de Gay, en la región. 

La percepción  de Darwin 

Darwin visita la isla de Chiloé en dos ocasiones, en 1834, y en 1835.  En la primera visita el Beagle  ancla en San Carlos en el mes de Junio, procedente del estrecho de Magallanes, y podría decirse que casi de inmediato Charles Darwin queda prendado de la fuerza y belleza de la naturaleza de Chiloé. Inicia una serie de incursiones y recorridos por la isla para recabar algunos especimenes, principalmente de la flora y clasificarlos en la tranquilidad de su camarote, con apoyo bibliográfico, de acuerdo a la parsimonia científica  de la taxonomía. Al realizar el trayecto de San Carlos a Castro, queda  impresionado porque el camino en toda su extensión era principalmente de troncos. El lo relata en estos términos: “En un principio, se suceden colinas y valles, pero a medida que nos aproximamos a Castro se presenta el terreno más llano. El camino es por sí mismo muy curioso: en toda su longitud, a exepción de algunos trozos anchos, consiste en grandes tarugos de madera, unos anchos y colocados longitudinalmente, y otros transversales muy estrechos.  En verano no está muy malo este camino, pero en invierno, cuando la madera  se pone resbalosa con la lluvia, es muy difícil viajar”. [19] 

Seguramente, a nosotros como contemporáneos  también nos causa extrañeza esta técnica, pero desde la perspectiva de las condiciones climáticas de la isla, dada su alta pluviosidad, es comprensible que buscaran un recurso duradero y barato, y que al mismo tiempo fuera resistente al peso de las carretas, así que en las primeras décadas del siglo XIX,  parte de los bosques comenzaron a ceder para transformarse en praderas, quedando sus troncos  en los pantanos, perfilando así los primeros caminos de la isla. Otra parte importante del bosque nativo, en las próximas décadas, será presa del fuego de los roces, en busca de nuevas praderas. 

Darwin  no sólo realiza descripciones de la flora y fauna endógena de la región, que son más bien conocidas, gracias a los trabajos de Villalobos y Yudilevich; también realiza numerosas observaciones geológicas, geomorfológicas, paleontológicas y de conquiliología; tal como se puede apreciar al leer su  Jeolojía de  América Meridional, aparecida en 1846. En ella la presencia de Chiloé en los campos de estudio señalados, es manifiesta; v. gr., en cuanto a la formación geológica de la isla de Huafo,  escribe: “Esta isla se halla entre los grupos de Chonos i Chiloé;  tiene  cerca  de  800 piés  de  altura i  quizas posee un núcleo de rocas metamórficas. Los estratos que examiné constaban de areniscas de grano fino, lodosas, con fragmentos de lignita y concreciones de arenisca calcárea.”[20] Y para formarnos una idea de sus preocupaciones por la conquiliología  observemos un pasaje en que además plantea la hipótesis de la emergencia de las islas de Chiloé a partir de levantamientos marinos: “Hemos demostrado también que el suelo negro y turbososo en que se hallan aglomeradas las conchas a una altura de 350 piés en Chiloé, contenía muchos pequeños fragmentos de animales marinos. Estos hechos son dignos de mención porque demuestran  que terrenos a primera vista parecen de naturaleza puramente terrestre, deben su oríjen en parte principal al mar.”[21]  Así, Darwin continúa con sus observaciones sobre conchas fosilizadas de gastrópodos, moluscos, mitílidos y otros. Y da cuenta también, de la formación volcánica de Chiloé, distinguiendo la formación orográfica de la costa oriental compuesta principalmente de grava y estratos de arcillas endurecidas y areniscas volcánicas. La parte norte de  la isla, a su vez, estaría compuesta de  una formación volcánica  de  500 a 700 pies de espesor, en estratos de diversas  lavas.[22]  Chile le debe mucho a Darwin, no sólo porque su sistematización del universo biótico de Chiloé contribuye a completar la taxonomía empezada por Gay, desde 1830 en el país;  sino también porque sus explicaciones geológicas, morfológicas, de la isla, pasan a ser un referente  relevante para el posterior desarrollo de las  ciencias de la  tierra  en Chile.

La Visión de Claudio Gay 

Claudio Gay, botánico francés que arriba al país en 1828, es uno de los primeros taxonomistas que logra sistematizar el universo biótico del Chile decimonónico, tal como queda de manifiesto luego de la publicación de su magna obra: Historia física y política de Chile de 26 volúmenes. Dicho trabajo permite a la comunidad científica nacional e internacional conocer los distintos referentes de la flora y fauna nacionales y da una idea de las posibilidades a futuro que ofrece la naturaleza del país.  En el pensamiento de Gay, la presencia  de Chiloé es doblemente relevante. Por una parte, porque  en los distintos tomos de la Sección de Botánica así como también en la de Zoología aparecen descriptos rigurosamente los especimenes vernáculos de la región que el mismo capturó, vio y sistematizó durante el transcurso del año 1836, siguiendo los cánones taxonómicos  de la época; pero también porque es uno de los pocos científicos decimonónicos que percibe a Chiloé como un reservorio para el desarrollo de la ciencia nacional; esto es, que concibe el archipiélago como un punto geográfico equivalente a un laboratorio viviente,  para el ejercicio de la observación y para el  estudio e incremento de la ciencia natural. Es una sugerencia de ejecutar una política científica con énfasis regional, que incluya el traslado de los científicos y de sus instrumentos a la región; ello es parte de la fascinación de la naturaleza que ejerce  Chiloé en la psiquis del naturalista galo. 

En cuanto a focalizar la atención de la comunidad científica en Chiloé, Gay lo plantea en estos términos: “Si, al contrario, el gobierno tiene algun dinero que gastar para ese género de trabajo, que haga explorar el sur de la provincia de Chiloé. Es en esos parajes, todavía muy poco conocidos, donde verdaderamente se puede hacer descubrimientos en provecho de las Ciencias Naturales y de la Geografía”.[23] 

La lista de exponentes de la flora y fauna chiloense que Gay describe e incorpora a la ciencia universal, es enorme; pero recordemos al menos que entre los mamíferos del archipiélago clasifica  al pudú, denominándolo  como cervus pudú  e incluyéndolo por tanto, entre los exponentes de los ciervos; corrigiendo así la tipificación asignada en la sistematización de Molina, que lo había descrito como un tipo de caprino. Clasifica otros    mamíferos de la zona, entre estos, un tipo de zorro, (Canis fulvipes) y al lobo marino  como Otaria porcina; entre los moluscos, identifica al pholas chiloensis, vulgarmente denominado “comes”. Entre los hirudinidos, identifica diversos tipos de sanguijuelas típicas de la isla. 

Y en el ámbito de los observables de la flora regional;  identifica al bromus mango, un tipo de gramínea -ya desaparecido de la isla- que según  Gay los indios “la cultivaban para su alimento”.[24]  O un tipo de arbusto espinoso que se daba en la orilla de los bosques, ramus difussus., o un tipo de trebol que se daba en las orillas de los riachuelos de la isla: Trifolium rivale; entre las rosáceas que le llamaron la atención en la isla; describe a la acaena ovalofolia, vulgarmente denominada “cadillo”; así como la “yerba de plata”, Potentilla anserina. Y destaca con asombro a plantas que crecen en los peñascos como la Tilloea chiloensis, y la colobanthus  quitensis.; por nombrar sólo a algunos exponentes vernáculos.[25] Y sistematiza para la ciencia universal, también a algunos peces, como por ejemplo el  aspidophorus chiloensis, que lo pescaban los indios para los miembros de la expedición de Fitz Roy. [26]

A manera de ilustración, traigamos a presencia su estilo de discurso científico, por ejemplo al dar cuenta del pudú y del lobo marino. Para el primer caso señala:

Cervus pudu

C.parvus, breviceps, vinaceo-rufescens; facie brevi; sino lacrymali mediocri; dentibus lanariis superioribus exiguis; cauda subnutla; longitudo corporis vix 2 ped.

C.PUDU Gerv., Ann. des Sc., nat., feb. de 1830- C. HUMILIS, Proc., 1830- MAZAMA PUDU Rafin- CAPRA PUDU mol.- OVIS PUDU Gmel.

Vulgarmente Venado y entre los indios Pudú ó Puudu

Animal bastante cachigordete, sostenido por piernas débiles, y solamente de dos piés y tres pulgadas de largo. La cabeza es gruesa, Sus colores son casi uniformes: es generalmente bermejo, finalmente jaspeado sobre la mayor parte de su  cuerpo de un bermejo más vivo..... Los pelos no son muy gruesos ni largos, pero  quebradizos, de  mediana longitud,  y no afectan la disposición espiral propia de muchos animales del género ciervo....:Longitud del cuerpo y la cabeza, 2 piés y 3 pulgadas; de las orejas, 2 pulgadas y media; altura, 1 pié. 

....estos lindos animales, bastante conocidos en las provincias meridionales, desde la de Cauquenes hasta la de Chiloé. Viven en pequeños rebaños en medio de las cordilleras, ocupados en alimentarse y evitar a los enemigos por medio de su velocísima carrera....[27] 

Y con respecto al otro mamífero, Gay acota: 

Otaria porcina

O. dentibus incisoribus superioribus sex; caninis remotioribus, conicis, maximis; corpore fusco cinnamomeo; subtus pallidiore; extrimitatibus nudisculis, nigrescentisbus; pedum posteriorum digittis tribus, intermediis unguiculatis, appendicibus longis linearibus terminatis.

O. PORCINA Desmar., Mam.., p.252- O. FLAVESCENS? Poepp. Front Not. 1829, N° 529-O.MOLINAE Les., Dic. Class., O ULLOAE? Tschudi, Mamm. Cons. Per.- PHOCA PORCINA Mol.

Vulgarmente Lobo de mar o Toruno, y Lame ó Uriñe entre los indios.

Cuerpo algo anguloso en los costados, de un bruno canela, mas pálido por bajo, y de seis á siete pulgadas de largo. Cabeza redonda; ojos grandes; orejas pequeñas y cónicas; boca rodeada de bigotes de un blanco sucio, muy derechos y espesos. Cuellorobusto, con la piel colgando ó plegada por bajo. Piés negruzcos, glabros y arrugados. Cola muy corta, no teniendo apenas  mas que una pulgada de largo.... 

...Estos animales son sumamente útiles, puesto que los machos dan hasta cuatro galones de aceite y las hembras cerca de dos, con el cual se alumbran en las tiendas, particularmente en Chiloé, y casi todos los habitantes del campo no tienen otro de que servirse, llenando una candileja, en la que ponen una mecha, y colocándola en seguida en uno de los rincones de la habitación...[28] 

A Manera de Conclusión   

Chiloé, desde el punto de vista de la historia natural, como reservorio del mundo orgánico, genera un verdadero  desafío  para la tarea taxonómica y de sistematización en general; proceso que en Chile se inicia a partir de la década del treinta del siglo XIX, con la contratación de Gay. La identificación y clasificación de los referentes de la flora y fauna chiloense, marcó un hito significativo en la evolución y aplicación de la ciencia en Chile, en tanto objeto de estudio para  completar la radiografía del cuerpo físico del país.  Llama la atención en todo caso, que  los resultados de la información  científica  obtenida por los taxonomistas sobre Chiloé sea mucho más inmediata que la información especializada obtenida por los representantes de las ciencias de la tierra y algunos naturalistas, que estudian por ejemplo la zona centro y norte del país. Así Gay, recorre Chiloé en 1836 y sus resultados son enviados a través de informes al gobierno, casi de inmediato; y la comunidad científica, por su parte, comienza a recibirlos desde 1844, con la publicación de los distintos tomos de la Historia física y política de Chile Y la zona norte, principalmente sobre el Desierto de Atacama,  se obtiene recién en 1860, con la obra de Philippi: Viage al desierto de Atacama. Sin embargo, ante los ojos de  los empresarios de la época,  Chiloé pareció ser invisible, puesto que a pesar de contar con información científica de los recursos de la zona, no se interesaron por extender sus nacientes industrias al archipiélago. Tal vez eso contribuyó a mantener el encanto y el misterio de la región.  Por otra parte, queda claro que la biodiversidad de Chiloé y la policromía de sus formas, no fue indiferente para ninguno de los científicos que la exploraron; por ello, es posible observar que  muchos dejaron expresamente consignada su admiración por los referentes vernáculos de la flora y fauna del archipiélago. 

La comunidad científica internacional del Siglo de la Ilustración, principalmente los sabios  dependientes de la Corona Española, están en deuda con Chiloé; ello porque durante dicho período fue un verdadero laboratorio viviente para explorar, observar, describir e incorporar referentes a la  taxonomía,  a la botánica, a la zoología, a las ciencias de la vida y de la tierra en general. Y lo propio acontece durante el siglo XIX, pero comprometiendo específicamente a la joven Republica de Chile, porque su biodiversidad y su naturaleza peculiar hidrográfica, constituyen un eje importante de la consolidación de la ciencia decimonónica nacional, usualmente  olvidado. 

Bibliografía consultada 

Berríos, M. y Saldivia, Zenobio: Claudio Gay y la Ciencia en Chile, Bravo y Allende Editores, Stgo., 1995.

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Darwin, Charles: Jeolojía de la América Meridional, Trad. a partir de la 2da edición de      

1876, a cargo de Alfredo Escuti Orrego; Impr. Cervantes, Stgo., 1906.   

Destéfani, Laurio H.: “La gran expedición  española de Alejandro Malaspina (1789-

1794)”; Boletín de la Academia Nacional de la Historia; Vol.: LXII-LXIII; Bs. Aires,    

1989-1999.

Feliú Cruz, Guillermo: “Perfil de un sabio: Claudio Gay a través de su correspondencia”; en : Stuardo Ortiz, Carlos y  Feliú Cruz, Guillermo Vida de Claudio Gay. 1800-1873, T. II, Editorial Nascimiento, Stgo., 1973.

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Botánica en la expedición de Malaspina.1789-1794, Real Jardín Botánico y Comisión

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Saldivia, Zenobio: La visión de la Naturaleza en tres Científicos del siglo XIX en Chile:

Gay, Domeyko y Philippi, Ed. Usach, Stgo., 2003.

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Este artículo es posible bajarlo también en:

http://revistanhyg.cl/wp-content/uploads/2018/06/43-63.pdf

 

[1] Cf. Cavada, Francisco J.: Chiloé y los chilotes, Impr. Universitaria, Stgo., 1914; p. 9.

[2] Moraleda i Montero, José de: Esploraciones jeograficas e hidrograficas , 1786, 1787 i 1788, en: Barros Arana, Diego: Esploraciones jeograficas e hidrograficas de José de Moraleda i Montero, Stgo., Impr. Nacional., 1888, p. 16. 

[3] Ibídem.; p. 146.

[4] Ibídem.; p. 160.

[5] Ibídem.; pp. 211, 212.

[6] Ribera, Lázaro de: Discurso que hace el alferez  don Lázaro de Ribera , sobre la provincia de Chiloé, p.4., en: Anrique R., Nicolas: Cinco relaciones jeográficas e hidrográficas que interesan a Chile; Imprenta Elseveriana, Stgo., 1897.

[7] Ibídem.; p. 6.

[8] Ibídem.; p. 7.

[9]   Ibídem.; p. 57.

[10] Ibídem.; pp. 33 y 42 respectivamente.

[11] Fonck, Francisco: Viajes de Fray Francisco Menendez a la cordillera, Comisión  de Carlos F. Niemeyer, Valparaíso, 1896; p. 4.

[12] Ibídem.; pp. 26, 27.

[13] Ibídem.; p.  29.

[14] Cf. Fonck, Francisco; op. cit.; pp.4, 6 y 7.

[15] Cf. Destéfani, Laurio H.: “La gran expedición  española de Alejandro Malaspina (1789-1794)”; Boletín de la Academia Nacional de la Historia; Vol.: LXII-LXIII; Bs. Aires, 1989-1999; p. 203.

[16] Higueras, María Dolores: “El marino ilustrado y las expediciones científicas”, en: La Botánica en la expedición de Malaspina.1789-1794, Real Jardín Botánico y Comisión Quinto Centenario, Ed. Turner, Madrid,1989; p. 24. 

[17] La botánica en la expedición de Malaspina; op. cit., pp. 170-171.

[18] Cf. Izquierdo A., Guillermo: “Don Francisco Vidal Gormaz, vida y obra.” Separata del Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Nº 88, Stgo., 1974; p. 61.

[19] Villalobos, Sergio: La aventura chilena de Darwin; Ed. A. Bello, Stgo., 1974; p. 67.

[20] Darwin, Charles: Jeolojía de la América Meridional, Trad. a partir de la 2da edición de 1876, a cargo de Alfredo Escuti Orrego; Impr. Cervantes, Stgo., 1906; p. 200. 

[21] Ibídem., p. 64.

[22] Ibídem., Cf. pp. 200, 201, 202.

[23]Feliú Cruz, Guillermo:  “Perfil de un sabio: Claudio Gay a través de su correspondencia”; en : Stuardo Ortiz, Carlos y  Feliú Cruz, Guillermo Vida de Claudio Gay. 1800-1873, T. II, Editorial Nascimiento, Stgo., 1973;  p. 44. 

[24] Ibídem., T. I., p. 285.

[25] Gay, Claudio: Historia física y política de Chile;  Sec. Botánica, T. II, Impr. de Fain y Thunot, Paris, 1846; p. 532.

[26] Gay, Claudio: Historia física y política de Chile;  Sec. Zoología, T. II, Impr. de Maulde et Renou; Paris, 1848, pp. 174,175.

[27]Gay, Claudio: Historia física y política de Chile;  Sec. Zoología, T. I, Impr. de Maulde et Renou; Paris, 1847; pp. 158-159.     

[28] Ibídem.; pp.74,75. 

 

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Zenobio Saldivia Maldonado. Profesor de filosofía (U. de Chile), Mg. en Filosofía de las Cs. (Usach) y Doctor en Pensamiento americano, con mención en Historia de las ciencias, (Usach), Santiago de Chile. Profesor Honorario de la U. Continental, Huancayo, Perú., Dr. Honoris Causa U. Ada Byron, Chincha, Ica, Perú. Profesor titular de la U. Tecnológica Metropolitana, (UTEM), Santiago. Diversos artículos suyos, sobre historia de las ciencias y epistemología, han aparecido en publicaciones de su país y de Argentina, Perú, Uruguay, Nicaragua, Panamá, El Salvador, México, Brasil, España, Costa Rica y EUA. Ha participado en eventos nacionales e internacionales.

A la fecha tiene 20 libros publicados; entre los últimos  se destacan: El Mercurio de Valparaíso. Su rol de difusión de la Ciencia y la Tecnología en el Chile Decimonónico, (Bravo y Allende Editores, Stgo., 2010). Ensayos de Epistemología , (Compilador) (Bravo y Allende Editores, Stgo., 2012). Ensayos de Filosofía, (Bravo y Allende Editores, e Ilustre Municipalidad de Sta. María, Stgo., 2012), Adiós a la Época Contemporánea, Bravo y Allende editores, Stgo., Chile y U. Continental de Cs,. e Ingeniería, Perú, 2014).

Actualmente se desempeña como profesor de Epistemología e Historia de las Cs., en la U. Tecnológica Metropolitana, Stgo., Chile y como Director del Depto. de Hdes. de la misma institución y Director de la Rev. Electrónica Thélos del Depto. de Hdes. de la U. Tecnológica Metropolitana.

Dirección: U. Tecnológica Metropolitana, Depto. de Hdes., Calle Dieciocho N°161, Stgo., Chile.

Fono: 56-2-26994131.

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